La muerte silenciosa

Por Francisco Rivera

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Aquel día el crepúsculo concibió una bella mañana. Como de costumbre, transite apresurado el zaguán aledaño al dormitorio para apreciar el alba. En la ciudad, prevalece un apacible silencio y las calles despobladas conforman un cuadro gótico de quietud y estabilidad. El sol apenas emerge en el horizonte, sopla una leve brisa de invierno que motiva el desenlace espectacular de rehiletes de cerca girando con estupendo compás. Los arrabales, colmados de quietud, permanecen incólumes ante el tierno espectáculo, pues, con sutil serenidad, reproducen las bondades del conspicuo amanecer.

Dispuesto a ingresar, apresto a dirigir mi mirada al oriente, en lo que sigue saludo a Don Silvestre, quien todas las mañanas resuelve religiosamente mojar su vereda. Desde la entrada, un viejo reloj de pared cautiva con su olor a caoba. De viejas manecillas grisáceas y péndulo corroído por el óxido marca la hora con gran exactitud; el mismo perteneció a mi abuelo, un esforzado y responsable empleado del ferrocarril que pasó sus últimos días leyendo a Cervantes.

Lo recuerdo con nostalgia, solía aconsejarme en reiteradas ocasiones: “no importa cómo nos trate el mundo en realidad, o la opinión que los demás tengan de nosotros. Los sueños, eso sí, los sueños, son nuestra pertenencia más valiosa, aquello que nos mantiene vivos”.

Los últimos días fueron difíciles para él. La necesidad de aferrarse a las bondades del espíritu lo colocaron en un virulento estado de soledad; en esos días se hizo amigo de la eternidad, pues su calma espiritual lo perpetuó en el goce de instantes fecundos, fuera de la duración, haciendo del tiempo una mera quimera, una ilusión dinámica de la absoluta incredulidad, aquella que nos envuelve en la tiniebla, aquella que contiene la necesidad tenebrosa. En sus últimos suspiros, rezó con agónica vehemencia: “segundos, los veo, van marchando vacilantes a su despojo, como mi alma, en vendavales repentinos y aborrecidos por el fulgor, como nosotros, ellos también temen al presente coetáneo, pues, turbados por el espanto, inclinan su andar en busca de redención, y, resignados por el incierto destino barajan su eventual desdicha: la nada”.

Son las cinco treinta antes del meridiano y la Avenida Richardson luce sutilmente despoblada. Engalanada por el silencio matinal, su modesta imagen de reposada perspectiva premia con un goce especial, al tiempo que, un libre circular inspira la sutil extrañeza del diurno paseo. Caminar sin rumbo, otra manera de mirar, dirigirse hacia ninguna parte, viendo el mundo como un espectador, perderse en recuerdos como si se tratase de un fluir placentero colmado de felicidad terrenal; pienso en la solitaria bondad, el sonido del mar encrespado, la impronta de un mundo amigable, el sabor a la vainilla, los duraznos al almíbar, el esplendor de la catedral con sus grandes campanarios.

De repente, un estridular zumbido interrumpe la calma. Al tiempo que volteo para ver de qué se trata, una orquesta de balizas intermitentes con sus leves destellos de luz disipa la tenue oscuridad. Al disminuir lentamente la marcha, intento comprender el extraño evento. Desde la tiniebla, un muchachito de ojos saltones aparece en escena, con sus brazos robustos y piel morena, abalanzado sobre una roca maciza, empuña un prepotente martillo hidráulico con el que golpea el enorme peñasco. En el lugar de la acción productiva, rodeado por vallas de seguridad y advertencias de todo tipo puede apreciarse un escenario de modesta fraternidad. Los demás obreros, mientras toman mate y ríen al ritmo de las pistas que salen de una pequeña radiesilla colaboran con la forzosa empresa, como si se tratase de una festividad llena de gracia, como si sus cuerpos fuesen herméticos ante los vestigios del cansancio que deja tras de sí la intensa sucesión en el ajetreo constante que transforma la materia.

Continúo por el camino sin detenerme, lejos me encuentro de saber lo que aquella mañana iba a ocurrir, cuán sombrío y terrible lo que iba pasar. Todo comenzó al interior del laboratorio, al ingresar por la puerta de seguridad y transitar por un oscuro pasillo estructurado con paredes de ladrillo y sin revoque. Al ingresar, un penetrante olor a humedad acompaña el trayecto hasta el patio de luz. Apenas bastaban unos pocos minutos para percibir la simpleza del lugar. Sobre el final del pasillo se encontraba el despacho, nada de otro mundo, demasiado para un científico que estudia la fórmula química de la vida humana, para alguien que entre probetas y tubos de ensayo busca explicar con evidencia empírica de que estamos hechos.

Aquellos días serían definitivos, todo estaba dispuesto para la gran catástrofe. Cómo ocurre habitualmente en momentos de convulsión, el tablero con sus peones y piezas jerárquicas es el escenario para el engaño y la astucia, también para la sorpresa. En el juego de la guerra, cada paso es previsible, en tanto que la circularidad de la estrategia dispone las fuerzas mortales de la misma manera: aquello que somete destruye, lo que padece resiste o perece.

El 6 de agosto se van a cumplir 74 años del terrible ataque atómico de EEUU a Japón. Hiroshima se convirtió en la primera ciudad en ser víctima de una agresión nuclear.

Desde temprano, la radio anunciaba que aquel día no sería como otros, los aliados pronto pondrían fin a la guerra y ésta tomaría un rumbo definitivo terminando con largos años de sufrimiento. Las palabras del honorable y civilizado presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Harry S. Truman, se oían desde temprano en la oficina.

Mientras preparo café y enciendo un cigarro, pienso en una sucesión de ideas que desde hace un tiempo circulan por mi cabeza, en algunas ocasiones, destrozando horas de sueño ¿Qué es la humanidad? ¿Es posible saber lo que somos? ¿existe alguna fórmula química que contenga la totalidad de elementos que componen una vida? Tales preguntas rumiaban por la sinapsis matinal, todas de difícil resolución, al menos eso creía hasta el momento de la catástrofe. Entre pitada y sorbo me detengo a observar con extrañeza la luz que entra por el vitro, mientras concentro mi vista en pequeñas partículas de polvo que flotan por el agradable ambiente.

La radio emite unas breves palabras en inglés con un leve delay y con su subsiguiente traducción al español: “es una bomba atómica, es la explicación del poder básico del universo, la fuerza de la cual el sol adquiere su poder ha sido lanzada”. Tras un leve suspiro, miro el cristal que refleja la escuálida silueta que dibuja la sombra de lo que creo ser. En un instante, todas mis dudas se callan, solo unas palabras bastaron para saber que aquel día la humanidad dejaría de ser tal, y que yo, en un perdido suburbio del interior, ya no era humano.

Francisco Rivera / Estudiante de Filosofía y Humanidades de la UNC