SELFIE URBANA: Un café con Deodoro

Cuando despierto, lo primero que recuerdo es el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria... y cuando recuerdo su mirada de “ahora les toca a ustedes” me siento uno de los deudores. Lo que no recuerdo de mi sueño es si en La Cosechera dejé pago el café (Por Alejandro González Dago)

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Nota necesaria del autor

Mi admiración por el pensamiento y la acción de Deodoro Roca me vienen desde niño. Soy reformista de nacimiento. De allí que más de una vez soñé con tomar un café con él, y ahora, gracias al portal Córdoba Primero y a su director, el periodista Jorge Navarro, pude hacerlo realidad en mi mente. No pido piedad intelectual y ni siquiera comprensión, pero aunque cueste creerlo, yo conversé con Deodoro. Todavía tengo aroma a café en la barba y en la ropa.

En este 2018 que se cumplen los primeros 100 de la Reforma Universitaria de la que Deodoro Roca fue ideólogo y padre, es oportuno que, finalmente, se conozca lo que de él no se conoce. Las preguntas y algún que otro concepto introductorio de este soñado reportaje son producto de mi imaginación. Las respuestas son palabras de Deodoro Roca.

El pensamiento y la palabra de Deodoro Roca fueron extraídos en su mayor parte de una Comunicación hecha el día 28 de mayo de 2003 por el académico Dr. Horacio Sanguinetti en sesión privada de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de la masonería. Los textos inéditos y en consecuencia desconocidos de Deodoro Roca que constituyen una verdadera joya de la historia argentina, fueron cedidos al Dr. Horacio Sanguinetti por el entonces Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba y hoy vicerrector, Dr. Ramón Pedro Yanzi Ferreyra.

Eternamente agradecido. AGD

He soñado con tomar este café con usted.

– Aquí estoy; nunca me fui de Córdoba. Hubiese preferido conversar en el sótano. Demolieron mi casa pero algo del sótano quedó. En fin. Ahora hablemos.

– Si me permite, primero quiero entregarle esto. Lo escribió Rafael Alberti después de aquella oscura y fría noche del domingo siete de junio de 1942. Usted tenía 52 años. Le faltaba menos de un mes para cumplir los 53 el 2 de julio. Y aunque por aquellos años había una libertad más, aquella Córdoba seguía siendo insoportable de paqueta y doble moral. El escrito habla de usted; un semblante de quien nos dejó una vergüenza menos. Es un homenaje a su persona. Apenas un fragmento de lo que Alberti tituló Elegía a una vida clara y hermosa. Dice:

Mudos los largos llantos funerales

Alta estrella, más no para loores

Alto río, más no para la escoria

Árbol alto, más para bien movido

¡Arded, bullid, sonad, labradores!

La vida clara, hermosa la memoria,

hermoso su sentido, claro su ejemplo y

claros sus deudores

– Alberti siempre se sintió agradecido después que escribí sobre Lope de Vega y García Lorca para una conferencia. Llegó a decir que muchos enloquecieron con esos textos. Igual que lo de Martínez Estrada que decía que fui el más alto escritor político nacional del Siglo XX. ¿Sabe cuántos libros escribí en mi vida? Ninguno. Nunca escribí un libro. No reniego del concepto que tuvieron sobre mi persona Rafael Alberti, Martínez Estrada, o el mismísimo Ortega y Gasset que a todo el mundo le decía que yo era el argentino más eminente de cuantos había conocido. Lo que digo es que no tenía tiempo ni ganas para escribir un libro. Había muchas cosas para decir, muchas injusticias, y no me alcanzaba el tiempo. Entonces preferí decirlas o escribirlas en hojas sueltas, discursos, anotaciones de puño y letra, fragmentos que jamás corregí porque siempre fui un volcán para escribir. Algunos de esos escritos se perdieron en la noche bohemia de aquella Córdoba y a otros se los llevó la inundación. Para ordenarme un poco fundé un periódico. Lo llamé Flecha (1935/36) y también escribí mucho en la revista Las Comunas (1939/40).Pero nunca escribí un libro.

-Usted qué prefería: ¿escribir o discutir en persona los asuntos y las cosas?

-Discutir. Existe un verdadero interés en que los hechos humanos se discutan. La discusión restablece el equilibrio que los esfuerzos particulares alteran, y subordina valores dispersos, realizando al afirmar o rectificar, una función utilísima de economía social. Desde que un acto trasciende la conciencia, cae bajo el legítimo examen de los demás. Sin control, sin crítica, la ley será lo arbitrario. Para que los ideales generosos, las iniciativas fecundas, encarnen normas directrices, en una palabra: para que el progreso se establezca, es menester la crítica seria, incesante, prolija.

