Un juramento en la dictadura

Leopoldo Fortunato Galtieri afirmaba que “es vital volver a los valores nacionales, a apreciar la significación que tienen los símbolos de la nacionalidad, la Patria, la Bandera, la familia, los hijos y la educación”.

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Corría el año 1980. Alumno por entonces de la centenaria escuela Juan Bautista Alberdi, en aquel tiempo una especie de “nave insignia” de la educación pública cordobesa, me tocó participar como su abanderado, en un sinnúmero de actos oficiales, en los que la presencia de la enseña nacional, en un contexto de irrespirable patrioterismo oficial, era requisito de previo y especial pronunciamiento de todas las iniciativas diseñadas y ejecutadas por el poder militar.

Nos pasaban a buscar temprano -entiéndase antes del alba- por la escuela. Casi siempre sin poder viajar con nuestros padres, en transportes de la fuerza. Con la compañía de docentes o directivos de la institución, quienes más por miedo que por convicción no dejaban mucho margen para nuestros berrinches, partíamos hacia algún nuevo destino, engarzando eslabones en una carrera de testimonios, que la dictadura pretendía legitimar con mucho celeste y blanco en manos de primorosos niños adiestrados para mantenerse derechitos durante largas horas.

Jornadas enteras fuera de casa, casi siempre al aire libre, al rayo del sol o bajo fríos más que respetables. Sin margen para un flequillo indomable, o alguna coquetería traviesa en aquellas princesitas de séptimo grado con las que trabábamos animadas conversaciones. Tampoco era habitual comer a horario e incluso hacerlo correctamente. Vaya a saber respondiendo a qué extraña táctica, la dictadura había decidido iniciar en la vida del soldado a un puñado de criaturas que, más de una vez, nos imaginábamos plenamente felices sin la pesada carga que bajo esas condiciones implicaba llevar la bandera nacional, representando a nuestra escuela.

Hubo en aquel 1980 un acontecimiento que insumió una preparación inusual, obsesiva. Se cumplían 160 años de la muerte del General Manuel Belgrano, y la dictadura no dejaría pasar la oportunidad para procurar insuflar en el colectivo nacional una dosis extra de fervor nacionalista. En el país entero se organizarían actos conmemorativos cuidadosamente planificados.

Videla, presidente de facto, comandaría las acciones desde Rosario, pero en Córdoba se celebraría el acto central del Ejército, con la presencia de su Comandante en Jefe, Leopoldo Fortunato Galtieri.

La Armada, liderada por Armando Lambruschini, encabezaría las celebraciones desde Buenos Aires en su Escuela de Mecánica. La Fuerza Aérea, a través del Brigadier Omar Graffigna, presidiría la conmemoración en Villa Mercedes, Provincia de San Luis.

Con muchos días de anticipación comenzamos a concurrir al por entonces nuevito Estadio Córdoba. Instructores nos indicaban cada uno de los pasos del acto, señalando al usual modo castrense las responsabilidades que como partícipes necesarios del mismo nos cabían.

Ilusionados con pisar el césped mundialista, fresco el recuerdo del ´78 y los animados campeonatos locales de entonces, varios llevamos pelotas de fútbol soñando con matizar algún intervalo despuntando el vicio de patear, como el Matador, el Bocha, el Beto, el joven Diego Armando, la Pepona o el Hacha (no hace falta aclaración de apellido), a los arcos que por entonces defendían colosos como el Pato Fillol, el Negro Ramos o Chocolate Baley. Claro está, nada de eso fue posible. Si mal no recuerdo, las “número cinco” fueron prontamente retenidas, sino decomisadas, por los instructores.

Tras los fatigosos aprestos, llegó el momento del acto. Cumpliendo las estrictas órdenes militares, nos levantamos antes de las seis, para llegar al Chateau un par de horas previas al inicio del acto. Al fin, comenzó el evento, con la cancha llena. La histeria de los organizadores era manifiesta, y se transmitía a los oficiales que jurarían lealtad a la bandera, y a los alumnos que luego del grito, recibiríamos el pabellón, para donarlo en pocos días a una escuela del interior de la Provincia (en mi caso, fue en Canteras del Sauce).

La ceremonia duró alrededor de tres horas. Como muchos compañeritos, apenas había tomado algo caliente antes de salir de casa. Luego de eternos discursos, organización de formaciones, suelta de palomas, el estentóreo “¡Si, juro!”, lanzamientos de paracaidistas, etcétera, tomamos las banderas entregadas por los oficiales del Colegio Militar. A partir de allí comenzaba nuestro desfile, cuidadosamente ensayado.

