Capacitación docente: Estado presente

Inversión en recursos, formación docente, evaluación permanente y participativa; para que la escuela no sea lugar de encierro y aburrimiento y se disfrute como espacio social importante: una escuela inclusiva y de calidad.

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La problemática de que la escuela tenga sentido hoy para nuestros estudiantes, ha sido abordada por muchos teóricos e investigadores, como así también por políticas educativas, expresadas en las nuevas leyes de educación, acompañadas por resoluciones del Consejo Federal de Educación, que dieron lugar a una importante inversión de recursos (más del 6% del PBI) por parte de Estado Nacional y provincial, desde la construcción de edificios, hasta textos variados que fueron nutriendo bibliotecas, como así también el plan conectar igualdad que proveía de una net boock a cada uno de los/as niños/as que ingresaban a la escuela secundaria. También se beneficiaron estudiantes de los profesorados, se instalaron aulas digitales para el nivel primario, además de asistencia concreta a escuelas con diversos programas de acompañamiento en propuestas didácticas, particularmente en alfabetización.

Esto estuvo acompañado, en acuerdo paritario con los gremios docentes, de una batería de cursos y postítulos de formación para docentes en ejercicio de forma gratuita, prolongada en el tiempo y en servicio, desde una perspectiva que consideraba la capacitación docente un derecho y una responsabilidad de los/las docentes, por ende una obligación del Estado.

Lamentablemente esta gran apuesta para transformar la escuela, hacer de su recorrido un lugar valioso para aprender y donde todos tengan lugar, especialmente en el Nivel Secundario y la Formación Docente, se fue desarmando a partir del año 2016, donde el nuevo partido gobernante que asume la gestión del Estado Nacional cambia la perspectiva, y claramente considera a la educación como un gasto y no como un derecho de la población y por tanto una inversión para garantizar un futuro digno a las nuevas generaciones.

Esto es un gran retroceso puesto que transformar una escuela que tiene siglo y medio de funcionamiento requiere de mucho tiempo de implementación de una política educativa constante y coherente.

Es decir, de inversión en recursos y en formación de sus docentes, como así también de evaluaciones permanentes y participativas, para que la escuela deje de ser un lugar de encierro, de contención, de aburrimiento y tedio tanto para estudiantes como profesores, y realmente cobre sentido y se disfrute el estar en ese espacio social tan importante.

Dicho esto, es decir que la responsabilidad central está en el Estado, no es negar la responsabilidad de cada uno de los agentes del Estado: los adultos especializados que tienen a su cargo una escuela, un grupo de niños/as, adolescentes y jóvenes, es decir los directivos y docentes; puesto que la tarea de un/a profesor/a está íntimamente ligada al sujeto que tiene al frente, los/as estudiantes con sus singularidades, sus intereses, sus proyectos, sus dudas, sus desesperanzas, aflicciones y conflictos.

  • ¿Qué tipo de capacitación deberían profundizar los docentes para encarar la problemática del poco interés de los chicos en estudiar? ¿Y del aburrimiento en clase?
  • ¿Como abordar el problema de la repitencia y deserción escolar?
  • ¿Esa capacitación debería referirse a las nuevas tecnologías que los chicos han incorporado a sus vidas, como celulares, tablets, etc?
  • ¿Y también adentrarse en los territorios donde los chicos viven para conocer como sienten y piensan para que la escuela se revalorice en sus vidas?

Aquí es necesario retomar la importancia de que, cuando se refiere a responsabilidades éstas son siempre compartidas por un equipo: el equipo de directivos y el equipo de docentes, como también las hay individuales claro que sí. Pero es imprescindible corrernos de la mirada de la tarea del profesor como una acción separada del resto de los colegas y de la institución e incluso de las macro-políticas.

Asumir hoy la tarea de enseñar a las nuevas generaciones interpela el formato individual y fragmentado en que la escuela ha organizado históricamente el modo de enseñar.

Interpela también el modo en que se ha concebido el conocimiento que se transmite, como algo acabado, cerrado, reproducible. Interpela el por qué y para qué estar entre 4 o 6 horas en ese mismo lugar, compartiendo un espacio limitado y estrecho con 30 o más niños/as y adolescentes.

