De cordobesas y Cordobazos

En un presente marcado por movilizaciones feministas-disidentes, hay que continuar no solo indagando en la participación de las mujeres en los acontecimientos, sino reflexionando críticamente acerca de los sexos y los géneros como construcciones sociales e históricas (http://schole.isep-cba.edu.ar)

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La mañana del 29 de mayo de 1969, la ciudad de Córdoba despertó revuelta. Tres días antes, las dos Centrales Generales de los Trabajadores (CGT) habían resuelto un paro general por 37 horas. Las tensiones y los enfrentamientos entre los distintos sectores sociales y la dictadura, encabezada por Juan Carlos Onganía, no eran novedosos. Desde 1966, el gobierno anuló toda actividad política, intervino las universidades nacionales y censuró diversos ámbitos de la vida sociocultural. Asimismo, implementó una política económica que favorecía a las empresas extranjeras y perjudicaba a varios sectores; entre ellos, a las clases medias y trabajadoras.

Sin embargo, fue en mayo de 1969 cuando se dieron las condiciones favorables para la explosión del conflicto. El día 29, alrededor de las 10:30 h, una multitudinaria movilización popular se volcó a las calles en rechazo a las políticas implementadas por el gobierno. Las crónicas periodísticas relatan que, en la mañana de ese día, los trabajadores iniciaron el abandono de tareas y comenzaron a movilizarse con la adhesión de diferentes agrupaciones estudiantiles, intentando dar cuerpo a la proclamada unión “obrero-estudiantil”. A medida que las columnas de trabajadores y estudiantes se iban desplazando, empezaron a encontrarse con la policía y con la gendarmería, dando lugar a los primeros enfrentamientos.

Un clima tenso atravesaba la capital provincial hasta que, luego de un intenso tiroteo, se produjo el asesinato del obrero Máximo Mena en la esquina del bulevar San Juan y Arturo M. Bas, cerca del centro de la ciudad. La incontrolable indignación entre los manifestantes rebasó no solo a la policía, sino también a los propios organizadores.

Los diarios de la época informan que el saldo oficial de este hecho, denominado “Cordobazo”, fue de 34 muertos, 400 heridos y 2000 detenidos.

Este año se conmemoran 50 años de esas intensas jornadas y mucho es lo que se ha dicho y escrito sobre este suceso histórico. Sin embargo, la mayoría de los relatos tienen un común denominador: las figuras decisivas que se evocan para describirlo y recordarlo son masculinas. En este sentido, a lo largo de estas notas intentaré responder el siguiente interrogante: ¿participaron, de alguna manera, las mujeres del Cordobazo? La respuesta a esta pregunta contiene múltiples dimensiones. Es necesario analizar el lugar que ellas ocupaban en la sociedad cordobesa del momento, los cambios culturales experimentados durante los sesenta y setenta y cómo se vincularon con la participación política. Dada la vastedad de tópicos enumerados –y la complejidad que cada proceso implicó–, haré aquí un breve señalamiento de aquellos que considero más significativos.

Los cambios culturales de los ’60 y ’70

Las décadas del sesenta y setenta fueron tiempos de enormes transformaciones socioculturales. El proceso de cambio generacional atravesó no solo nuestro país, sino también diferentes partes del mundo occidental. Las y los jóvenes pusieron en tela de juicio las pautas éticas, políticas y morales socialmente hegemónicas y, desde discursos contestatarios y rupturistas, criticaron al Estado, las instituciones eclesiásticas, la familia patriarcal, la sexualidad, las relaciones entre los sexos, además de otras cuestiones. Se trató de movimientos políticos, sociales y (contra)culturales que trascendieron las fronteras nacionales, estableciendo vasos comunicantes entre ellos y adquiriendo, en los espacios locales, desarrollos particulares.

En estas décadas, emergió un renovado movimiento feminista, sobre todo en Europa y Estados Unidos: la denominada “segunda ola”. Desde allí, se manifestaron cuestionamientos relativos al rol de la mujer como esposa y como madre, se clamó por la igualdad de condiciones y oportunidades laborales y por una mayor representación política para las mujeres.