– Es decir que lo importante es discutir los asuntos y las cosas, ya sea por escrito o en persona. Como en aquel 1912 cuando los alumnos del colegio Monserrat – su colegio – organizaron una conferencia de Alfredo Palacios pero el Consejo Superior de la UNC la prohibió y usted, que era egresado del Monse y presidente del Centro de Estudiantes de la facultad de Derecho, puso el grito en el cielo. Más que discusión aquello fue un apercibimiento al H. C. S de la UNC, y una lección.

-Recuerdo que aquella vez escribí de puño y letra: No es porque se nos prohíba realizar actos, que de tener una sanción sería un caso policial, por lo que nos permitimos llamar ahora la atención del H.C.S de la UNC. Es que la disposición recurrida afecta, antes que todo, derechos primarios siempre reconocidos; es que nos prohíbe abrir juicio sobre cosas sujetas perfectamente a él; es que nos limita nuestra facultad de pensar.

El estudiante no es un expositor de textos oficiales ni está obligado a cargar con el peso de opiniones ajenas. Él no pide catálogos sino rutas, y las rutas clarean en la conciencia universitaria mediante la contribución franca, meditada y serena que cada cual aporta de sus convicciones.

Entendemos y se ha expresado siempre, salvo épocas lejanas, que las universidades carecen de un pensamiento propio impositivo, de tal manera que a él debamos acomodar los nuestros. Son escuelas de profesionales. La profesión es una aptitud para vivir y la vida una sucesión de fenómenos que cada cual interpreta a su manera. La disciplina de los estudios se fundamenta en razones pedagógicas de orden. No fija normas, no impone criterios. Despertar y robustecer la aptitud profesional es fin inmediato de las universidades.

La interpretación científica de las cosas no es patrimonio de instituciones ni de individuos aislados. Para ello concurren todas las opiniones sinceramente dichas, y por eso la más perfecta libertad y la más comprensiva tolerancia amparan la producción del pensamiento en los altos centros de cultura.

Ahora bien, si el libre examen nos ha creado el hábito de sentirnos conscientes; si la vida diaria del aula nos lo está sugiriendo continuamente y si bajo su advocación siempre pensamos, ¿porqué sobre complicaciones callejeras, sobre acontecimientos exteriores, no ha de recaer nuestro juicio si lleva la imparcialidad del mismo criterio con que solemos examinar otras complicaciones y otros acontecimientos?

Hay un derecho indiscutible regido por disposiciones constitucionales. Desconocerlo importa coartar manifestaciones legítimas de nuestra personalidad, atentar a nuestra cultura personal y colectiva. Pensamos que una consideración severa y reflexiva ha de privar sobre impresiones momentáneas; que la visión de intereses superiores y un elevado ideal de justicia han de inspirar vuestras resoluciones.
Saludamos al H. C. con nuestra consideración distinguida.

Sueño que estoy con Deodoro Roca tomando un café en La Cosechera de calle San Martín esquina 9 de Julio, en pleno centro de la ciudad de Córdoba, donde a él le gustaba tomar café. Sueño, pero parece realidad. Miro por la ventana hacia la calle y veo mitad ciudad como la de ahora y mitad aldea como la de antes.

Las calles de por acá todavía no son sólo peatonales. En medio de algunos mateos con cocheros de funyi o boinas negras y pañuelito al cuello, carros, jardineras de verduleros y lecheros con barandas y pescantes fileteados, y también esquivando automóviles, muchas personas caminan apuradas porque al parecer se está quemando la Confitería del Plata.

Foto: Diario Alfil

Si no fuera que sobre la mesa del café tengo mi teléfono celular, creería que esto es sólo una pesadilla o una confusión. Lo que no es confuso es su pensamiento, su palabra. Deodoro Roca está sentado frente de mí de traje gris con chaleco, corbata al tono, y peinado a la gomina. Habla y mueve las manos. Se le nota la pasión. Su punto de apoyo desde donde hace girar el mundo es su mirada, no una palanca como Arquímedes.

Tomo otro sorbo de café y ensueños le pregunto: – Doctor Roca, usted es hombre del Derecho, es Masón, en 1918 fue ideólogo y padre de la Reforma Universitaria, en 1925 fundó la filial Córdoba de la Unión Latinoamericana que había creado José Ingenieros, fundó el Comité Pro Presos y Exiliados de América, fundó el Comité Pro Paz y Libertad de América, además fue fundador de la filial cordobesa de la Sociedad Argentina de Escritores y de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre que fue precursora de todas las organizaciones de Derechos Humanos de nuestro país y de otras partes del mundo, me gustaría entonces conocer su opinión acerca de la violencia. Hoy en día hay violencia de hombres hacia las mujeres, hay violencia en las escuelas, hay violencia en las palabras, hay violencia en la diversión. Pregunto: ¿Son violentos los tiempos o las personas?

