El correo de Felipe VI

Cuando alguien te pregunte qué es la dignidad de un pueblo y para qué sirven el arte y los artistas, recuerda esta revolución hecha con papel y tinta. Un puñado de artistas pint{o la realidad. Así nació la revolución mexicana y el fantástico Taller de Gráfica Popular (Por Alejandro González Dago)

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Hola Felipe. Como buen correo tuyo que pretendo ser, aquí te traigo algunas noticias.Y como no puedo con mi genio – nunca pude – te las entrego en forma de historias. Las de hoy son buenas noticias. Tienen que ver con la historia de una revolución ganada sin fusiles ni cañones y sin haber disparado ni uno solo tiro. Las armas más poderosas que utilizaron los revolucionarios vencedores de la histórica gesta fueron el papel y la tinta.

Cuando en el año 1937 Leopoldo Méndez, Pablo O`Higgins, y Luís Arenal fundaron en Ciudad de México el Taller de Gráfica Popular (cuyas siglas son TGP), el mundo era un chiquero y el hombre estaba en decadencia, igual que ahora.

Taller de Grabado – blogger / Taller de Gráfica Popular

Por aquel entonces, el ombligo del mundo era Europa y la capital de Europa era París. Y aunque la tuberculosis todavía no tenía cura por “falta de presupuesto para el desarrollo del medicamento” a pesar que Louis Pasteur había descubierto el antibiótico en el siglo XIX, lo que sí había, hasta para tirar a la marchanta, eran ambiciones y mezquindades suficientes como para empezar una nueva guerra mundial. Una vez más, los hombres creímos ser dioses.

Hitler quería ser dueño del mundo y Franco de España, primero. Pero no estaban solos. Mucha gente también quería que lo fueran. Como parte de los aprestos bélicos para concretar tamañas aventuras, el führer necesitaba un sitio donde probar el poder de muerte de sus nuevas bombas, y el caudillo, que durante la Guerra Civil Española quería tomar Bilbao para posicionarse en EuskalHerria (País vasco) para de paso dejar en claro que, según él, la etnia gallega era superior a la etnia vasca, como buen aliado y amigo de Hitler le obsequió para su ensayo criminal un banco de pruebas cerca de la capital vizcaína próxima al Cantábrico, cuya masacre, además, serviría para amedrentar a los tozudos independentistas. El pueblito, el banco de pruebas, se llama Guernika.

Dieciocho días después del trágico 26 de abril de 1937 en la provincia de Vizcaya, cuando por orden del propio Franco la poderosa Legión Cóndor de la Fuerza Aérea Alemana bombardeara hasta casi borrar del mapa ese pueblito campesino de casitas blancas y bajas con corrales al frente y gallineros en el patio que hoy tiene 15.000 habitantes pero en aquel entonces era tan pequeño que las personas se llamaban por el apodo y hasta le ponían nombre a sus animales, Pablo Picasso empezó a pintar aquella tragedia a la que llamó Guernika (óleo sobre lienzo: 349 x 776,6 cm.).

En menos de dos meses lo terminó. Y aunque algunos de los sesenta bocetos los hizo a color, finalmente lo pintó en blanco y negro y gris, tal vez para que al contemplarlo el ojo humano el rojo de la sangre derramada no predominara por sobre el blanco cadavérico o el negro de la muerte cuyo silencio atroz, envolviendo el pueblo de pastores y ovejas mansas, también es posible escuchar cuando uno observa esa obra. Sólo Picasso podía pintar un silencio.

No la firmó porque no era necesario que la firmara porque estaba seguro que sería única, ni tampoco le puso fecha porque no importaba el día ni el año sino el espanto. Y un mes y pico después, el frontispicio del odio del ser humano fue colgado en el Pabellón Español de la Exposición Internacional de París. Y desde ese día, del cuello de la humanidad pende un diamante cuya estructura cúbica y perfecta refleja la peor cara del hombre.

Se dice que mientras Pablo Picasso pintaba el Guernika ingresó a su atelier un comando alemán encabezado por un joven teniente de la Gestapo. Como el Guernika estaba a medio terminar, el teniente alemán quedó extasiado con lo que estaba mirando.
– Esto lo hizo usted, le preguntó el soldado a Picasso
– No: eso lo hicieron ustedes, respondió el Malagueño con sabia sorna.

En la Exposición Internacional de París, el mural causó conmoción porque era de Picasso y el arte del mundo estaba pendiente de lo que hacía Picasso, quien vivía en París desde 1904. También porque el cubismo (que rechaza la perspectiva, el movimiento, y la importancia que le da al efecto de la luz y el color el impresionismo otorgándole primacía a la línea y la forma) se enfrentaba al sentimentalismo y al realismo de la pintura tradicional, pero sobre todo conmocionó primero por el denunciante y recién después por la masacre que denunciaba.

Es que en el año 1937 Pablo Picasso ya era Pablo Picasso: un genio dueño del siglo. Él y el mundo lo sabían (“después de Picasso no se puede pintar más como antes de Picasso” solía decir Jean Cocteau) y era la primera vez que el hijo de María Picasso López y José Ruiz Blasco abandonaba su estética egoísta y su insoportable vanidad para comprometerse socialmente con la gente de a pie en una causa en la que, además, señalaba al caudillo Francisco Franco como un asesino.