El feminismo de la segunda ola incluyó en sus programas cuestiones mucho más ligadas a la vida cotidiana y a la subjetividad que ingresaron a la esfera pública como parte de la agenda política: la sexualidad, el trabajo doméstico, el cuerpo. “Lo personal es político” se convirtió, entonces, en una de las consignas más importante de este movimiento.

En Argentina, como ha señalado Alejandra Ciriza (2007), si bien los feminismos de esta época fueron “una preocupación de pocas”, se vivenció un clima de renovación de las costumbres que “modernizaron” y resignificaron las formas de la vida cotidiana de mujeres y varones, generando importantes transformaciones de los roles de género. Las mujeres (principalmente, de los sectores medios/altos y, en menor medida, de los sectores populares) fueron corriéndose, paulatinamente, de los espacios tradicionales que las ubicaban exclusivamente en el ámbito del hogar y, también, de la percepción social según la cual ese era su “lugar natural”, dando paso a nuevas formas de concebir la pareja, la familia, la maternidad, el cuerpo. Ellas fueron transgresoras en un amplio abanico de sentidos: salían solas, trabajaban, usaban anticonceptivos y decidían cuántos hijos querían tener, se ponían minifalda o jean, se enamoraban, se separaban, se volvían a enamorar.

En palabras de Isabella Cosse (2009):

…la transformación del modelo femenino pareció ingresar –hacia fines de la década– en un camino sin retorno: el prototipo de la joven liberada, presente ya una década atrás, se radicalizó, asociándose crecientemente con los adjetivos “independiente”, “rebelde” y “emancipada”, y definiendo el sentido común de una nueva generación. (pp. 172-173)

Al mismo tiempo, esta imagen rupturista de mujer convivió con un “aggiornado” estereotipo tradicional de madre, esposa y ama de casa que, bajo la influencia del psicoanálisis y de los medios de comunicación de masas, se presentaba también en un nuevo formato: el de la mujer “moderna”.

Cartografías sociales

¿Qué lugar ocupaban las mujeres en la sociedad cordobesa del momento? Desde mediados de los años cincuenta, Córdoba fue convirtiéndose en un polo “industrial moderno” gracias a la implantación de una progresiva industria automotriz y al crecimiento del sector industrial metalmecánico. El boom industrial creó nuevas condiciones en el mercado de trabajo –centralmente, para la mano de obra masculina–, permitiendo que la ciudad se convirtiera en un centro de atracción para nuevos trabajadores del interior de la provincia y del resto del país.

Asimismo, hubo importantes transformaciones dentro del mundo laboral relacionadas al acceso y permanencia de las mujeres en él, además de una creciente diversificación. Si bien se asistió a un proceso de industrialización creciente, esto no impactó de manera significativa en la (re)distribución de la mano de obra femenina, que siguió ocupada, principalmente, en el sector terciario de la economía.

En Córdoba, al igual que en el resto del país, el empleo femenino tenía una gran concentración en las actividades de servicios (78,32%), especialmente como empleadas en el servicio doméstico –amparadas bajo el naciente Sindicato del Personal de Casas de Familia (SINPECAF)–, docentes, empleadas bancarias y de comercios, secretarias y enfermeras.

Dentro del sector industrial, su presencia fue más bien escasa, vinculada mayoritariamente a la industria textil y de confección (calzado y vestido), aunque también integraron las industrias de la carne, de la alimentación y del vidrio. El caso paradigmático de la época lo constituyó, sin dudas, la fábrica ILASA (Industria Latinoamericana de Accesorios SA), donde la gran mayoría de sus integrantes eran mujeres dedicadas a la elaboración de componentes eléctricos para autos Renault.

