SELFIE URBANA: El suave murmullo de tu suspirar

En este 2018 las vergüenzas que nos quedaron por las libertades que nos faltaron cumplirán sus primeros cien años, y sólo algunos muertos ilustres tienen ganado el derecho a soplar esas velitas. Otros, minga (Por Alejandro González Dago)

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Casi mediodía en la ciudad. Acaba de pasar el carnaval y a Momo se lo vio más flaco este año. Mientras el viento sobrevuela los edificios y fabrica remolinos en las esquinas con algunas serpentinas, febrero ya camina el último tramo de la vereda del verano. Desde la terraza de la Torre Ángela sin necesidad de estirar el cuello o de pararse en punta de pie, cualquier persona puede ver cómo marzo se está peinando; y azula las mañanas y pinta las tardes de dorado.

Sin embargo,en este valle urbano tan bello y mágico como contaminado, donde nada es lo que parece, la gente al hablar se come las eses y prolonga las enes, y setenta y treinta no es cien sino fernet, tampoco son febrero o marzo el Ecuador del tiempo sino los carritos de praliné que al tomar otra vez posesión de las esquinas del centro marcan que en la ciudad el verdadero año recién ahora está comenzando. Los nuevos odios y los nuevos amores ya tienen permitido el decolaje. La mentira, la traición, y la corrupción, no tienen pensado mudarse de barrio.

A esta hora en este día en un café de 27 y Belgrano las personas tienen clavada la mirada en su celular buscando la vida que nunca verán por vivir con las miradas clavadas en el celular. Un parroquiano hojea sin apuro el diario y en una de las mesas del ventanal que da a la esquina una pareja discute por una menor subiendo a mayor el tono de voz.

Mordiendo cada palabra ella le dice a él que si no le aumenta la mensualidad y se la paga ya mismo no verá a la nena en todo el mes: -Vos no podés hacerme esto, Clarita. Yo no tengo la culpa que el trabajo haya aflojado y que Macri aumente las cosas todos los días, o acaso no te enteraste de la marcha de Moyano? dice el tipo apurando una excusa y un cortado.

Entonces ella se pone de pie, con la mano abierta golpea la mesa, y con guapeza de madre soltera sostiene un silencio más pesado que la humedad, después le dice al tipo en voz alta: -!!!Caradura de mierda. Para aumentarle y pagarle la mensualidad a tu hija no tenés plata, pero para irte a Camboriú con ese gato sucio con el que salís te sobra !!! Dijo gato sucio la mujer y todos los celulares de todas las personas ancladas en el Wi-Fi del café pasaron a función Cámara, enfocaron la pareja, y empezaron a filmar.

– Remo en puerta, dijo un veterano de guerra que tenía la bandera Argentina bordada en la camisa mientras cerraba la puerta del bar por el lado de afuera y se abría paso entre una jauría de perros callejeros que al escuchar la palabra gato comenzaron a ladrar pero en la vereda.

– !!!Cuidado con lo que decís, Clarita, no te permito. Lavate bien la boca antes de hablar de Carina porque Carina no es ningún gato!!! dijo el tipo con gesto más bien amariposado e ignorando que acababa de meter el pie en una ciénaga y que Clarita había comenzado a oscurecer.

Los perros callejeros ladraron otra vez. Acto seguido, Clarita, con el dedo en señal de fackyou y poniendo cara de yo no fui como diciendo a quién le ganó este muerto, con lengua bola le hace burla: – Cuidacho Clarita, no che permito, lavache bien la bocacha antes de hablarche de Carina, pedazo de mal paridos vos y tu gato.

La gente sigue filmando. Un pibe de gorra con la visera puesta para atrás que estrenaba tatuajes en los párpados le pide a Clarita que hable más fuerte porque no está bien el audio, y el dueño de una mesa de dinero, acodado en la barra, deja de leer el pedido de excarcelación redactado por su abogado que a su vez es el fiscal de la causa, levanta la vista, y como si tal cosa pide otro Campari con jugo de naranja.

