Argentina y la derecha profunda

Cambiemos puede correrse hacia el centro y afirmarse como popular; virar a derecha y recargar sus recetas ortodoxas y las herramientas de excepción como regla; partirse en sectores más afines a una y otra postura ó retroalimentarse con nuevos socios.

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En opinión de los expertos, el presente ciclo electoral latinoamericano muestra dos signos: dispersión y derechización. En Chile, el filo-pinochetista José Kast obtuvo casi un 8% en primera vuelta -con Piñera alcanzando un magro 36%-; mientras que Costa Rica llegó a un sorprendente balotaje, animado por un político convencional -el finalmente ganador Carlos Alvarado- y un outsider: pastor evangélico ultra conservador, Fabricio Alvarado.

Fabricio Alvarado (Costa Rica)

José Kast (Chile)

En Brasil, los sondeos advierten que el hoy diputado Jair Bolsonaro obtendría cerca del 15% de los votos en los comicios de octubre, donde con Lula detenido -si ese escenario se confirma- será una quimera -salvo un brusco cambio de humor popular- que algún partido alcance el 30% en la primera ronda.

En México, un escenario de alianzas disimula el presente de alicaídas expresiones partidarias, y hasta el otrora radical López Obrador se muestra moderado en sus pasos de campaña camino al acto de julio. Colombia se muestra impredecible hacia mayo y la influencia conservadora se hace notar –algunos medios indican que el candidato apoyado por el ex presidente Uribe se colará en la ineludible segunda vuelta-. Paraguay no sorprenderá con giros hacia el progresismo tras las elecciones de abril.

La expectativa social ausculta a figuras que reivindican dictaduras militares, como Kast o Bolsonaro, o a personajes capaces de las expresiones más sectarias -de nuevo el diputado brasileño, racista y homofóbico, o el pastor Alvarado-. Claro está, no son los únicos, ni se trata de particularismos locales o regionales: en Estados Unidos o Hungría estas posturas han ganado elecciones y en el resto de Europa, Francia, Alemania – la extrema derecha ha vuelto al Bundestag -, Austria, Holanda y República Checa, suman votos y bancas.

Alvaro Uribe Vélez (AP) / Colombia

Jair Bolsonaro (Brasil)

En el caso europeo, el auge de la ultra derecha encuentra campo fértil. Motivaciones: crisis de identidad, diversas tensiones económico-sociales, desamparo de los llamados “perdedores de la globalización”, carencia de respuestas al fenómeno inmigratorio-, deterioro institucional y de liderazgo en varios países, dispersión, desplome del prestigio de los partidos tradicionales, ineficiencia del andamiaje público para contener, nacimiento de distorsiones y generación de desigualdades a partir de facilidades otorgadas por el propio Estado a favor de unos y en desmedro de otros; y finalmente, la incapacidad de representación de la Unión Europea, burocratizada, alejada e insensible en la mirada de muchos ciudadanos de a pie.

En Latinoamérica, existe una inequívoca decepción popular en relación a su dirigencia convencional. Los partidos políticos tradicionales pierden presencia, diluyéndose irremediablemente en un escenario marcado por la volatilidad, el desinterés o la hiperinformación que finalmente desinforma. Los mensajes electorales -como lo recomiendan los expertos- son predominantemente exagerados, cortos, lineales, fungibles, suficientes para encontrar vínculos, más que entre deseen unirse, entre los que procuran diferenciarse del resto. Gigantes emporios dedicados entre otros rubros a las comunicaciones, colaboran a ese fin.

En Argentina

La diáspora, por desgaste, hacia el interior de los grandes partidos argentinos, facilitó tras 32 años de democracia la rudimentaria amalgama de una heterogénea coalición de derecha, que logró probar el vaticinio del balbinista Mor Roig, aquel Ministro del Interior de la presidencia de Lanusse, cuando afirmó que en un balotaje los antiperonistas serían finalmente más que los peronistas; aún así, el oficialismo lejos está de consolidarse como partido. Incluso, se prevé que pueda mutar hacia 2019, de socios y de plan. Hasta su nombre, finalmente, es de ocasión.

Con todo, Cambiemos ha representado un avance. En la experiencia histórica, el desinterés institucional de la dirigencia derechista, en el sentido de organizarse competitivamente en una democracia constitucional, contribuyó significativamente a los problemas políticos argentinos en el siglo XX, sistemáticamente conjurados por golpes militares.

