La zamba del femicidio

Por Alejandro González Dago

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Cansado de arriar mulas con su padre, cierto día el hijo del gringo Cresseri le dijo al gringo Cresseri que esa vida no era para él. Y aunque era apenas un muchachito, ya no quería ser como su padre porque era más ambicioso. Más de una vez le recriminó que desde que vino al mundo andaba con animales, y eso de andar entre bestias toda la vida estaba convirtiéndolo en otra bestia.

Arriar mulas entre Salta y el sur de Bolivia por senderos angostos haciendo equilibrio entre la montaña y el precipicio ya no lo atraía ni le despertaba la hormona de la adrenalina. Demasiado fácil y aburrido tener que mirarles el culo a las mulas durante el trayecto de días enteros y nunca vivir la aventura de huir de la policía ni esquivar milicos que pidieran explicaciones sobre el arreo porque era 1880, y en 1880 la Argentina estaba preocupada sólo en construir Buenos Aires para que Buenos Aires cada día se pareciera más a París.

El resto de las provincias – para el puerto – eramos guachos de madre soltera y encima mulatos. Ni que hablar del norte argentino. En la ciudad de Salta, en 1880, la población estaba compuesta por señoras mal de casas bien, señoras bien de casas mal, sacerdotes pecadores pero indultados por su propio Dios, y patrones de estancia de abdomen prominente con chalequito de casimir inglés y cadena de oro sujetándole el ombligo como símbolo y representación de la oligarquía argentina de prosapia patriótica. Para ellos, el resto de la población salteña eran negros de mierda nacidos para hacer fuerza. Collas, cholas, y sus hijos con los moquitos colgando y descalzos.

Lo que también abundaba por aquellos años en el norte argentino, eran los senderos angostos de montaña por lo que se podía pasar a Bolivia en mula y traficar cualquier cosa, incluido mujeres. Y todo como si tal cosa y sin temor a la ley porque no había ley

Además de ese asunto de las mulas y de los senderos, si algo había cansado al hijo del gringo Cresseri era esa maldita costumbre que tenía su padre de hablarle durante todo el viaje sobre su Italia natal, lo que había sido venirse a la Argentina en un barco sin agua y sin comida, lo hermosa y generosa que era esta tierra, y sobre las oportunidades que había porque en la Argentina estaba todo por hacer. Esa repetida cantinela paterna, más tener que andar haciéndoles muuch, muuch a las mulas para que caminaran o meterles un chicotazo en el lomo cuando se empacaban, lo tenían cansado.

A decir verdad, el hijo del gringo Cresseri no quería ser arriero sino artista. Y famoso. Y que la gente lo reconociera. Y que lo aplaudiera. Y que quisieran tocarlo. Y en 1880, en el norte argentino, para ser artista y encima famoso y no correr el riesgo de parecer marica, el manual del machismo nacional decía que había que ser un hombre explícito, andar calzado, de modales torpes y modo de hablar masculino ordenando y no pidiendo las cosas por favor, con la violencia a mano puesta de manifiesto por cualquier asunto y en cualquier momento.

El hijo del gringo Cresseri prefería correr esos riesgos antes que arriar mulas por senderos traicioneros a dos mil metros de altura. Adoraba la música, la noche, los tragos, y juntarse con aquellos señores de abdomen prominente y mujeres mal bien perfumadas. Su madre le había enseñado a tocar el piano y la guitarra. Por eso cuando tenía apenas 16 años, compuso su primer tema: El bailecito de Bolivia, que tuvo gran repercusión en Sucre – Bolivia – y en Salta y en Jujuy. El éxito le trajo más éxito y caras nuevas. Y mujeres. Y alcohol.

Cuando apenas había cumplido los veinte, el hijo del gringo Cresseri, de puro cantor y mujeriego, ya era el dueño de la noche de Salta. Conocía todo. Se dice que era quien presentaba a las mujeres de la noche con los hombres de la noche pero sobre todo a los señores gordos con cadenita de oro cruzándoles la panza. No faltaban los curas entre sus beneficiados, tampoco policías de Salta, ni la Justicia coimera de Salta.

