El verdecito

Por Alejandro González Dago

Buscar Por

l

Las tardes que más viento había, eran las tardes que más nos gustaba sacarlo a volar.

Como yo había cortado las cañas del cañaveral de la Isla Crisol del Parque Sarmiento, y después le había hecho la cola con una sábana que se le había volado a mi tía de la soga, el Verdecito era mío.

Mi amigo el Pelusa – que es mi mejor amigo aunque sea novio de la Pequi a quien yo amo sin que él lo sepa – sólo puso el dinero. Juntó los vueltos de los mandados del mes y compró el papel. Pero como la idea, las cañas, la cola, y la elección del color fueron mías, y era yo quien más lo quería, también por eso era mío.

Hicimos engrudo con un poco de harina y agua, pusimos bramadores amarillos en sus tiradores, una hojita de afeitar en la punta de la cola para que no se le acercaran los barriletes pendencieros, y una fría tarde de agosto, que en Córdoba es el mes de los vientos, lo hicimos volar por primera vez en la vida. Ahí fue cuando me salió llamarlo por su nombre y le dije Verdecito.

Era único.
El mejor de todos.
El que más sereno y alto volaba.
El que más bramaba.
El que menos coleaba.
Y el que mayor admiración despertaba entre las chicas del barrio, sobretodo en la Pequi. Además, era una humillación para los vientos.

Con el Pelu lo remontábamos en la pista de aterrizaje que tienen los gorriones en el Parque Sarmiento, a la que la gente grande llama Avenida de El Dante, y, de verdad, le quedaba chico ese paisaje.

Recuerdo la primera vez. El Pelu lo sostenía como a un trofeo para la foto. De pronto lo soltó, y yo, que estaba a unos diez metros de los dos, tiré del piolín tres veces. Apenas le dio el aire en la cara, el tipo hizo un movimiento como si quisiera quitarse el flequillo de los ojos y empezó a elevarse despacito por sobre los árboles. Parecía un halcón.

Desde lo alto jugaba a que nos miraba, y desde lo bajo nosotros jugábamos a que nos dejábamos ver.

Cuando lo hacíamos cabecear dando un tirón seco al hilo, nos daba cosquillas en la panza y una sensación extraña en el cuerpo que nos hacía estremecer. Recién con los años aprendí que esa cosquilla en la panza se llama felicidad.

A los grandes les parecía poca cosa remontar un barrilete, pero para nosotros era todo. Seis cañas, un pliego de papel con engrudo, y unos trapos, allá arriba, dominando una porción de viento y espacio, volando como los pájaros, no era poco. Además lo habíamos hecho con nuestras propias manos.

Recuerdo que cuando volvíamos a mi casa, después de hacerlo volar, la gente se asomaba por las ventanas de los edificios y lo saludaba con la mano como si el Verdecito fuera un héroe.
– ! Bravo! , gritaba la gente. Y hasta lo aplaudían como a un trapecista, que lo era.
– ¡Ooootra!, pedían los más cholulos, mientras nosotros con el Pelusa saludábamos a la multitud como dos astronautas recién llegados de Urano.

La Pequi, a quien yo amaba en silencio, solía decir que el Verdecito era un pájaro de papel que cobraba vida cuando le daba el aire en la cara, que se divertía utilizando las nubes como hamacas y al viento para el envión. Y así era. Gracias al Verdecito un día la Pequi me dio un beso en la mejilla. Nunca lo olvidaré porque aquel, fue el primer beso que me dio una mujer.

Otra vez con el Pelu lo remontamos en una terraza, pero debimos bajarlo de inmediato porque Torre de Control del aeropuerto de Pajas Blancas lo confundió con un carguero cuatrimotor sobrevolando la ciudad sin autorización. Estuvieron a punto de enviar dos Pucará para bajarlo. Y eso que yo le había dicho al Pelu que no le pusiéramos tantos bramadores, pero el Pelu, como de costumbre, no me dio bola.

