Que así sea

Apasionado y cerebral, calculador y romántico, polémico y previsible, introvertido y locuaz... surfeando candidaturas eternas o afirmado sus históricos triunfos, quizá José Manuel de la Sota todavía siga determinado en completar su viaje.

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En algún momento empezamos a prestar a la muerte, un poco más de atención. Sea a fuerza de porrazos, sea por mera precaución, un buen día la Parca se advierte próxima. En determinada circunstancia temporal abandona, la muerte, cierto estado abstracto para hacerse tangible, corpórea, implacablemente cercana. Se presenta en formas diversas: largos capítulos -en los que quizás le termines pidiendo que resuma y concluya-, visitas conducentes tras oficiar anuncios más o menos solemnes, o avanzando con sigilo para perpetrar la más ruinosa traición.

Sí, traición. Esa que nos quitó el aliento mientras nos preparábamos para dejar pasar un sábado más, en la serenidad de una noche predecible, cuando el amigo periodista nos arrimaba información precisa.

Y a quién le importa si el corazón te dio un vuelco, si se lo contaste a un amigo del alma que una vez te vio pegar un afiche de “El Hombre” gestionado en la Unidad Básica de Humberto Primero y Sucre, imagen algo desproporcionada entre estrellas de rock tamaño tabloide que poblaban tu dormitorio, en aquellas habitaciones llenas de sueños ochentosos;  esta vez lo llamaste angustiado y le pediste que no diga nada, porque quizá no era cierto, porque había que confirmarlo. Por que no podía ser verdad.

Si, a nadie le importa. Porque no estás gastando tinta y papel para expresar tus sensaciones frente a la muerte, o frente a ciertas muertes, sino que te moviliza el experimento crudo de una sola y enorme ausencia.

Y mientras sabés que te espera esa despedida fatal, en la que quizá te largues a llorar como un chico, como uno más de los tantos miles de llorones que expresan su desazón pacientes y dolidos, llorones que no somos deudos, que tampoco fuimos sus amigos, que mucho menos lo conocimos en profundidad o aún tratándolo, siquiera con alguna superficialidad; pero que en muchos momentos fuimos parte de una grey convencida y nos sentimos protagonistas, junto al personaje, de significativos momentos de nuestra historia como ciudad, como provincia, y como país.

Es hora de decirlo con todas las letras. Se murió José Manuel de la Sota, y a esta altura del domingo ya no es novedad. Dominó las noticias argentinas, y también las de muchos medios internacionales respetuosos de su impresionante foja de servicios.

No intento ser original al referirme a su voluminoso currículum vitae, al extraer de él jalones memorables, comenzando por aquella “Lista verde” que lo mostraba, con algo más de treinta años, disputando un espacio frente a los históricos de justicialismo cordobés, todavía muy contaminado el partido por la grave trama de la historia transcurrida entre 1973 y 1982.

Los enfrentamientos, el Navarrazo, las tres intervenciones; la difícil situación de la ciudad de Córdoba, volvía a emerger de un baúl semicerrado, mientras el músculo peronista se estiraba y lentamente se ponía en movimiento, en la ciudad capital, en sus muchas barriadas, en las distintas localidades del interior.

Y apenas adolescentes, nos hacíamos la rabona para ir a esperar a Luder al aeropuerto; disfrutando de una estudiantina inolvidable, nos colábamos a un Rastrojero oxidado que encabezó la interminable caravana hasta el centro. Es cierto, en el baúl había espacio para todos: también para los inocentes. El abrazo, la ilusión, ese despertar a una democracia que cada uno con su almohada se había comprometido a defender de todo y de todos, era puro candor en cientos de miles y también en muchos dirigentes que iban a empezar su largo camino en la política argentina.

Fue dura la derrota. No lo podíamos creer. El mismo desconsuelo parecía hacerse presa de un José Manuel, tan joven, desencajado. ¡Qué pasión! Aquel traspié, cuyo revés fue el triunfo radical – las 3 boletas 3 -, con figuras tan notables como Raúl Alfonsín, Eduardo Angeloz y Ramón Bautista Mestre, sería el inicio de casi cuatro décadas de democracia sin interregnos.

Fue a su vez el comienzo de una relación entrañable entre Córdoba y José Manuel de la Sota. Ya no se separarían. Sería, por siempre, el gallego. Artífice de la renovación provincial y nacional, Diputado Nacional en 1985, a caballo de sus convicciones y seguro de su propio destino importante, no dudó en utilizar el sello de la Democracia Cristiana para enfrentar al radicalismo y al peronismo “ortodoxo” en la elección a constituyentes de fines de 1986, para ser – por sí o por sus principales espadas – una voz muy poderosa en aquella señera convención y alcanzar sin discusión respecto a su liderazgo, una nueva candidatura a gobernador.

