¿Por qué el hotel volvió a salir del agua?

Francisco soltará, conmovido: - Ya estoy extrañando el hotel -Viena- Jacquelina lo consuela. Con esa sabiduría tan cara a la destreza materna, le hará entender que el hotel, y la mar, siempre estarán ahí.

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Cuando Francisco -mi hijo, 5 años- regresó a casa impresionado por la historia del Hotel Viena, me sorprendí. Había internalizado minuciosamente un relato captado casi por azar; sólo referencias orales, relativas a un antiguo, imponente y lujoso edificio, que décadas atrás fue carcomido por una terrible inundación ocurrida en la Laguna Mar Chiquita. Con precisión, repetía una y otra vez los mismos datos, dominado -por qué no admitirlo- por cierta angustia.

Claro que conocía la historia: de algún modo la había vivido, pero ya volveremos a eso. Pensé que si completaba el inquietante relato con algunas imágenes, al corporizarla, Francisco terminaría por digerirla y todo quedaría allí. Google me sacó del paso rápidamente, aunque terminé por arrumbar a mi pequeño retoño en una completa zozobra. ¿Por qué la laguna había crecido? ¿Por qué el hotel se edificó tan cerca del agua? ¿Por qué no puede reconstruirse? ¿Qué pasó con las personas que trabajaban en el hotel? ¿Y las que estaban ocupando las habitaciones? ¿Se derrumbará completamente? De nuevo ¿Por qué creció la laguna? ¿Y porqué el hotel volvió a salir del agua?

Tras aquel primer intercambio, se sucedieron las interpelaciones, y el regreso a las fotos. Durante varios días. Intentamos contestar en cada caso; aunque evidentemente, no acertamos con los móviles centrales de aquella tormenta de preocupación. Pero la alarma profunda llegó poco después, cuando tras completar una prolija cárcava en el patio -utilizando su trajinada máquina excavadora a escala- Francisco la colmó de agua e introdujo parcialmente un edificio de plástico, para luego pasar largo rato analizando variantes; volviendo una y otra vez a las preguntas liminares.

Cuando todo aconteció

Y debí regresar en el tiempo, mi tiempo. Alguna larga sobremesa familiar, en San Francisco. Los mayores conversan, los más chicos esperan el momento en ser liberados para regresar a su planeta. Pero el tema, que atrapaba a grandes, puso en vilo a los pequeños. La inundación en tiempo real. Indefectible, irreverente, inexorable. Anegándolo todo, cerrando capítulos a la fuerza. Decidiendo el destino de cientos de vidas. – La laguna hoy es el doble de lo que indica el mapa, aseguraban los contertulios. Claro, el plano gráfico de la Provincia, que mostraba a la mar siempre estática y monótona hacia su costado superior derecho, como nube de algodón azul orgullosa y prolija, bien circunscripta dentro los límites jurisdiccionales, que mis comensales definían completamente desbordado en aquella hora. Y las extensas referencias a tiempos pasados, a los varios y buenos hoteles y las mejores playas. Al barro curativo -denotado por la más excéntrica fango– y los criaderos de nutrias. Era imposible no conmoverse ante la contundencia del relato. Evadirse de imaginar esos torrentes de agua haciendo crecer el espejo, minuto a minuto. Estremecerse conjeturando sobre la fuerza del líquido elemento, indómita, irrefrenable, sembrando la tragedia.

Me volví un fan de la laguna. Seguía su drama por los diarios, en particular La Voz de San Justo, que puntualmente una mano cuyo cuerpo jamás conocí, tras golpear tres veces la puerta y abrirla algunos centímetros, dejaba del lado de adentro del zaguán para luego desaparecer sin rastro. Encontré en mi abuela Lidia eco propicio, incluso accediendo a su archivo de fantásticas fotos, panorámicas que evocaban tiempos definitivamente gloriosos, y perdidos. No veía diferencia entre esas playas lujosas, y la mismísima Perla del Atlántico. Me divertí con los hombres y mujeres embarrados. Con los auténticos “trajes de bajo”. Profundicé en asuntos de nutrias y otras particularidades de la zona, que imaginaba perimidas. Las fotografías que los medios de prensa mostraban -en especial unas aéreas que me estremecían-, eran devastadoras.

Y llegó la hora de la recorrida, vivida casi como una inspección ocular, que confirmó en más o en menos las informaciones recabadas por diversas fuentes. Recuerdo el emplazamiento de fortificaciones o defensas, que hoy analizo ingenuas. En algunos sectores, se intentaba bombear el agua. Por los espacios que -por razones de seguridad- era permitido transitar, observar aquella desmesura, esa acercarse a las fronteras del no-tiempo. Vuelvo a ver algunas fotos y la sacudida es idéntica. Las casas y galpones derruidos, gigantescos osarios vacíos y húmedos, semi sumergidos. Me sonrío siguiendo al sol, e intentando descubrir la otra orilla, pero mi abuelo tenía razón: es un mar, no hay límites visibles. No era tiempo para avistajes de fauna exótica, o penetrar en leyendas misteriosas. Todo era drama, destrucción, pérdida completa. Muchos propietarios intentaban expropiaciones inversas: procurando correr la cota aguas arriba, esfuerzo último para no perderlo todo.

