El huracán Argerich

Martha siempre fue, y sigue siendo, una de esas interpretes que de tan enorme que es, le da una nueva dimensión a todo lo que toca. Alguien que, por suerte para nosotros, nunca hizo las cosas “correctamente”.

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Es muy difícil escribir sobre un artista sobre quien tanto se ha escrito. Mucho más difícil se hace cuando es casi imposible poner distancia entre lo que significa el artista en cuestión para uno, para el oyente, para el lector y para la música en sí.

Es famosa la reputación de Martha Argerich a la hora de cancelar conciertos desde que a los ocho años fue reconocida por todos los entendidos como una verdadera prodigio del piano; para, a los trece –Juan Perón mediante- estudiar con el maestro austriaco Friedrich Gulda en Viena, la antesala al reconocimiento mundial.

Por suerte, hace mucho que esa reputación dejó de acompañarla, y aunque parezca increíble, la tuvimos en Córdoba, interpretando un repertorio dedicado íntegramente a Franz Liszt, compositor húngaro del siglo XIX, quien supo decir que todo el arte del mundo puede concentrarse en un piano; y, aunque esa máxima parezca exagerada, deja de serlo mientras se escucha a Argerich.

Una de las intérpretes más importantes del siglo XX, quizás, en piano, la mejor, alguien que en el panteón de los grandes nombres está al nivel de directores como Daniel Barenboim, Leonard Bernstein o Von Karajan, de intérpretes como Jacqueline Du Pre, Nelson Freire, Stephen Kovacevich o Itzak Perlman.

El concierto, además, contó con la actuación de Guillermo Becerra, uno de los mejores directores argentinos de su generación, y del joven pianista cubano radicado en Bruselas, Mauricio Vallina, quien dio una interpretación sobrada de técnica y expresividad de Totentanz, la Danza macabra para piano y orquesta del húngaro. Una composición que en las manos adecuadas –y las de Vallina lo son- puede llegar a estremecer y hasta inquietar a algún desprevenido.

No en vano uno de sus pasajes, el Dies Irae, fue utilizado por Stanley Kubrick en su obra maestra El Resplandor, en la escena del Volkswagen atravesando las montañas, estableciendo el tono para lo que vendría después.

La hija que Martha tuvo con el renombrado –y actualmente en medio de una fuerte polémica- director de orquesta francés Charles Dutoit, Annie, recitó en francés el poema sinfónico Lenore, que relata el encuentro de la mujer con un jiente fantasmagórico, quien se presenta como el amado que espera, entonces se deja arrastrar en una cabalgata hasta el cementerio, donde su alma es condenada. En medio del texto hablado, Argerich interpretaba la composición que Liszt realizó específicamente para el poema, y si uno cerraba los ojos, podía ver los esqueletos mientras escuchaba el galope de los caballos.

Cada vez que Argerich toca a Liszt, como hizo en Córdoba con el Concierto para piano y orquesta N° 1 en bi bemol mayor, –o a Rachmaninov, o a Chopin, o a cualquiera de los grandes, básicamente- se produce una especie de entrelazamiento entre el compositor y el interprete que pocas veces sucede de manera tan contundente, tan natural, además de la técnica, de más está decir, absolutamente perfecta.

Si el concierto N° 3 de Rachmaninov interpretado por la argentina suena a fuegos artificiales, escucharla interpretar el Concierto para piano y orquesta la encuentra lúdica, por momentos casi juguetona, incendiando el piano con pasajes prácticamente imposibles.

Así como hay libros densos, que se arrastran con esfuerzo, que denotan el esfuerzo del escritor al escribirlos, también hay prosas ligeras, que a pesar de su complejidad parecen tan sencillas que el autor las escribió de un tirón; con la música, a veces sucede algo similar: la facilidad con la que mueve sus dedos por el piano Martha Argerich es tal que por más compleja o popular que sea la obra interpretada, como ella misma supo decir: “Soy un poco infantil. Si lo fuera del todo no lo diría”.

Mientras la escuchaba, especialmente la última pieza que interpretó en su primer concierto del sábado a la noche, ya sola al piano y con la orquesta de espectadores de lujo, se me venía constantemente a la cabeza algo que probablemente la amplia mayoría de los músicos clásicos contemplen con horror: la primera vez que Brian Jones le hizo escuchar Robert Johnson a Keith Richards en los primeros años de la década de los sesenta, sorprendido por la calidad casi fantasmal de los fraseos de guitarra del bluesman, el legendario hombre de los Stones le pregunto a su compañero de banda quien era el segundo guitarrista, por supuesto, no lo había; escuchando a Argerich, sin verla, podría haber jurado que eran cuatro manos al piano.

Una de las fallas más comunes y más terribles que existen en la música llamada “clásica” o “culta” es la exaltación de la técnica por la técnica misma, algo que, si no se le agrega algo que no se puede describir, pero que podríamos decirle personalidad, actitud, talento o magia, siempre se queda corta, ascética, simplemente, correcta.

Martha Argerich siempre fue, y sigue siendo un huracán, una de esas interpretes que de tan enorme que es, le da una nueva dimensión a todo lo que toca, alguien que, por suerte para nosotros, nunca hizo las cosas “correctamente”. Y tanto en el arte, como a veces en la vida, no hay nada peor que hacer algo, nada más que de manera correcta.

Gonzalo Fiore Viani

Abogado, maestrando en Relaciones Internacionales y escribe para distintos medios, periódicos, y publicaciones académica