Variaciones en torno a la presentación de un libro

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Preludio

Podríamos definir a la presentación de un libro, como al acto público mediante el cual se anoticia, con intención de difusión, el ingreso al mercado consumidor de una obra literaria.

Se trata de un acto, en tanto evento o acontecimiento; más también en el sentido aristotélico, pues la iniciativa editorial deja de ser en potencial para transformarse en una concreta realidad. Es una reunión, de carácter público, no necesariamente en cuanto al origen estatal de la convocatoria -es decir, efectuada o de algún modo bajo la órbita de un sujeto del derecho público- sino en cuanto a su carácter abierto o “erga omnes”, sólo limitada por razones de espacio y tiempo.

Su objetivo, decíamos, es informar a la comunidad sobre una nueva publicación, que ingresará del modo que fuere -a título oneroso o gratuito, en formato físico o virtual, etcétera- en el mercado editorial, entendiendo por éste al vasto campo conformado por una red de actores que interactúan en torno a producciones intelectuales registradas y catalogadas como “libros”, conforme estándares internacionales y nacionales.

La iniciativa de presentar un libro es inequívocamente impulsada por su editor, que puede coincidir con quien o quienes han concebido la obra -edición independiente o “de autor”- o ser producida por un sello, empresa u organización cuyo giro ordinario o extraordinario admite la producción de material bibliográfico. Así, encontramos empresas públicas o privadas, cuyo objeto central es la publicación de libros -las llamadas editoriales- u organizaciones que por razones de diverso orden, complementan su actividad principal con una labor y presencia editorial más o menos regular o aún excepcional.

La finalidad de la presentación de un obra literaria, es esencialmente promocional. El ingreso de un producto editorial al mercado supone diversas proyecciones: la del autor, la del sello editorial o institución responsable de la edición, la de la temática que explora la obra. Las combinaciones posibles entre estos factores duros, determinará el rumbo de aquella, y posiblemente también, su mayor o menor impacto.

Existen ciertas reglas a la hora de presentar un libro. Se recomiendan determinados días y horas de la semana y es necesario ocuparse de una larga lista de imprescindibles asuntos logísticos. También y cada vez más -y aún en ediciones que no tengan propósito de lucro-, nutrirse de patrones provenientes del marketing y la publicidad.

En las ediciones de autor, quien asume este ejercicio de escribir y editar deberá exigirse también como promotor del trabajo. Mediando la producción del libro por una organización, en cualquiera de sus formatos, ésta deberá asumir la centralidad del trabajo -idealmente sin prescindir del autor o autores- en el acto de presentación.

El trabajo de presentación empieza un tiempo antes: con el diseño del acto, y su promoción. Las reglas de estilo en la materia exigen pensar en buenos comunicadores de la buena nueva, en la fase previa y en el evento mismo. Escoger buenas vías de difusión de la tertulia, plantar algunas semillas de curiosidad, y confeccionar un buen bosquejo de exposición: adecuada introducción, buena trama, mejor desenlace. Los accesorios, si los hubiere, se sugieren pautarse según el tenor del posible público presente. La extensión: siempre lo bueno, si breve, será dos veces bueno.

Hablábamos del público: ¿A quién invitar? Habrá convites específicos, sin perjuicio de la oferta general. Forjadores de opinión -entre éstos los temidos críticos-, potenciales lectores, amigos de todo orden, extras de ocasión que garanticen una foto consistente, el que pase por la puerta en situaciones de necesidad. En realidad no hay tácticas infalibles. En un mundo líquido, habrá aciertos o fracasos. Entre los primeros, el producto de lo inevitable, o la posibilidad de una corazonada. Entre los segundos, la mayoría, a la que podremos vestir de derrota más o menos decorosa según el contexto.

La teoría es más amplia, y pareciera haberla aprendido el que escribe, tras algunos años de navegar en el campo editorial. Me lo repito mientras me miro al espejo, en los últimos aprestos, antes de partir para “La casa de Pepino” -no hay autorreferencia, al menos consciente, en el sitio finalmente elegido-. Seguimos punto a punto los pasos del manual. Está todo previsto, correctamente pautado, perfectamente organizado. Pero me invade un terror que pocas veces experimenté en años de hacer.

