Roma, la calle de los dos viajes del Che

“No me nutro con las mismas formas de los turistas y me extraña ver en los mapas de propaganda, de Jujuy por ejemplo: el Altar de la Patria.... No se conoce así a un pueblo, una forma y una interpretación de la vida..." (Anotación propia de diario de viaje de Ernesto Guevara en bicicleta).

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Calle Roma 535,  barrio General Paz. En ese lugar hay una casa de óptica enfrente del Hospital Italiano. Justo al lado hay un comedor o resto bar muy concurrido que se llama “El Che”. Así lo bautizó quien era su dueño anterior.  Quienes después se lo compraron decidieron mantener el nombre.  Si le preguntan al actual propietario porqué  su negocio se llama “El Che”  no va a dudar al responder: “Porque en esta casa vivió el Che Guevara”. El dato es equívoco, pero tampoco tanto como para no justificar que lleve el nombre del revolucionario.

En realidad, donde funciona la mencionada la casa de lentes hasta hace 19 años era la casa que perteneció a la familia Granado, padres de los hermanos Alberto, Tomás y Gregorio, grandes amigos del Che durante sus años jóvenes.

En esa casa, que al fondo tenía gallinero y parra, el Che y sus amigos pasaron varios ratos de charlas y mate, haciendo cosas de esa edad del secundario.  Ernesto había sido presentado por Tomás, su compañero en el colegio Deán Funes y había caído “en gracia”.

Allí, por ejemplo, Alberto (20) le hizo el famoso “test de hombría” a Ernesto (14) para comprobar si ese “flacucho pecho de pollo, con jadeo incorporado”, estaba en condiciones de integrar un equipo de rugby llamado Estudiantes, que el mismo Alberto dirigía.

Alberto o el “Petizo”, a quien entre sus piernas curvas y morrudas, podía atravesarle una pelea de perros, fue el encargado de hacerle la prueba al chico Guevara, a quien ya le decían “el Pelado”, “Pelaú”,  por cortarse el pelo al rape dejándose un mechón en la frente.

Vuelvo a la prueba.  Consistía en saltar dos o tres veces por encima de una silla y rebotar con los hombros en el suelo. La prueba pretendía emular al tackle,  maniobra reiterada en un partido para derribar ataques rivales.  El examinado cumplió con creces y pasó a integrar el equipo de rugby. Allí surgió “Furibundo Serna” auto apelativo que al poco tiempo se convirtió en “Fuser”.

La amistad de Guevara con los hermanos perduró en el tiempo. Tan amigos eran que cuando Ernesto emigró a Buenos Aires, en 1947, a estudiar para ser médico, cada vez que podía se hacía una escapada a visitarlo.

Una de esas escapadas lo hizo en bicicleta. Una bicicleta a la que le colocó un motor de origen italiano. Su plan era ir a las provincias del norte, pasar por su “patria chica adoptiva” y compartir unos días con el clan Granado. Así fue. El estudiante arrancó de su casa de Buenos Aires una tormentosa madrugada del 1º de enero de 1950. Se hospedó en casa de los Granado y con ellos se fue de campamento hacia Los Chorrillos, cerca de Tanti. ¡Que deleite!

Días después y tal como lo había planificado, prosiguió su raid por la ruta 9 Norte hasta llegar a San Francisco del Chañar. Alberto allí tenía una farmacia y era el bioquímico del Sanatorio “Puente” donde se hospitalizaba a enfermos de lepra.

Momentos antes de partir de la calle Roma, el solitario ciclista se hizo fotografiar por Tomás, montado a su bici motorizada y con su equipamiento listo para afrontar el primer gran desafío físico y mental de su Vida. Hoy sería una “selfie” subida en pocos segundos a los smartphones  de las dos destinatarias de la imagen: “Chichina” Ferreira y su prima Dolores Moyano,   a quienes le puso esta sugestiva dedicatoria: “A mis admiradoras cordobesas, el rey de los caminos”Eran estas chicas de la elite social de Nueva Córdoba, de familias adineradas de entonces.  En realidad, vecinas suyas, porque Ernesto había vivido cuatro años al 288 de la calle Chile.  Los años pasaron y Chichina, quien había tenido con Ernesto un noviazgo, fugaz pero intenso, no menos controvertido, conservó por años la fotografía del romántico ciclista de aventura.