Fue a su vez el comienzo de una relación entrañable entre Córdoba y José Manuel de la Sota. Ya no se separarían. Sería, por siempre, “el gallego”.

Mediados de los años ’80. José Manuel De la Sota se constituía en el líder de la renovación del peronismo cordobés, en un encuentro con la prensa. En la foto, el periodista Guillermo Borioli y el editor de Córdoba Primero, Jorge Navarro)

Artífice de la renovación provincial y nacional. Diputado Nacional en 1985, a caballo de sus convicciones y seguro de su propio destino importante, no dudó en utilizar el sello de la Democracia Cristiana para enfrentar al radicalismo y al peronismo “ortodoxo” en la elección a constituyentes de fines de 1986, para ser – por sí o por sus principales espadas – una voz muy poderosa en aquella señera convención y alcanzar sin discusión respecto a su liderazgo, la candidatura a gobernador.

La del ’87 sería otra gran perfomance, pero signada por la derrota frente al poderoso radicalismo cordobés. Aunque de la Sota, aún perdiendo todas las elecciones en las que había participado, ya era una portentosa figura provincial, y su participación en el justicialismo nacional le había otorgado, sin haber cumplido cuarenta años, una figuración destacada. De la cual, dicho sea de paso, aquellos que aún esperábamos por votar por primera vez, nos sentíamos inmensamente orgullosos. Como si fuera propia.

No sorprendía entonces su precandidatura a vicepresidente en 1988 en la fórmula encabezada por Antonio Cafiero, el que alguna vez fue un “ministro lactante” de Juan Domingo Perón y que por entonces alcanzaba plena madurez, gobernando Buenos Aires, incluso sintetizando un duro aprendizaje tras sus enfrentamientos con la dirigencia comandada por Herminio Iglesias en 1983.

Pero el triunfo de Menem-Duhalde en aquella histórica elección interna, la más notable y significativa de la historia política argentina por su nivel de movilización, transparencia y respeto al resultado de ganadores y perdedores, relegó al bonaerense a un segundo plano en la década siguiente, y retrasó a de la Sota en el abrazo al triunfo que lo consolide definitivamente.

Antonio Cafiero – José De la Sota, la fórmula de la renovación derrotada por Menem.

No fueron todas pálidas para el cordobés. Sería una época de gran aprendizaje. Como Sarratea, Guido, Gorostiaga o su coterráneo Cárcano, como Cooke (padre) o Camilión, tuvo un destino diplomático en Brasil. Sin duda de la Sota no sería el mismo tras esa fértil experiencia. La función diplomática ensanchó sus horizontes. Enriqueció su vastísima formación, le agregó una visión del mundo. Fue un embajador destacado, trabajador, comprometido.

La política cordobesa lo seguía esperando. En 1991, puso en escena lo que sería con el tiempo su fórmula más exitosa. Venció al dogma de la identificación partidaria, y se animó a una “Unión de Fuerzas Sociales”, más comprometida con formas de vanguardia, con mucha participación de actores ajenos a la política partidaria justicialista -trabajo que venía amalgamando elección tras elección, por caso sumando a Cavallo en 1987-: participaron dirigentes sociales, empresarios y académicos, entre otros.

La década de 1990 ofrecerá contrastes. Era el tiempo de un radicalismo en crisis. El tercer gobierno de Angeloz, vergüenza institucional que la dirigencia del partido de Alem cargará por siempre en la provincia de Córdoba, asestó una herida entre la dirigencia en funciones y una militancia en cisma – el mestrismo crecía, aún en el llamo -, en un contexto en el que la gestión nacional – y las ambiciones de un Cavallo que se asume todopoderoso – escora definitivamente el barco angelocista.

Domingo Cavallo con José Manuel De la Sota

El peronismo, en tanto, atravesaba tempestades; su punto más álgido quizá esté determinado por la interna para elección de candidatos en las legislativas de medio término, durante 1993, con tres listas encabezadas por Juan Schiaretti, Julio César Aráoz y el propio De la Sota.

Finalmente el radical no llegará a completar su tercer período. Y el impetuoso Cavallo, como aquel ambicioso Otálora que, según la imaginación borgeana, debió rendirse frente al astuto Azevedo Bandeira, sería desplazado del gobierno menemista; 1995 será otro turno perdidoso para el justicialismo cordobés, con el gallego fuera de la escena.

