¡QUAUTHEMALLAN!

Sólo pretendo recordar apenas una parte de la historia de los anónimos también libertadores de América. Hablo de Jacinto Canek. Digo Quauthemallan. Hablo de honor, no de odio ni rencor (Por Alejandro González Dago)

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Así le llamaban los mayas a Guatemala 1.500 años A.C durante el período Preclásico. De la misma manera le llamaron durante el período Clásico del 300 al 900 D.C, y así siguieron llamándola en el Posclásico desde el año 900 hasta el 1523, año en que, en nombre de Dios todo poderoso creador del cielo y de la tierra, llegó al lugar un señor llamado Pedro de Alvarado vestido con un extraño traje de lata y hablando con voz de pito en un idioma que nadie entendía, con una cruz de palos entre las manos y armas hasta en los dientes, enviado por el también todo poderoso señor capitán Hernán Cortez que apenas llegó al nuevo mundo ordenó quemar sus naves como prueba de autoridad y poder según la noción de poder aprendida en la Universidad de Salamanca, la Sorbona Castellana, quien en esta ocasión prefirió quedarse en Tenochtitlan, capital del imperio azteca, retozando calentito entre sus sábanas con la Malinche, ninguneando al emperador Moctezuma II hasta convencer al pueblo que lo matara a pedradas por traidor (tal como sucedió) y cargando a manos llenas el oro de los mexicas para llevárselo a su casa como si fuera de él.

Pedro de Alvarado

Hernán Cortez

Cuando Pedro de Alvarado, natural de Badajoz, llegó a la antigua Iximché, le cambió el nombre y le puso Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, pero los mayas no le hicieron caso y siguieron llamándola Quauthemallan, tal como la llamaban dos mil años antes que llegara este señor y como aún hoy, en el siglo XXI, muchos de ellos siguen llamándola.

Esta tozudez por defender un nombre no fue el simple capricho de una civilización como la Maya cuyos vestigios de existencia se remontan a casi 20.000 años A.C. Fue y continúa siendo mucho más que eso: es un derecho. Es el derecho a mantener con vida un nombre pronunciado en una lengua porque nombre y lengua también hacen a la identidad de un pueblo; y para cualquier pueblo su identidad es su primera dignidad.

Nosotros somos la tierra; ellos son el viento.
En nosotros maduran las semillas;
en ellos se orean las ramas.
Nosotros alimentamos las raíces;
ellos alimentan las hojas.
Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes,
olorosas a las manos de las vírgenes muertas.
Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron.
Nosotros somos la tierra; ellos son el viento.

Según una conocida leyenda de la cultura guatemalteca, esto fue dicho doscientos años después de la llegada de Pedro de Alvarado.

Quien lo dijo con voz de trueno fue el maya Jacinto Canek (1730-1761) la noche del 20 de noviembre de 1761 cuando le habló a otros mayas en ocasión de una celebración en Quisteil (a unos 50 Km de Mérida) incitándolos a una rebelión contra los invasores españoles que habían venido sin que nadie los llamara, sin pedir permiso le habían cambiado el nombre a las cosas que ya tenían nombre desde hacía más de 2.000 años, que se creían superiores a las otras personas sólo porque tenían la piel blanca, y que además robaban, saqueaban, mataban, y violaban a quien se les diera la gana; encima vestidos con esos extraños y ridículos trajes de lata.

La refriega fue brutal y despareja. Fue pólvora y acero contra arco/flecha y carne desnuda. Durante la misma cayó muerto por un dardo con curare el comandante del destacamento militar colonial de Sotuta, la principal localidad situada en las inmediaciones del lugar.

La sublevación del pueblo maya, sin embargo, no sólo no se detuvo sino que se extendió a otras poblaciones donde los españoles, furiosos por un escarmiento, pero sobre todo hambrientos de oro como si hubieran venido allende los mares sólo para hacer un negocio con la historia, enviaron más tropas con trajes de lata, más pólvora, y más acero.

