La villana y el héroe en la construcción del relato macrista

La política, en algún punto, es un relato que se articula de un modo y no de otro... Un relato es una forma de pensar lo individual desde una significación ontológicamente previa que imprime sobre lo concreto su sentido de pertenencia a lo colectivo.

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No son pocos los que le temen a la palabra relato. Parecieran creer que ahí donde abunda el relato escasea siempre la política. Pero no. Sin relato no hay política.

Hay relato de acontecimientos, de procesos, de sujetos, de medidas, de olvidos y de restauraciones; hay relato de las izquierdas y las derechas, de los que le temen a la izquierda y a la derecha y de los que llegan sin siquiera saber de qué hablan cuando hablan de izquierda, de derecha y, también y lastimosamente, de política.

La política, en algún punto, es un relato que se articula de un modo y no de otro. Un relato que, en esa particular articulación, está evidenciando -o tejiendo, quizás- a la propia hegemonía. Claro que un relato es mucho más que un conjunto de palabras. Es un modo de construir sentido desde la praxis política, de ordenar -o de pretender hacerlo- la significación social en una dirección deseada. Es, en definitiva, un ejercicio de abstracción en donde lo singular se subsume a una serie de regularidades que ordenan lo desreglado e intentan estabilizarlo. Un relato es una forma de pensar lo individual desde una significación ontológicamente previa que imprime sobre lo concreto su sentido de pertenencia a lo colectivo.

Eliseo Verón y Silvia Sigal analizan, en Perón o muerte, la llegada de Perón al poder y desmenuzan, desde el enfoque de la socio-semiótica, la construcción del relato de exterioridad a la política que configura Perón desde el inicio.

En esa clave, y salvando las evidentes distancias, ¿qué podríamos decir de la forma en la que se ha construido el relato macrista? Y, si quisiéramos ir más allá, ¿cómo podríamos describir las formas en las que ese discurso se ha configurado en términos míticos a partir de la construcción de héroes, villanos, proezas y colosales luchas?

¿Cuál es el relato que tejió Cambiemos para llevar a Mauricio Macri al poder y para dejarlo, aún con una evidente incapacidad de gestión, con concretas posibilidades de perpetuarse?

El caos y la construcción de la villana

La emergencia de un héroe es posible gracias a la identificación de un anti-héroe, de un anti-sujeto, que configura el par oposicional necesario en cualquier estructura narrativa. El villano, como suele llamarse con más frecuencia, encarna la maldad de múltiples maneras, suele adscribirse a él un carácter egoísta y un intenso deseo de poder; ambición, incluso, que lo controla, lo moviliza y constituye la esencia de su propia identidad.

El relato macrista comenzó por la construcción de su villana y, sólo desde allí, emergió como posibilidad positiva la figura de Mauricio Macri. Cristina fue transformándose, en un relato que avanzó sin detenciones ni medias tintas, en el emblema catalizador de un conjunto de demandas negativas que rebosaban el campo social, no siempre articuladas ni puestas en relación, y que empezaron a re-escribirse como expresión de una mujer sesgada por el poder, el autoritarismo y la soberbia.

Es claro que el relato macrista nació antes de que nazca Mauricio Macri como su principal enunciador, encontrando en múltiples espacios institucionales, con los medios de comunicación a la cabeza, los lugares donde ese relato ganaba en intención y en extensión. Así, al relato de la ampliación de derechos, la inclusión, la memoria y la justicia, se sobrepone el relato de lo desmedido, del desborde, de la arbitrariedad que sobrepasa la institucionalidad y que, a su paso, se lleva puesta la democracia como república.

Se trata de un relato que ubica a la realidad en el plano del exceso, configurando una trama que hace pie en la inflación, la inseguridad, el cepo al dólar, el impuesto a las ganancias, las interminables cadenas nacionales y la corrupción como principio de comprensión general de todo el proceso kirchnerista.

Sólo basta recordar las agendas mediáticas de aquellos años, repasar el sinfín de tapas con la imagen de la entonces presidenta y ahondar en algunos segmentos periodísticos televisivos y radiales para comprobar la particular gramatización que se realiza del presente social y de la figura de Cristina. Poco a poco, la recursividad y el mimetismo mediático instalan las condiciones ideales para la emergencia de una figura redentora, cuya cualidad de existencia está definida, per se, como la antítesis de aquella villana.

El héroe que empieza a asomarse: Mauricio Macri

El discurso social está en condiciones: hay una situación de crisis, buena parte de la ciudadanía bajo la sensación de desprotección y una figura sobre la que se reposa el mal que causa todos los males. La emergencia del héroe parece inminente.

Pedro Granoni (2010) explica que el héroe es una representación de un valor, de una idea o de una fuerza profunda.

Casi como una representación ideal del mitad hombre – mitad Dios, propia de la mitología, que se destaca sobre los demás por una posibilidad de servicio social, de lucha contra el mal, de hacer triunfar a los valores de su propia cultura. Así planteado, para el autor todo héroe se asume como producto de un proceso de formación.

Macri fue, hasta no demasiado tiempo antes de su triunfo, un presidente impensado; es decir, pocos pensaban como posibilidad real el hecho de que pudiera ser presidente. Sin embargo lo fue y es necesario repasar cómo se transformó en el sujeto que encarnó un ideario colectivo que, incluso si ese ideario no fuera más que el fin del kirchnerismo, su figura algo tuvo que representar para esa causa común.

