¿Regresa el Capitán Beto?

Por José Emilio Ortega 

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Se ha escrito mucho sobre una de las canciones más célebres de Luis Alberto Spinetta (CABA, 1950-2012): “El anillo del Capitán Beto”, publicada en el magnífico “El jardín de los presentes” (tercer y último disco de su grupo Invisible, 1976). La historia de un colectivero, hincha de River Plate, destinado–aparentemente por propia voluntad- a recorrer eternos tiempos y siderales espacios, sin más compañía que algunos elementos básicos y, lo más importante, sus recuerdos.

Alejandro Burdisio (burda.artstation.com)

La lírica del Flaco, respetuosamente abordada por intérpretes, periodistas o literatos y cálidamente contextualizada por biógrafos o glosadores de su obra como Juan C. Diez, Sergio Berti o Jorge Kasparian, llega en los poco más de cinco minutos que dura la canción, a uno de sus puntos más significativos. Calza en una estructura musical amena, urbana -“folclórica” explicaríaaños más tarde Spinetta- un relato que combina magistralmente elementos tan cercanos como queribles. Y ello la hace entrañable.

Los exégetas arriesgaron diversas hipótesis sobre el protagonista, entre ellas una velada confesión de admiración por el inolvidable Norberto Osvaldo Alonso -tesis impulsada por otro “Beto” riverplatense, Juan Alberto Badía-, finalmente descartada el propio Luis. Aunque en “Martropía” (J.C. Diez, 2006) se devela el misterio: se trataría de un colectivero, desencantado de su oficio tras ser requisado su vehículo para una “razzia”, en plena dictadura. ¿Podría ser metáfora, otra relectura de su propio personaje? Es materia de expertos en el “Flaco”, y no la mía.

Pero como aquellos hitos culturales que encierran profecías veladas, apareció el aura del capitán Beto, en las agitadas aguas electorales argentinas.

¿Profecía?

Aún cuando las estructuras jerárquico administrativas devienen de la más antigua y tradicional organización castrense, sigue siendo un intríngulis determinar correspondencias entre las conducciones típicos de cada rama. Tomando atajos, sigue siendo difícil comparar al “capitán” – jefe, “capitis” o cabeza en este caso de una tripulación en travesía, – con aquel que se ofrece a la ciudadanía para conducir los destinos de un inmenso colectivo llamado país. Mejor empezamos por las simetrías entre los personajes. El Beto que en la canción conduce la mitológica nave de fibra hecha en Haedo, según afirmó el propio compositor, es un señor de sesenta años. Podría ser un varón curtido, hecho a la impronta de los ’70: poco afecto a las dietas, entrecano, de bigote importante. Se parece a nuestro Alberto, innegablemente.

Porteñísimos los dos, sensibles a las tradiciones argentinas. Uno, de raigambre más arrabalera, fiel a la foto y la música de Carlitos y algunas estampitas. El otro, socializado en la lírica y sonido de la primera generación del rock nacional, probablemente elija a figuras como el propio Spinetta o García; sin mayor apego por figuras célebres del santoral – según el Flaco, Beto llevaba una estampita de San Cayetano – Alberto se encomiende a la protección de muertos ilustres a los que seguramente debe su viaje más que a nadie. Su banderín, finalmente, honra al Bicho de la Paternal.

Alberto Fernández y Dylan

Aquel capitán Beto conducía un vehículo interestelar, en soledad y su “saudade” era gregaria: el mate, la vieja, el fútbol. “Las requiere para identificarse”, explicó Spinetta en una entrevista. Llevaba quince años en su periplo, y era el amo entre los amos del espacio. Nuestro Alberto, de trayectorias menores hasta 2003, inició hace tres lustros y poco un derrotero intenso y diverso. Si bien conoció el desierto – y el aislamiento -,ha sido rescatado y encabeza una astronave tan abarrotada como heterogénea, que quizá se parezca mucho al “Axiom” de Wall-E. Se afirma, poseería el control de los comandos; aunque como le ocurría al de Haedo, su equipo parece tan precario como su destino.

A Beto, el misántropo capitán espacial, no lo consumía el temor o la vulnerabilidad, pero lo arreciaba la incertidumbre. Pese a sus capacidades, no había logrado descubrir aquel lugar que todos, desde la Tierra, llamaban cielo. Alberto navega empujado por corrientes en tensión, surcando un espacio, eterno en su retorno, desconcertante en su desenlace. Probablemente no tenga ocasión de auscultar el Universo, ni por algunos segundos.

El talismán de Beto era un poderoso anillo que lo protegía de todos los peligros. No era más que “un signo del alma”, confesará Spinetta en una de tantas referencias a su creación. Alberto, se sabe, posee sus recursos más terrenales, menos inexpungables. El corto plazo explicitará donde se encuentran las mayores acechanzas.

“En realidad, no es que Beto quiera volver. Ha conquistado algo impresionante, pero, como todo conquistador, no puede evitar la comparación y la sensación de distancia para con el mundo que dejó atrás” explicó Spinetta en 2002. Tres años después, tocando en el Salón Blanco en la Casa de Gobierno, Luis exhortó al auditorio: “La Argentina es nuestro jardín, todo lo que brote será el producto de nuestro empeño”; posteriormente, consoló afectuosamente al entonces Jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, que segundos antes se lamentaba por no alcanzar, con su guitarra, la majestuosidad de los acordes que el Flaco sabía extraer del noble instrumento:

“Alberto – le dijo -, que Dios no me ponga en la obligación de tener que tocar algunos de los temas que vos tocas. Y si me pone, canto”. Pensaba mientras repasaba el concierto, disponible en Youtube, en aquella advertencia de La, La, La (1986, junto a Fito Páez): “¡Quién resistirá / cuando el arte ataque!”.

Dijo Spinetta sobre Beto el virtuoso astronauta, que “tenía la posta para mandarse”. También, que se decepcionó porque“no podía transformar nada estando en la soledad del espacio”. Quizá preparando un regreso del mitológico personaje, póstumo a sus profecías (la canción, sus recurrentes comentarios sobre la historia).

Crucé con Alberto en la Facultad donde enseño, saliendo de mi clase. Las autoridades anfitrionas intentaban abrirle paso ante un enjambre de fervorosos obsecuentes. Parecía atosigado, muy solo, inequívocamente mortal.

Se me ocurrió acercarme, desearle suerte y pedirle que recuerde al Flaco, todos los días. Pero entre el prejuicio por sentirme malinterpretado y la esperanza de que Luis le haya brindado algunas certezas, me convencí de que era innecesario. Gané la calle,empezando a esbozar estas coincidencias que resumo, repasando una plegaria: “Este día empieza a crecer /voy a ver si puedo correr / Con la mañana silbándome en la espalda/o mirarme en las burbujas” (Canción para los días de la vida, 1977).

José Emilio Ortega