Cordobazo, perspectiva histórica

Si el hecho de mayo de 1969 ha pervivido en la épica popular como una victoria, el clasismo, en cambio, quedó más vinculado a la represión posterior, y quizás por ello las memorias sean más fragmentarias y escasas (http://schole.isep-cba.edu.ar)

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En los años cincuenta y sesenta Córdoba fue el epicentro del conflicto social, la ciudad de la revuelta urbana elevada a la condición de modelo –el Cordobazo-, de la irrupción del sindicalismo clasista, de la mayor aproximación de la izquierda peronista a la que se reconocía socialista, de las tentativas incipientes de control obrero, de la democratización de los sindicatos fabriles, del acercamiento y hasta fusión de los estudiantes con el movimiento obrero, de la radicalización de los jóvenes católicos. (…) Porque todo esto eclosionó tumultuosamente, en esos tiempos el desenlace fue más terrible, signado como estuvo por una represión sangrientay despiadada acaso como ninguna otra (Aricó, 2014)

Memorias del “Cordobazo”

En las clases de historia argentina del siglo XX, la mención al Cordobazo es una de las pocas veces que se evoca a Córdoba como un espacio con peso específico por fuera del relato porteño-céntrico. Pero, en la mayoría de los casos, el hecho queda en el molde de la mera efeméride, resulta una imagen excepcional, desprendida de su contexto. Las interpretaciones se concentran en determinar por qué calle ingresó cada columna al centro de la ciudad, a qué hora, quién dijo qué cosa.

¿De qué sirve enseñar la historia a partir de lo acontecimental, las fechas, los datos? Más allá de forzar un aprendizaje memorístico sobre hechos del pasado con fines anticuarios, ¿qué aporta a la comprensión del presente y a la construcción del futuro? La propuesta en este texto es, en cambio, recuperar una lectura histórica –entre muchas posibles–, pensar en procesos más que en hitos, vincular coyunturas con estructuras, acciones sociales con condiciones de posibilidad. Para ello, hay que retomar el hilo de la memoria social que, más allá de lo institucionalizado en el ámbito de la enseñanza, se nutre de las evocaciones colectivas, de la historia oral, esa que se transmite de generación en generación en los barrios, en las familias, en las calles.

A pesar de sus bodas de oro, el Cordobazo todavía está muy presente en la memoria colectiva cordobesa: se recuerda en canciones en canchas de fútbol, en graffitis callejeros, en actos políticos y gremiales. En la memoria colectiva se comparten valores, tradiciones, saberes compartidos; en ella, se materializan y se transmiten distintos sentidos del pasado (Jelin, 2002).

Si bien el significado de los recuerdos se va transformando junto a los cambiantes contextos políticos, culturales, económicos y sociales, la memoria expresa sentidos propios que identifican a la comunidad que recuerda (Halbwachs, 2004). Y entonces, ¿por qué el Cordobazo pervive en la memoria colectiva cordobesa? ¿Qué sentidos se le otorgan?

Evidentemente, gran parte del recuerdo sobre el Cordobazo se entona con acento épico, como gesta heroica. Las imágenes que se grabaron en la memoria social sobre el hecho lo sostienen: el pueblo logrando que la policía retrocediera, armando barricadas con las herramientas de trabajo cotidiano y echando mano a la vivacidad local. El relato es de una victoria popular, y no es por una cuestión de exitismo, pero las memorias sociales suelen guardar con mayor énfasis aquellos momentos que enaltecen la dignidad (Portelli, 2016).

De allí que, gran parte de los que recuerdan, se reclamen protagonistas principales de la proeza, lo que no quiere decir que estén mintiendo deliberadamente, sino que para ellos los sucesos tienen una fuerte gravitación en su memoria. Se empoderan en el recuerdo de su participación activa. Ahí es, entonces, donde hay que poner el foco: en un momento que es importante para la gente. Porque la memoria es eso, la sustancia viva de la historia, y los criterios de veracidad que aplican para la academia no son los mismos. Tampoco sus preguntas ni sus debates.

Debates históricos y políticos 

Lo primero que hay que recordar es que el Cordobazo no fue una excepción, sino que formó parte de un ciclo de muchos otros “azos” que estallaron, en distintas ciudades argentinas, entre fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970. A pesar de que en ellos son muy evidentes sus diferencias, tanto por los objetivos como por los principales protagonistas en las manifestaciones callejeras, en todos los casos se hace evidente la capacidad de rebelión masiva y pública en aquellos años (Iñigo Carrera, 2008). Pero, entre todos esos estallidos, el de mayo de 1969 en Córdoba se constituyó en la construcción social de la memoria como un momento especial en el que cristalizaron un conjunto de cambios políticos y culturales de largo aliento.

