Rodrigo, el ídolo cordobés

El Potro fue la federalización del cuarteto, la expansión a nivel nacional de la música cordobesa cuya máxima expresión no es Rodrigo, como tampoco lo es su creadora ‘La Leo’, sino Carlitos ‘Mona’ Jiménez.

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Las comparaciones suelen ser odiosas. O eso dicen. Para ponderar a Messi, por ejemplo, se suele hablar de Maradona. En este tipo de comparaciones pareciera que se hace necesario estar a favor o en contra de alguno. Estar a favor de Maradona significa, entonces, desestimar a Messi alegando –por ejemplo- su presunta falta de “güevo” –sic- o de épica. Hablar en favor de Messi, en cambio, es mencionar sus records y también cierta conducta fuera de la cancha que sería más correcta que la de Diego Armando.

Pero más allá de la mezquindad que significa tener que elegir entre uno y otro, como si resultara excluyente para apreciar a uno denigrar o menospreciar al otro, la comparación, quiero decir, el método comparativo a veces puede resultarnos útil para comprender, por contraste y similitud, las características propias de cada término comparado.

Pero eso sí, a condición de dejar de lado la innecesaria tentación de jerarquizarlo todo y abandonar la pedantería de pretender que un criterio personal se transforme en un criterio absoluto.

Por eso, si me permito a lo largo de este texto que a 15 años de su muerte evoca la figura y existencia de Rodrigo –“el ídolo cordobés”- mencionar la figura de Carlos ‘Mona’ Jiménez –“el ídolo de los cordobeses”- no será para establecer un juicio de valor en favor de uno por encima del otro, sino como quien busca entender el blanco conociendo el negro y, al mismo tiempo, sin desestimar esas zonas compartidas, aquellas parcelas grises que se resisten a la oposición misma de esos términos presuntamente opuestos.

Y es que sucede que no voy a hacer una cronología de su vida ni una apología de su figura. Porque el tema me interesa y quisiera emitir una opinión en vez de desaprovechar este espacio repitiendo una serie de datos y fechas que ya han sido mencionados en todas partes. Es un atrevimiento que me tomo y una libertad que se me concede. Así que acá va mi opinión.

Rodrigo es, como dije líneas arriba, “el ídolo cordobés”. Dicha así, y en medio de un asado, esta afirmación sería profundamente discutida e incluso rechazada de plano por más de uno y hasta aderezada con vituperios.

Cómo que Rodrigo es el “ídolo cordobés”, dirían. Sí, claro, contestaría. Pero… ¿y la Mona?, me reprocharían. La Mona es la Mona- contestaría-, es el “ídolo indiscutido de los cordobeses”. Pero, cómo… ¿y Rodrigo?, volverían a reprocharme. Y yo volvería a decir: Rodrigo es “el ídolo cordobés”.

Qué quiero decir con esto. Adónde voy. Con qué fundamentos. En qué consiste esta distribución de epítetos. Pues bien, lo que creo es que Rodrigo y la Mona son dos puntos de una tensión cultural, de un tire y afloje constante que no es entre ellos sino entre –llamémosle- dos fuerzas. De manera tal que ellos no serían los que tiran de un lado u otro de la cuerda, sino la cuerda en cuestión, el lugar donde se materializa esa lucha entre dos fuerzas.

Intentaré ser breve: Rodrigo significa la federalización del cuarteto, la expansión a nivel nacional de la música cordobesa cuya máxima expresión no es Rodrigo, como tampoco lo es su creadora ‘La Leo’, sino Carlitos ‘Mona’ Jiménez. Rodrigo es, por eso, la meta musical inalcanzable de la Mona y, por extensión, del cuarteto.

La historia más o menos la sabemos todos: luego de varios años intentando sin resultados obtener el reconocimiento por parte de los oídos más entrenados en la música de cuarteto, Rodrigo emigra hacia Capital Federal y, allá, desde Buenos Aires, se hace conocido y obtiene el reconocimiento con y por y para el cuarteto.

Pero, ¿por qué Rodrigo logra trascender Córdoba si aquí era casi tan desconocido como el que escribe esta nota? ¿Y por qué la Mona, que tenía ya ese reconocimiento, no lo alcanzó a nivel nacional?

Creo que la respuesta a esto hay que rastrearla en Youtube. Ahí, a través de algunos videos, uno puede ver la evolución, o más bien, la transformación de Rodrigo. En uno de los videos más añejos lo podemos ver en “La Pachanga” de Canal 12 cantando La chica del ascensor, con el pelo largo, muy largo, casi hasta la cintura. Muestra de que hasta bien entrado los ‘90 Rodrigo oscilaba indefinidamente entre un pop-melódico romántico –De enero a enero (1995)- , la cumbia tropical –la versión de Himno del cucumelo (1996)- y el cuarteto vertiginoso que lo caracterizaría –Lo mejor del amor (1996)-.

En esas vacilaciones hay que buscar la razón, las inquietudes y el instinto comercial y musical que lo llevaron al éxito. En sus principios, Rodrigo era un extraño en su propio pago, un pelilargo que por su imagen y sus canciones parecía estar más emparentado con la “cumbia tropical” de ‘Volcán’ o el ‘Grupo Sombras’ y Antonio Ríos -furor de aquellos años de la llamada bailanta porteña- que con el cuarteto de la Mona o Trulalá, dos pilares paradigmáticos de dos vertientes bien distintas de la música de Córdoba.