La obra

Se trata de “Yo estuve ahí. Testimonios sobre el rock en Córdoba”, compilación a cargo del periodista y escritor Carlos Rolando en la que participan numerosos autores: Martín Carrizo, Elisa Robledo, Raúl Dirty Ortiz, Martín Brizio, Rodrigo Artal, Pablo Ramos, Soledad Toledo, Humberto Sosa, más otros que brindan su aporte con testimonios y algunas líneas.

Carlos Rolando, periodista y escritor 

Editada por el sello universitario que co-dirijo, tras postular como proyecto en la Convocatoria Abierta de 2017, instrumento que permitió a la Editorial de la U.N.C. salir gradualmente de una “zona de confort” en los que ciertos temas, producidos por determinadas usinas de pensamiento, llegaban con más fluidez a la posibilidad del libro, mientras que variadas temáticas que podrían encontrar en nuestro medio una adecuada caja de resonancias, por carencia de vías o de vehículos, se postergaban indefinidamente.

Fuimos de a poco. Tras un encuentro casual con mi antiguo amigo Rolando y posteriores contactos iniciales -scouting editorial- a cargo del sanfrancisqueño, fue sin duda el ciclo “50 años de Rock en la Argentina”, realizado durante 2017 conjuntamente con la Subsecretaría de Cultura de la U.N.C., el que nos permitió afianzar con potenciales autores de una obra que razonablemente resuma una primera visión de Córdoba como epicentro socio-cultural del género musical conocido contemporáneamente como “rock”.

Pretendíamos un texto que no se caracterizara como definitivo, sino más bien como pionero. Buscábamos una obra colectiva, para resumir la mirada multicolor nutrida desde diferentes edades, sexos, experiencias de vida, posiciones frente a un tema u otro; aunque conducidas por un piloto de tormentas que de la bruma y el torbellino, pudiese hacer un poderoso y conducente impulso para poner la proa hacia el puerto correcto.

Rolando aparecía y desaparecía; no teníamos claro si cual la Penélope de la Odisea, destejiendo en esas largas noches que sabe -o supo- trajinar, lo producido bajo el luminoso imperio del astro rey; o quizá como el propio Odiseo, pretendidamente perdido en combate hasta que finalmente regresó, con la faena cumplida. En tanto, me permití sugerirle algunos caminos posibles para resolver diversos asuntos, o íbamos tomando decisiones teóricas -sobre suculentos contenidos verbales aportados por el autor de “No soy rock”-, que al impartirse generaban más incógnita que certeza. Finalmente, el querido Carlos, sin demasiados prolegómenos, tras un año y medio de trabajo, se presentó y dijo: “Tengo el libro. Acá está”.

Martín Brizzio

Dirty Ortíz

¡Y cómo habían trabajado! El manuscrito era un diamante; denotaba esfuerzo, profesionalismo, vocación, amor por la escritura, respeto a la cultura rock. Los autores estuvieron a la altura, y si bien era previsible -por la sobrada capacidad acreditada- tenían que encontrar tiempo e inspiración para una aventura editorial como la planteada.

Es cierto que Rolando disfrutó de la energía de Soledad Toledo, una figura de las generaciones más jóvenes que confirma mojón a mojón su destino de trascendencia. También, que lideró un equipo excepcional: el rigor de Carrizo, el oficio de Ortiz, la profundidad de Ramos, la sensibilidad de Artal, la contundencia de Brizio, la creatividad de Sosa, la frescura de Robledo. Carlos y Soledad -escribiendo sus capítulos- ratifican su destreza.

En un párrafo aparte, merece destacarse la selección de imágenes originales -muchas de ellas inéditas- aportadas por el reconocido fotógrafo Fernando Boschetti, algunas de las cuales habían sido exhibidas en el marco del ciclo “50 años de rock”, que enriquecen artísticamente el trabajo y lo complementan en su mensaje.

En el laboratorio, las ideas fluyeron para hacer de ese soberbio manuscrito, un texto interesante. Juan Manuel Conforte con la edición -más algún aporte inicial de quien suscribe y de Emilia Casiva-, Marco Lío en el diseño, con la supervisión general e intervención en materia de diagramación de Lorena Díaz, hicieron el resto. En un contexto institucional complejo, pues atravesó a la edición de la obra la complejidad de la toma del Pabellón Argentina, donde el sello editorial posee sus oficinas -a las que no pudo ingresar por largas semanas-, lo que retrasó e incluso significó rehacer algunas partes del trabajo finalmente enviado a imprenta.