Desde el campo historiográfico, mucho se ha escrito y discutido acerca de ese hecho: para algunos, el Cordobazo fue el punto final de una serie de luchas sociales que se manifestaron desde 1956 y que fueron conformando un bloque antidictatorial entre sectores del progresismo, estudiantes y obreros. En ellos, tomó forma una “cultura de resistencia”, es decir, discursos y prácticas que se planteaban la contradicción entre el proceso de modernización y secularización desarrollista de la sociedad con el autoritarismo gubernamental de la autoproclamada “Revolución Argentina” y su política cultural conservadora (Garzón Maceda, 2014; Gordillo, 1996; Tcach, 2012). Desde otra óptica, algunos autores analizan el Cordobazo como mito fundante de las luchas políticas que atravesaron a todo el país hasta el golpe de Estado de 1976 (Altamirano, 1994; Brennan, 2015; Ollier, 1986). Lo cierto es que, luego de aquella insurrección, la ciudad ya no volvió a ser la misma. A partir de allí, se puso a la movilización obrera y popular como motor de cambios políticos, ya que –además de lograr la renuncia inmediata del gobernador Carlos Caballero– se desgarró la legitimidad del gobierno de facto encabezado por Juan Carlos Onganía. En la concepción de la época, la lucha callejera y masiva podía traducirse en cambios superestructurales.

Desde ese momento, se cristalizaron varias de las transformaciones que venían debatiéndose dentro de las organizaciones de izquierda. En un clima político-cultural alentado por el éxito de la vía revolucionaria en la Revolución Cubana, los partidos de izquierda tradicionales experimentaron una suerte de descrédito cuando se comenzó a considerar que sus propuestas eran “reformistas”. En aquel entonces, se produjo el crecimiento de organizaciones de la llamada “Nueva Izquierda” o izquierda revolucionaria, que compartían objetivos y una metodología radical, y también un lenguaje común en favor de la “liberación nacional”, en contra de la Dictadura y en contra del “sistema” (Tortti, 1998). El Cordobazo fue un mojón en el discurso político de estas organizaciones al convertir la teoría sobre la transformación política en certezas de revolución (Ollier, 1986).

Para la mayoría de los proyectos de los partidos de izquierda, el principal debate era si el Cordobazo había sido producto de la acción espontánea de las masas o de un plan organizado de rebelión. Según la postura que se adoptara a favor de una u otra propuesta, derivaría su posibilidad de réplica para profundizar el camino hacia el cambio estructural que impulsaban. En cualquiera de los casos, la verdad que habían descubierto era que los trabajadores serían quienes encabezarían esa revolución.

Agentes del cambio y sindicalismo clasista

Además de la causalidad política y cultural que se ha descripto, el Cordobazo estalló en una coyuntura sindical específica. El gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía había convocado en su seno a algunos dirigentes sindicales peronistas con la intención de descomprimir la conflictividad que había surgido a partir de la “resistencia peronista”, pero, dos años después de su asunción, surgió un nucleamiento sindical que tildaba a esos líderes como “colaboracionistas” con el régimen de facto. La autoproclamada Confederación General del Trabajo (CGT) “de los Argentinos” estableció una declaración programática el 1 de mayo de 1968 en la que afirmaba un discurso antiburocrático que acusaba a los participacionistas de “traidores”. Esa prédica comenzó a penetrar en las bases obreras, fomentando su movilización y legitimando la violencia como una opción regeneradora (Gordillo, 1996). En Córdoba, varios gremios se habían identificado con ese discurso que, en la práctica, estimulaba a la acción y la movilización. Sobre todo, el Sindicato de Luz y Fuerza, encabezado por el secretario general Agustín Tosco.

También, la coyuntura política económica del momento concentró el descontento de los obreros industriales cordobeses. El clima sindical se había irritado desde la propuesta del gobernador Caballero de crear un Consejo Asesor Económico, pero fue más virulento contra la decisión de derogar el “sábado inglés” y la negativa de la patronal metalúrgica a cumplir con la eliminación de las quitas zonales.

Esas múltiples causalidades generaron condiciones de posibilidad para el Cordobazo porque fueron la razón por la que, en Córdoba, el paro declarado por la CGT Nacional se adelantara un día y se le imprimiese la modalidad de paro activo. A él, se sumaron los estudiantes que se oponían a la supresión de la autonomía universitaria (Brennan y Gordillo, 1994; Pons, 2010). La tan afamada “unidad obrero-estudiantil” se concretó en ese momento y fue el ícono que rebalsó las calles del centro cordobés para extenderse por sus márgenes barriales.