– La paz no es, por cierto, un estado natural. Es obra de civilizados. Triste es confesarlo, pero el estado natural del humano es la guerra. El hombre primitivo es guerrero. El salvaje actual, como nuestro antepasado de la caverna, vive en lucha perdurable. El primer sentimiento que experimenta el hombre de antaño frente a su semejante no es amor, simpatía, fraternidad, sino odio, desconfianza, rivalidad. En el curso de la historia la paz surge de la propia guerra. La guerra es la relación normal: la paz es una excepción voluntaria y pactada. La cultura hace en definitiva la paz, como hace la moral, como hace el derecho, como hace la riqueza: ¡Eterna aspiración ha sido!…

Aún en aquella misma antigüedad tan belicosa y despreciada, Aristófanes se esfuerza por obtenerla, Virgilio canta sus ricos dones y el dulce Tíbulo maldice al que inventó la espada ¡Haber cerrado las puertas del templo de Jano es la más grande de las glorias de Octavio Augusto! El nombre de Dios llevó la tregua que la Iglesia logró imponer en la Edad Media a las pasiones desbordadas de aquella sociedad bárbara.

Desde el Renacimiento, reformistas, filósofos, moralistas, filántropos, sociólogos, economistas, todos enaltecieron la paz como supremo bien. Enrique IV soñó con establecerla definitivamente entre las naciones: Kant creyó haber hallado el medio de hacerla perdurable. Sólo unos pocos sofistas inhumanos, retóricos detestables, osaron elevar a la violencia himnos impíos, erigiendo en ley de vida una enfermedad de la historia. Resuelto parecía el problema en el terreno de las teorizaciones, cuando surgieron las doctrinas transformistas. Entonces un dogmatismo sucedió a otro dogmatismo. Hízose moda jurar por Darwin como los escolásticos de la Edad Media juraban por Santo Tomás.

Se prolongaron del maestro a mundos que él nunca soñara y los teorizantes de la violencia creyeron hallar en ellas un inesperado apoyo y una aparente comprobación. Para los cerebros simplistas, algo infantiles, que van del principio a la consecuencia con lógica unilateral aquello era evidente; la guerra: un caso particular de la “strugg le for life”.

Si la naturaleza entera es guerra, ¿cómo ha de ser la historia de paz? Es éste uno de aquellos razonamientos de los cuales decían los antiguos que prueban demasiado. Al tener valor, no ya la guerra entre las naciones: toda violencia de hombre a hombre sería justificada. ¿Es que los seres inferiores no nos ofrecen también ejemplos de solidaridad? ¿Si tal fuera la ley natural seguiría su aplicación en el mundo humano? ¿Acaso la obra de la civilización no es en cierto sentido una obra “contra naturaleza”? Naturales son el hambre, el frío, la enfermedad. ¿Debemos proscribir por eso el sustento, el abrigo, la medicina? Si el hombre natural es egoísta, bárbaro y violento, ¿deberá el civilizado por respeto a la naturaleza desechar como artificiosas la piedad, la abnegación, la cultura?

Un solo argumento resta a los violentos, especialmente a los que estuvieron siempre lejos de los campos de batalla. No pueden ellos decir que la guerra acreciente la riqueza destruyendo ciudades y devastando campos; no pueden decir que la violencia fructifique en las almas sentimientos de amor, justicia y caridad. Entonces, afirman que la paz enerva, debilita, afemina a los pueblos. Estiman como supremas las virtudes bélicas y condenan la paz porque no es propicia al fomento de tales virtudes. Pero es que el valor militar, la agresividad, el menosprecio de la vida, ¿serán cualidades tan superiores? La paz que las debilita, ¿no las hace al propio tiempo innecesarias? ¿En esa estima no hay un retoñar de brotes atávicos? Al enaltecerlas ¿no se confunde acaso la barbarie con la energía? La ciencia, la religión, la política, la caridad ¿no tienen sus mártires y sus héroes?

Luchando con los naturales enemigos de la humanidad ¿no se puede ser combatiente tan valeroso y abnegado como en los campos de batalla? Morir por los altos 10 ideales, por los verdaderos intereses humanos, ¿es menos bello que morir matando en conflictos de fuerza? Un día lució para la historia en que los hombres creyeron realizado su sueño de paz. Una religión de amor tomaba posesión del mundo. La piedad iba a ser una ley, la caridad un hecho. Ninguna violencia sería lícita al cristiano. Ni aún para defender su honor y su derecho, ni aún para repeler la injusticia seríale dado ejercitar la fuerza. ¡Bien aventurados los pacíficos! La paz del cielo iba a descender entre los hombres.