Lo que pasó de allí en más, es historia conocida y relatada de mil maneras, antes y después de los obituarios. Una difícil gestión de Ramón Mestre y el reagrupamiento de una joven, numerosa y experimentada camada peronista, permitirán a De la Sota encadenar un conjunto de aciertos – la conformación de Unión por Córdoba, el acuerdo con el menemismo, el alineamiento de valiosos dirigentes decididos a buscar el triunfo, la definición de una plataforma electoral de amplia aceptación ciudadana – y ganar la elección de diciembre de 1998.

Ganar y mantenerse

Los veinte años de Unión por Córdoba son, en primer término, la obra maestra de un extraordinario dirigente. Que se las había arreglado para liderar las expresiones más genuinas del peronismo cordobés, en los contextos más adversos; que al tomar posesión de la primera magistratura, encontró equipos de gestión consolidados en funcionarios con mucha experiencia, acrisolada en la década menemista.

Vale la pena recordar su primer gabinete, con ministros de excepción como Schiaretti, Maqueda, Riutort, Caserio, Olivero o González.

El tránsito por las diferentes etapas de esta veintena, lo puso a la altura de los gobernadores más trascendentes de la historia de Córdoba, y de los más importantes que alguna vez tuvo la República Argentina. También, apuntaló su sueño presidencial, que no sólo no había cejado, sino que se renovó en 2015 y estaba firme hacia 2019.

Era particularmente creativo. Sus grandes realizaciones, nacieron generalmente de su propia inventiva. Fue un hombre de carácter, también de acción. Supo de ímpetus, de fastidios, de enfrentamientos, pero también de prudencias, mesuras y esfuerzos por componer: hoy es valorado, y será profundamente extrañado, fundamentalmente por esta última cualidad, tan poco común en la dirigencia política nacional de coyuntura.

Heredó en la Provincia un edificio constitucional cuyos rasgos sobresalientes, aún no habiéndolos compartido en 1987, le sentaron maravillosamente para afirmar esa Córdoba de “digestión lenta” que sólo parió cuatro gobernadores desde 1983; de los que ya han fallecido tres.

Aún autor de obras maestras, no parecía enamorado de una propia y única pintura. Volvió a ubicar el lienzo blanco todas las veces que lo consideró necesario. Su trayecto político, apasionante por diverso y cambiante, así lo acredita. Su erudición histórica lo hacía un profundo conocedor de las memorias y las desmemorias nacionales, que sabía captar y actualizar en propuestas sensatas y vanguardistas. Sus administraciones fueron escuelas para funcionarios de toda jerarquía. Sus convicciones republicanas, contestes y coherentes, marcaron el rumbo.

En su nueva aspiración presidencial estaba a punto de lanzar un programa de televisión, con temáticas diversas que buscarían levantar la bandera del diálogo y la unidad.

A su tiempo, fue un innovador del marketing político, del uso de diversos aportes tecnológicos o logísticos y en el gobierno, muchas de sus exitosas iniciativas fueron literalmente copiadas por gestiones nacionales o provinciales. Defendió proyectos en todos los frentes de gestión, se trate de rutas, museos, paseos culturales o escuelas y hospitales, con fundamento, energía y lucidez.

Abrió puertas y ofreció oportunidades a generaciones más jóvenes, en las que poseía expectativas. Porque pudo sobrellevar las derrotas, fue un noble vencedor. Sin duda habrá errores y reproches. Hoy no es momento de repasarlos.

Finalmente te despediste y estuviste a la altura. Mientras te vas, confirmás que sólo con el tiempo sabremos cuánto perdimos; a veces el dique en el que se amansaban tensiones en apariencia irreductibles. A veces, el torrente que encendía la usina más poderosa.

Comentábamos en la capilla ardiente con un antiguo compañero en la gestión provincial, sobre una ingeniosa sentencia de Zizek, que completando la frase de Niestche dirá: “Dios está muerto, pero no lo sabe”.

Apasionado y cerebral, calculador y romántico,distante y entrador, polémico y previsible, introvertido y locuaz, desde nuestro afiche en el dormitorio adolescente o firmando algún despacho que le llevásemos a la firma, surfeando candidaturas eternas o afirmado sus históricos triunfos, quizá José Manuel de la Sota, aún conminado por la inequívoca Parca, todavía siga determinado en completar su viaje.

Que así sea.

José Emilio Ortega / Docente Universitario

Sus columnas sobre la situación internacional las escuchás los domingos de 9 a 12 hs en Córdoba Primero Radio y de lunes a viernes de 13 a 16 hs en No Va Más por Radio Gen FM 107.5