La inviabilidad actual de esa alternativa, ha generado naturalmente la búsqueda de espacios dentro del Estado de Derecho, finalmente logrados por un convoy liderado por un partido municipal -el Pro, que a su vez ha absorbido dirigentes de distintos espacios en la CABA, aún del peronismo-, antiguas agrupaciones de derecha como la Ucedé, pequeñas fuerzas provinciales y la tradicional Unión Cívica Radical.

¿Podría el espacio hoy conocido como Cambiemos derivar en un giro determinante hacia la ultraderecha? Su “gradualismo” socioeconómico, inequívocamente signado por la influencia -a veces contradictoria- del amplio espectro de empresarios en cargos de gestión, fuertemente ligados con los sectores más conservadores de la Argentina; o la prédica militante que en nombre de sectores ciudadanos se hace a favor del oficialismo exacerbando el racismo o la xenofobia, ¿Alcanzan para determinar a este espacio dentro de un extremo? Destacadas figuras como Pablo Gerchunoff o Juan Carlos Torre definen a Cambiemos como una alianza de “centro popular”: ya no se trataría según esa óptica de dirigentes sin sustento popular que toman por un tiempo la conducción de los asuntos públicos para dar paso a un gobierno democrático de signo contrario, sino de figuras con ambición de permanencia.

Consideramos que es apropiado inscribir al gobierno argentino en la tendencia regional derechista, pero aún es apresurado señalar a Cambiemos como una expresión política con visión de largo plazo y mucho menos extrema. Se trata de una coalición polimórfica nutrida por bases ciudadanas (un oficialismo en la CABA de varias gestiones, la suma del radicalismo, etcétera), representativo de sectores de clase media o alta, que todavía no se afianzó como mayoría.

Aún con dos resultados electorales a su favor, en las legislativas 2017 perdió en diez provincias, y pese a su extraordinario esfuerzo en campaña, suma 107 diputados contra 120 de las tres grandes fracciones cuyo tronco común es el antiguo justicialismo.

Sus medidas y directrices, ¿importan hoy un programa de extrema derecha? Hay elementos reaccionarios y oligárquicos en su seno, es incontrastable. Algunos de sus dirigentes en funciones soslayaron -cuanto menos- al terrorismo de estado. Otros plantearon proyectos segregando a inmigrantes de países limítrofes. Se han dictado numerosos DNU cuando el Congreso podría eventualmente no acompañar -por impopulares- las iniciativas o al menos podría exigir su debate. El discurso frente a la inseguridad es, antes que efectivo, violento. Las recetas económicas no difieren demasiado de las aplicadas por la Argentina en la más aplicada ortodoxia conservadora.

Se debate además, sobre si este gobierno ha negado derechos a los pueblos originarios. Pero ¿se trata del ideario que defienden figuras como el pastor Alvarado, Kast o Bolsonaro, o son versiones autóctonas de “derecha profunda” más cercanas a una “derecha convencional” en la experiencia histórica propia? Parece exagerado, por ahora, el calificativo “ultra” para todo el espacio.

¿Cómo seguirá la trama? No colabora en esta instancia un peronismo atomizado y limado. Sus realidades y posibilidades como espacio político, justifican otro artículo. Pero es posible que su articulación opositora más ensamblada -como prolegómeno de su eventual reagrupamiento parcial o total- genere tres caminos para Cambiemos: correrse hacia el centro y afirmarse como popular -incluso aceptando cambios de programa, de alianzas y hasta la entronización de nuevos referentes-, o virar hacia la derecha y recargar sus recetas ortodoxas y el uso de las herramientas de excepción institucional como regla, lo que incluye su posicionamiento más intransigente frente a los restantes poderes del Estado y naturalmente, el abandono de posiciones más receptivas de la dinámica ciudadana. O partirse en sectores más afines a una y otra postura y hasta pretender retroalimentarse de eventuales nuevos socios.

No obstante, si es cierto que Francisco, como lo defiende la Universidad de San Andrés, es el referente mejor visto de la Argentina (60% de imagen positiva), dato que honraría la subsistencia de una mayoritaria cultura igualitaria -como destaca Torré-, posiblemente la conquista más importante de la ciudadanía argentina -a veces a pesar de su dirigencia-; quizá el rumbo, para unos y otros, ya esté marcado.

José Emilio Ortega – Santiago M. Espósito