Todo fue inútil. ¡Dos mil años de Evangelio no domaron a la bestia! Vino luego la Revolución, ávida de libertad, afanosa de justicia. Hija de la filosofía, levantó altares a la Diosa Razón. Quiso emancipar pueblos y afirmó entre ellos la solidaridad del derecho. En su bandera, la fraternidad humana fue lema; los derechos del ciudadano: derivación de los derechos del hombre.

Sobre toda diferencia de raza, nacionalidad, condición o rango, por ella los hombres fueron declarados libres, iguales y fraternos. No obstante, hubo también de apelar a la violencia para ir a rematar en la bella pero sangrienta locura napoleónica. Una nueva esperanza vino al mundo. Crecía el industrialismo y se desarrollaban los intereses materiales. Lo que no lograron la religión ni el derecho ¿no habían de obtenerlo el cálculo discreto, el interés bien entendido?

Iniciase en el mundo el reinado del buen sentido y nunca los hombres recurrirían a la violencia. Así lo entendió Spencer -el más grande filósofo de la época- proclamando en su fórmula del progreso social la transformación del tipo guerrero en industrial. Nueva decepción. Las codicias del interés impulsan hoy a la discordia como en otros tiempos los fanatismos políticos y religiosos. Mercurio ha mostrado ser un buen amigo de Marte. Los grandes plutócratas, los soberanos del capital, los dominadores de la novísima oligarquía del dinero tratan de abrir los mercados por la eficacia del cañón y las puntas de las bayonetas. La paz continúa siendo una utopía.

¿Qué hacer entonces? ¿Habrá que renunciar a ella como a un ensueño vano, como al ideal inasequible? La sombra del pasado penetra demasiado en la morada del hombre moderno y llena la casa de espectros. Y el futuro, mensaje del ademán consolador, viene avanzando temeroso, como un ladrón nocturno.

En el sótano de su demolida casa de calle Rivera Indarte 544, a la vuelta del Mercado Norte, todavía retumban en discusiones las voces de Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios, Germán Arciniegas, Waldo Frank, el conde Keyserling, Adolfo Posada, Foujita, Margarita Xirgu, Stefan Zweig, Haya de la Torre, Eugenio d’Ors, León Felipe y Ortega y Gasset.

Antes de despertar, quiero preguntarle a Deodoro Roca algo relacionado con la Reforma Universitaria. Pronuncio los nombres de sus compañeros de entonces, los estudiantes Enrique Barros, Ismael Bordabehére, Horacio Valdés, Gumersindo Sayago, Alfredo Castellanos, Luís Méndez, Jorge Bazante, Ceferino Garzón Maceda, Julio Molina, Carlos Suárez Pinto, Emilio Boiagosch, Ángel Nigro, Natalio Saibene, Antonio Medina Allende, y Ernesto Garzón, y Deodoro me mira sonriendo satisfecho pero como diciendo ahora les toca a ustedes.

Luego se pone de pie. No puedo detenerlo. Nadie pudo. Se va por 9 de julio hacia la avenida General Paz, camina como flotando. Cuando despierto, lo primero que recuerdo es el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria. Sé muy bien que además del Manifiesto es un mandato. Sé que es el acta de nacimiento de una revolución. Y cuando recuerdo su mirada de “ahora les toca a ustedes” me siento uno de los deudores. Lo que no recuerdo de mi sueño es si en La Cosechera dejé pago el café.

Alejandro González Dago / Escritor, periodista

La Juventud Argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica.

Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno Siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.

Deodoro Roca

Agradecimientos:  Colectivo de historiadores Córdoba de Antaño.  Historiador, Dr. Carlos Ighina. Recopilaciones de textos de Deodoro Roca publicados e Inéditos. – Las obras y los días, Buenos Aires, Losada, 1945. El difícil tiempo nuevo, Buenos Aires, Ed. Lautaro, 1956.  Ciencias, maestros y universidades, Buenos Aires, Ed. Perrot, 1959.  El drama social de la universidad, Córdoba, Editorial Universitaria de Córdoba, 1968. Prohibido prohibir, Buenos Aires, La Bastilla, 1972. Obra reunida I: Cuestiones Universitarias, Córdoba, Editorial UNC, 2008. Obra reunida II: Estética y crítica, Córdoba, Editorial UNC, 2008. Obra reunida III: Escritos jurídicos y de militancia, Córdoba, Editorial UNC, 2009.