Éramos felices con él. Hasta que una tarde, llegó aquel día.

Estábamos jugando a las bolitas en el patio de mi casa cuando empezó a soplar un viento frío del sur. El Pelusa me miró de reojo y me dijo en voz baja: – Ni se te ocurra.
Le digo: – ¿Ni se me ocurra qué?
Me dice: – Vos sabes lo que te digo. Este viento y esa tormenta parecen grandes. No arriesguemos al Verdecito que se nos puede hacer pelota. Mirá cómo está el cielo, la tormenta puede ser tremenda, y si no me crees preguntale a tu abuela.
Le digo: – Sos un cagón, Pelu. Un par de nubes negras y un
viento sur te dan miedo, ¡andá…! Además no hables por el Verdecito porque el Verdecito es mío. Él no tiene miedo, todo lo contrario. Estos vientos grandes son los que más le gustan. Me voy al parque a remontarlo. Si querés, vení. Pero no le digas nada a mi abuela que de barriletes no sabe un pito. ! Abu, me voy a lo del Pelu para hacer la tarea del cole!, mentí antes de irme.
– Tené cuidado Fernandito, esa tormenta que viene parece brava, me advirtió la más grande contadora de cuentos para dormir y la mejor cocinera de ñoquis que conocí en mi vida.
-¿Y vos cómo sabes eso, abuela?, le pregunté.
– Por las hormigas, me dijo.
-¿Por las hormigas? Abuela no entendes nada: qué pueden saber las hormigas.
– No te creas, mi amor. Las hormigas saben más de lo que vos te imaginas. La hormiga es el único integrante de la fauna que puede llevar como carga muchas veces su propio peso.
-¿Y eso qué tiene que ver con las tormentas, abuela?
-Tiene mucho que ver, querido. Hace rato que veo a las hormiguitas caminar de prisa, más rápido que de costumbre. Caminan como apuradas por llegar y meterse en su hormiguero. Si hasta sueltan los palitos y las hojitas que llevan en la boquita, siendo que ellas dominan muy bien su carga. Es como si supieran que en estos casos es mejor resguardarse y salvar la vida que comer. Tienen más prisa que hambre. Eso es lo que me preocupa.
– Abu, cuando venga mi mamá, decile que estoy haciendo la tarea en lo del Pelu, chau.
– ! Fernando, Fernandito, esperá, no te vayas por favor. La tormenta que viene debe ser muy grande porque ya no quedan hormigas en la superficie!

Fue lo último que escuché decirle a mi abuela antes de salir corriendo. Al Verdecito lo llevábamos protegido bajo el brazo porque el viento soplaba cada vez más fuerte. Las hojas de los árboles formaban remolinos en las veredas y todo el barrio estaba en silencio aquella tarde. No había nadie en la calle. Las ventanas estaban cerradas, las bicicletas permanecían guardadas, los trompos y las bolitas se guarecían en los cajones de las mesitas de luz y las figuritas dentro de los manuales escolares. De tanto en tanto, algún que otro postigo se golpeaba con fuerza haciendo más desolador el paisaje. Y como el turco Julio ya no estaba sentado en la puerta de su tienda, era evidente que estábamos en situación de emergencia barrial. Todos nuestros hermanitos lloraban de miedo y juraban no buchonear los piquitos con nuestras primas siempre y cuando hiciéramos algo para que aquel viento dejara de soplar. Nuestras hermanitas acurrucaban a sus muñecas y les cantaban el arrorró al oído para disimular el bombardeo de granizo que se presentía inminente. Los tarros de dulce de leche estaban tapados, los ositos refugiados bajo las sábanas, y la red solidaria de luces estaba en alerta roja, por lo que cada chico tenía a mano una linterna. Señales propias codificadas. Tres luces cortas y una larga quería decir: “Ojo, perrito con miedo a los truenos llorando en la calle”. Dos luces largas y una corta era: “Autitos abandonados en la vereda”! Y luces cortas e intermitentes sin parar significaba: “No hay que llorar delante de los padres porque después no nos dejan salir solos a la puerta”. En medio de semejante cuadro de situación, caminamos con el Pelusa rumbo al parque. Los vecinos que desde atrás de los ventanales nos veían pasar, oraban creyentes y confiados. Tenían fundadas esperanzas que pronto regresarían la paz y la tranquilidad al barrio, porque si alguien en este mundo podía dominar aquel viento, era el Verdecito.