Y París, que ya era París, la ciudad luz del hombre, incluso antes de 1789 con la Toma de la Bastilla, la Revolución Francesa y la I República, se inclinaba mansa y obediente como una perrita faldera ante cada pincelada del genial artista malagueño. Y como por entonces, al igual que siempre, si París se resfriaba toda Europa estornudaba, Picasso era dueño del ombligo del mundo.

Mientras tanto, en ese mismo año 1937 pero en el nuevo mundo, al sur del Río Bravo, lejos del ombligo, justo donde la espalda del planeta termina y cambia de nombre, México era considerado el patio trasero de los Estados Unidos de Norteamérica, es decir: el lugar donde se amontona la basura.

Ahora tomá nota de este número, Felipe: en 1937, más del ochenta por ciento de la población mexicana, en su mayoría descendiente de pueblos originarios, no sabía leer ni escribir. Además estaban indocumentados y eran sometidos y explotados por menos del veinte por ciento restante. Y para poder echarse un bocado de comida a la boca – algún atole champurrado, unos chichicuilotes, algunos tamales – o un tequila o un mescal en penca en el cuerpo, el pueblo mexicano tenían más esperanzas en los gallos de riña que en lo que pudiera pagarles el patrón por más que se hubieran roto el lomo trabajando en la yuca, los que tenían trabajo.

¿Cómo se hacía entonces para comunicarle al pueblo analfabeto lo que estaba sucediendo? De nada serviría repartir escritos, o pegar afiches o bandos con reclamos porque la gente no sabía leer ni escribir. Entonces, a un puñado de artistas geniales se les ocurrió pintar la realidad. Y en lugar de palabras colgó estampas hechas por ellos y que denunciaban lo que estaba sucediendo. Así nació la Revolución Mexicana y el fantástico Taller de Gráfica Popular (TGP), un hecho único en el mundo por el cual el arte terminó por echar a los dictadores del gobierno.

Aunque hacía ya tiempo que a México le habían echado el ojo aquel cóndor de la legión y el franquismo de la cruz de madera los clavos y el incienso, cuya doctrina se había instalado en el interior del país de los aztecas a través de Los Cristeros (que eran brutales hordas de fundamentalistas católicos que asesinaban gente en nombre de Cristo y de la justicia divina) quien en verdad quería anidar allí para siempre era el águila americana, que para colmo estaba cebada ya que el 29 de diciembre de 1845 se había rapiñado Texas para su nido y sus pichones.

Porque una cosa es ser pobre, Felipe, y otra cosa es ser pobre y compartir medianera con los Estados Unidos de Norteamérica. Semejante realidad, más las masacres oficiales que el poder de turno consumaba todos los días arrojando silenciosas bombas de hambre y miseria sobre los pobres y la gente sencilla, convirtieron a México, a su manera, en otro Guernika.

Entonces, sin el glamour de París, con el olvido del mundo, en patas y mal comidos, bajo el asedio de los más peligrosos ismos (capitalismo, nazismo, fascismo, y franquismo) que contaban con la colaboración de algunos mal paridos cipayos, en los arrabales del DF, en una vieja y descascarada casona alquilada de calle Belisario Roldán 69 con sus alquileres impagos, una prensa mecánica sin marca ni nombre cuyo certificado de fabricación, excelencia y procedencia era sólo una chapa dorada fijada con cuatro tornillos que curiosamente decía: “París 1871”, y agrupados en el Taller de Gráfica Popular, un puñado de geniales artistas mexicanos retrataron sus propios Guernika.

Fueron estampas en litografía – tinta sobre papel común – y ninguna de ellas fue firmada porque no era necesario que las firmaran, ya que el TGP privilegió lo colectivo por sobre lo individual, es decir el compromiso de una generación de artistas con su tiempo y su pueblo, y no el de una sola persona.

La mayoría fueron hechas en blanco y negro sobre medidas no estándar sino adaptadas según el papel que podían conseguir, aunque una buena cantidad de ellas tenía 20 cm x 30 cm, casi como la ahora denominada medida A4.

Cuando empezaron su tarea no tenían ni un peso en los bolsillos ni lo tuvieron después porque, como es sabido, la economía del arte está basada en la burguesía y la burguesía mexicana sólo compraba arte europeo y las extraordinarias obras del TGP nunca respondieron a ese sentido estético. Además, las estampas del TGP eran masivas para concientizar a la gente, con mucho por hacer pero sin tiempo para preparativos ni aprontes porque el objetivo no era una exposición sino una revolución. Y la hicieron. El mundo lo sabe, Felipe. Mis respetos y admiración a la memoria de aquellos hombres.

El primer salón exposición que tuvieron las estampas del TGP fueron los árboles y las paredes del Distrito Federal donde los artistas colgaron ocho carteles antifascistas, todos litos bicolores, ingeniosos, irónicos y aplastantes.

