El correo de Felipe (I)

No sé por dónde empezar, duda que reafirma mi condición de nativo de estas tierras porque en estas tierras los nativos nunca sabemos por dónde empezar, tampoco sabemos por dónde terminar, ni cómo terminará la cosa y menos aun cuando la cosa ya está terminada. Por eso estamos en permanente movimiento

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Primavera de 2017. Ciudad de Córdoba, Argentina.

Como un perfecto resumen de los tiempos, hoy, primer día de la estación de las flores y día del estudiante, amaneció frío y lloviendo. Aun así, hay flores con sus tallos en la mano y floreros con su agua en el vientre que desde hace un año esperan ansiosos este día. Para muchos será su primera vez. Otros ya no veían la hora que floreciera este día de una vez.

Hola Felipe. Mi nombre es Alejandro, mis amigos me dicen Colorado porque alguna vez fui pelirrojo, y mis apellidos son González y Dago. González por parte de padre, Dago por parte de hermano. Que cómo es esto, te preguntarás; es fácil. Mi hermano mayor, Daniel González, siempre quiso ser escritor y firmar Daniel Dago que es una suerte de apocope de Daniel González. Pero como murió y no pudo hacerlo, en su memoria y homenaje, yo, que de vez en cuando borroneo algunos garabatos, decidí firmar agregándole su pseudónimo.

Ahora vamos a lo nuestro. Son tantas las cosas que necesito y quiero contarte Felipe, que no sé por dónde empezar, duda que reafirma mi condición de nativo de estas tierras porque en estas tierras los nativos nunca sabemos por dónde empezar. Te parecerá graciosa mi confesión, pero no te rías de lo que te digo porque todavía no te dije lo menos gracioso: no sólo no sabemos por dónde empezar, tampoco sabemos por dónde terminar, ni cómo terminará la cosa, y menos aun cuando la cosa ya está terminada. Por eso estamos en permanente movimiento. Somos inquietos. Nacemos acá pero siempre vamos para allá; o sea de acá para allá. Nunca sabemos bien a dónde vamos, pero allá vamos. Somos nómades. Y también contradictorios. Nos movemos para echarles la culpa de los problemas a quienes no se mueven como nosotros.

En cuanto a lo personal, no abundaré en presentaciones ni en más detalles superfluos. Solo te diré que sin ser Miguel Strogoff camino a Irkutsk, me entusiasma esto de ser tu correo para llevarte algunas noticias. Después de todo desde el siglo pasado soy amigo del papá de tu mamá, o sea tu abuelo. Y desde entonces los dos soñamos un mismo sueño.

Anoche, por ejemplo, en la última noche del invierno, soñé que me gustaría tener un Presidente que le dé importancia a las palabras; a las de él y a las de la gente. Que no diga que entiende el dolor ajeno sino lo siente. Porque cuando la gente dice que le duelen algunas cosas, es porque le duelen.

Como me gustaría tener un Presidente que entienda que la libertad política es un bien a largo plazo y que es responsabilidad del Estado probarle a la gente que necesita de ella para vivir y desarrollarse en sociedad. Y qué tal bien acaba con la posibilidad de engendrar despotismo en una sociedad democrática.

Como me gustaría tener un Presidente que le dé importancia a las palabras; a las de él y a las de la gente. Que supiera que una cosa son los sustantivos y otra los adjetivos. Como decía Alejo Carpentier,

“Los adjetivos son las arrugas del estilo. Y cuando se abusa de ellos confiriéndoles dignidades y categorías que no merecen, antes de regresar a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas, se convierten en surcos de decrepitud”.

Como me gustaría tener un Presidente que entienda que cuando las ideas son verdaderas no envejecen. Y que cualquier destino, por eterno que sea, en realidad consta de un solo momento, ese momento en el que un hombre sabe para siempre quién es, como dijo Borges.

Como me gustaría tener un Presidente que entienda que la violencia no es ajena al hombre ni el hombre a la violencia. Por eso no hay que generarla. Y que la violencia verbal y oficial también es responsabilidad de un Presidente.

Como me gustaría tener un Presidente que sepa que le corresponde dar razones pero no juzgar su efecto cuando quien opina es la mayoría de la gente. Que el único camino posible es la razón. Y que la mayoría nunca se equivoca, aunque no tenga razón.

Como me gustaría tener un Presidente que le dé importancia a las palabras; a las de él y a las de la gente. Entonces se tendría por certero y cierto que Juan Carlos Onetti no estaba equivocado cuando afirmaba que “las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio.”

Como me gustaría tener un Presidente que asumiera que desde hace ya mucho tiempo, la gente no cree en la palabra de los presidentes porque muchos presidentes mienten ya que sólo adornan la ilusión del hombre y remiendan sus cuerpos. Y si miente un Presidente, luego también mentirá el pueblo.

Como me gustaría tener un Presidente que lo hubiera leído a Quevedo, hijo de jueces y desde niño profundo conocedor del hombre político. En 1613, en su obra Historia de un Buscón llamado don Pablos, Ejemplo de Vagabundos y Espejo de Tacaños, Quevedo escribió:

“Quien no hurta en el mundo no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y los jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan, y otras nos cuelgan. Por qué no querrían que donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros”.

Como me gustaría tener un Presidente que desmienta a Quevedo. Como me gustaría tener un Presidente que hubiera leído a Luis Rodolfo Cuello, el prestigioso experto en arte, quien en su libro “La Vida y La Tinta” relata:

“Cuando en el año 1937 Leopoldo Méndez, Pablo O’Higgins, y Luis Arenal fundaron en Ciudad de México el Taller de Gráfica Popular (TGP), el mundo era un chiquero y el hombre estaba en decadencia, igual que ahora. Por aquel entonces, el ombligo del mundo era Europa y la capital de Europa era París. Y aunque la tuberculosis todavía no tenía cura por falta de presupuesto para el desarrollo del medicamento a pesar que Louis Pasteur había descubierto el antibiótico en el siglo XIX, lo que sí había, hasta para tirar a la marchanta, eran ambiciones y mezquindades como para empezar una nueva guerra mundial. Una vez más los hombres creyeron ser dioses. Hitler quería ser dueño del mundo y Franco de España, primero. Pero no estaban solos. Mucha gente también quería que lo fueran. Había palabras de sobra y sobraban las palabras. Sólo Picasso podía pintar un silencio”.

Como me gustaría tener un Presidente que le dé importancia a las palabras; a las de él y a las de la gente. Que haga lo que dice que va a hacer. Que cuide lo bien hecho. Que respete lo respetado. Que mejore lo mejorado. Que sepa que a pesar de lo mediático, la gente sigue esperando que alguien recupere el valor de la palabra. El mes que viene habrá elecciones. Ningún candidato, todavía, le ha dado valor a la palabra. Todos hablan con más adjetivos que sustantivos. Seguiré esperando. Nadie me quitará la esperanza, Felipe. Ni a mí ni a tu abuelo.

Este sueño quería contarte. Porque hubo una época que contar los sueños era sentenciarse a muerte. Pero eso te lo contaré en otra carta, otro día. Por ahora, seguí siendo un niño, ya que es la única manera de soñar sin permiso.

Alejandro González Dago, tu correo.