Y allá fuimos. Cruzamos cuatro calles y cinco esquinas, dos canchitas abandonadas y once zaguanes con sus respectivas puerta cancel. Finalmente, después de un trecho, llegamos a la pista de aterrizaje del Parque Sarmiento. Estaba cubierta de hojas muertas, pero igualmente operando en emergencia para gorriones, calandrias, benteveos, y palomas pochocleras. Cada uno se ubicó en su puesto. El Pelusa caminó hacia atrás y yo desenvolví la madeja. Mi amigo puso al Verdecito de cara a mí, y antes que pudiera tirar una sola vez del piolín, el tipo empezó a ronronear como pidiendo permiso para el decolaje. Después fue cobrando altura. Comenzó a desperezarse en el aire, y ahí nomás, tal cual lo esperábamos, le puso el pecho a la tormenta.

Era machazo.
No tenía miedo. Y nosotros, con él, tampoco.
De aquel lado de allá, fogonazos de relámpagos cegaban a cualquiera. De este lado de acá, los truenos aturdían hasta la sordera. Y arriba nuestro, el Verdecito volando sereno como si la tarde estuviese plagada por soles de primavera.

De pronto, lo peor. A ese fuerte viento se le agregó otro viento cruzando en diagonal y entre los dos sacudieron el barrilete. A ellos se les sumó un tercer cómplice: el granizo, y finalmente entre los tres hicieron que se cortara el piolín. Cuando sentí que aflojó y vimos el chicotazo del hilo en el aire, salimos corriendo con el Pelusa detrás del Verdecito que caía en picada como un cóndor herido. Por suerte lo encontramos. Había quedado encajado casi en la punta de uno de los dos pinos que están en la puerta del Teatro Griego. Le digo a mi amigo: -! Dale Pelu, poneme la mano para subir al pino ahora que el viento paró un poco, no sea cosa que empiece a llover y el Verdecito se nos haga pelota!
Me dice el Pelu: – Tranquilo Fer, no creo que vaya a llover de nuevo. Ahora está saliendo el sol. Me parece que lo peor de la tormenta ya pasó…
Y empezamos a subir. Yo iba primero porque había cortado las cañas, y debajo de mí, a dos ramas y una pisada, venía el Pelusa que sólo había puesto el dinero. Subí como un gato, pero no veía a mi barrilete. De pronto me cayó una gota en la cara. Entonces grité: -¡Apurate Pelu que está volviendo la tormenta, ya están cayendo las primeras gotas… -¿Lo qué?, contestó mi amigo mientras me miraba desde abajo achinando los ojos para evitar el solazo que había.
-¡Nada, nada! dije yo, y tuve un mal presentimiento. Subí dos ramas más, miré hacia arriba, y con miedo a que fuera cierto pregunté: – ¿Sos vos Verdecito? Y me cayó otra gota.- ¿Verdecito estás llorando o te estás desangrando? Y me cayó otra gota. Y después otra. Y otra más. Desesperado trepé de a cuatro ramas por vez. El corazón me latía como nunca, se me nubló la vista, pero como dándole ánimo igual le grité: -!!! Aguantá Verdecito que ya estoy con vos. Aguantá un poquito, macho! Y me cayó otra gota, y después otra, y después miles de gotas. Hasta que lo vi.
¡Dios mío, nunca había visto tanto espanto junto!
Nunca había visto tanta muerte en tan poco espacio.
