Santos populares, en las buenas y en las malas

Una investigación antropológica indaga en la fe de los sectores populares, en especial sobre dos figuras: San La Muerte y Pombagira. Relatos de los creyentes permiten reflexionar sobre cómo son ayudados por estos santos de "moralidad ambigua", para enfrentar situaciones de vida injustas y violentas.

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Durante 2009, en el marco de su tesis para la Maestría en Antropología, Marina Liberatori Banegas realizó un trabajo de campo en villa La Tela, uno de los asentamientos precarios más grandes de Córdoba, ubicado en el sudoeste de la ciudad. Allí viven aproximadamente 480 familias.

En aquel momento, indagó cuestiones vinculadas a la discriminación y las trayectorias delictivas como maneras de hacerse respetar y de “resistir” un orden social, dentro y fuera de la villa. Pero en ese proyecto dejó de lado las experiencias extraordinarias y espirituales que relataban las personas con las que dialogaba.

Tiempo después, revisando sus notas, encontró que a menudo las personas le hablaban de “cosas raras” que les habían pasado y que se relacionaban con los miedos. Así, tenía registrados relatos que hablaban de apariciones de fantasmas, ruidos y sombras extrañas, visitas a curanderos por causa de enfermedades inexplicables, rezos y oraciones a San La Muerte, por ejemplo.

Su tesis de doctorado le brindó la oportunidad de retomar las discusiones sobre las cuestiones espirituales y la vida cotidiana de las personas. También le permitió reflexionar cómo los antropólogos dejan de lado cuestiones vinculadas con lo extraordinario e intangible en sus investigaciones, a pesar de la importancia que tiene para las personas con las que trabajan, y también sobre el lugar en el cual se posicionan frente a esas experiencias de los “otros”. En esa etapa, Liberatori recopiló experiencias espirituales íntimas de sus entrevistados y reflexionó acerca de sus creencias.

En diálogo con UNCiencia, ella explica lo singular de la metodología empleada y los resultados de su investigación.

– ¿Cómo accedió a las experiencias espirituales tan personales de sus entrevistados?

– Durante los cuatro años que duró la primera etapa del campo, yo había tejido lazos afectivos de amistad con algunas personas, más allá del interés académico. Inclusive fui elegida madrina de la hija de un matrimonio amigo que colaboró mucho con mi trabajo, lo que fue muy emocionante para mí en ese momento. Analizando reflexivamente mi práctica como antropóloga, comencé a darme cuenta de que, lejos de recolectar materiales etnográficos, yo había construido relaciones sociales en villa La Tela, sin las cuales no hubiera podido llegar a conocer nada muy profundo acerca de la vida de las personas con las que trabajé y de las que, desde el momento en que pisé por primera vez la villa, yo formaba parte. Compartíamos una Coca cola en una esquina con un grupo de jóvenes, los acompañaba a los bailes, a sus eventos y rutinas, como por ejemplo limpiar vidrios en el centro de la ciudad.

– ¿Qué santos cultúan tus entrevistados y por qué?

– Profundicé en mi trabajo sobre los devotos de San La Muerte y Pombagira. Estos santos han tenido vidas controvertidas, por lo tanto pueden comprender el dolor de sus devotos y otorgarles fuerza y poder para poder sobrellevarlo, pero también habilitan una cierta maldad, muchas veces “necesaria” para vivir en una villa. El sufrimiento permite la identificación de los devotos con estas divinidades de “moralidad ambigua”. La relación con estos santos es parte intrínseca de la vida cotidiana de las personas con las que trabajé y no sólo una dimensión “sagrada” y extraordinaria.

Muchas veces las personas los utilizan para empoderarse y revertir comportamientos violentos provenientes de sus familiares y vecinos. Esto es algo que otros autores han visto con respecto a otros santos populares como el Gauchito Gil, y divinidades de religiones afro-brasileñas, entre otras, que se han erigido en una forma de revancha simbólica.

