Cuello de botella

Por Alejandro González Dago

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En este enero de 2019 tan lluvioso pero con la gente seca, en el que insistimos con mentirnos diciendo que las inundaciones nada tienen que ver con la impermeabilización de la soja a la tierra. O que si algunos ríos se desbordaron fue culpa de Cristina que se choreó la plata y por lo tanto no pudieron hacerse las obras. O porque el Macri gato autorizó que las compañías aéreas hagan descuento en sus pasajes y aprovechando un combo de Flybondi de la que él es dueño aunque esté a nombre de Antonia seis de las diez plagas de Egipto (la 1, la 2, la 3, la 4, la 5 y la 8) se vinieron para acá a jodernos la vida.

O porque al fin y al cabo nadie puede con el farabute que llevamos adentro que es el deporte nacional de la mentira, una mañana de aguacero de esta semana que pasó, en un barcito bien burgués pero igualmente amurador que está en el coqueto paseo del Buen Pastor de la capital cordobesa donde por el tamaño de los chicles pegados debajo de las mesas se adivina que todos los besos en la boca son besos mojados y con promesas, un señor (+cincuenta largos) con cara de zapallo helado, camisa con florecitas silvestres símil guayabera, anteojos negros para sol puestos de vincha en actitud piquetera contra la lluvia, bermudas azules, y zapatillas al tono de la marca del cocodrilo francés que estoy seguro no usan les enfants de la patrie que calzan chalecos amarillos para la resistencia, le hablaba con notable resentimiento a un muchacho de la tribu de los Millennials que lo miraba con admiración y con la boca abierta.

Como el +cincuenta largo hablaba y movía las manos y los hombros y las cejas buscando acentuar con gestos cada una de sus palabras y el

pibe escuchaba con unción, por un momento pensé que eran pareja. Entonces rumié – Ahora el viejo llama al mozo y le pide uno de jamón y queso para su sobrino… Pero después me di cuenta que estaba equivocado.

Mientras apuraba un robusto mate cocido y un criollito calentito, me dije para mis adentros que pensar con tanta ligereza era, sin dudas, culpa de los resabios de una formación machista y patriarcal que me fue impartida cuando era niño. Por tal motivo, la culpa de que yo piense así es de mi abuela, de mi vieja, y de mis maestras porque ellas me formaron a la edad en que hay que formar los niños.

Tres mujeres distintas me formaron, y por mi manera de razonar, está a la vista que me formaron mal. Ellas son las responsables que yo piense como pienso. Con razón las madres de ahora que son más inteligentes y pragmáticas que las madres de antes no permiten la deformación en la educación de sus hijos y van a la escuela y les pegan o les rompen la cabeza a las maestras para que aprendan lo que es un educando, que tanto joder.

Después pensé: – Y si el jovato y el pibe fueran pareja cuál sería el asunto… Entonces seguí tomando mi yerbeado y tragando mis propias reflexiones.
Como era previsible, cuando dejé de mirarlos los escuché.

El tipo, el zapallo helado, le decía al muchacho que este país es una mierda. Que todo está perdido. Que el gato y la porota son socios y se nos cagan de risa. Que el muñeco Gallardo es otra mierda porque quiere llevarse a Matías Suárez para River y Matías Suárez antes de irse tiene que salvar a Belgrano del descenso porque si Belgrano se va a la B Matías Suárez será el culpable.

Que el gobernador de Salta es un garca nariz parada porque cuando habla en los actos lo único que le falta decir es señores compañeros. Y si un tipo dice señores compañeros en un acto peronista no sólo no es peronista sino que seguro a la guita no la ganó laburando. Que eso no es nada. Que peor es lo de Mestre que tiene a la ciudad poceada y llena de basura pero el tipo quiere ser gobernador. Que si de minas se trata te puedo hablar hasta mañana, pibe.

Mirá: las minas son así y asá. Nunca te dejes impresionar ni engañar por el llanto de una mujer porque las lágrimas de mujer son un arma poderosa. Igual que su sonrisa. Igual que cuando muestran. O cuando esconden. Que para prevenir semejante trampa y evitar toda tentación, ochocientos años antes que naciera Jesucristo Homero advertía a los marinos de Odiseo a cerca de lo peligroso que eran los dulces cantos y las inigualables voces de las sirenas. Que la única intención que tenían era atraer a los hombres para devorarlos porque así son las sirenas que en realidad son medusas y todo el mundo sabe que las medusas son mujeres. Que al oficio más viejo del mundo no lo inventaron los hombres, y que por eso mismo el amor más barato era el amor de contado.

– No ves la grieta que hay ahora entre ellas; unas usan pañuelos verdes y otras pañuelos celestes, y se odian, dijo el de la guayabera.

Yo no dije nada. Llamé al mozo y pedí la cuenta.
En el interín recordé a mi abuela.
Y a mi vieja.
Y a mis maestras.
Esas mujeres fueron las que me educaron a la edad en que las personas más preguntamos y más nos quedan grabadas las respuestas. Ellas me enseñaron que si uno se arrima al barro puede salpicarse. Por lo tanto, para no salpicarme, no quise escuchar más boludeces de un tipo fracasado. Tampoco me daba para contemplar la actitud pasiva del Millennials que parecía escuchar concentrado cuando en realidad lo que hacía era relojear su celular.

– Estos son los nuevos yo argentino, dije, y salí caminando bajo la lluvia. Optimista por naturaleza como todo seco, ochentoso al fin y al cabo, razoné esperanzado: “No importa. No todos piensan como este viejo boludo. Además cada vez que llovió, paró” , y abrí el paraguas para no mojarme.

Cuando me di vuelta para mirar antes de cruzar la calle, el Millennials peló un fierro y le robó al mascincuenta, al mozo, y los parroquianos.

– !!! Dame el celular y la guita o te quemo !!! me dijo un tipo desde una moto cross que se apareció de golpe. Le di el celular y los pesos de enero. Ahí nomás en la misma moto se subió el Millennials y los dos picaron para el lado de Plaza España a toda velocidad.

– Abuelita, de la que me salvé, dije, y a la vuelta del barcito burgués de los chicles pegados bajo las mesas vi un patrullero estacionado. Los dos juanes se hacían los boludos mirando para otro lado. Estaban de campana cuidando a los que aseguran que antes de la Internet no había vida.

Entonces, como otras tantas veces en la vida, me acordé de mi abuela y de mi vieja cuando me retaban o me ponían en penitencia porque era vago para estudiar geografía. Si hubiera estudiado, capaz que me hubiera dado cuenta antes que en nuestro país, la vida y el continente terminan en un cuello de botella.

Alejandro González Dago periodista y escritor