La República de Agustín Garzón

Por Alejandro González Dago

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Ni nombre ni ideas cortas tenía. Su verdadero nombre era Agustín Garzón Vázquez de Maceda, había nacido en la Córdoba de la Nueva Andalucía un 28 de agosto como hoy pero de 1840, por lo que hoy cumpliría 179 años. De familia con cierto resto o más bien resto cierto, siempre estuvo en una buena posición económica y siempre fue un católico ferviente. Y aunque ayudó y colaboró en distintas obras, su nombre quedó en la memoria popular por haber fundado uno de los barrios más cordobeses de la Córdoba de Argentina.

El barrio San Vicente de la ciudad de Córdoba, fundado por Agustín Garzón nunca fue un barrio como cualquier otro. Siempre fue muy especial. Siempre fue el barrio de los contrastes; comedia y ópera al mismo tiempo. Y por fuerte personalidad, toda la vida influyó en cada uno de los barrios que a su alrededor o dentro de él se levantaron.
San Vicente siempre fue la vida en carne propia, un espejo donde se miró primero el Siglo XX.

Juan Kronfuss, el genial artista húngaro nacido en Budapest, arquitecto e ingeniero, egresado de la Real Facultad de Ciencias Técnicas de Baviera en 1897, tal vez el más grande recuperador en la Argentina de la arquitectura colonial y neocolonial con reminiscencias del barroco alemán, dentro del barrio San Vicente diseñó y construyó otro barrio, un barrio para obreros. Y Alexandre Gustave Eiffel, diseñó y construyó una casa (foto principal) para la familia Pérez Cornejo que era una bellísima mole de hierro de similar concepto estructural con el que construyó su famosa Torre en París.
Entonces por segunda vez el hierro fue bello.

Barrio Kronfuss: barrio de obreros en San Vicente.

Construcción del Mercado Central de barrio San Vicente (Foto Archivo La Voz del Interior)

El barrio San Vicente, primitivamente llamado el Bajo de Ariza, fue fundado en el año 1870 y siempre fue tierra de pico y pala. De grandes amores y grandes odios. De hacha y tiza. De punta y hacha. De abrazos nobles y puñaladas traperas. De fernet con coca, vino tinto Prittyado, y cerveza con jugo de naranja. De mentiras y verdades. Fidelidades y traiciones. De buenas espadas y filosas plumas. En tan precioso y único lugar del mundo ubicado en Córdoba fue que se inventaron los besos mojados y los avioncitos de papel.
Doscientos noventa y ocho años después de la fundación de la ciudad, Agustín Garzón, terrateniente y filántropo de la Iglesia católica, loteó y fundó el barrio al que llamó San Vicente en homenaje a San Vicente de Paul. Con el tiempo la gente empezó a llamarlo Colonia San Vicente por las casas de veraneo que había en la zona que eran propiedad de la clase pudiente de la ciudad. Cuando la colonia fue creciendo por la llegada del proletariado que trabajaba atendiendo a los pudientes y sus invitados, le llamaron Pueblo San Vicente. Pero al final terminó siendo una república.

Lo de pueblo al barrio le quedaba al cuerpo por la clase obrera que se asentó allí y porque estaba retirado del ombligo de la ciudad cuando la ciudad era apenas una pequeña aldea que ni soñaba con ser la grande aldea que después fue o la megalópolis que terminó siendo.

Las costumbres pueblerinas de la gente del barrio San Vicente eran un compendio de las costumbres de todos los habitantes de la ciudad y un anticipo de lo que vendría después. Pero fue en el verano de 1932 que sin escalas de pueblo saltó a ser declarado república la noche del día que un tal Belisle, el comisionado municipal de aquel entonces – una especie de alcalde o intendente de la ciudad – pretendió arrancarle con prepotencia el carnaval al barrio para llevarlo al centro de la aldea. Entonces de pueblo manso, el barrio pasó a ser una república en pie de guerra.