Sobre algunas ramitas todavía húmedas del pino, envuelto en piolín, estaba el cuerpo sin vida de mi pájaro con una gran rama en forma de lanza atravesándole el pecho. Tenía la caña del alto quebrada en la punta como si tuviera la cabeza gacha, mientras la cola de sábanas blancas balanceándose silenciosa sobre el abismo, se asemejaba a los pies colgantes de un suicida que terminaba de ahorcarse. El Parque Sarmiento entonces se convirtió en un cementerio. Nunca una tumba tan grande había recibido a tan grande muerto. Esa tarde fue que conocí la tristeza.
-! NOOOOO! NO puede ser… Verdecito, no puede ser. ¡LA CULPA ES TUYA VIENTO ASESINO! ¿Quién te crees que sos, viento de mierda? ¿Te crees Dios? Vos le diste la vida y ahora vos se la quitas. Maldito viento, mataste a mi barrilete! Ojalá algún día sople otro viento más fuerte que vos, te arrastre por la bajada del Coniferal hacia el bajo, te estrelle contra el paredón del Ferrocarril Mitre, y te hagas pelota con el filo de las vías del tren, maldito viento asesino…
La brisa, que es la mujer del viento, como toda mujer comprendió mi dolor de hombre, y, para consolarme, comenzó a silbar entre los cables de luz un responso de adiós en tiempo de milonga.
Dos escuadrillas de gorriones y una formación de pájaros benteveos acróbatas, con sus pechitos amarillos henchidos, hicieron vuelos rasantes por sobre los árboles. Los de copas más altas quedaron firmes y erguidos como los Granaderos de San Martín en guardia de honor custodiando el féretro de un Presidente muerto. El mástil de la Avenida de El Dante lució su bandera a media asta. Los autitos chocadores y las calesitas guardaron un minuto de silencio y dieron diez vueltitas menos. Las palomas pochocleras se posaron sobre el asfalto demarcando el recorrido del cortejo, y desde el Crucero del capitán Quique, a punto de zarpar del puerto de la Isla Crisol, se lanzaron cañitas voladoras al aire como cañonazos de salva en señal de duelo.
Gloria y honor a la memoria del más grande y bello de los pájaros que habitó el cielo de mi niñez cuando todavía yo era dueño de mis sueños.
Fuiste mi orgullo barrilete.
Ningún otro barrilete pudo reemplazarte.
Ninguna alegría fue más plena que la de tenerte y ninguna pena fue más grande que la pena de perderte.
Quiero decirte además, mi querido barrilete, que todos los hombres que de niños no amaron a sus juguetes, con los años fueron ellos juguetes del tiempo.

– ! Y Fernando! ¿Qué pasó con el Verdecito?, me preguntó el Pelusa mientras hacía bocina con las manos parado tres ramas más abajo en aquel pino del Teatro Griego.
– No pasa nada Pelu. El Verdecito está donde quiere estar. Siempre fue así de libre.

– Bueno Fer, bajate. Vayamos a tu casa y armemos otro barrilete antes que vuelva a llover. Huy… mirá esa nube que está arriba de tu cabeza, parece una ovejita. Dice tu abuela que esas no son nubes sino angelitos.
– Cortala Pelu, qué puede saber mi abuela de nubes. ¿Angelitos dijiste?
– Si, angelitos; eso dice tu abuela. Y mirá qué extraña esa nube, parece una ovejita, pero no es una ovejita blanca, es verdecita.
– Che Pelu: ¿Te animas a preguntarle a mi abuela a dónde va el alma de los barriletes cuando mueren? Pero pregúntaselo como cosa tuya eh, porque mi abuela sólo sabe de hormigas…

Alejandro González Dago / periodista y escritor

En la Córdoba de la Nueva Andalucía
En agosto, el mes de los vientos