Está estudiado el hecho de que las nuevas devociones populares traen aparejada una complejización de la división tradicional entre el bien y el mal, fuertemente arraigados en el catolicismo y el pentecostalismo. Es decir, los nuevos cultos permiten a las personas crear órdenes morales alternativos acordes a estilos de vida más plurales, incluso aquellos relacionados con economías subterráneas e ilegales.

– ¿Cómo se vinculan estas creencias con las religiones mayoritarias?

– El evangelismo está muy presente en la villa y son creencias bien sincréticas. Algunos creen en San La Muerte, son católicos y van a la iglesia evangelista. Por ejemplo, una de las familias con las que trabajé, que tenía una gruta de San La Muerte en el espacio público, había bautizado a sus hijos en la fe católica y cuando uno de ellos tuvo un episodio de sobredosis lo llevó a la iglesia evangelista. Son experiencias espirituales que conviven.

– ¿Y cómo se relacionan estas personas con sus santos?

– A través de las grutas los devotos se relacionan con las santidades, jugándose el poder y el respeto, pero también el amor y la protección. Una de las mujeres había aprendido a defenderse de su marido a partir de su paso por la cárcel, donde empezó a cultuar a San La Muerte. Aunque ella afirmaba que solo le pedía cosas buenas a su santo, una vez le había encomendado que le produjera un mal a su marido y este se había empezado a “secar”, es decir, a bajar considerablemente de peso sin explicación. Ella afirmaba que su marido, al igual que otros vecinos, le tenía miedo al santo.

Otra entrevistada afirmaba que “la Pomba” era la protectora de las mujeres de la noche. Esta santa las resguardaba de los peligros que implicaba el oficio, como los malos tratos provenientes de los hombres, tanto clientes como “fiolos avivados”. Pero también Pombagira se volvía peligrosa para cualquier hombre que quisiera “pisar la cabeza de una mujer”. Además, la entidad podía garantizar que una trabajadora de la noche tuviera sensualidad para incrementar así sus clientes y sus correspondientes ganancias.
Los relatos de los creyentes permiten reflexionar sobre cómo el mal se transforma en una posibilidad para enfrentar aquellas cosas que se consideran injustas, humillantes, violentas; faltas de respeto entre los vecinos.

– ¿En algún momento se sugestionó con que pudiera pasarle algo vinculado a estos santos?

– No soy religiosa, pero sí creyente en que hay “algo”. En un momento del trabajo de campo tuve un “sueño vívido”, de esos donde las emociones y las sensaciones son experimentadas como si fuesen reales. En el sueño fui conducida hacia un galpón, donde vi una estatua de San La Muerte como de unos tres metros, que irradiaba una luz blanca con tonalidades rojizas. Una vez solos, el Santo me dijo con voz firme: “Pedime algo”. Le respondí que no podía pedirle nada porque no quería entrar en ese juego de obligaciones recíprocas que tenía con las personas que le pedían cosas. “Pedime algo”, insistió. Le pregunté entonces si le molestaba que investigara sobre sus devotos y me advirtió que tuviera cuidado de no intentar tener más poder que él. Le respondí: “Nunca, porque yo tengo naturaleza humana y vos sos un santo”. Dicho esto me desperté abruptamente. Estaba un poco perturbada. Decidí implicar mi sueño en la tesis como un instrumento más de análisis y como un indicio de mi grado de involucramiento con el campo y la investigación.

– Sería muy interesante hacer un documental con tu trabajo…

– Sería interesante filmar algunas cosas relacionadas con el sincretismo de la multiplicidad de experiencias espirituales en las vidas de las personas y no solo con santos de moralidad dudosa o ambigua, como San La Muerte. Hay que aprender a bucear en esas experiencias. Es como aprender a nadar, como cuando vas al río y te dicen: “Tenele respeto…”. Acá es lo mismo.

Por Eliana Piemonte
Redacción UNCiencia
Prosecretaría de Comunicación Institucional