Exclusas

Por José Emilio Ortega

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Tras la lectura de salutaciones y documentos oficiales, concluyendo la monótona pero afanosa presentación a cargo del Presidente saliente, arreciaron los aplausos que, esta vez, eran sólo para él. Nicómaco Achával dio un respingo y comenzó a caminar hacia el atril. En su percibir, las palmas se chocaban a un ritmo dulce, cadencioso. Recorrió orgulloso los pocos pasos hasta la tarima del orador, repasando las filas de importantes invitados y concurrentes espontáneos al su acto de entronización.

A un tranco del proscenio, admiró una vez más la factura del mobiliario, construido con la misma madera noble que viste las paredes y soporta el valioso fondo bibliográfico de la Academia. Las dimensiones del auditorio son reducidas, probablemente por no estar proyectado su uso para el gran público. Pero estaba repleto y era buena señal.

Tomando ubicación, mientras un asistente ajustaba el micrófono a la modesta altura de sus labios, todavía repicando la ovación, seguía concentrado en algunas presencias. Familia, autoridades de gobierno, profesores, jueces, prestigiosos abogados de la matrícula e incluso algunos alumnos aventajados, completaban el cuadro. No todos eran amigos, claro está; pero aún los acérrimos adversarios deberían cederle la derecha, por al menos las dos horas en las que termine de consagrarse como Presidente de la Academia de Derecho.

Respiró profundo. Recordó a Juan Pío, su padre, joven primer presidente del organismo y destacada figura universitaria, judicial y política en diversos gobiernos de facto. Por las venas familiares corría la sangre de patricios que dieron su vida en los duros tiempos de la Organización Nacional, entre ellos un gobernador de la Provincia. No le fue difícil a Nicómaco heredar el sillón del paterfamiliae entre los miembros de la Academia; pero tras casi cuatro décadas en la institución, Achával hijo recién pudo lograr, tras una reñida y cuestionada votación, las adhesiones suficientes como para imponer, casi forzadamente, su eterna candidatura.

Juan Pío, sobresaliente filósofo del derecho, lo llamó Nicómaco por su admiración a Aristóteles, pareja a la profesada por Santo Tomás de Aquino. Aunque como el retoño del Estagirita, del cual no se conocen obras cumbres, Achával hijo siempre corrió de lejos al elevado rastro de su progenitor, cuyos ensayos aún se citan por estudiosos de todo el mundo. Apenas algunas colaboraciones en libros de la cátedra, un puñado de notas a fallo en revistas locales y un estudio de la obra de su padre -publicación de su discreta tesis doctoral, en edición de autor-, son las contribuciones que el novel Presidente entrega, a la hora de asumir, a la ciencia de Cicerón y Savigny. – Aunque todavía todo está por hacerse, pensó recordando palabras de su padre; quizá llegue el tiempo de más y mejores aportes propios a los anales jurídicos de presencia nacional.

Volvió a mirar a los suyos. Probablemente alguna de sus hijas -quizá Pía, la más tenaz- alguna vez integre la Academia; llevando por una generación más el prestigio familiar al centro de emblemáticas instituciones de Provincia. Relojeó a los colegas, la mayoría octogenarios, quizá por ello sin ánimos para mayor algarabía. Trayectorias largas, moldeadas al traqueteo alambicado con el cual supervivían en una inexpungable zona de confort. El era uno de ellos: no le faltaba prosapia, mucho menos maña. Pero había un dejo de resistencia en el núcleo duro de académicos, figuras de sólidas vinculaciones, animadoras de diversos escenarios. Los separaba una exclusa que jamás había logrado abrir.

Llegó el momento. Decidió ir rápido, la introducción fue larga y el sopor ya se dejaba sentir en un ambiente pequeño y algo caluroso. Carraspeó y con su mejor gola, entonó:

– Señores académicos, autoridades presentes, querida familia, señoras y señores

Paseó por los todos rostros y prosiguió:

– Hace más de setenta años, otro Achával, mi amado padre, entrando en el lozano tercer decenio de su vida, levantaba las columnas de esta Casa del Saber mientras su familia empezaba a crecer, con mi llegada al mundo.