Arranqué bien, pero al llegar al arco que da a la tribuna norte empecé a notar que no acoplaba con el resto de la formación. Cada vez más desorientado, escuchaba los gritos de los instructores que nos acompañaban y algunos comentarios que me hacían los abanderados que marchaban conmigo.

Regresando hacia el sur, frente a la platea cubierta en la que divisé claramente a Galtieri, y totalmente a contramano del resto, me sentí definitivamente desconectado, molesto, impotente, asustado y muy solo. Un fotógrafo, luego de hacer su trabajo, se me acercó y me preguntó si estaba bien. Con confianza -y algún nudo en la garganta-, le dije que no, y muy gentilmente me sacó de la fila. El zumbido de comentarios se hizo bravo, pero ese singular escape, aferrado a la mano de un extraño, me alivió.

Terminé en la enfermería, en la que como todo remedio bebí una enorme taza de mate cocido que me sentó maravillosamente. Tiempo después llegó una autoridad de mi escuela, muy preocupada. Con frialdad -y fastidio- me preguntó cómo estaba y rápido se marchó a una sala contigua. Desde allí la escuché quejarse de su propia suerte, ya que a “su” abanderado, le había pasado “esto”, “… justo al frente de Galtieri”.

Fue duro el regreso al hogar, no pude sentirme otra cosa que un enorme fracasado. Imaginaba los señalamientos. ¿Debería dar explicaciones?

Aunque al día siguiente, nos sorprendimos en casa cuando La Voz del Interior, en la página 9 de su Primera Sección, y bajo el título “Homenaje de Córdoba a la Bandera” dedicó una extensa cobertura al acto, ilustrándola con algunas fotos de gran tamaño, entre las cuales -sintetizando el desfile- sobresale un primer plano a un pequeñito cabizbajo, con la bandera torcida, que era yo. El resto de las imágenes muestra las formaciones, el público y un primer plano de Galtieri. La nota da cuenta de los distintos tramos del acto. Reproduce el testimonio del General Alonso (Tercer Cuerpo) quien “… exaltó el reciente ejemplo de fe que permitió dar una lección a quienes pretendían cubrir a nuestra bandera con un trapo rojo. Ese ha sido, precisó, una demostración de que no hay en el mundo fuerza capaz de doblegar a la Bandera Argentina”.

Titulares de aquel ejemplar informan sobre las celebraciones en los diferentes puntos del país. Desde la Cuna de la Bandera, Videla rechazaba opiniones de Massera, se mostraba optimista frente al conflicto del Beagle y daba garantías sobre su sucesión en el gobierno de facto. Galtieri afirmaba que “es vital volver a los valores nacionales, a apreciar la significación que tienen los símbolos de la nacionalidad, la Patria, la Bandera, la familia, los hijos y la educación”. Se reunían James Carter y Sandro Pertini en Roma, mientras Reagan comenzaba su carrera hacia la presidencia.

Otras páginas dan cuenta del delicado estado de Luis Sandrini y de que el Racing cordobés, dirigido por el Coco Basile, se quedaba con el Apertura de la ACF venciendo a Belgrano. Un departamento de dos dormitorios en el centro, según los Clasificados, costaba setenta y tres millones de pesos.

Como suele pasar, la instantánea diluyó los cuestionamientos. Fue borrón, aunque -para mí- no alcanzó para cuenta nueva. Paradojas de la vida: seguro le debo la foto, al pésimo y angustioso desfile.

Décadas enteras transcurrieron desde aquella helada y difícil mañana de junio, muy parecida a las que nos tocan por estos días; quizá eso me llevo a volver sobre ese 20 de junio. Al memorarlo, me vuelvo a conmover; consolido la convicción de que muchas fueron las formas de amedrentar y lastimar que usó el gobierno de facto.

Posiblemente, haya miles de hombres y mujeres que no exhibamos los dolores, las llagas, o las cicatrices. Estamos completos, no perdimos ningún miembro vital.

Pero estas experiencias traumáticas, vividas por aquellos que como alguna vez cantó Charly García, tuvimos el infortunio de crecer con Videla, seguramente están ahí. Cada uno sabrá como enfrentarlas. Compartirlas, quizá, es un camino válido.

José Emilio Ortega