Cinema Paradiso, o el ejercicio del llanto

Por Fabricio Esperanza

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Si te duele es porque se está curando. Si tragás el chicle, se te va a pegar en el estómago. Lo hago porque te quiero. Te lo estoy diciendo por tu bien.

¿Cuántas veces habremos escuchado de boca de padres, pareja, familiar, incluso algún amigo, afirmaciones como estas? En la mayoría de los casos, se trata de mentiras viles, trampas adornadas con miradas maquilladas de ternura o dureza, según el caso y la finalidad. Pero quizá la más estúpida, malintencionada, falaz y cruel de estas sentencias, es la que está destinada pura y exclusivamente al género masculino: los hombres no lloran.

Los hombres no lloran. Ya vamos a volver a eso.

La primera vez que vi Cinema Paradiso fue en el Cine Marconi, de Sampacho, y yo era un niño…

El cine Marconi es uno de esos lugares que tendrían que ser declarados Patrimonios de la Humanidad, únicamente por la cantidad de parejas que nacieron en sus butacas. Para ser honesto, no le di mucha bola a la película, primero porque tenía 8 años, y segundo porque era un matiné doble y en la segunda parte proyectaban El Cocodrilo Mortal.

¿Qué me iba a interesar, en tercer grado, la historia de un pibe que se la pasaba adentro de un cine, cuando en un rato venía un reptil asesino de siete metros? A esa edad, no me percaté que yo también me iba a pasar cuatro años, de los 8 a los 12, adentro de un cine, de ese cine, y que esa historia se iba a parecer, en parte, a la mía.

La segunda vez que vi Cinema Paradiso, fue varios años después, en la adolescencia. Estábamos tres parejitas de 15/16 años, delante del tele y con toda una tarde-noche por delante en casa de Pablo, un amigo al que los padres habían dejado solo el fin de semana. Esa vez, mi cabeza estaba puesta en ingeniármelas para darle un beso a Valeria, por lo que la película tampoco fue de mi interés.

La tercera vez que vi Cinema Paradiso fue cuando tenía 20 años, y estaba en la universidad. La vi solo, un sábado a la noche, sin un peso partido al medio para salir a algún lado, con todas las antenas puestas en la pantalla. Y fue ahí cuando el veneno prendió.

Cinema Paradiso cuenta la historia de Toto, un pibe que vive con su mamá (en el transcurso de la peli uno se entera que su papá murió en la guerra). Toto es muy amigo de un tipo grande, Alfredo, que labura proyectando las cintas en el cine de Giancaldo, un pueblito italiano. De este resumen, puede concluirse que es la historia de una amistad entre un chico y un hombre grande. Cinema Paradiso es mucho más que eso. Es la historia de una ausencia, de un amor y de un desamor, de carencias y excesos, de la franqueza y de la piel curtida, de la Italia de posguerra y de los nuevos tiempos que se avecinaban. Y es la historia de cómo el cine imita a la vida, y de cómo la vida imita al cine.

La cuarta vez que vi Cinema Paradiso, no fue muy distinta de la quinta, la sexta, la séptima, o de todas las veces en que, cada medio año, más o menos, me obligo a verla. Lo de obligo es un decir. El cuerpo va solo al DVD (sí, todavía lo uso) cuando está necesitando anticuerpos para las miserias del mundo. La veo solo, cuando en casa no hay nadie. Primero, porque esa historia, la de Toto, como ya dije es también un poco mi historia, y sirve para balance y replanteos. Pero también la veo solo, porque mientras la veo, lloro. En silencio, sin secadas de mejilla de incógnito ni reprimiendo sollozos. Lloro.

Entre las muchas historias que se narran dentro de la historia principal de Toto y su relación con Alfredo y con el cine, está la del cura censor de besos. Resulta que antes de la proyección pública de cada película, el cura hacía que le pasen la programación del fin de semana, y ante cada beso en los labios, esos besos pudorosos y secos del cine de mitad del siglo XX, el cura tintineaba una campanita que tenía en la mano: era la señal para que el proyectorista Alfredo marque la cinta en ese punto y, tijeretazo mediante, elimine la escena… y el beso.

Imaginen eso. Imaginan el romance, las peleas y las reconciliaciones, el encuentro, las despedidas, imaginen la vida, sin el beso. Ese cura le robaba a la gente el combustible vital que se necesita para afrontar las rutinas, el tedio, la medianía. Era, básicamente, un cura ladrón de pasiones.

Pero como el cine tiene la oportunidad de dar revancha, esos besos robados le llegan en forma de regalo a un Toto ya mayor, devenido en director de películas, un tipo grande que, como nos ocurre a muchos, se fue quedando sin alma porque la vida lo venció. Pero cuando recupera esos besos, de un solo saque recupera la pasión, y el corazón que le latía por inercia vuelve a latir por sentimientos, y los lagrimales agrietados de tanta inactividad, resurgen como un manantial y le humedecen la vista.

Ahora volvamos entonces a aquella sentencia de que los hombres no lloran. Esa afirmación mentirosa, ladina y represiva, está representada en los besos robados de todas las películas por el cura censor del pueblo.

En algún libro o película, leí o escuché una vez la frase: “Todo el mundo muere, lo que importa es cómo y porqué”. En realidad, la única verdad que encierran esas palabras es que todo el mundo se muere. Cinema Paradiso es una película que deja muchas enseñanzas. Cada uno sabrá qué le dejó en el momento de verla, o lo que le dejará al que todavía no la vio y tendrá la enorme satisfacción de verla por primera vez. Pero por lejos, la principal enseñanza que a mí me dejó Cinema Paradiso, es que, así como todo el mundo se muere, los hombres sí lloran. Y que importa un carajo cómo, o por qué.

Fabricio Esperanza

Periodista