SELFIE URBANA: El último primer día

"En esta ciudad hay más monumentos a la muerte que al amor, porque pareciera que ha sido más importante el coraje para matar que el coraje necesario para amar" ¿Acaso los recuerdos por actos de amor no son monumentos? (Por Alejandro González Dago)

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Si de algo puede presumir el tiempo es de su sabiduría. Y si esto aplica para ciudades, en este precioso valle tan mágico como contaminado, aunque sabio, no todo es lo que parece porque a los pasos perdidos todavía nadie los ha contado como debieran haber sido contados.

Nadie sabe con certeza en qué momento del tiempo se perdieron, dónde fue que se perdieron, de quién o quiénes eran esos pasos, y además no es mucho el interés demostrado en averiguar dónde fueron a parar. Mucho ruido y pocas nueces, diría yo aunque no suene original.

Me atrevo a pensar, incluso, que en esta ciudad hay más monumentos a la muerte que al amor porque pareciera que el mayor mérito de quienes nos precedieron ha sido el coraje para matar y no el coraje necesario para amar. Hay altares a la muerte pero pocos altares al amor.

El fundador, por ejemplo, que tiene un pequeño monumento frente a la confitería El Ruedo en 27 y Obispo Trejo (o sea detrás de la Catedral) y otro más pequeño en Caseros y La Cañada donde aparece leyendo el diario, era hijo del adulterio entre su padre y la mujer de un alfarero que además era judía.

Los dos eran casados, pero igual se fueron a la cama. Al parecer no fue sólo por calentura sino porque además se querían. O sea que don Jerónimo Luis además de flaco era un guacho y un marrano.

Y se casó con una panameña que según el Padre Lozano figuraba como natural de Córdoba porque el padre de ella, Gonzalo Martel de la Puente y Guzmán, había nacido en la Córdoba andaluza.

Esa mujer, Luisa Martel de los Ríos, a los 14 años de edad y después de su primera menstruación, fue entregada por sus padres para que se casara con el conquistador señor capitán Sebastián Garcilaso de la Vega que en ese momento tenía 50 años de edad y un hijo con la princesa (ñusta) inca Isabel Chimpu Ocllo que a su vez era nieta del último soberano Inca por lo que el chico tenía sangre de los dos lados: de los originarios y de los conquistadores.

Cuando llegó la orden de España que todo conquistador debía casarse con mujeres españolas y nobles, Garcilaso de la Vega se caso con Luisa Martel de los Ríos y ésta pasó a ser madrastra de un niño llamado igual que el padre pero que era heredero Inca. Por amor a esta mujer y en su homenaje, el flaco marrano guacho fundó una ciudad sin permiso de nadie y la llamó Córdoba de la nueva Andalucía.

¿Me explico o es muy complicado? Lo que quiero decir, es que no es lo mismo festejar aniversarios que resistir 445 años, dijo el profesor ante el silencio de sus alumnos que lo miraban con ojos abiertos lo suficientemente grandes como para contener inmensos signos de preguntas.

-Bueno, si es por eso mi mamá no es mi mamá, profe. Mi mamá antes era mi tía porque es la hermana de mi madre que se fue con el hermano de mi papá (o sea con mi tío) y nunca más volvió porque tuvieron dos hijos que en realidad no son mis hermanos sino mis primos. Eso no es nada: como mi papá tuvo un hijo con mi tía, ese chico no es mí hermano sino mi primo. ¿Me explico o es muy complicado? dijo con sorna un alumno como queriendo decir que esto de las familias ensambladas no es tan nuevo ni tan promiscuo ni tan traído de los pelos como se dice.

– Vayamos al fondo de la cuestión, le pidió el profesor de historia al alumno y se acomodó los anteojos y guardó su lapicera.

-¿No ha dicho usted que si de algo puede presumir el tiempo es de su sabiduría? – replicó el estudiante al que le brillaban los dos aritos que tenía en la oreja izquierda, un piercing en cada ceja, otro en la nariz y otro en la lengua.

A su lado, una morocha de inmensos ojos árabes y acento santiagueño al hablar aprovechó la volada: – Por eso yo estoy a favor del aborto legal. “Qué tiene que ver el aborto legal con lo que estamos hablando”, preguntó el profesor a sus alumnos y ahí nomas, al toque como se dice, una muchacha alta tirando a lunga que se comía las uñas retrucó desde el fondo del aula sin ponerse de pie: -Ya lo entenderá, profe. Necesita tiempo. Recuerde que el tiempo es sabiduría.

– Si, si: y no olvide profesor que en esta ciudad hay mucha gente que cree que la vida comienza cuando el espermatozoide se une con el óvulo y que debe terminar cuando a uno le afanan el celular, dijo casi sonriente un gordito con acento de tras la sierra.

– Esta ciudad se está convirtiendo en la caverna de Platón donde sentados de espaldas a la puerta de entrada todos miran reflejos de imágenes en la pared y creen ver la realidad, dijo un petizo que tenía una remera estampada con la cara del Indio Solari.

– Señores – dijo el profesor tratando que la clase le prestaran atención – ordenemos el debate para que nos quede algo en limpio. Usted, el de la vincha: tiene algo que decir?

Narciso Ibáñez Menta y Manuel de Falla

– Recuerdo cuando el año pasado usted nos contó que el actor Narciso Ibáñez Menta, en plena función en el teatro del Libertador, se casó sobre el escenario con Pepita Serrador, y cuando al entrar el cortejo fúnebre por la avenida Vélez Sarsfield proveniente de Alta Gracia con el cuerpo muerto de Manuel de Falla, la Sinfónica, cuyos músicos se habían parado sobre los escalones de ingreso al teatro, al paso del cortejo fúnebre interpretó La danza del fuego en su homenaje. Recuerdo eso y ahora usted dice que en esta ciudad hay más monumentos a la muerte que al amor. ¿O acaso los recuerdos por actos de amor no son monumentos?, dijo un muchachito esmirriado sosteniéndose sobre sus muletas.

Entonces el profesor sonrió satisfecho. Justo en ese momento tocó el timbre. El último primer día de clases había terminado. Marzo ha comenzado. Desde el 19 de junio de 1613 sucede lo mismo. Y cuando marzo comienza en la UNC, algunos, sólo algunos pasos perdidos son encontrados.

Alejandro González Dago