En cuanto a la formación, cada vez más se incorporaron a la educación superior, asistiendo a un proceso de creciente feminización de la matrícula universitaria. En la Universidad Nacional de Córdoba, por ejemplo, se inscribieron, en 1968, un total de 9742 mujeres (y 17108 varones) y, para el año 1973, figuraban 20506 (y 23731, respectivamente); en los diez años que van de 1966 a 1976, la matrícula creció un 15,3% en relación a los varones. Las estadísticas disponibles de la casa de altos estudios cordobesa muestran que, en esos años, un elevado porcentaje de mujeres se inscribía en las denominadas “profesiones femeninas” como Letras, Historia, Filosofía, Servicio Social o Psicología. A esas carreras, se sumó la novedosa Ciencias de la Información, creada en 1972. Su presencia continuó siendo elevada en Nutrición, Auxiliares de la Medicina, Enfermería y Odontología y, en menor proporción, en las denominadas Ciencias Físicas y Naturales. Distinto fue lo ocurrido con las distintas ramas de la ingeniería, en las que el porcentaje de mujeres –históricamente reducido– apenas sufrió variaciones (García, Musso y Noguera, 2010).

La participación política de las mujeres

La presencia de mujeres en el espacio público y en la lucha política reconoce una larga trayectoria en nuestro país. Desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, fueron incorporándose crecientemente a colectivos femeninos/feministas y/o a partidos u organizaciones mixtas, impulsando reclamos para el acceso a derechos civiles y políticos que incluían la igualdad jurídica, el divorcio y el sufragio.

El gobierno peronista (1946-1955), con Eva Perón como principal gestora, retomó las luchas de principios de siglo y sancionó la Ley 13010 de Sufragio Femenino en 1947. Esto posibilitó a las mujeres alcanzar, hacia 1952, la representación política formal tanto en el Congreso Nacional como en las legislaturas provinciales.

Sin embargo, durante los sesenta y setenta, la participación política de las mujeres tomó un impulso arrollador, masivo. Los modelos revolucionarios a nivel internacional –sobre todo Cuba y Vietnam, pero también el Mayo Francés y la Primavera de Praga– aparecieron como ejemplos a seguir para un importante número de jóvenes que asumieron la lucha política y la militancia en pos de la construcción de una nueva sociedad que, pensaban, debía ser más justa.

En este sentido, el Cordobazo ejerció una influencia decisiva en ese proceso, aumentando cuantitativamente la cantidad de activistas. Para muchas mujeres (y también para los varones) fue su “bautismo de fuego”. De hecho, un observador de los sucesos de mayo de 1969, el sociólogo Juan Carlos Agulla, sostenía que, si bien no representaban una gran cantidad, las mujeres actuaron a la par de sus compañeros hombres y que su presencia –constituida mayoritariamente por estudiantes– inauguraba la aparición de la militancia femenina en la vida social y política de la ciudad.

A partir de allí, el proceso de radicalización política, sobre todo de la juventud, no se detendría. Y ellas se insertaron y participaron de una gran diversidad de espacios y organizaciones: políticas, sociales, sindicales, religiosas, armadas, barriales. Para muchas, la Universidad fue el puente principal desde donde se acercaron a participarComo estudiantes universitarias, se integraron en una multiplicidad de agrupaciones estudiantiles que florecieron al calor de la resistencia al régimen dictatorial. Como estudiantes universitarias, se integraron en una multiplicidad de agrupaciones estudiantiles que florecieron al calor de la resistencia al régimen dictatorial.

Fueron parte de multitudinarias asambleas, huelgas de hambre y actos relámpagos donde se debatía la dicotomía “reforma o revolución”, el cambio de sistema, el antiimperialismo y la necesidad de “salir de la isla” –como se consideraba en esa época a la Universidad– para vincularse con los sectores obreros y populares.

Al mismo tiempo, espacios gremiales y sindicales las vieron abrirse paso entre asambleas y marchas donde a veces eran una minoría; muchas se convirtieron en jóvenes delegadas gremiales. Al igual que los varones, enarbolaron las banderas de lo que se conoció como “clasismo”, proponiendo la defensa de los intereses de la clase trabajadora en contra de la patronal, el Estado y las dirigencias sindicales burocráticas.

También llegaron a barrios y villas de la ciudad bajo el amparo de curas tercermundistas, entusiasmadas por proyectos pedagógicos innovadores o, simplemente, porque querían “conocer cómo vivían”; colaboraban con la pintura de las casas, la hechura de ladrillos, la construcción de viviendas y canaletas para el agua, erigieron centros de salud, alfabetizaron. Algunas se sumaron a impulsar “Frentes de Mujeres”. Otras tomaron las armas. Todas fueron compañeras, denominación que daba cuenta de que ellas ya no eran solamente esposas, novias, amigas. En la búsqueda de un “Hombre Nuevo”, tal como lo proponía el Che Guevara, ellas eran pares en la lucha con los varones.