La ley provincial del “sábado inglés” otorgaba a los trabajadores de determinadas industrias una paga de 48 horas por semana laboral aunque, en realidad, se trabajaban 44 horas. Las quitas zonales eran un sistema de remuneraciones que daba, a los trabajadores metalúrgicos de algunas provincias, una escala de pagos menor que la de sus pares porteños (Brennan, 2015, pp. 79-80 y 135).

En el mundo obrero, estas cristalizaciones emblemáticas generaron también cambios profundos porque lo que había emergido era que los trabajadores podían autoorganizarse de acuerdo a sus intereses, más allá de las intenciones de los dirigentes sindicales tradicionales. En palabras de uno de ellos:

Había mucha disconformidad porque Onganía vos te acordás que había congelado los salarios y había congelado los precios. (…) Eso hacía bastante tirada de bronca con la gente. Después, cuando ya Onganía trató de eliminar las diferencias que había con las provincias que tenían el privilegio del sábado inglés, eso ayudó a que estallara la bronca por el Cordobazo. Y, bueno, el Cordobazo exacerbó los ánimos en Fiat y ahí la gente tomó un poco más de… (…) Yo creo que el Cordobazo ayudó mucho a levantar el ánimo. Pero la gente estaba descreída del sindicalismo porque siempre la entregaron (Entrevista a Carlos Masera, Secretario general del Sindicato de Trabajadores de FIAT Concord (SiTraC), realizada en Córdoba el 14/12/2010 por Laura Ortiz)

De allí que los cambios decantaran en la emergencia del sindicalismo clasista. En el sentido común, el clasismo adjetiva una relación de clases y está generalmente asociado a la preeminencia de la clase alta y a una discriminación hacia los sectores subalternos. Sin embargo, en nuestra historia reciente, el término se afilió con un modelo sindical que se apropió del concepto, pero en contraposición a aquel sentido: implicaba la defensa de la clase trabajadora y la oposición a la patronal. La cuestión del clasismo ha sido estudiada ampliamente en Argentina desde diferentes perspectivas, no obstante, en su mayoría se lo define por la virulencia de sus medidas de fuerza, destacando –sobre todo– tomas de fábricas con rehenes de la dirección empresarial. Asimismo, la incidencia de distintas organizaciones de la izquierda revolucionaria en su conformación se hizo evidente en sus lemas antiburocráticos, antipatronales y anticapitalistas, y en pro de una democratización sindical que ampliase la participación activa de las bases obreras (Ortiz, 2010).

A partir de 1970, en Córdoba emergieron múltiples agrupaciones sindicales que se identificaban como clasistas en distintas fábricas mecánicas y metalúrgicas, del vidrio, del calzado, del caucho, en establecimientos lácteos, de la carne, en obras de construcción, en el sector de la sanidad y entre empleados públicos provinciales y municipales. En muchos casos, no llegaron a liderar sus sindicatos, pero sí consiguieron representación en cuerpos de delegados y comisiones internas. Sus experiencias de organización y lucha son compartidas, solidarias entre pares, con respaldo masivo en cada acción. Su presencia documentada evidencia un cambio que fue más profundo de lo que se suponía hasta ahora (Ortiz, 2018a).

La represión y la resistencia

El combustible para que estallase la insurrección en las calles de Córdoba el 29 de mayo de 1969 lo dio la represión policial que, al asesinar a un manifestante, enardeció los ánimos y desbordó su propia capacidad de contener a los rebeldes. A partir de allí, la policía local comenzó a ser reforzada por contingentes de Gendarmería y de la Policía Federal en casos de manifestaciones para evitar la reproducción del hecho. Sin embargo, en 1971 hubo un “segundo Cordobazo”, conocido popularmente como “Viborazo”. En él, los sindicatos clasistas fueron promotores y protagonistas de la insurrección junto a las organizaciones estudiantiles y la militancia de izquierda.

El bloque de fuerzas dominantes, constituido por el empresariado, las cúpulas sindicales tradicionales y los elencos gubernamentales, se enfrentó al clasismo por concebirlo como un obstáculo para el “desarrollo normal” de las prácticas capitalistas, ya que habían logrado un reparto bastante equitativo del PBI (Basualdo, 2006). No solo buscaban impedir su expresión institucional en distintos sindicatos, sino que fueron acentuando la represión, sobre todo con el cambio de modelo económico en pos de la valorización financiera. Ello implicó el inicio de un proceso de desindustrialización que se tradujo, a partir de 1975, en un aumento de los despidos y las suspensiones: entre 1974 y 1982 se produjo el cierre del 27,15% de los establecimientos fabriles existentes en Córdoba y, consecuentemente, se generó la expulsión del 29,36% de la mano de obra (García y otros, 1984). En paralelo, quienes quedaron con trabajo debieron soportar retrocesos en las conquistas laborales como la vuelta al acople de máquinas, la ampliación de la jornada reducida en secciones insalubres o el no reconocimiento del derecho a huelga y a la sindicalización (Basualdo, 2006).