Jacinto Canek

Así atacaron nuevamente Quisteil y obligaron a huir a Jacinto Canek, quien para la natividad del año del Señor de 1761, en una hondonada con helechos frescos y flores silvestres bajo unos encinos, cayó preso en una emboscada de hombres barbudos con pocos dientes, botas que les llegaban más arriba de las rodillas y pecheras de lata, quienes además blandían látigos y espadas y miradas de Ordalía a punto de comenzar.

Desnudo, golpeado, y ensangrentado, el maya Jacinto Canek fue obligado a caminar más de 50 kilómetros – hasta Mérida – atado con una soga por el cuello a la montura de un caballo y con las manos sujetas a un tronco de Chicozapote que le habían cruzado por la espalda como si fuera una bestia salvaje recién cazada. Y pocos días después, una mañana de diciembre pegajosa de mosquitos, como prueba de autoridad y poder, en vez de quemarlo como a una de sus naves, delante de todos fue sacrificado como un animal para que fueran aprendiendo esas mierdas a no decir ni mú contra el nuevo dueño de la tierra.

Cuenta la leyenda que antes que el filoso cuchillo toledano le cortara la garganta, el maya Jacinto Canek alcanzó a gritar: ¡Quauthemallan!

A esta sociedad que siempre fue la tierra y no el viento. Que nunca cedió sus derechos. Y cuando se los quitaron, tarde o temprano, los recuperó. Que prefirió la muerte antes que dar un paso atrás. Que si estaba a la defensiva era por supervivencia puesto que siempre la atacaron. Que cuando no eran los soldados eran los terremotos los que traían muerte. En un país devastado y humillado por los de afuera (España al invadirlo y Estados Unidos de Norteamérica al colonizarlo), violado y traicionado arteramente también por los de adentro en la pos guerra de la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría, en un tiempo de Guatemala cuya sociedad estaba sumida en la peor decadencia por ser uno de los países del mundo con más golpes de Estado (en 100 años tuvo 95 años de gobiernos de facto, y es sabido que por cada militar que participa de un golpe de Estado hay al menos cien civiles que lo azuzan y miles que lo aplauden) alguien le debe una explicación.

No es el conquistador quien deba dársela.

Los enemigos más peligrosos de Guatemala nunca fueron los de afuera sino los que vivían de la medianera para adentro. Pero lo grave del asunto no es que los traidores nazcan o vivan puertas adentro sino que el resto se acostumbre a convivir con ellos y hasta sueñe en ser como ellos.

He ahí la decadencia.

Jorge Ubico Castañeda (1878-1946) fue un tremendo dictador que llegó a presidente en 1931 y se quedó hasta 1944 porque en 1921, cuando era un brillante joven uniformado que arrancaba suspiros a las madres y las novias, participó activamente  del golpe militar encabezado por el general José María Orellana (1872-1926) para derrocar al entonces presidente Carlos Herrera y Luna (1856-1930), el que a su vez había tomado parte del derrocamiento al presidente Manuel Estrada Cabrera (1857-1924) otro tremendo dictador que fue presidente desde 1898 hasta 1920, y si bien durante su primer mandato actuó de acuerdo con la Constitución, después la reformó a su antojo para quedarse a vivir en el poder y asegurarse la reelección indefinida, cuestión que logró sucesivamente en 1904, 1910 y 1916, períodos durante los cuales, como se sabe, estableció un auténtico régimen dictatorial con tortura incluida, cuyos temibles grupos de tareas eran el ejército y la policía secreta.