La efervescencia política y social y la intensa participación tuvo, después del Cordobazo, un crecimiento constante y sostenido. Sin embargo, el proceso político y social abierto en 1969 fue trágicamente cerrado con el golpe de Estado de 1976. En Córdoba había tenido su antesala cuando, el 28 de febrero de 1974, se produjo un levantamiento policial conocido como “Navarrazo”. El resultado del levantamiento fue la destitución del gobernador y el vicegobernador y la intervención federal de la provincia.

La represión ilegal, avalada por el gobierno, ejercida por el grupo parapolicial y paraestatal conocido como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), se volvió frecuente y hasta cotidiana.

Así, el terrorismo de Estado aplicó una política de miedo, persecución, tortura y desaparición. Muchas mujeres, al igual que los varones, fueron encarceladas a disposición del Poder Ejecutivo o en centros clandestinos; hubo quienes pudieron salir del país o esconderse en otras provincias y pueblos. Muchas más fueron asesinadas.

Conclusión

Marcha pidiendo el cese de intervención a Luz y Fuerza 1971 .Agustin T osco con delegadas . Foto Carlos Ardiles. fotos GENTILEZA Bibiana Fulchieri

Señalé brevemente en estas páginas algunos aspectos que considero centrales para comprender el lugar de las mujeres en la sociedad cordobesa de los años sesenta y setenta y su vinculación con la participación política. El Cordobazo fue, ciertamente, una movilización mayoritariamente masculina. Esto sucedió así, primeramente, porque los sectores que la convocaron estaban constituidos en su mayoría por varones. A pesar de ello, sería incorrecto decir que las mujeres no estuvieron presentes. Trabajadoras, obreras, estudiantes: todas se sintieron interpeladas por el hecho. Las que participaron activamente en la movilización, las que acompañaron tímidamente desde las veredas, las que se solidarizaron con los reprimidos, las que escucharon hablar de la Córdoba revolucionaria tiempo después y se sintieron motivadas para participar. Así, aunque en términos cuantitativos la movilización de mayo tuviera una impronta netamente masculina, también para las mujeres fue una bisagra en términos políticos.

A 50 años del Cordobazo, desde un presente marcado por las movilizaciones feministas-disidentes, será nuestra tarea –como docentes, investigadoras e investigadores– continuar no solo indagando en la participación de las mujeres en los acontecimientos, sino también reflexionando críticamente acerca de los sexos y los géneros como construcciones sociales e históricas y no como hechos naturales; que se formulen nuevas preguntas, se indague el por qué de la subordinación e invisibilización, se cuestionen las representaciones, las ideologías que definen culturalmente lo masculino y lo femenino, lo diverso, se deconstruyan los mecanismos de poder y dominación que reproducen las desigualdades entre las personas por razones de sexo, género, sexualidades, raza, edad, clase. En palabras de Dora Barrancos (2008): “Sigo pensando que conocer más es una vía fecunda para la remoción de las actitudes y las conductas. La ceguera cognitiva es vicaria de la intolerancia y está a su servicio” (p. 25).

Ana Noguera

Doctora en Historia por la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC).
Profesora de grado en la Facultad de Ciencias Sociales (UNC) e investigadora del Centro de Estudios Avanzados (UNC). Codirectora del proyecto de investigación “Historia oral e historia reciente de Córdoba. Prácticas, experiencias, teoría y metodología” en el Centro de Investigaciones de la FFyH, UNC. Integra el programa “Política, sociedad y cultura en la historia reciente de Córdoba”, radicado en el Centro de Estudios Avanzados, Facultad de Ciencias Sociales, UNC. Autora del libro “Revoltosas y revolucionarias. Mujeres y militancia en la Córdoba setentista” (Editorial de la UNC, en prensa).

Nota en “Revista SCHOLÉ – Instituto Superior de Estudios Pedagógicos”