Alpatauca

Tenía su cabello largo revuelto por el galope... Venía enancado en el tordillo con su padre sentado espalda con espalda mirando para atrás, como también solían montar los indios Ranqueles que vivieron hace muchos años por las llanuras de lo que hoy es Rio IV (Por Alejandro González Dago)

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Fue a mediados de abril. Lo recuerdo muy bien. El sol ya no pegaba como en febrero ni acariciaba como en marzo. Lo que no recuerdo bien es el día exacto. Pero era otoño estoy segura porque en esa parte de Agua de oro ya quedaban pocas calandrias y algún que otro benteveo.

Como a eso de las cuatro de la tarde, un galope nervioso que venía del bajo, del lado del río, me hizo desistir de desatarme las trenzas. Era más fuerte mi curiosidad por saber quién venía que el trabajo artesanal que había hecho mi madre con mi pelo.

Marcial Santillán, el viejo capataz del campo, quien tenía el extraño don del silencio y el poder de mimetizarse con el paisaje, apuró el mate y apagó el cigarrillo armado por él mismo. Después estiró el cuello así como lo estiran los gallos antes de cantar, se acomodó el pañuelo, emprolijó su bombacha bataraza, amagó con sacarse una alpargata y arrojársela a los perros mientras les gritaba una sarta de malas palabras para que se metieran en el galponcito de las herramientas, y después, con mansedumbre y actitud criolla, achinó los ojos y se tomó las manos por la espalda para esperar a la visita. Así también lo hacía ante mis padres los fines de semana cuando veníamos de Córdoba al campo.

A todo esto yo, que había abandonado la idea de soltarme el pelo, luchaba por quitarme el cancán robado a mi hermana Laura para jugar a la mujer maravilla. Era mi juego preferido. Me ponía las medias por sobre el jean, hacía una vincha con los cordones de las zapatillas, con una mano tomaba el lazo de cuero crudo del viejo Santillán, y empezaba a dar vueltas y vueltas jugando a que tenía poderes para vencer a los malvados de este mundo.

– ¡Buenas tardes don Enrique, bienvenido a Alpatauca!, le dijo el capataz a la visita. Y a modo de respuesta, la visita hizo una mínima reverencia tocándose con la punta de los dedos el doblez delantero de la boina.

Apenas Enrique Cuello, dueño del campo vecino al de mis padres, se bajó del caballo, lo vi. Esa fue la primera vez. Ese fue el encuentro número uno. Allí me encandiló. Tenía su cabello largo revuelto por el galope, una chalina marrón puesta improlija pero de bufanda, una remerita azul mangas cortas con una leyenda que decía Soda Stéreo, un pantalón vaquero rotoso y deshilachado pero no localizado de fábrica, zapatillas verdes de básquet, y venía enancado en el tordillo con su padre sentado espalda con espalda, mirando para atrás, como cuando se viaja en tren o en trole, o como, según me contaron, también solían montar los indios Ranqueles que vivieron hace muchos años por las llanuras de lo que hoy es Rio IV.

En ese momento yo no tenía la menor idea de lo que vendría después ni que aquella tarde de abril cambiaría para siempre mi vida.

Enrique Cuello y el viejo Santillán se metieron en la casa hablando sobre un puma que andaba merodeando el lugar y al que la noche anterior habían visto entre El Manzano y Candonga, y yo me quedé embobada mirándolo de atrás sin que él supiera que lo estaba mirando. Cuando se dio vuelta, hay Dios mío: sentí que me caía de espaldas.Se bajó del tordillo con un salto y se me vino encima.El muy hermoso tenía un chupetín en la boca y dos esmeraldas verdes en los ojos casi cubiertos por su largo flequillo.

-¿Sabés de dónde viene la palabra Ranquel?, me preguntó.

-¿Ranquel?, dije yo para mis adentros pero muda, asustada y a punto de orinarme pero sin pronunciar ni media palabra por las dudas pudiera leer de nuevo mis pensamientos. Moví la cabeza en sentido de negación, y tiritando de nervios empecé a caminar para atrás. Me enredé con el cancán de Laura, perdí el equilibrio y finalmente me caí de espaldas.

-Viene de la lengua Mapuche. En realidad los Mapuches, aborígenes que existieron entre el siglo XVII y el XIX al norte de La Pampa, al sudeste de San Luís y al sur de Córdoba , que a su vez provenían de la fusión que hubo entre las tribus tehuelche y araucano, no decían Ranquel sino Ranquelche. En lengua Mapuche, ranquel quiere decir del cañaveral, y che quiere decir gente. Ran – quel – che: gente del cañaveral.

-Ehhhh… mucho gusto…Belén, dije yo intimidada y todavía desparramada en el suelo.

-¿Cómo dijiste?, me preguntó él, intimidándome más todavía.

-Eh…Belén, así me llamo: Belén.

-Hola. Yo me llamo Ignacio, Ignacio Cuello; pero me dicen Nacho.