Clarita agrega: – Ya te dije que como nunca más volví a decirte Oscar, vos no tenés ningún derecho a pronunciar mi nombre, basura. Maldigo la hora que empecé a encamarme con vos creyendo en tu promesa de que ibas a hablar no sé con quién para que me hiciera entrar a trabajar en la Municipalidad.

– ¿Escuchaste Quique? así de putas e interesadas son las mujeres, le dice el abuelo al nieto mientras le limpia un lamparón de kétchup.

– ¿La abuelita también era así de puta e interesada? le pregunta inocente el nieto al viejo y el viejo con cara de sota de basto mira para otro lado.

– En la venganza el débil es más cruel, dice hablando solo un profesor de filosofía jubilado mientras Oscar, regodeándose, vuelve a la carga. –Ah… qué bueno, Clarita…cuánto me alegro que te des cuenta que Carina no es ningún gato y que los verdaderos gatos ya están saliendo del placard.

En la mesa de al lado, una piba jovencita le echa en cara a un hombre mayor que ella – Ahora entendés por qué aborté, Cacho? y el tipo con su billetera gorda en la mano busca besarla en la boca. La piba lo esquiva y Clarita rompe en llanto. Una señora parecida a la Cándida Eréndira del cuento de Gabole ofrece a Clarita una servilleta para el llanto y un consejo para el resto del día: -Sírvase, límpiese. Hoy mismo tiene que denunciar por violencia de género a este tipo, dice Cándida.

Y justo cuando Clarita acelera los pucheros y empieza a llorar a cántaros, un coso barbudo con las rastas colgando ingresa al café. En una mano trae una guitarra y en la otra una nena de cinco años. – Y… cómo te fue con tu ex? Conseguiste sacarle unos mangos? le dice el coso de las rastas a Clarita y la nena grita: – ¡ Mamá! Ahí nomás un viejo mozo conocedor de la fauna humana que lava sus trapos sucios en los bares, le dice al gordo de la caja: – Gordo, cerrame la ocho y bajá un poco la persiana.

En la calle, media cuadra antes de Deán Funes, un tipo que acaba de bajarse del trole le entrega un sobre con frula a dos cobanis que lo esperaban dentro de un patrullero simulando que patrullaban, a la salida de un cajero después de consultar su saldo un gerente de Epec sonríe satisfecho, y en el noticiero del mediodía por televisión un candidato a gobernador declara que a pedido de la gente se postulará para el año que viene porque le sobra vocación de servicio pero necesita que el pueblo lo acompañe porque solo no puede.

– Te quiero, le dice un cincuentón largo a una cincuentona en la puerta de Cinerama. Se conocieron por Internet. Ella dice que los dos merecen otra oportunidad. El cincuentón largo suspira, huele el pelo de la mujer, cierra los ojos y la besa suavemente en el cuello. A lo lejos suena un tango de Gardel cantado por Luis Miguel: “…si tus ojos negros/ me quieren mirar…” Entonces ellos se miran y sonríen.

No caben dudas que el verdadero año está comenzando en la ciudad. No hay mayores novedades. En este 2018 las vergüenzas que nos quedaron por las libertades que nos faltaron cumplirán sus primeros cien años, y sólo algunos muertos ilustres tienen ganado el derecho a soplar esas velitas. Otros, minga. No hay reforma que pueda consolidarse con gente que sólo sabe estar de paso. – Perdonalos Deodoro, murmura un anciano reformista que camina con bastón apenas cruza Tucumán y Santa Rosa.

Un tachero le pregunta a un Naranjita si también él cambiaba cheques en la cueva del tiroteo en Nueva Córdoba, y tres albañiles desocupados, con los baldes envueltos en papel de diario, se meten en la San Luis para clavarse dos de muzza con fainá y un buen sodeado. Les toca una mesa al lado de unos negros senegaleses que venden relojes importados en la calle.

Difícil que llueva esta tarde.

Alejandro González Dago