Ante la medida cuasi fáctica del comisionado, la gente con furia se levantó en chorros de agua y blandió sus lanza-perfumes y sus pomos para evitar el atropello y el despojo. Pero a Belisle no se le movió un pelo y redobló la apuesta. Prohibió el carnaval, ordenó cerrar la canilla principal que suministraba agua a todo el barrio y cortó la energía eléctrica para evitar el desfile nocturno de carrozas al que la gente llama corso y precede los bailes populares de disfraces.

– Nada de indios, colombinas, o arlequines para estos negros de mierda que invadieron San Vicente, dicen que dijo el señor comisionado mientras entorchaba sus mostachos y ordenaba la detención de todas las mascaritas.

Los disfrazados fueron hacinados en inmundos calabozos de la Seccional 5º de Policía por no contar con el Permiso de Disfraz que sólo otorgaba el propio Belisle a partir de ese mismo día y desde el mismo momento en que ordenó las detenciones apenas terminó de entorcharse lo bigotes.

Un cacique comechingón bien morocho al que le faltaban algunos dientes y los pocos que le quedaban los tenía amarillentos, flaco y huesudo, de costillas sobre relieve y descalzo, con un penacho de coloridas plumas y flechas con puntas hechas de cartulina, fue quien más lloró desconsolado sentado sobre un balde. Y el llanto desolado de una mascarita en carnaval, ya se sabe, es la peor cara de la tristeza.

Entonces la barriada reaccionó y se organizó.

En una suerte de código Morse propio, utilizando pinzas, tenazas, martillos, mazas de albañil, palos, jarros de lata, cucharones, coladores de fideos, ollas, sartenes, herraduras, picaportes, y hasta monedas, los insurgentes transmitieron un mensaje fácil de entender entre vecinos del barrio golpeando los postes de luz que eran de caño hueco. Así convocaron a todos los habitantes de San Vicente a una urgente asamblea general a la que también podían asistir los niños y los ancianos, o sobre todo.

Deliberaron, y por unanimidad, quedó declarado el estado de sitio en el barrio y de interés público las fiestas carnestolendas.

El almacenero de ramos generales, marido de una de las más conocidas lloronas del barrio, y el verdulero que regalaba la mejor verdurita, haciendo equilibrio sobre unos cajones de cerveza que se bamboleaban arengaron a la multitud en cordobés básico, nuestro lenguaje regional que consiste en terminar en i latina todos los verbos conjugados en cualquier tiempo – tal como hacen los andaluces al hablar y sobre todo al cantar y también muchos chilenos – comerse las eses y las eres, arrastrar las vocales, prolongar el sonido de las enes y de las emes, y con picardía decir guarangadas en lugar de sustantivos o adjetivos. Y aunque parece, no siempre es por humor.

Los respetados oradores de la histórica pueblada carnestolenda, cuya riqueza para lo coloquial era tan autóctona y primitiva como clara y contundente, en una encendida arenga pidieron a la gente que se amuchara y gritara, que hiciera trencitos para entrar en clima de insurrección blandiendo sus pomos y tirando serpentinas, y que levantaran la mano aquellos que estuvieran a favor de la resistencia territorial del barrio hasta las últimas consecuencias y cayera quien cayera, qué tanto joder:

– ¡Carnaval o muerte! gritó un curda desde arriba de un árbol, pero la multitud, tras una breve y descalificadora referencia hacia la moral de su madre, lo hizo callar para escuchar con atención y respeto la palabra de los oradores.

– Etimado vecinos, señora y señore, y también lo pibitos: ¡Tenimo que defendé nuestro carnaval y nuestro barrio a toda costa, compañeros. Y para eso, habrá que ponele el pecho al pelonfay de Belisle, compañeros.

Y si ete guaso quiere roña, roña va a encontrá, qué mierda compañeros.
Y si ete culiau nos quiere patoteá pa afanarnos el carnaval, lo vamo a sacá cagando, compañeros.

Mavé: lo picantes pa’ la piñas que se preparen iá. Quienes etén por la afirmativa de peleá que levanten la mano en eta intancia (vo manco quedate piola y mové la sabiola nomás) y quiene no levanten la mano que se piren a otro barrio porque en San Vicente no querimo cagone, compañeros… Entonces todo el barrio levantó la mano con los dedos en ve, y el manco movió su cabeza sin cesar.