Lo primero que podría decirse es que el héroe necesita, como principio de identidad, diferenciarse del villano. Por tanto, su construcción moral y su escala de valores debieran contrastar con aquella que representa la antítesis de su lucha. En ese marco, Macri emergió como el hombre del diálogo, del trabajo en equipo, de la transparencia y la gestión, de la templanza y la sensatez. Su apariencia formal pero descontracturada, su tono simple y amigable, su narrativa sin demasiada complejidad argumentativa y su construcción como alguien que se desprende de un ámbito no ligado a la política -haciendo eje en experiencias de gestión exitosas- fueron captando a la perfección el ánimo social. Como resultado, ciertos enojos y malestares, que no se definían aún como ninguna otra cosa que como rechazo al relato kirchnerista, empiezan a asumir un lugar político determinado.

En otros términos, el relato macrista concretó de manera efectiva un pasaje clave en su triunfo electoral que se explica en este sentido:

de la oposición a la identificación en la oposición;
de la identificación en la oposición a la identificación en la representación.

La primera identificación que se produce es de tipo horizontal y no contiene representación política. Se trata de aquella entre quienes se ubican en oposición al relato oficialista en ese contexto y que se encuentran en posición de antagonismo respecto a este. Por supuesto que este antagonismo se fundó en múltiples variables, pero lo importante es aquello que los homologó, es decir, su dimensión oposicional en relación a un mismo referente (el kirchnerismo).

El segundo corrimiento es aquel que transforma esa identificación horizontal en tres sentidos: desde una identificación negativa a una identificación positiva; desde una identificación horizontal a una identificación vertical; y desde una identificación sin representación a una identificación con representación política. Lo que esto supone es que el relato macrista ha podido, en primer término, transformar una identificación negativa con el kirchnerismo en una identificación positiva consigo mismo; esto ya supone un mérito en tanto capitaliza una posibilidad y construye sobre ella un colectivo de identificación. A su vez, implica la configuración de una identificación ya no sólo en términos horizontales -esto es: entre ciudadanos en relación de oposición al kirchnerismo- sino también en términos verticales, en la figura de alguien que emerge como líder y que, por lo tanto, posibilita una representación política.

La construcción del mito electoral: la derrota como salida

Tal como dijimos, a cada personaje principal, el héroe, le corresponde un villano. Y hace al eje de la historia que el héroe supere al villano para que este no pueda cumplir con sus objetivos. Esta estructura, que fue la base de un género surgido en los años 30 en Estados Unidos -los comic books (libros de historietas)- fue precisamente de la que se apropió el relato macrista.

Más que un fin en sí mismo, Mauricio Macri se constituyó como el sujeto necesario para impedir la continuidad del kirchnerismo, lo que -como vimos- significaba la continuidad de un conjunto de acontecimientos y males que eran propios y consecuencia de ese gobierno. Así nace la primera instancia del mito: el mito electoral. La única salida posible es la derrota del kirchnerismo.

La narrativa de la campaña no se fundamentó en las acciones y medidas necesarias, salvo forzadas excepciones, sino en la necesidad de que eso que está -el kirchnerismo- deje de estar. La derrota es la primera gran acción que, personificada en el héroe, representa el fruto de una proeza colectiva.

La construcción del mito aspiracional: la luz al final del túnel

Una vez en el gobierno, el relato macrista hizo uso de un par de proposiciones explicativas que buscó aminorar los efectos de sentido, especialmente, de sus políticas sociales y económicas. La pesada herencia, por un lado, sirvió como colchón de resguardo en relación a aquello que podría hacerse y no se estaba haciendo.

La lógica de ordenar el desorden acaparó gran parte de las construcciones discursivas del presidente y sus funcionarios. Por el otro, la famosa expresión “la luz al final del túnel” o el ansiado “segundo semestre” tramitaron las demandas y construyeron un colchón de expectativas que hizo posible grajear las consecuencias de ajustes y despidos, fundamentalmente.

En este sentido, el relato tuvo un rol central: transformó una situación de crisis en una suerte de cruzada colectiva, en la que los esfuerzos individuales co-adyuvaron a una causa común: la de sacar al país a flote en serio, entre todos y de una vez y para siempre. Los argentinos dejaron de ser sujetos afectados por los aumentos, los recortes o los despidos, para pasar a ser ciudadanos que realizan sacrificios por su país, incorporándose en esta nueva y verdadera transformación que se materializaba en la expresión “haciendo lo que hay que hacer”.

El retorno del villano: la amenaza del pasado reciente

La emergencia de la villana del relato macrista en el escenario electoral reavivó la estructura narrativa que le dio origen y acceso al gobierno. Con ella, la gramatización del presente volvió a axiologizarse bajo la amenaza de su retorno, haciendo que el clivaje kirchnerismo – macrismo vuelva a definir el escenario político-electoral.

El retorno al pasado comenzó a estructurar el discurso oficial erigiéndose a sí mismo como la antítesis de lo que que ya fracasó: el cambio, ahora, se reaviva en el futuro que comienza a evidenciar sus primeros resultados.

Desprendido de esto, puede observarse una reactualización de la operación del segundo semestre bajo la construcción del mito de lo cimentado. Bajo la lógica de “haciendo lo que hay que hacer”, el futuro se presenta como los frutos de lo que se sembró, el resultado de los sacrificios que los argentinos hicieron para vivir en un país mejor. Lo que viene es la cosecha de la siembra, es la consecuencia de un primer gobierno que debió ordenar y gestionar en serio y pensando en el futuro de las nuevas generaciones. Las expectativas, como se observa, vuelven a ser el terreno sobre el que el relato macrista configura sus potencia persuasiva: tanto negativas, el retorno al pasado que supone el kirchnerismo; como positivas, el seguir transformando el país si se obtiene la re-elección.

Danilo Tonti

Licenciado en Comunicación Social y Periodismo. Profesor universitario