Moto por bici

Un año mas tarde, desde el mismo lugar, Ernesto volvió a partir.  Esta vez no lo hizo en bici sino en una motocicleta Norton 500 CC, también conocida como La Poderosa (II). Y no lo hizo solo, sino con el dueño del rodado que era precisamente, Alberto Granado.  Ahora el destino iba a ser  Sud América y el plazo se extendería desde los últimos días de diciembre de 1951 hasta el mes de julio del año siguiente.  La moto había recibido asistencia y puesta a punto ahí, en Roma 535, debajo de la parra.

Y otra vez esa la casa fue el escenario de la ceremonia de partida.  No faltaron bromas, lagrimones, sermones y consejos por parte de la parentela “granadina” a los precoces aventureros.

La película Diarios de Motocicleta (2004) , con el argentino Rodrigo de la Serna como Alberto y el mexicano García Bernal como Ernesto,  y que recreó ese fantástico viaje,  exhibe el momento de la partida, pero no en Córdoba sino en Buenos Aires, con los Guevara de la Serna a pleno despidiendo a los muchachos.

Tras arrancar y hacer unos metros, los aventureros casi se estrellan con un colectivo que dobló de repente. Todos dan gritos desesperados.

Ese pasaje es real,  solo que ocurrió en Córdoba, cuando la moto se tambaleó por efecto de un brusco giro que dio el Che para dar el saludo final,  haciendo perder el control a Alberto de la moto que se “le fue” de carril y les apareció de frente el tranvía 2 a la altura de la calle Sarmiento.  Alberto no quiso saber nada con frenar y soportar el coro de reproches de quienes lo despedían.

Antes de que la vieja casa fuera adquirida y refaccionada, una placa de cerámico indicaba: “El 29-12-1951, desde esta casa, partieron Alberto Granado y Ernesto Guevara en un viaje que incidió en la historia de América.  Homenaje del Pueblo de Córdoba.  Verano del ’96”. 

La hizo colocar el propio Alberto con otros amigos, entre ellos, quien fuera prolífico escritor y testigo de la partida, César Altamirano.  Al instalarse la óptica el nuevo dueño prefirió que su negocio no se viera mezclado con ningún sueño revolucionario. Despegó el cerámico y envuelto en papel se lo devolvió a Altamirano y  ahora lo conserva su viuda.

Pocos años después (1957)  no en Córdoba, sino en México, Ernesto se ponía en una nueva ruta. Esta vez, por mar  hacia Cuba y para revolucionarla. Con sus idas y vueltas, el punto de partida había sido aquella vieja casa de la parra.  O sea, para entender  el inicial itinerario físico y luego ideológico del Che,  los caminos conducen a Roma, 535. 

“No me nutro con las mismas formas de los turistas y me extraña ver en los mapas de propaganda, de Jujuy por ejemplo: el Altar de la Patria, la catedral donde se bendijo la enseña patria, la joya del púlpito y la milagrosa virgencita de Río Blanco y Pompeya, la casa en que fue muerto Lavalle, el Cabildo de la Revolución, el museo de la provincia. No, no se conoce así a un pueblo, una forma y una interpretación de la vida, aquello es la lujosa cubierta, pero su alma está reflejada en los enfermos de los hospitales, los asilados en las comisarías o el peatón ansioso con quien se intima”.  (Anotación propia de diario de viaje de Ernesto Guevara en bicicleta).

Por Horacio López das Eiras, periodista, autor del libro Rey de los Caminos, Ernesto Guevara antes de ser el Che; Editora la Central (2016).