En medio de tal cabildo abierto vecinal, el zapatero, que hasta el accidente había sido el herrero del barrio (un criollo tuerto que por un error de cálculos se había martillado dos dedos de la mano izquierda, se los amputaron, y para carnaval se disfrazaba de diablo porque le salían bien los cuernitos) con toda la voz en cuello gritó: -¡Viva la República de San Vicente, carajo!, y el nacimiento de la nueva república quedó consumado.

Tras los vítores y una andanada de aplausos, sin más pérdida de tiempo los vecinos, ahora republicanos, formaron tres grandes piquetes para defender su carnaval y su barrio porque nadie concebía a uno sin el otro.

El primer piquete, a cuya cabeza iba un rabdomante mojado seguido por la mujer barbuda y dos enanos (uno parado sobre los hombros del otro) disfrazados de gigante, corrió a cortar el puente Maldonado, el vado del Río Suquía, y a levantar barricadas en los accesos para evitar que la república fuera invadida por extraños y sobre todo por más uniformados.

El segundo piquete beligerante integrado por abuelas patricias con sus nietos tamboriles y maestras de grado con alumnos aprobados en Historia Argentina en el capítulo de Las Invasiones Inglesas, se encaminó hacia la Seccional de policía y a baldazos de agua y bombitas de barro mojaron y bombardearon el frente del destacamento policíaco exigiendo a la yuta la inmediata libertad de los patriotas del carnaval. Otros vecinos, los más exaltados, obviaron las formas y con lenguaje directo fueron al fondo de la cuestión. – !Botones hijos de puta, suelten a las mascaritas…!

La directora del colegio y una monja madre superiora, ambas adherentes a la gesta, después de santiguarse, enfurecidas arrojaron contra los uniformados todo el papel picado que encontraron, advirtiéndoles a los herejes de la gorra que no tendrían perdón de Dios por sus acciones y ni una sola gota de agua para calmar la sed en el infierno que les esperaba por querer robar el carnaval. Y el tercer piquete finalmente, con carácter apremiante, convocó a un congreso de lámparas a querosén, velas, y antorchas para iluminar la penumbra porque Belisle había ordenado cortar la electricidad. Entonces, como en un fantástico cuento de hadas, en el barrio La República de San Vicente el desfile de carrozas y el baile de disfraces se realizaron a la luz de miles de velas, lámparas a querosén, y millares de candiles.

Según un escrito de un poeta anónimo que tenía faltas de ortografía, aquella noche de la rebelión en que cortaron la luz, también tuvo “desde el azul del cielo millares de lucecitas intermitentes. Eran luciérnagas curiosas como las que consolaron a Gardel, las mismas que como purpurina de su maquillaje suele utilizar la madrugada en su rostro cuando los pobres se divierten”.

Aquella noche de 1932, se batió el récord de besos en la boca.

Cuando amaneció, ya república, mientras el cacique comechingón bien morocho sin flechas con puntas de cartulina dormía feliz su borrachera tirado en la vereda junto a un general romano y dos leones que roncaban como bestias sobre un arlequín que tenían de almohada, se hizo el conteo para evaluar posibles daños colaterales. Y la prolija sumatoria del orgullo de sus habitantes, dio por resultado que en ningún otro barrio del mundo como en el barrio La República de San Vicente, habían fijado domicilio para siempre el rey Momo y los colores del arco iris.

Algunos vecinos juran que por calle Diego de Torres siempre pasa el violeta y al llegar a la esquina con San Jerónimo se saluda con el verde. Por Agustín Garzón, en contramano, dicen que suele bajar el amarillo para confundirse con el rojo en la subida de Sargento Cabral. Y a la tardecita, en primavera, con los últimos rayos del sol, los naranja que andan sueltos por el barrio tienen por costumbre amucharse, y por efecto de un misterioso reflejo tornan en azul pastel en la rinconada de calle Ambrosio Funes al 1350 donde nació José Malanca con un pincel bajo el brazo, quien cuando pintó su primer sol se le prendió fuego la casa.