Porque respecto al primero, Rodrigo se distanciaba de asumir una voz social o comprometida, como sí lo hacía la Mona con temas como Mary la del burdel, El marginal o Qué malaria, entre tantos otros; y de Trulalá, en tanto su propuesta no estaba tan influenciada por el merengue y prescindía, por lo tanto, de los vientos introducidos originalmente por el mítico Chébere.

El crecimiento de la popularidad de Rodrigo va a coincidir con el estancamiento y decadencia de la “cumbia tropical” porteña que empieza a agotar sus únicos recursos: melodías pegadizas, pelo largo, voces aflautadas y letras amorosas de una ingenuidad casi infantil, al estilo de La ventanita del amor.

Rodrigo le va a dar al mercado, pero sobre todo al público, una renovación que la cumbia no parece estar en condiciones de dar. Rodrigo se hace más cuartetero que en Córdoba, y Magenta, la discográfica de la música tropical, encuentra lo que estaba buscando. El cuarteto de Rodrigo no olvida el acordeón ni la percusión del cuarteto típico, pero se vuelca a las letras de amor dejando de lado el imaginario de miserias e injusticias que sufre el pueblo.

Rodrigo no habla de los sufrimientos del pueblo, se aleja de la denuncia y la reivindicación clasista. Sin embargo, se dirige a él, al pueblo, ofreciéndole un nuevo repertorio de canciones de amor -conforme al gusto porteño- pero que no responde a la forma mañosa e infantil de las coplas cumbieras, con sus pasitos coreografiados y su ropa de rockeros de los ochenta. Rodrigo cuentas historias, es espontáneo y, para los desacostumbrados oídos capitalinos, novedoso en su ritmo.

Rodrigo, a través del aparato comercial y de difusión de los medios de Buenos Aires, irradiará cuarteto por todo el país. Lo que era un fenómeno marginal de algunas provincias se convierte en un fenómeno masivo en todo el sufrido territorio argentino, que por aquellos años se dirige hacia su máxima catástrofe económica pero que sigue bailando, por ingenuidad o porque la alegría y la felicidad son derechos irrenunciables. Con el éxito nacional, lo que durante años había sido indiferencia en el medio local se transforma en rechazo: Cuarteto es la Mona, afirman desde Córdoba, y la polémica queda planteada. Y aunque la oposición es mezquina no deja de ser interesante.

En realidad, creo que Rodrigo es el chivo expiatorio de una pica histórica entre cordobeses y porteños, o ente el interior y la Capital. El rechazo hacia la fama de Rodrigo creo que es en realidad el rechazo a la mirada “extranjera” de los porteños sobre el cuarteto y una reivindicación localista, del cual la Mona es su máximo representante.

La Mona es el cuarteto visto desde la mirada cordobesa y para cordobeses, con su propio centro. Una mirada que no excluye la posibilidad de ser disfrutado por otros, es decir, por no-cordobeses, pero que es autosuficiente y se basta a sí misma y vive en su medio natural sin pedirle nada a nadie. En este sentido, el cuarteto se basta a sí mismo pero también se recluye como folclore, como producto regional y se priva de nacionalizarse, como lo ha hecho el tango o la trova rosarina.

Rodrigo es, paradójicamente o no, esa “nacionalización” del cuarteto; una nacionalización que solo es posible desde una mirada externa al cuarteto pero que es, sobre todo, centralista. Porque en el mismo gesto de reconocimiento y difusión nacional, que parece ser posible solo desde el filtro que impone la centralidad porteña, se reafirma la dependencia respecto a Buenos Aires y la necesidad de aprobación de esa mirada extraña, ajena al propio cuarteto.

Pero este fenómeno de nacionalización, si bien es consagratorio para la música de Córdoba, es restringido y casi exclusivo a lo que produjo Rodrigo. Solo Walter Olmos –a quien el Potro se encargó de presentar en público- arañó algo de esa popularidad. Después de él, algunas bandas como Sabroso o Banda XXI intentaron hacer su desembarco en Buenos Aires pero no lograron instalarse en el panorama porteño. El cuarteto, que pudo haber capitalizado por más tiempo el aparato comercial de Buenos Aires, volvió a recluirse en nuestra ciudad y en el interior.

Después de esa primavera cuartetera el país se fue a la mierda, volvió Cavallo, nos reventó de la Rua, nos endeudó aún más el FMI y el menemismo dejó su verdadera herencia. Para después de la tragedia económica más grande que hayamos sufrido, el aparato de la bailanta volvió a ser ocupado por la cumbia, que esta vez fue bautizada como “cumbia villera” exponiendo en el nuevo género el crecimiento de la pobreza al que nos arrastró el neoliberalismo.

Hoy, a 15 años de su muerte -como a Gilda- a Rodrigo no se lo deja de escuchar. Sigue sonando en los casamientos, en los cumpleaños y en algunas fiestas. Aún hoy, menguada la antinomia que lo opuso injustamente al máximo ídolo de los cordobeses, nos sigue haciendo bailar a propios y extraños. Y su imagen sigue vigente e idéntica, como la de todos los que tienen la mala buena suerte de morir jóvenes y en su mejor momento.

Adriel Villalobo

Este artículo apareció en el periódico “Dímelo en la Calle” al cumplirse 15 años de la muerte de Rodrigo, el ídolo cordobés.

Es pertinente frente al “regreso” del cuartetero por la película “El Potro”