Invasión y limpieza étnica

El viernes 12 de octubre de 1492, un grupo de madres arawakos, junto a sus hombres y a sus hijos, vieron llegar tres inmensas naves de las que bajaron hombres blancos, barbados, ataviados con extraños ropajes y portando armas de metal (Por Alejandro González Dago)

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Hola Felipe. El 9 de octubre de 1492, que cayó martes, después de sesenta y seis días de navegar por mares desconocidos sin la certeza de que el mar era tan grande o de llegar a alguna parte, el comandante de la nave y de la expedición – que era almirante – se quedó sin argumentos y mentiras que decirle a su tripulación para que depusiera su actitud de alzamiento.

Tampoco sabía cómo alimentar su propia esperanza porque en el mar, cualquier marino lo sabe, las mentiras no flotan. Incluido el propio almirante, eran treinta y nueve hombres los que venían a bordo de aquella Nao. Treinta y ocho de ellos estaban muy nerviosos. Para colmo el mar estaba calmo y el sol demasiado bajo. Y a los hombres pendencieros acostumbrados a tener sangre en las manos, nada los pone tan nerviosos como un poco de tranquilidad. Ya no queda comida ni agua dulce para beber, y como tampoco quedaba ni un mísero puñado de tabaco, los hombres calmaban el hambre fumando sus propios excrementos resecos al sol. Hay mal olor en los cuerpos y desconfianza en las miradas.

Se sabía por entonces que la Tierra no era redonda y que en cualquier momento caerían por una inmensa catarata hasta el infierno. La nave (la Nao) llamada La Gallega, había sido rebautizada como Santa María apenas se convirtió en carabela (23,60 metros de eslora y 7,92 de manga), era propiedad del navegante y cartógrafo Juan de la Cosa, y navegaba delante de otras dos naves: la Pinta y la Niña.

Además del almirante Cristóbal Colón, a bordo vienen el nombrado Juan de la Cosa, propietario de la nave y patrón; Diego de Arana, contramaestre; Pedro Gutiérrez, administrador real y repostero; Rodrigo de Escobedo, notario; Rodrigo Sánchez, veedor (de Segovia); Diego de Salcedo, sirviente de Colón; Luis de Torres, Intérprete (judío converso); Rodrigo de Jerez, natural de Ayamonte; Alonso Chocero, Alonso Clavijo, Andrés de Yruenes, Antonio de Cuéllar, carpintero; Bartolomé Biues, Bartolomé de Torres, Bartolomé García, contramaestre; Chachu, contramaestre; Cristóbal Caro, orfebre; DiegoBermúdez, Diego Pérez, Domingo de Lequeitio, Domingo Vizcaíno, tonelero; Gonzalo Franco, Jacomel Rico, Juan de Jerez, Juan Martines de Acoque, Juan de Medina, Juan de Moguer, Juan Sánchez, médico; el Maestre Juan, Marín de Urtubia, y Pedro Alonso Niño, piloto. Los otros siete hombres nunca tuvieron nombre para la historia, excepto Rodrigo que había nacido en un barrio llamado Triana, en Sevilla, del que también fue oriundo fray Bartolomé de las Casas.

El almirante, de quien nunca se supo si era genovés, o gallego, o judío-catalán, había hechos sus cálculos de manera prolija pero en millas italianas y no en millas árabes como figuraba en casi toda la cartografía naval de la época. Y las millas italianas eran más cortas que las millas árabes. Para él, a 3.900 millas italianas (6.300 kilómetros al oeste de las islas Canarias) tendría que haber tierra.

Pero allí había sólo agua y más agua. La costa estaba a 5.200 millas árabes (8.300 kilómetros). Para arrasar con todo lo que se les pusiera en frente y terminar con toda aquello que aparentara tener vida, se moviera, o tuviera sangre caliente, en el vientre de la nave traían cuatro bombardes de 90 milímetros cada uno, culélunas de 50 milímetros, ballestas en buena cantidad, y un número no precisado de espingardas.