Por esta responsabilidad compartida de poder concretar una escuela inclusiva y de calidad, se requiere de una formación docente que ponga en cuestión las prácticas cristalizadas y naturalizadas que dejan fuera un alto porcentaje de la población estudiantil. Es necesaria una capacitación que ponga en tensión conceptos que ya no encajan, no porque “pasaron de moda” sino porque perdieron su sentido en relación a los jóvenes que hoy van a la escuela. Actualizar los aprendizajes que necesitan y la implementación de nuevos modos de enseñarlos.

Esta formación del docente debiera proponerse como un cambio de posicionamiento frente al otro, un otro que se nos presenta como un ser inacabado, siempre en búsqueda de completud, y como sujeto libre que resiste pero también propone. Es decir, reconocernos en la diferencia y valorarlo al otro desde esa diferencia, que es constitutiva de la relación docente y estudiante.

Aquí me gustaría traer unas palabras de Skliar (2017) cuando plantea que “la impronta de lo nuevo es muy espectacular, pero no hay seguimiento, no hay acompañamiento. Entonces la sensación que da es que hay que aprender como un vocabulario nuevo, pero todo descansa luego en los gestos más pequeños y esos no se aprenden a través de las políticas públicas”.

Carlos Skliar

“La política pública puede dar un continente, pero los gestos más pequeños -y la inclusión es un gesto pequeño-, se resuelve con pequeños gestos cotidianos… Podemos decirles tenés derecho a estar aquí, luego no te voy a escuchar, no me va a importar lo que digas, ni tu punto de vista…” agrega.

Otro aspecto central en la formación de docentes es la capacidad de trabajar en su disciplina para entender como ésta permite analizar y abordar problemas de la vida cotidiana, problemas complejos y cuyo análisis requiere de un campo pluri e interdisciplinar. Por ello es necesario que los docentes trabajen junto a otros, en proyectos integrados, que comprendan que el espacio de enseñar va más allá del aula y trasciende las fronteras de la escuela, incluso del espacio próximo a la escuela. Que para comprender esos problemas próximos es necesario remitirse a escalas más alejadas en el espacio y el tiempo, a conceptos científicos más complejos que desafían el sentido común.

Para abordar estos aprendizajes es necesario que los/as estudiantes cuenten con información disponible en textos, en internet, en bibliotecas digitales y toda la variedad de recursos que hoy ofrecen las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

Pero fundamentalmente necesitan estar acompañados de un docente que oriente el trabajo, organice esas ideas, proponga situaciones, asigne un sentido a esa búsqueda, y que la tarea de aprender tenga resultados valiosos para una comunidad, más allá de una calificación traducida en una nota numérica.

Necesitan de un docente que comparta con sus alumnos/as el tiempo de clase como un tiempo valioso para enseñar a buscar información, a leer, interpretar, discernir, armar otros argumentos, escribir, escuchar a otros, cotejar, asombrarse, equivocarse y volver a hacer.

Si solo usamos el tiempo escolar para indicar a los/as estudiantes desde donde hasta donde leer y luego repetir, dictar y controlar lo dictado y evaluar si reproduce tal cual fue el orden del texto, estaremos generando el tedio y el adormecimiento de las mentes de los chicos. Es eso lo que necesitamos desterrar como práctica escolar. Para ello es necesario hoy un docente esperanzado, que crea que es posible que todos aprendan que pueda aliarse a sus colegas y estudiantes para sostener la pasión por enseñar y aprender.

Para finalizar quiero reafirmar lo planteado al inicio: la formación de los docentes para enseñar de la mejor manera posible, y para poder mirar a los/as estudiantes desde sus diferencias, no es un problema individual de cada profesor, es un problema de políticas de Estado.

Por eso traigo aquí a una querida pedagoga, Flavia Terigi, que advierte sobre la necesidad de que una educación inclusiva y de calidad requiere de políticas de enseñanza.

Flavia Terigi

“Muchos docentes son conscientes del destino de fracaso que espera a los chicos bajo las condiciones habituales de escolarización, y quieren modificar este destino. Pero no saben cómo hacerlo; o tienen idea de cómo hacerlo pero no pueden proveer de otras condiciones materiales para la escolarización, con lo cual tropiezan rápidamente con el límite de las habituales”

“Es en este punto donde entendemos que el Estado debe estar presente proveyendo condiciones, generando capacidad para investigar problemas didácticos, generando saber comunicable en el marco de la experiencia de innovación, estudiando la forma en la cual unos logros pedagógicos obtenidos bajo ciertas condiciones pueden extenderse a toda la población potencialmente alcanzada por un problema” (Terigi)

Licenciada Leticia Piotti