Desde hace muchos años el barrio La República de San Vicente es el barrio de los grandes contrastes porque allí vive gente rica y gente pobre. Gente buena y mala gente. Gente mansa y trabajadora. Pero también malandras, usureros, políticos, policías, ciertos abogados, y unos cuantos jueces corruptos.

Muchos años atrás, además, en el barrio La República de San Vicente vivieron los mejores carros tirados por los mejores caballos de los mejores vendedores del mejor renegrido carbón del mejor quebracho colorado argentino. Y a los chicos pobres del barrio que corrían alegres y descalzos por detrás de esos carros así como las gaviotas vuelan detrás de los barcos, los carreros con el dedo les pintaban de negro la puntita de la nariz para que sus madres supieran que había llegado el carbonero. Recién después esperanzados largaban su mejor pregón: – Carboneeerooo, rendidor el carbón doñita, como este morocho que sueña con su hijita!

– Hecho el poeta, el negro, respondían las madres, risueñas y orgullosas de que sus hijas tuvieran un pretendiente que les arrastrara el ala.

Las jardineras de los verduleros tenían en sus barandas y pescantes los mejores fileteados del abuelo de Martiniano Arce, y las naranjas que ofrecían para la venta eran naranjas bien grandes y bien naranjas. Y el perejil era bien verde y perfumado.

Para quienes no conocen, es bueno que se sepa que el barrio La República de San Vicente tiene dos plazas principales. A una le dicen La Plaza de los Besos Perdidos y a la otra La Plaza de los Amores Furtivos. Y en las dos plazas casi por igual, hay gente buscando su destino. Una plaza recuerda a un unitario y la otra a un federal. Plaza Urquiza está en una punta del barrio, y Plaza Lavalle en la otra punta, tal como en la historia quedaron los dos caudillos argentinos del Siglo XIX que en vida se odiaron a muerte.

Desde siempre, el barrio La República de San Vicente tuvo calles de tierra y calles con asfalto. Y perfumadas enredaderas. Y madreselvas y malvones. Y desde aquella noche de carnavales del ‘32, tiene un cielo propio con su propia luna que sólo asoma a pedido de los vecinos del barrio más necesitados de amor. De madrugada, a la hora que todos duermen después de hacer el amor, antes de partir hacia otros cielos esa luna llena se vacía por completo sobre los techos de chapas de las casitas pobres dejando caer una imperceptible garúa color plata, alumbrando de paso mejor que el neón las fachadas de los bacanes palacetes. Que la luna sea así, sólo puede hacerlo la magia.

Luna cordobesa, le llaman a la luna del barrio La República de San Vicente. Pero como en ese barrio no todo es lo que parece, allí también hay cocaína de la buena y dulce de leche del malo. Hombres y mujeres de toda laya. Extremistas de extrema izquierda, de extrema derecha, y de extremo centro. Han fijado domicilio los más terribles odios, las peores envidias, las mentiras más creíbles, las tentaciones más tentadoras, los secretos más secretos, rencores de los peores, y las más terribles venganzas.

En el barrio La República de San Vicente la muerte duerme con un ojo abierto. Y viven despiertos los cuchillos de mejores filos junto a las manos más diestras para las más certeras puñaladas.

En el barrio La República de San Vicente hay gente de mierda y no tanto. Ricachones con vajilla de porcelana china y cubiertos criollos de plata. Y ricachones venidos a menos que empeñaron la vajilla y los cubiertos. Hay cigarrillos importados de los buenos y porros de la peor yerba. Por cada creyente hay dos ateos, y por cada plegaria cristiana nunca se supo cuántas giras mancumba.

En el barrio La República de San Vicente viven los olvidos y los recuerdos, la suerte y la desgracia, el agua y el aceite. Y por la misma vereda de la misma calle compartiendo medianera viven Dios y el diablo.

A esta república la fundó Agustín Garzón.
Y el que no crea que vaya y vea.
En el barrio la República de San Vicente vivía ella, hasta que partió.
Feliz cumpleaños para su fundador.

Alejandro González Dago
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
A fines de agosto de 2019.
Esperando que la tormenta de Santa Rosa
caiga donde hay fuego y sed.