A esa misma hora y a menos de tres días de navegación, en la isla Guanahaní, una de las setecientas islas que forman el conglomerado de las Bahamas, un grupo de mujeres de la tribu de los Arawak están desnudas tejiendo mantas. Los hombres arawakos, también desnudos, están terminando de modelar a mano sus vasijas de arcilla y barro para juntar agua cuando comiencen las lluvias. Los pescadores pescan, los cazadores cazan, y los niños, descalzos y con la cabellera larga casi hasta la cintura, juegan en la playa bajo la mirada de los pájaros.

Toda la arcilla y el barro les pertenece. Todos los peces también. El aire es de ellos. Y el cielo. Las playas son territorio infantil; el arenero de Dios. No existe peligro. Son libres como las aves. Toda la vida vive en 155 kilómetros cuadrados rodeados de agua. Ninguno de ellos ha visto jamás una nave. Ninguno sospecha siquiera lo que está por llegar.

El miércoles 10 de octubre de 1492, con el sol en alto, el contramaestre Diego de Arana le avisa al almirante Colón que le pareció haber visto unos pájaros. Cristóbal Colón sube a cubierta, mira los pájaros, y toma el timón.

A dos días de allí, las mujeres arawakos han comenzado ya la molienda de maíz para comer y para hacer bebida para los hombres. Los niños duermen.

Las jovencitas de las castas inferiores sueñan con los jóvenes de las castas superiores. Y aunque saben bien que ni siquiera podrán arrimárseles, lo mismo guardan sus ilusiones. Con resina de árboles generan pinturas de distintos colores para ponerse en el cuerpo porque les han enseñado que para una mujer, tanto o más importante que el cuerpo son los colores.

El jueves 11 de octubre de 1492, antes de ponerse el sol, un olor putrefacto invade la Santa María. No es el mal olor de los hombres que ya llevan sesenta y ocho días en el mar. Es el olor típico de las plantas en descomposición. Como no había viento, la nave capitana apenas si se movía pesada hacia adelante. Tal vez era el destino que soplaba. Por ser una Nao (del latín Navis o del catalán Nau), no tiene remos. Tiene tres mástiles, velas cuadras, castillo en proa y castillo en popa, típico de las naves evolucionadas de las cocas medievales que utilizaban los vikingos.

Culpa del olor a plantas putrefactas que aparece y desaparece, aquella noche nadie pudo dormir. Al contrario, más de uno echó mano a sus armas. De madrugada, unas enormes plantas acuáticas circulares rodearon el navío, y para sorpresa de todos sobre una de las plantas un pequeño felino tiraba tarascones al aire. Alguien gritó la novedad desde el castillo de popa, pero la noche era demasiada oscura para creerle, el viaje demasiado largo para no tener dudas, y la soledad y el silencio del mar capaces de cualquier cosa. Por las dudas, con memoria bucanera, los hombres se preparan para abordar y enfrentar lo que se le aparezca en frente. Muchos se acodan en la baranda para mirar porque los 2,10 metros de calado de la nave capitana podrían no ser suficientes y quedarían encallados entre las plantas. Rodrigo de Escobedo, el escribano real, mira todo para dar testimonio por las dudas sobreviva. Los hombres están excitados. Algunos gritan, otros guardan silencio.

El viernes 12 de octubre de 1492, un grupo de madres arawakos, junto a sus hombres y a sus hijos, sorprendidas y sin entender nada, vieron llegar tres inmensas naves de las que bajaron hombres blancos, barbados, ataviados con extraños ropajes y portando armas de metal. Nunca más volvieron a tejer ni los hombres a modelar vasijas y jarrones.

Los niños como vos, los Felipe de entonces, ya no volvieron a jugar en el arenero de Dios. Los pájaros fueron los últimos en ser enjaulados. Los seres humanos fueron muertos o convertidos en esclavos. En nombre de Dios todo poderoso y de sus majestades los reyes de España, la invasión y la limpieza étnica habían comenzado. Le llamaron La Conquista de América. Fue un 12 de octubre de 1492 que cayó viernes.

Alejandro Gónzalez Dago /  Escritor y periodista /

Este relato fue editado el 6 de octubre del año pasado y pertenece a la serie El Correo de Felipe