La hija del librero

Por Francisco Rivera

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En el interesado arte del comercio, el más noble intercambio goza del menor prestigio. Entre los elementos susceptibles de ser vendidos, permutados, donados, los libros se encuentran en el orden de lo sublime, pues a diferencia de lo consumible, sus encumbradas ciudadelas albergan la rareza del pasado. Así, sus múltiples narraciones articuladas por semánticas y morfologías diferentes nos invitan a trascender las fronteras de nuestra ignorancia, colocándonos en el pináculo de la sabiduría, o simplemente, haciendo efectivo el hedónico cometido de salvarnos del aburrimiento.

Los hay de ficción, de ciencia, poesía y romances; entre las historias más apasionantes se encuentran algunas novelas policiales, dramas o cuentos de aventuras ¿Qué sino una aventura el leer? misterioso hábito de inmiscuirse en laberintos de signos, conexión mágica de ideas antaño concebidas, que alguien (tal vez un escritor), pensó legar a la posteridad, o que quizá, simplemente fueron escritas a sabiendas del interés aleatorio que algún atento o desprevenido lector empeñaria al recorrer sus páginas.

Éstas y otras ideas solían escucharse acerca del libro en la parisina 68 Rue de la Bûcherie hacia fines de los años 40. Allí se encontraba la tienda de usados del “gallego” Soria, un inmigrante español exiliado durante la guerra civil, que eligió las comodidad de las costumbres galas para pasar sus días con el pesar del destierro. A pocas cuadras del río Sena (el mismo que acogiera las cenizas de Juana de Arco luego de ser arrojada a la hoguera en 1431), la modesta librería se encontraba inserta en una pintoresca galería de cristalinos contrastes.

Repleta de piezas de museo con ediciones descuidadas y valuadas en unos pocos centavos, la impronta de aquel misterioso y añejo lugar constituía el preludio de un enigmático paseo.

Al ingresar por la puerta principal, un leve aroma a incienso apaciguaba la conversación de los allí presentes; desde la entrada, un llamativo tapete con el lema kantiano: “sapere aude”, invita a transitar por callecitas repletas de ignotas obras, las cuales, sólo pueden ser descubiertas tras un largo revolotear por copiosas estanterías.

En el subsuelo, los suaves chasquidos que acompañan melódicas pistas de Louis Armstrong, convertían al lugar en un apacible ambiente habitado por espíritus libres, que en su afán de encontrar respuestas existenciales a sus vidas rutinarias, elegían aquel apacible sitio para mejor soportar sus días. La joven Alison, hija predilecta de Soria, solía ser el centro de atención para los que allí solían frecuentar, no sólo por su afrodisíaca belleza, sino muy especialmente, por su osado intelecto.

A los 7 años fluía con ternura en francés, leía el inglés y conocía algo de italiano. A los 11 podia interpretar sinfonías de Haydn y Mozart, comprendía el griego, el latín y conocía a la perfección la silogística aristotélica. Ya a sus 17, luego de finalizar los cursos preparatorios, ofrecieronle una estadía completa para estudiar en una prestigiosa academia anglosajona, la cual rechazó por considerarla “demasiado monacal”. Luego de abandonar la idea de casarse con un duque de la realeza sueca, visitó la Argentina en torno al año 47, acompañada por un motoquero que conoció en el Minton’s Playhouse luego de un pintoresco festival de Jazz.

En su paso por Córdoba visitó la Manzana Jesuítica, Los Capuchinos, el Marqués de Sobremonte y la histórica plaza San Martín. Abrumada por las campanas, las vírgenes y los santos decidió emprender su viaje a la bella Buenos Aires. Sorpresivamente, allí se encontraría con un clima harto diferente: “un tanto más” convulsionado, puesto que, desde los primeros días del mes septiembre la prensa anunciaba que pronto se daría inicio al debate que decidiría sobre los derechos políticos de las mujeres en el país.

La oportunidad de quedarse un tiempo más en estas extrañas latitudes le entusiasmaban sobremanera, ¡por fin! tras largos años de domesticación en valores ajenos a su naturaleza errante, aquella niña destinada a vivir una vida hogareña al servicio de la reproducción y la labor, tenía la oportunidad de aventurarse en inciertos caminos: sería protagonista de una singular experiencia vital.

Al noveno día del mes de septiembre, una multitud de mujeres esperaba ansiosa en las contigüidades del congreso nacional. Alison que había alquilado una pequeña pieza a pocas cuadras de plaza Alfonsina Storni en constitución, despertó temprano aquella mañana con el objetivo de presenciar el debate. Al llegar a las inmediaciones del recinto, grandes pancartas con la imagen de Eva Duarte y Juan Perón acompañaban la conmoción de miles de mujeres que portaban sus insignias patrias. Entre los cuerpos libres de toda normatividad patriarcal, podían percibirse vínculos de sororidad y compañerismo, relaciones amorosas que en su exteriorización hacían público lo privado.

El fervor sufragista inundaba las calles de la ciudad: cada sonrisa, cada conversación, cada abrazo expresan signos de alegría y lucha. En medio de la marea femenina, Alison decidió acercarse hasta una librería en Avenida Rivadavia, la misma se encontraba naturalmente cerrada debido a las tumultuosas columnas que inundaban los corredores principales. En los alrededores, imágenes de mujeres ilustres llenaban de esplendor los muros aledaños, pues ese día, el fantasma de Emmeline Pankhurst sobrevolaba el sur del continente americano y ante la cruzada de su acoso, el sol brillaría en lo alto, como semblante de otra igualdad, en palabras más cercanas como contacto con el laurel que proclamaría la victoria.

Francisco Rivera /

Estudiante de Filosofía y Humanidades de la UNC