Los criollos ya se sentían libres

La noche del Cabildo Abierto que votó la destitución del virrey, sin decirse una sóla palabra, sólo con mirarse, los criollos que ya se sentían libres juraron con gloria morir. A la noche siguiente, por si las moscas, todos una vez más durmieron con la mano en la cintura (Alejandro González Dago)

Buscar Por

m

Martes. Nublado. Fresco. Día del Cabildo Abierto. Nueve y pico de la mañana. Las autoridades del Cabildo, colaboradores, espías del virrey Cisneros, y los invitados oficiales fueron llegando de a uno y en silencio. Los criollos llegaron todos juntos y haciendo ruido. Los unos bien vestidos y abrigados. Los otros cubiertos con un ponchito ralo y muchos de ellos descalzos. La policía merodeaba el lugar desde la madrugada.

De los cuatrocientos cincuenta ciudadanos invitados de manera oficial, sólo doscientos cincuenta ingresaron a la Plaza de La Victoria. French y Beruti, al mando de seiscientos hombres armados con cuchillos, trabucos y fusiles, controlaron el acceso. La prioridad de paso fue para los criollos. Había que copar la parada y la plaza, por si las moscas.

El Cabildo Abierto comenzó pasadas las nueve y media de la mañana. Casi quince horas después, cuando el pregonero anunció la medianoche, seguía el debate. La escritura a mano de las actas, la transcripción – también a mano – de todo lo que se decía, la lectura de la proclama del Cabildo, y el debate en sí mismo, consumieron el tiempo. Era demasiado grande el tesoro que estaba en juego. Dominio o libertad.

Para organizar la discusión, quedó establecido debatir sobre dos grandes temas principales: Legitimidad o no del gobierno, y autoridad del virrey.
Los criollos pidieron que se aplicara el principio de retroversión, ya que desaparecido el monarca legítimo, el poder debía volver al pueblo quien, en consecuencia, tenía derecho a formar un nuevo gobierno. Los españoles, y quienes estaban con ellos, no quisieron saber nada. Alegaron que la situación debía mantenerse sin cambios. Los criollos, por su parte, decían que debía formarse una junta de gobierno en su reemplazo, tal como había sucedido en España.

El primero en defender al gobierno y a la autoridad del virrey fue el obispo de Buenos Aires, Benito Lué y Riega: “No hay por qué hacer novedad con el virrey. Aun cuando no quedase parte alguna de la España que no estuviese sojuzgada, los españoles que se encontrasen en la América deben tomar y reasumir el mando de ella. Los hijos del país sólo podrán asumir el mando cuando ya no haya un solo español en él. Aunque hubiese quedado un solo vocal de la Junta Central de Sevilla, cuando arribe a nuestras playas deberá ser recibido como al Soberano”.

Juan José Castelli, el gran orador de la Revolución, pidió la palabra:

“Los pueblos americanos deben asumir la dirección de sus destinos hasta que cese el impedimento de Fernando VII de regresar al trono. Desde la salida de Madrid del Infante don Antonio, ha caducado el Gobierno Soberano de España. Ahora con mayor razón debe considerarse haber expirado con la disolución de la Junta Central. Además de haber sido acusada de infidencia por el pueblo de Sevilla, ya no tiene facultades para el establecimiento del Supremo Gobierno de Regencia; ya porque los poderes de sus vocales son personalísimos para el gobierno y no pueden delegarse, ya por la falta de concurrencia de los Diputados de América en la elección y establecimiento del gobierno. De aquí deduzco su ilegitimidad, la reversión de los derechos de la Soberanía al pueblo de Buenos Aires, y su libre ejercicio en la instalación de un nuevo gobierno. No existe la España en la dominación del señor don Fernando VII”.

Un aplauso cerrado de la multitud y algunos vítores, indignaron al obispo de Buenos Aires. Cuando cesó la algarabía, Pascual Ruiz Huidobro tomó la palabra y dijo: “Dado que la autoridad que había designado a Cisneros ha caducado, éste debe considerarse separado de toda función de gobierno y en su función de representante del pueblo. El Cabildo debe asumir y ejercer la autoridad”.