Cada tanto, alguna vuelta por la zona -siempre había excusas- nos atraía al imán. Las inundaciones se desenvolvieron hasta mediados de la década de 1980, y la recuperación fue muy trabajosa. Entre los hechos que más me conmovieron, ubico un recuerdo en alguna parada, quizá el bar de una estación de servicio. Los mayores con quienes viajaba saludan cariñosa y ceremoniosamente a un hombre de edad indefinida. Sufrido, vestido de modo muy humilde. Le deparan atención. El parroquiano comenta que ha conseguido un trabajo en San Francisco, como parillero de un establecimiento importante. Hablan de la inundación, generalidades, no entran en tema ni les hace falta gastar tanta labia: hay códigos. Cuando se va, mi abuelo lo acompaña hasta la puerta del lugar. Hablan unos minutos. El hombre agradece un gesto, se saludan afectuosamente. Me dirá el viejo Pepe, afligido, a su regreso: – Ese señor, y su hermano, fueron dueños de uno de los mejores hoteles de Miramar. Toda su fortuna quedó allá, bajo el agua. Poco que agregar. Largo rato esperaremos que regrese a su habitual talante.

Atavismos

Definitivamente, Francisco conocerá Miramar. Mirarla en fotos, no le permite palparla: debe recurrir a ingeniosas pruebas periciales. Su interés mayor es el famoso hotel embrujado, maldecido, supuesto tesoro del III Reich, desarrollado en aquellas épocas que pude completar por precisos relatos y muchísimas fotos. Poco se habla de la importante competencia hotelera y el interesante foco turístico que era aquella Miramar. De la importancia de las colonias alemanas en el interior de provincias como Santa Fe, Córdoba o Entre Ríos. Hay demasiada información superficial sobre el Viena, tanta que finalmente nos desorientamos.

Junto a mamá Jacquelina, emprendimos el viaje: Malvinas Argentinas-Montecristo-Piquillín-Río Primero-cruce de rutas-Villa Santa Rosa-Diego de Rojas-La Puerta-Villa Fontana-La Para-Marull-Balnearia (nunca supe qué “balnea”)-Miramar. Cada palmo, un paso menos. La expectativa es poco manejable: pero todos estamos igualmente entusiasmados, y eso ayuda a que el viaje, aún en la ansiedad, seaplacentero.

Me ha tocado volver a Miramar en diversas ocasiones. Fui testigo de su lucha, y sus progresos. Pero mientras viajo, evoco aquella frase: – Es el doble de lo que indica el mapa. La incertidumbre que ello generaba. La miopía, la insensatez, la indiferencia. Por alguna razón, la primera vez que tuve acceso a fotos satelitales de Córdoba -debió ser promediando los ’90-, me fui derecho al ángulo superior derecho, comprobando la intuición de aquellos viejos entrañables. – Toda su fortuna quedó allá, bajo el agua. Quizá Pepe me podría haber dicho: fuera del mapa. Y era lo mismo.

Elijo repetir: cuando te pares frente a la laguna, no verás la orilla de enfrente; es un auténtico mar.

Obligados, hacemos un primer avistaje al hotel Viena. Ahora sí, a disfrutar en familia esta Miramar que busca colarse otra vez en las opciones turísticas. Recorremos su Costanera, nos entusiasmamos con un buen almuerzo, recolectamos tierra salada. Admiramos los flamencos. Felizmente -las proyecciones, si lo encontrábamos, están fuera de toda escala- no hay fango por las zonas recorridas. Es hora de volver al Viena.

Muchos fisgones, mirando de reojo. Ubicándonos en contexto, la elección del lugar donde se edificó el hotel no fue caprichosa; claramente, se trataba de una zona alta, a la que se pretendió darle cierta visibilidad y exclusividad. Francisco pregunta por la playa. Ha visto muchas fotos, y le cuesta organizar la secuencia. Puedo contarle que en sus mejores tiempos se mantuvo más o menos a una cuadra del hotel, pero que en algún momento el agua se retrajo mucho-mucho -a algunos kilómetros- y en otro la laguna arremetió con fiereza, se llevó por delante todo lo que encontró, y se metió adentro del edificio.

El niño vuelve a examinar el lobby de cerca, aunque se convence que realmente está frente al hotel Viena cuando al retirarnos unos metros, podemos comprenderlo completo, de frente, en nuestra panorámica. Y no se afronta la debacle hasta que logra ese retrato visual del edificio: el gran lobby, es hoy la boca abierta y desdentada de una calavera ilustre y derruida. Las ventanas superiores podrían haber inspirado aquella inolvidable metáfora de Solari: los ojos ciegos bien abiertos. Testa señorial conmovida por tremendos mandobles. Volvemos a acercamos con cuidado. Me pregunto si tiene sentido exhibir así, ese monumento al fracaso.

Una claraboya permite escudriñar, desde la vereda, a un subsuelo oscuro. Rodeando al edificio, se pueden observar los magníficos patios. No hay demasiado tiempo -ni interés- en una visita guiada. Volviéndonos hacia la mar, dorada por el sol de las cinco de la tarde, Francisco lo comprueba una vez más: el agua no tiene fin.

Los curiosos empiezan a retirarse. Duchos en el arte de esperar, los pescadores, auténticos dueños de ese tramo de la ribera, toman completa posesión no sólo del espacio; también del tiempo.

Hacemos los aprestos para iniciar -aunque habrá tiempo para una última escala gastronómica- el regreso. Mientras me empiezan a brotar, con el tempo destartalado de unas viejas teclas de Olivetti, las primeras palabras de este relato, el niño y su madre se divierten con las fotos. Tras algunas cuadras, Francisco soltará, conmovido: – Ya estoy extrañando el hotel.

Jacquelina lo consuela. Con esa sabiduría tan cara a la destreza materna, le hará entender que el hotel, y la mar, siempre estarán ahí.

José Emilio Ortega

(Fotos: Jacquelina / José Emilio / Nicolás Costa de la Colina)