Después se ocuparon del mismísimo führer y su nazismo con una pegatina realizada en el marco del programa denominado 16 Conferencias organizado por la Liga de Cultura Alemana, una agrupación germana enemiga de Hitler. Y más adelante, Leopoldo Méndez, Xavier Guerrero, Luis Arenal, y Raúl Angiano alertaron contra el generalísimo retratando el rostro del caudillo gallego sobre piedra en la serie de 12 litos bajo el título La España de Franco.

 

De allí para acá, en el tiempo, nunca dejaron de denunciar a través del arte las atrocidades que padecía el pueblo mexicano a manos de sus gobernantes y sus cómplices de adentro y también los extranjeros. Por su concepción general, su genial impronta, su trazo, su acabado, y su estética, cada estampa del TGP es una obra de arte.

Pero si habiendo sido consideradas esas estampas como los Códices Graficadosde la Modernidad, además se cuantifica el carácter testimonial de las obras, la magnitud de las mismas, su objetivo revolucionario, la influencia libertaria que tuvo en México y en otros pueblos del mundo su histórico legado, más la presión y el calor a que fueron sometidos los artistas y el papel y la tinta, puede decirse entonces que cada estampa del TGP también es una gema invalorable.

Todas esas gemas juntas, las gemas de la Revolución, finalmente formaron un diamantino collar que el mundo tiene a su disposición en la América latina cada vez que necesite recordar cuántos quilates tiene la dignidad.

Tal vez por esto mismo, alguna vez, el reconocido crítico francés André Breton, considerado el guardián del surrealismo, en el dossier Souvenir du Mexique de la prestigiosa revista francesa Minotaure, a cerca del TGP le dijo a los intelectuales del ombligo del mundo “…por lo menos queda en el mundo un país donde el viento de la liberación no ha caído. México es el modelo de revolución que a Europa se le está escurriendo entre los dedos”.

La idea, el ideario, la obra, y la tozudez de los artistas del TGP en cumplir una misión y demostrar que era posible hacer una revolución social desde el arte y lo colectivo sin disparar una sola bala, fueron tomados como ejemplo en muchos países del mundo, incluido los Estados Unidos de Norteamérica.

Y aquellos artistas extranjeros que no quisieron quedar afuera del TGP ni de la historia, se fueron a vivir a México y allí trabajaron codo a codo con sus colegas mexicanos como si la causa de México y del Taller de Gráfica Popular fuera propia.

Pablo O´Higgins, por ejemplo, uno de los fundadores delTGP, nacido en Salt Lake City, Utah, USA, tomó la decisión de trasladarse a México a los 24 años después de quedar extasiado con algunas obras de Diego Rivera y de José Clemente Orozco. No sólo fue uno de los fundadores con una activa participación en su causa, sino también fue maestro de dibujo en las escuelas Primarias del Distrito Federal.

Otros fueron KolomanSokol, maestro grabador checoslovaco; Max Kahn y ConeCohn, profesores de artes gráficas en Chicago Illinois; Jean Charlot, quien en 1947 realizó en el TGP su portafolio de 10 litos multicolores Mexihkanantle, y AlbeStenier, artista gráfico de Milano.

Para tener una noción más acabada sobre la tarea de difusión, información, y formación que realizó el Taller de Gráfica Popular para la concreción de la mayor revolución cultural, social, y popular del siglo XX que fue la Revolución Mexicana, resulta oportuno ingresar de lleno a los números.

En sólo 16 semanas, el TGP colgó la friolera de 32.000 carteles en todo el DF mostrándole a la gente desprotegida la cara del enemigo. Y como corresponde a una verdadera militancia, el pegado de esos carteles estuvo a cargo de los propios artistas. En los 37 años comprendidos entre 1938 y 1975, el Taller de Gráfica Popular realizó más de 270 exposiciones internacionales en distintas partes del mundo, promediando 7,351 muestras por año. Tomando como referencia, como kilómetro cero, el Distrito Federal (DF), las distancias recorridas suman casi un millón de kilómetros, tres viajes a la luna.

Los históricos grabados del TGP fueron expuestos en los cinco continentes del planeta donde se hablan casi veinte idiomas distintos, bajo todos los climas existentes, en las ciudades más conocidas y poderosas del mundo, como New York, EE.UU, hasta las menos conocidas como Conakry, capital de Guinea, una isla ubicada entre las penínsulas de Tombo y de Kaloum, en el África Occidental, donde en 1960 se realizó una exposición.
Australia, China, Japón, la entonces Unión Soviética, Egipto, Israel, Líbano, Indonesia y Turquía, son apenas una muestra de la diversidad de pueblos y culturas que contemplaron esta magnífica obra inspirada en la injusticia y posterior revolución del pueblo mexicano.

Sobre los dibujos de las famosas calaveras mexicanas bailando y riendo y la vida del extraordinario artista que fue José Guadalupe Posadas – algo así como el Messi de las estampas – algún día te contaré y también el por qué semejante gesta no es demasiado conocida en la Argentina ni jamás estuvo incorporada en la curricula escolar de la escuela pública.

Quería contarte esto Felipe para que cuando alguien te pregunte qué es la dignidad de un pueblo y para qué sirven el arte y los artistas, le recuerdes esta revolución hecha con papel y tinta.