21 de Mayo de 1810

Por Alejandro González Dago

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Cayó lunes. Pero no marcó el comienzo de una semana cualquiera. Era el cuarto día de nuestra historia.

Aunque había mejorado un poco, el cielo continuaba cerrado y la humedad haciendo lo suyo. Este era el día en que debían entregarse las invitaciones para el Cabildo Abierto de mañana 22. Sólo quienes tuvieran invitación podrían ingresar a la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) a participar del debate. Era la continuidad del poder español o la libertad de los criollos.

Por orden del Cabildo, fueron impresas cuatrocientas cincuenta invitaciones para ser distribuidas entre cuatrocientos cincuenta vecinos considerados “prominentes” o “principales”, cuya lista, y consideración, había sido elaborada también por el propio Cabildo. Sin embargo el imprentero, don Agustín Donado, por pedido de dos amigos, había impreso seiscientas invitaciones más. Y a esas invitaciones, sus dos amigos, las habían repartido entre los criollos.

“El Excelentísimo Cabildo convoca á Vd. en condición de vecino, para asistir mañana 22 del corriente a las nueve de la mañana, sin etiqueta alguna, al Cabildo Abierto que con avenencia del Excelentísimo señor Virrey ha acordado celebrar. Para pasar libremente, deberá manifestar esta esquela a las tropas que custodiarán las avenidas de esta plaza”.
Como a eso de las dos y media de la tarde del lunes 21 de mayo de 1810, justo cuando desde el Cabildo se ultimaban los detalles en la plaza para la reunión del otro día, seiscientos hombres armados hasta los dientes con cuchillos y facones, comandados por French y Beruti, coparon la plaza y la parada. No hubo quien opusiera resistencia. Ni siquiera lo intentaron.

Los manifestantes desconfiaban que Cisneros cumpliera su palabra de concretar el Cabildo Abierto. Se llamaban a sí mismos “Legión Infernal”. Llevaban un retrato del rey Fernando VII y una cinta blanca atada en el brazo. Y cuchillo en mano gritaban – !!! Cabildo abierto o muerte !!! y !!! Que Cisneros se vaya !!!.

El síndico Julián de Leyva no tuvo éxito en su intento. Pretendió calmar a seiscientos hombres armados dispuestos a dar la vida por la libertad diciéndoles que el Cabildo Abierto se celebraría como estaba previsto. La multitud empezó a silbarlo y abuchearlo. Alguien gritó – ¡ A degüello esa mierda! y un centenar de hombres se le fue encima. Cornelio Saavedra tomó la palabra. Evitó la desgracia y calmó los ánimos. El jefe del Regimiento Patricios, el más poderoso hasta ese momento, pidió calma. Dijo que él y sus Patricios apoyaban la causa de la “Legión Infernal” y que los defendería como fuere. La multitud rompió en aplausos y vítores. Dijo Saavedra que él personalmente designaría a cada uno de los guardias que custodiarían las avenidas y la Plaza de la Victoria durante el Cabildo Abierto. Y que había designado al capitán Eustaquio Díaz Vélez como oficial al mando de esas tropas. Nuevamente la multitud estalló en aplausos. Luego se dispersaron en paz. Casi al anochecer, en un boliche que estaba ubicado en lo que hoy es el Paseo Colón, tres amigos brindaron con grapa. Estaban felices. Se abrazaban. Festejaban. Los tres tenían los ojos con lágrimas. Pero están calzados. Atentos. Alertas. Uno de ellos sale del boliche y da la orden que cuatrocientos criollos armados se queden por ahí cerca, por lo de mañana. Uno de los tres amigos es el imprentero Agustín Donado. Los dos hombres de aliento a grapa y ojos llorosos, dispuestos a dar la vida si fuera necesario, eran French y Beruti. Entonces el aire trajo olor a libertad.

Alejandro González Dago / periodista y escritor