Manuel Genaro Villota, fiscal y representante de los españoles más conservadores, cerró un puño y maldijo en voz alta. Después dijo: “La ciudad de Buenos Aires no tiene ningún derecho a tomar decisiones unilaterales sobre la legitimidad del virrey o el Consejo de Regencia sin hacer partícipes del debate a las demás ciudades del Virreinato. Si tal cosa se consumara, rompería la unidad del país y establecería tantas soberanías como pueblos”. Juan José Paso le dio la razón. Pero sólo en el primer punto. Para el segundo argumentó: “El conflicto en Europa y la posibilidad de que Napoleón conquiste colonias americanas, demanda una solución urgente. Como hermana mayor, Buenos Aires debe tomar la iniciativa de realizar cambios. La única condición para ello, es que las demás ciudades deben pronunciarse a la mayor brevedad posible”.

El cura Juan Nepomuceno Solá dijo que el mando debía entregarse al Cabildo en forma provisional hasta la realización de una junta gubernativa con llamamiento a representantes de todas las poblaciones del virreinato. Y el comandante Pedro Andrés García, amigo de Saavedra, aconsejó calmar los ánimos para evitar mayor efervescencia en la gente.

Entrada la tarde, la postura de Cornelio Saavedra fue la que se impuso. El jefe del Regimiento Patricios pidió que el mando se delegara en el Cabildo hasta la formación de una junta de gobierno en el modo y forma que el Cabildo estimara conveniente, y luego sentenció: “No queda duda que es el pueblo quien confiere la autoridad o el mando”, y Juan José Castelli festejó la cita del comandante gritando: “Adhiero, adhiero hasta la muerte”.

Pasada la hora de la oración, llegó el momento de votar que duró hasta la medianoche. El silencio se adueñó de la plaza.

“Quienes estén a favor de la continuidad del virrey solo o asociado que se expresen”, dijo un escriba, y seiscientos criollos se llevaron la mano a la cintura y clavaron la mirada en los votantes. Sesenta y nueve brazos se alzaron apoyando la moción en medio del silencio de la noche.

“Quienes estén a favor de la destitución del virrey que se expresen”, dijo esta vez el escriba, y ciento cincuenta y cinco brazos se levantaron gloriosos como queriendo tocar el cielo con las manos. Se dice que lo tocaron. La multitud estalló en vítores y aplausos. Hubo abrazos, risas, y festejos. Nadie quiso moverse de su sitio. De madrugada, el Cabildo dio a conocer su documento: “Hecha la regulación con el más prolijo examen, resulta de ella que el Excelentísimo Señor Virrey debe cesar en el mando. Provisoriamente, el dicho mando recae en el Excelentísimo Cabildo hasta la elección de una Junta que ha de formar el mismo Excelentísimo Cabildo en la manera que estime conveniente.”

La madrugada del 23 vio a algunos criollos borrachos y alegres. Se batió el record de besos en la boca. Hombres y mujeres hicieron el amor como nunca antes. En lo de Rodríguez Peña hubo empanadas y vino.

French y Beruti ordenaron a sus criollos armados no alejarse demasiado. En cuestiones de poder, nunca se sabe cuándo la muerte o el dinero harán su parte. Hasta que Cisneros no presente su renuncia y el Cabildo no elija a La Junta, los criollos dormirán con un ojo abierto y la mano en la cintura. Ya saben que el camino a la libertad está lleno de traidores. Ya saben que la patria no se hace por decreto. Aquella misma noche de mayo 22 de 1810, la del Cabildo Abierto que votó por la destitución del virrey, fue la noche en que sin decirse una sola palabra, sólo con mirarse, los criollos que ya se sentían libres juraron con gloria morir.