No sé cómo hice pero me puse de pie. Ridícula, eso sí. Pero de pié. Toda enredada en el cancán de mi hermana, llena de tierra, la vincha de cordones atravesándome la cara y el lazo de cuero crudo a punto de ahorcarme.

Nacho me miró como a un bicho. Y yo me sentí un bicho observado por un bello animal. Para disimular, como quien no quiere la cosa eché un vistazo para el lado del gallinero para ver si era cierto que los gallos para cantar estiran el cuello, pero a ningún maldito gallo se le dio por cantar en ese momento. Cuando lo miré de nuevo, estaba llevando con los dedos la cuenta de no sé qué cosa. Nunca había visto de cerca un chico tan lindo, pensé. Y como si me hubiera escuchado se me acercó.

-Si me das un beso te digo qué quiere decir Alpatauca.

– ¿Qué?, pregunté yo como queriendo que alguien me dijera por qué sentía tanto calor y tantas ganas de desmayarme. Pero nadie me contestó.

Claro, era demasiado chica para escuchar a la vida.

-Bueno, si no querés no hay problema. Pero acordate que me debés un beso. Alpa significa tierra, y Tauca es algo puesto encima de otra cosa. Alpatauca podría ser entonces tierra encimada, lo que nosotros llamamos tierra alta o montaña. De lo que tengo dudas es si se escribe con ele o con elle.

Peor para mí que además de lindo y de hablar la lengua ranquel supiera el significado de Alpatauca, la voz aborigen que llevaba como nombre el campo de mis padres que antes había sido de mis abuelos y antes de los abuelos de mis abuelos. Ahí quedé flasheada de nuevo. Lo admiré como nunca antes había admirado a alguien, y él hablando como si tal cosa. Me preguntó si me gustaban los chupetines pero tampoco le respondí porque no me salían las palabras ya que no podía dejar de mirar sus ojos y su boca. Me daba como un chucho de frío y de calor al mismo tiempo, mirar su boca.

Esa noche, después que don Enrique se lo llevó a las apuradas porque antes que cayera el sol debía reunirse con mi padre y otros hombres para armar la partida que saldría a buscara al puma, no pude dormir. Sólo pensaba en él.

Nacho, Nacho, decía en voz baja debajo de las sábanas. Y cada vez que pronunciaba su nombre me pasaba la yema de los dedos por la boca. De madrugada, me agarró un dolor de cabeza y otro de estómago como nunca antes en mí vida. De repente sentí que un líquido extraño me bajaba por dentro y me mojaba. Pensé que estaba orinándome o que tenía una hemorragia, y cuando me miré, me asusté. De adentro de mi cuerpo me salía sangre tibia, y grité a más no poder: – ¡NACHO, NACHO! Vino mi madre, vio la mancha en las sábanas, y me abrazó fuerte.

-Mi amor, hijita de mi vida: ya sos señorita, dijo, y me soltó el pelo.
Esa noche supe que me había enamorado por primera vez en la vida y que nunca más podría jugar a la mujer maravilla.

Yo tenía trece años y Nacho quince.

– Pido la palabra, su señoría.
– Ha lugar…
– Que la imputada se limite a…
– Señor fiscal….
– Pido disculpas, señor juez. Que la sospechosa se limite a responder la pregunta concreta hecha por esta fiscalía y no a relatar la novelita rosa de clase media que nos está contando sobre su vida para hacernos creer que es inocente. Qué diga si tiene algo que ver con la prolongada ausencia física de Ignacio Cuello. Que diga si lo mató o no lo mató y dónde escondió el cadáver.

Cuando el juez me miró por sobre sus anteojos tuve ganas de gritar que en realidad Nacho me había matado a mí. Pensé en decirle al fiscal que los hombres no saben nada de mujeres. Que no era una novelita rosa de la clase media lo que estaba contando sino la despiadada muerte de la ilusión en mi vida. Y que si alguien mata la ilusión de una mujer, merece un castigo.

Tenía necesidad de contar qué sentí con el primer beso, o cuando hicimos el amor por primera vez, o cuando nos fuimos a vivir juntos, y los fines de semanas tan felices que pasamos en Alpatauca. Pero sobre todo, me moría por contar lo que sentí cuando me enteré que Nacho estaba por tener un hijo con otra mujer y qué cosa sentimos las mujeres cuando no podemos quedar embarazadas. Pero no dije nada. Para qué. Los hombres son todos iguales.

Disimuladamente abrí la cartera y le mostré a su señoría mis cigarrillos y el encendedor. El juez entendió que era un cigarrillo o un ataque de nervios. Entonces ordenó un Cuarto Intermedio hasta el mes que viene.

Cuando salí de Tribunales, en frente de mí, en plena calle y esquivando automóviles, una parejita de estudiantes reía y se besaba descaradamente como si el mundo fuera de ellos. Ella tenía trenzas y él una remerita azul mangas cortas con una leyenda en el pecho que decía Maluma.

Recién en ese momento lloré desconsoladamente.

Continuará…

Alejandro González Dago / escritor y periodista

(Autor de los relatos: El Correo de Felipe)