Casi quiebra su voz. Era un Achával, era la estirpe fraguada en el siglo XIX y en las gloriosas primeras décadas del XX, en la unión de genealogías de linaje que él, orgulloso, defendía y reivindicaba ante aquel público que, respetuoso, lo acompañaba. Deberían aceptar su cenit quienes mezquinamente, demoraron aquella tesis modesta pero sentida o enrarecieron algunos ascensos en la siempre espinosa carrera judicial; los mismos que ralentizaron por eternos lustros en al menos algún cuadro de conducción de la Academia.

Debía seguir.

– Y es en esta circunstancia, que probablemente con el nacimiento de mis hijas y nietos se encuentre entre las más emotivas e intensas que tras una vida larga y provechosa me ha tocado protagonizar, que quiero comenzar por agradecer a m…

El bramido lo sobresaltó. Estampida atroz, larga, devastadora, capaz de perturbar al más concentrado e inspirado orador. Un sonido grave, profundo, arrastrado, menguando al final pero, siguiendo la iluminación almafuertina, renaciendo con vigor unos segundos antes del fin.

El silencio tras el misterioso rugido intestinal -claramente se trataba de un sonoro pedo- fue desconcertante. Nicómaco titubeó y lo intentó de nuevo.

– … decía, queridos amigos, que quiero comenzar por agradecer muy especialmente a mi f…

Volvió a interrumpirse. El desbarajuste continuaba. ¿De donde provino? Cambió una rápida mirada con su asistente quien azorado, sólo abría más y más los almendrados ojos saltones. No podría haber sido obra de sus colegas. Algún académico mayor, probablemente varios, estaba usando pañal; pero decenas de reuniones entre pares ya habrían anticipado, inequívocamente, defecciones de esta índole. Su intuición lo llevaba al centro del auditorio. ¿Notables miembros de la judicatura? ¿Docentes ilustres? ¿La más destacada plana mayor de la política local? ¿Acaso los jóvenes alumnos, muchos de ellos sus propios discípulos, en gran mayoría depositarios de filiaciones del más puro abolengo en la Provincia?

Intentó sonreír. El murmullo crecía. Decidió ignorarlo y levantó la voz:

– Señores … amigos, procurando proseguir con este discurso, quiero agradecer especialmente a mi familia, sin la cual no habría p….

Era imposible. Tras el cuchicheo, las risas contenidas, y ahogadas exclamaciones, afloraba un hedor solo posible de gestarse en tripas profundamente afectadas por la más atroz de las putrefacciones. Cuando la señora del Ministro de Justicia, visiblemente descompuesta, se levantó e imploró por oxígeno, varios acudieron a su ayuda, probablemente con la intención de utilizarla de excusa y escapar, todos juntos, hacia una atmósfera menos enrarecida. – ¿Habrá sido ella? Aún desde el atril, mientras buscaba respuestas, Nicómaco percibía el demoledor tufo. Un ejército de policíclicos aromáticos se había conjurado para plantearle, despiadado, la peor de las batallas.

La flatulencia mantenía su insoportable vaho. El cerrado salón sólo podría airearse por su fondo, amplia mampostería que comunicaba con la recepción dueña de las ventanas. En estampida, el grueso del público comenzó a retirarse en busca de un bálsamo que contrarreste el mal olor. Achával gesticulaba e intentaba retomar, mientras sentía que su oportunidad se escurría lánguida, tras la patética escena. Hacia adentro, cargó contra sus enemigos. Mientras los colegas académicos de número-exagerando ademanes- escapaban por una puerta lateral, descendió del atril, y saludó a los suyos, empapado en sudor y jaqueado por la pestilencia.

La exclusa seguía allí. El acto, y la presidencia de Nicómaco, habían terminado.

José Emilio Ortega