La represión económica se sumó a la represión política en manos del terrorismo de Estado, que en Córdoba se comenzó a articular desde 1974 con el “Navarrazo”, también llamado “contracordobazo”. Este fue un golpe de Estado provincial que inició una intervención federal y que decantó en el golpe de Estado de 1976. Con él, inició la represión más feroz que se orientó hacia estos sectores. Según el informe de CONADEP (1984), el 30,2% de los desaparecidos del país fueron obreros y, en el caso de Córdoba, con su fuerte presencia fabril, esa cifra ascendió a 41,90% (CONADEP Delegación Córdoba, 1984). A ello hay que sumar las ejecuciones sumarias que sucedieron en los meses previos al golpe de Estado, amén de los presos políticos, exiliados, insiliados y otras formas de persecución (Ortiz, 2014).

Desde 1976, quedó suspendido el derecho a huelga, por lo que cualquier medida de fuerza obrera que afectase a la producción habilitaba la intervención del Ministerio de Trabajo e, incluso, del Ejército para que intimasen a los trabajadores a normalizar sus tareas, caso contrario se los podía despedir con “justa causa”. Sin embargo, las acciones obreras no desaparecieron del todo, aunque sí cambiaron de modalidad. Cada vez fueron menos las manifestaciones visibles (huelgas, abandonos de lugar de trabajo, movilizaciones callejeras) y muchas más las formas subterráneas de resistencia para evitar la identificación de responsabilidades y su consecuente represión. En la organización de todas estas medidas, se hace evidente la pervivencia de las formas de organización de bases de los años anteriores, como también la solidaridad de la mayor parte de la clase. En general, se organizaban de manera colectiva y clandestina, a escondidas en los baños de las fábricas o simulando trabajar. Entre 1976 y 1978, se desarrollaron un sinnúmero de acciones de este tipo en fábricas de Córdoba: sabotajes, trabajo a reglamento, de “brazos caídos”, a “tristeza”, a “hambre” y, aunque en menor medida, hubo algunas asambleas, abandonos de tareas y paros por un par de horas. Las manifestaciones obreras se definían por lo defensivo: reclamar por la desaparición de un obrero, en contra del aumento de los precios de la comida del comedor y de los alimentos de primera necesidad por la inflación, pero, principalmente, por la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Si bien a partir de 1979 estas acciones fueron disminuyendo, nunca desaparecieron del todo hasta 1982 (Ortiz, 2018b).

Derivaciones para reflexionar

Pensar el Cordobazo en perspectiva histórica implica pensar qué lo catalizó y, también, qué otros procesos sedimentaron desde él. Por ello, la intención de vincular la movilización del Cordobazo con la emergencia del sindicalismo clasista. Si el hecho de mayo de 1969 ha pervivido en la épica popular como una victoria, el clasismo, en cambio, quedó más vinculado a la represión posterior, y quizás por ello las memorias sean más fragmentarias y escasas. Sin embargo, a pesar de la enorme ferocidad del terrorismo de Estado, no se logró aniquilar aquellas formas de organización obrera que, evidentemente, ya formaban parte de la cultura propia de los trabajadores, de sus formas de ver y concebir sus vidas, de su memoria colectiva. Un momento y otro reflejan una sociedad distinta a la actual, más solidaria entre pares, más comprometida con lo que se consideraba justo, más politizada.

Quizás en esos procesos, en los trasfondos de los acontecimientos, residan las claves de compresión de los cambios históricos que permitan arraigar el presente en el pasado reciente. Acaso el desafío sea enfrentar esos conflictos abiertos en situaciones de enseñanza, vincular los recuerdos y los olvidos, para construir un futuro que tenga otro reparto, que incluya otros protagonistas y nos comprometa colectivamente.

Laura Ortiz (Dra en Historia – FFyL – UBA)

Profesora de grado y posgrado en la Facultad de Filosofía y Humanidades (FFyH-UNC).
Dirige el proyecto de investigación “Historia oral e historia reciente de Córdoba. Prácticas, experiencias, teoría y metodología” en el Centro de Investigaciones de la FFyH, UNC / Integra el proyecto de investigación titulado “Participación política, representaciones sociales y problemas conflictivos en la historia reciente”, radicado en el Centro de Estudios Avanzados, Facultad de Ciencias Sociales, UNC / Autora del libro “Con los vientos del Cordobazo: los trabajadores clasistas en tiempos de violencia y represión. Córdoba, 1969-1982” (Editorial de la UNC, en prensa).

Nota en “Revista SCHOLÉ – Instituto Superior de Estudios Pedagógicos”