23 DE MAYO DE 1810

Cayó miércoles. Al igual que ayer 22, estaba nublado. Sin miras de abrirse. Las avenidas cercanas y los alrededores de la Plaza de La Victoria– hoy Plaza de Mayo –amanecieron llenas de bosta de caballo. No era un dato sanitario. Era evidencia concreta que alguna gente había llegado de lejos para saber de qué se trataba. Algunos lograron ingresar a la plaza. Otros se quedaron mosqueteando. Como los peones no tenían caballos, se dio como cierto que los curiosos era gente que sabía leer y escribir. A ellos había que informar para involucrarlos en la revolución y mantenerlos alerta. Se decidió entonces pegar carteles en árboles y paredes. Darían a conocer cómo había votado cada quien en el Cabildo Abierto de anoche. También para informar la creación de la Junta,la convocatoria a diputados del interior, y para hacer una advertencia.

Buenos Aires empezaba a respirar un poco de aquello que otros llamaban libertad. Los carteles decían:

“PROPUESTA DEQUE LA AUTORIDAD DEBE RECAER EN EL CABILDO: 4 votos”.

“PROPUESTA DE JUAN NEPOMUCENO DE SOLÁ: 18 votos”.

“PROPUESTA DE PEDRO ANDRÉS GARCÍA, JUAN JOSÉ PASO, Y LUIS JOSÉ CHORROARÍN: 20 votos”.

“PROPUESTA DE RUIZ HUIDOBRO: 25 votos”.

“PROPUESTA DE CORNELIO SAAVEDRA Y JUAN JOSE CASTELLI: 87 votos”.

Y otros:

“INFORMASE A LA POBLACIÓN QUE SERÁ CREADA UNA JUNTA”.

“SE COMUNICA A LOS CABILDOS DEL INTERIOR QUE DEBERÁN ENVIAR DIPUTADOS YA MISMO”.

“TODO LUGAREÑO O ESPAÑOL QUE GENERE ESCÁNDALO, SERÁ ENCARCELADO POR LA POLICÍA”.

“A QUIENES ENVIAREN NEGROS,QUARTERONES O ZAMBOSPARA QUE ALTEREN EL ORDEN,SE COMUNICA QUE LOS MISMOS SERÁN AZOTADOS”.

Paso y Castelli desconfiaban de Cisneros. Sabían que el virrey se resistiría a entregar el gobierno aun cuando así lo había resuelto el Cabildo Abierto. Una cosa esla voluntad de los hombres y otra cosa es el poder. Entonces las reuniones se sucedieron. No había tiempo que perder. Hasta que llegaran los diputados del interior para votar una Junta, alguien podría intentar suceder a los españoles en el gobierno.

En lo del jabonero Vieytes y en lo de Rodríguez Peña se juntaron los criollos. Cada uno dio su opinión. Para algunos, la demostración de fuerza de ayer encabezada por French y Beruti al frente de seiscientos paisanos armados que coparon la plaza, había sido importante. Pero no suficiente. Otros desconfiaron de la Iglesia. La posición del obispo de Buenos Aires a favor del gobierno español era clara.

Hasta que alguien dijo que perdido por perdido, Cisneros intentaría compartir el poder. Que el virrey buscaría aliarse con algunos criollos que le fueran leales. A cambio recibirían riquezas y una porción de poder.

La palabra traición quedó en el aire. Entre criollos empezaron a mirarse con desconfianza. Algunas miradas eran puñaladas. Los silencios eran los puñales. Manuel Belgrano, Eustaquio Díaz Vélez, Domingo French y Feliciano Antonio Chiclana miraron a Saavedra. Para descomprimir la tensión, Rodríguez Peña ordenó a la servidumbre cebar unos mates. A los más alterados, como un gesto, se los cebó él mismo. Pero no dio resultado.

Algunos pidieron sangre. Dijeron que lo mejor era pasar a degüello hoy mismo al obispo y al virrey. Mañana sería el turno de los traidores. Castelli calmó los ánimos. Mariano Moreno habló de unión para la libertad.Matías Irigoyen y Feliciano Chiclana estuvieron de acuerdo. El resto no dijo nada. Todos sabían que había llegado la hora de la verdad. Ese día, los hombres de mayo aprendieron cuánto duele crecer. Eran hombres, no eran dioses. Cuando la noche estuvo alta, se decidió continuar al otro día con la discusión. Por si las moscas, todos ellos una vez más durmieron con la mano en la cintura.

Alejandro González Dago / Escritor, periodista