Repaso todo esto, mientras voy a camino a la presentación. Y el terror va en aumento.

Finalmente, el acto

Andy Pallero, Flor Aquin, Carlos Rolando, Augusto Ochoa, Pepe Ortega y Rodrigo Artal

Ciertas conquistas, inequívocamente, se sufren. Habíamos logrado un manuscrito, lo transformamos en una publicación de buen nivel, lo distribuimos con notable demanda inicial, hicimos -y en esto talla la vocación periodística de la mayoría de los autores- un notable recorrido presentando el trabajo por innumerable cantidad de medios gráficos, radiales y televisivos, que saludaron generosos la iniciativa. La Universidad se había interesado por el rock. Había hecho un libro de los mejores sobre el tema.

El “indicador Facebook” pronosticaba una audiencia multitudinaria. Pero no podía escaparme de esa cornisa, sin lograr sacar mi vista hacia un vacío infinito, sentirme herido por el pánico menos gobernable. Ni siquiera cuando muy puntalmente, la Casa de Pepino se hallaba abarrotada, por curiosos, amigos, especialistas, colegas o lo que fuere. La promoción de la obra está asegurada. Ni aún cuando Augusto Ochoa amenizara el ambiente con una excelente selección de canciones, o todo el equipo de la Editorial de la U.N.C. estuviere dispuesto y ejecutando desde varias horas antes, en forma, las pautas del manual. Ni siquiera con la presencia de los experimentados Lucio Carnicer, José Avila o Rosana Vanadía, a cargo de cada tramo de la presentación, conversando con tres autores cada uno. Ni aún con la aplomada labor de Andrés Pallero y Flor Aquí, como maestros de ceremonia.

Allí cuando la experiencia apenas nos sirve para disimular, para improvisar un discurso inicial que me fue imposible preparar con antelación, para oficiar de buen anfitrión pese a la tensión, me veo treinta años atrás escuchando Kiss en la casa de Rolando, o un poco más acá estrechándolo en un abrazo tras innumerables conciertos, sabiéndolo amigo de mis amigos, o enorgulleciéndome de sus logros como periodista y escritor; me solazo con las reflexiones de los autores, que animaron sin saberlo tantas horas de ocio, estudio o trabajo propias y ajenas. Me dejo llevar por algunas bromas y el cariñoso respaldo de compañeros de toda la vida y de familiares entrañables. Repaso la actuación de los más jóvenes y me quedo tranquilo respecto al futuro. Está saliendo todo bien.

Cuando la noche se va haciendo nuestra, y el acontecimiento ya es un mojón más en nuestras trayectorias humanas, caemos en la cuenta de que con “Yo estuve ahí …” testimoniamos un pedazo importante de la vida de cada uno. Si los múltiples oficios y actividades que transcurren, en primera persona, en aquella recordada letra de Dirty -el donante de esperma, el relator de salto en largo, el vidente en Bombay o en Cosquín, etcétera- fueran en realidad un colectivo, podríamos decir que aquel cuerpo pluripersonal se dio cita, completo, en la Casa de Pepino.

– Estábamos todos, me dice un amigo tras algunos gin tonics en algún reducto de Güemes; y es cierto, ese grupo heterogéneo, algo disperso pero indubitablemente cierto que por décadas se interesó, de un modo u otro, por la cultura rock, se hizo presente: en un libro que ilustra variados escenarios y deja ver la traza de un nutrido elenco de personales, y en una tertulia animada por cuantioso público, quizá más “joven” en el alma que en cuerpo.

No muy lejos de allí -Rolando dixit- tras un accidente doméstico, un autor comenta: -Si nos pasa durante la presentación del libro, la Universidad -y nosotros- seríamos inmediatamente noticia -mala-. No descarto que algunos presentes en la histórica jornada se hayan ido sin poder llevarse esa perlita negra. El sufrimiento por la apuesta, el terror por la suerte adversa, la adrenalina de exponerse una vez más. Mientras me aprestaba, me juraba a mi mismo no hacerlo nunca más. Me va bien con el derecho, con las notas de opinión, en la cátedra … Pero el interés de tantos jóvenes, pocas horas después, por nuevas publicaciones, me lleva una vez más a la duda.

¿Rolando estará disponible?

José Emilio Ortega