Jorge Ubico Castañeda

José María Orellana

Manuel Estrada Cabrera

Nunca se supo con exactitud cuántos muertos y desaparecidos hubo en Guatemala durante sus tres gobiernos (en 1993 el presidente Ramiro de León Carpio estimó que sólo en los últimos 30 años –de 1963 a 1993- en Guatemala hubo 100.000 muertos y 50.000 desaparecidos por razones políticas), y aunque impulsó el desarrollo económico, luego la economía fue deteriorándose hasta que la gente más humilde no tuvo qué comer mientras él acrecentaba su fortuna personal que sólo podía calculársela en kilos y en metros cúbicos. Y para consumar una vez más en los hechos aquello de cambiar algo para que nada cambie, tal como años después lo mostrara al mundo el escritor siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) con su magistral novela Il Gattopardo(1958) basada en la vida de su propio abuelo bajo el personaje del príncipe Fabrizio Salina, Manuel Estrada Cabrera fue obligado por otros militares a devolver todo el dinero robado al pueblo para poder robarlo ellos. Y el 24 de setiembre de 1924, con el telón de fondo de un callejón de tierra con polvo en suspensión y una veintena de sus adeptos caminando a paso de noria con velas en la mano, lágrimas en los ojos, y cantando un canto gregoriano en el que le pedía a Dios un poco de misericordia, finalmente, según lo contó en el pueblo de Chiquimulilla un anciano muy borracho que dijo haber sido uno de sus carceleros, el temible dictador murió solo como un perro en una cama sin colchón, en un inmundo calabozo de la Cárcel Ciudad de Guatemala, sin un mísero responso ni una sola moneda, rodeado sólo por chinches y cucarachas que le caminaban por la cara. Su gobierno despótico y aquel tiempo de decadencia de la especie humana con sus miserias expuestas en carne viva, fue narrado en 1946 de manera impecable por el gran escritor guatemalteco, premio Nobel de literatura en 1967, Miguel Ángel Asturias (1899-1974) en su novela El señor presidente.

Pero hubo un hecho en el Siglo XX que con el correr de los años fue tomado por los analistas como un disparador para el desarrollo de la cultura guatemalteca camino a su libertad. Fue el ocurrido en 1931 cuando Jorge Ubico Castañeda (aquel príncipe soñado por madres y novias aunque tuviera sangre en las manos, o por eso mismo) asumió por la fuerza la presidencia, y buscando un determinado efecto, tomó una medida que provocó exactamente el efecto contrario, tal como ha sucedido siempre en la historia del hombre. Estrenando jinetas, amantes, y poder, Ubico Castañeda suspendió la actividad política en todo el país, las libertades individuales, y otorgó importantes concesiones a terratenientes amigos y a compañías extranjeras, en especial a la poderosa United Fruit Company estadounidense.

Rigoberta Menchú

Miguel Ángel Asturias

Tamaña orden no hizo otra cosa que abonar la rebeldía maya, descubrir y potenciar en la gente la honrosa condición de ser ciudadanos dispuestos a defender con dignidad su identidad y sus derechos humanos (apenas 62 años después una maya quiché, Rigoberta Menchú, recibió en 1992 el Premio Nobel de la Paz) y encender la mecha para la explosión del arte y de los artistas, que mientras buscaban su propio destino de libertad encontraron la rosa de los vientos señalándoles los puntos cardinales.

Entonces ellos no sólo fueron la tierra sino además el viento.
Y las raíces y las hojas.
Y las aguas de los cenotes caminando bajo sus plantas.
Y sus vírgenes no fueron sacrificadas en vano.
Y sus guerreros no cayeron muertos por nada.
Ese día en Guatemala todos se llamaron Jacinto Canek.

No hablo de historia argentina porque muchos de nosotros creemos que nuestra historia es la historia de todos. Mucho menos hablo de deporte. No hablo de River ni de Boca. Sólo pretendo recordar apenas una parte de la historia de los anónimos también libertadores de América.
Hablo de Jacinto Canek.
Digo Quauthemallan.
Hablo de honor, no de odio ni rencor.
Si su nombre es Libertadores de América que sea en América.
Esta tozudez por defender un nombre no es un simple capricho. Es mucho más que eso: es un derecho. Es el derecho a mantener con vida un nombre porque un nombre también hace a la identidad de un pueblo; y para cualquier pueblo su identidad es su primera dignidad.
Que le cambien el nombre a la copa.
Que se vayan lo indignos que no conocen la historia.
Si no defienden nuestra identidad, ninguno de ellos puede ser dirigente. Nosotros somos la tierra, ellos son el viento.

Alejandro González Dago.
Diciembre de 2018