Apenas se radicó en la ciudad de Salta un nuevo juez que venía del Chaco (se radicó en calle La Florida 484) el hijo del gringo Cresseri entabló amistad por razones obvias pero también porque recordó que le habían dicho que siempre era bueno ser amigo del juez. Entonces, según se dice, para el nuevo juez le reservó las mejores hembras para que su señoría pasara las mejores noches.

Una madrugada clara de la primavera de 1910 que volvía borracho a su casa y su mujer le recriminó el estado que traía y el perfume a bataclana que olía, el hijo del gringo Cresseri descargó su furia contra ella y le pegó con odio y más violencia que a las mulas cuando se empacaban.

La mujer desesperada comenzó a gritar y a pedir auxilio, pero no hubo un solo vecino que la ayudara, no sólo por falta de solidaridad sino porque la que gritaba era la mujer de un tipo famoso, cantor y guitarrero, amigo de lo más granado de la noche de Salta que para eso quería la fama. Tanto le pegó a su mujer en forma despiadada, que al caer al suelo la víctima se golpeó la cabeza contra el umbral de la casa y murió en el acto.

Apenas llegó la policía a la escena del crimen el comisario a cargo del hecho ordenó cubrir el cuerpo de la mujer con una manta y a continuación delante de los vecinos curiosos y asombrados abrazó al hijo del gringo Cresseri y compungido le dió el sentido pésame.

Cuando se le pasó la borrachera después que enterraron a su mujer, el hijo del gringo Cresseri, entre vino y penas, escribió una canción en homenaje a la muerta. Fue una zamba, y la escribió en tono de arrepentimiento y confesión tardía como suele ocurrir con la mayoría de los femicidas.

Yo quisiera olvidarte,
me es imposible
mi bien, mi bien
Tu imagen me persigue
tuya es mi vida y mi amor también…
Y cuando pensativo yo solo estoy
deliro con la falsía con que ha pagado tu amor, mi amor.

Si yo pudiera tenerte
a mi lado todo el día
De mis ocultos amores
Paloma te contaría
Pero es inútil mi anhelo
Jamás jamás
Vivo solo para amarte
Callado y triste
Llorar, llorar

La causa por homicidio cayó en el juzgado del juez chaqueño que cierto día se había instalado en Salta, el doctor Carlos López Pereyra, quien en los considerandos de su fallo absolviendo de culpa y cargo al homicida, invocó la figura de “Emoción violenta” por primera vez en la historia jurídica argentina.

Ya en libertad, Artidorio Cresseri, el hijo del gringo Cresseri, en agradecimiento llamó a su zamba con los apellidos del juez.

El 18 de octubre de 1950 en un húmedo y derruido asilo de ancianos indigentes de paredes sin reboque, Artidorio Cresseri murió a los 86 años sin un peso en el bolsillo y sin nadie a su lado. Jamás pudo cobrar derechos de autor por su zamba considerada un himno en Salta y esa que sabemos todos a la hora de guitarrear en cualquier parte del país.

Cantar por cantar, canta cualquiera, aunque nada sepa. Lo curioso es cómo las costumbres hacen los hábitos y no hay habito que no se le parezca a su gente.

No lo digo por la zamba y ni siquiera por el femicidio consumado, según la leyenda. Lo digo porque la figura de “emoción violenta” con la que fue declarado no culpable Artidorio Cresseri, el juez Carlos López Pereyra, oh casualidad, la tomó de la jurisprudencia francesa.

Era 1910. Buenos Aires ya era París, no Latinoamérica. El resto de las provincias éramos decididamente súbditos de la corona porteña.

Alejandro González Dago / periodista y escritor

En un abril soleado
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
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