DERECHOS

Por Alejandro González Dago

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Yo no sé cómo será la gente en otros lugares porque no conozco otros lugares que no sean los míos, pero aquí en mi ciudad, a la que quiero porque me enseñó a querer y no porque no me quiera, la gente habla demasiado.

Y cuando a una la ven así como estoy ahora, pobre, andrajosa, mendigando, diciendo cosas que la mayoría sabe pero niega y a otros no les conviene que se sepa, enseguida a una la tratan de mentirosa, de borracha, o de vieja loca.

No voy a negar que de vez en cuando me gusta tomar un traguito como para engañar al cuerpo los días que el cuerpo me pide que lo engañe con un traguito

Pero eso de que estoy loca…

Para colmo de males, si una insiste y sostiene lo que dijo porque es la vida que a una le tocó vivir, enseguida a una la amenazan con internarla por la fuerza en un manicomio o en un hospicio público. Y a esos lugares los maneja el gobierno como si fueran mierda, total es gratis y para los pobres que somos mierda. Que el Altísimo me libre y guarde para que nunca me encierren en uno de esos cadalsos oficiales como cierta vez amenazó con hacerlo un tipo que con billetes le pagaba propinas a un muchachito que cuidaba autos en la puerta de una iglesia.

Y lo bien que hice. Nunca me gustaron los tipos que pagan con billetes lo que vale monedas. Ni los que pagan con monedas lo que vale billetes.
Además, el tipo hablaba por un costado de la boca cubriéndose con la mano puesta de canto, el pibe tenía una voz muy grave y ronca para ser tan joven, y una risa muy burlona para ser inocente. Uno caminaba lento, pero el otro corría veloz…

“Canasta Familiar” (Obra de Alejandro Abt, artista plástico fueguino nacido en Córdoba) Acrílico de 1,30 x 1 mts

Algunos de esos hospicios que digo, tienen nombres relacionados con la paz y la tranquilidad para los viejitos. Pero como en esta ciudad nada es lo que parece, al final esos lugares sólo sirven para amontonar gente a perpetuidad porque son depósitos de humanos ya descartables, categoría que los viejos asumimos cuando los jóvenes advierten que somos una carga que entorpece el sistema, el mismo sistema que entorpecerán ellos dentro de unos años aunque todavía no lo sepan.

Dicen que ya nada producimos y no tenemos dinero para pagar los impuestos.

En esos sitios hay ancianos que desvarían, están solitos, no saben quiénes son, dónde están, y no tienen familia o la familia los olvida. Y en esta ciudad el olvido de lo que alguna vez se amó es una de las tantas formas que toma el desprecio.

“Geriátrico” (Alejandro Abt, artista plástico fueguino) Acrílico de 1,30 x 1 mts

Además los grandes laboratorios medicinales de afuera alquilan ministros de adentro para que sobrefacturen los medicamentos que nunca les dan a los viejos porque lo único que les dan en los hospicios son calmantes para que duerman todo el día o caminen como zombis. Por eso odio a los ministros que se alquilan. Y a los asilos públicos. Y a los hospicios. Y a los geriátricos, o como se les llame. Y más todavía a los manicomios. Son osarios irredentos y prisiones a cielo abierto por más árboles y flores que perfumen el aire o rocío que a una la moje. Son papeleras de reciclaje, que no sé bien qué quiere decir porque lo dicen los jóvenes, pero a mí me suena a resumidero por donde se van las cosas y nada se recicla. Por eso me pregunto: De qué me serviría el canto de los pájaros dentro de un hospicio si el silencio me aturdiría…

De qué me serviría caminar libre por el parque de un manicomio si mi libertad terminaría donde lo dispusiera un medicamento, o el guardia, o donde empiece la pared…

Qué parte de mi alma se dejaría alimentar por recuerdos si a lo que me queda de alma y de recuerdos se lo comería de a poco la soledad.
Y como alimento mi alma con recuerdos de un amor mío que no pudo ser, y con la nostalgia que me provoca unos tangos que escucho por las tardes en medio de la herrumbre de un abandonado parque de diversiones al que suelo ir solita a tomar unos mates, sólo sería cuestión de tiempo para el final total.

Y entonces : de qué me servirá vivir muerta
Y llorar sin alguien que me consuele
¡Quién se alegrará con mi alegría!
Para quién me arreglaré el pelo y me pintaré los ojos y la boca…
Y la pollerita bordó con el tajito atrás que hace juego con la blusita blanca que me queda tan bien con los aritos de perla, ¿para quién me la pondré?
Y mis sueños de mujer…
Qué voy hacer con mis sueños de mujer si no los puedo compartir con un hombre.
¡Hay Dios mío, para qué quiero tanto cielo para mí sola!

Dicen que en esos lugares, además, sopla un viento cretino. Que de vez en cuando a la brisa, que es la mujer del viento, le da por soplar entre ventanales de paredes opuestas hasta convertirse en chiflete. Y cuando ya es corriente de aire, utilizando las cortinas como abanico, arrastra desde los pabellones el tufo tibio y hediondo de las mujeres internadas que nunca se higienizan. Y junto con ese olor viene el olor a pobreza que traen las hojas de eucalipto hirviendo en un tarro con agua, más otro aroma rancio a medicamentos vencidos mezclado con desinfectante para pisos y veneno para piojos y cucarachas.

Sin embargo, ninguno de esos olores es el peor olor.
El peor olor que existe en la vida es el de la carne humana abandonada. Y la carne humana comienza a oler agria y asquerosa cuando la abandona la mente. La mente es todo. Por eso siempre huelen mal los locos y los suicidas en su día.

“Distintas ópticas 2” (Alejandro Abt, artista plástico fueguino) Acrílico de 1,30 x 1 mts

Si, ya sé, estoy hablando demasiado y voy a terminar por aturdir. Pero es que nunca hablo con alguien y nunca alguien me escucha lo que tengo para decir. Y mire cuánta casualidad, lo que son las cosas, y cómo es la vida. Parece que Dios me los hubiera puesto a ustedes como testigo para que después la gente no ande por ahí diciendo mentiras porque justo ahora, en este día, a esta hora, y en este preciso momento, el cuerpo me está pidiendo que lo engañe con un traguito. Y Dios sabe por qué hace las cosas.

¡Ay la puta!
¡Ahí me tiró de nuevo!
¿Se sintió?
Cómo es el cuerpo humano cuando quiere algo ¿no?
A mí me gusta el tango. Y el Polaco Goyeneche cuando canta: Mina que fue / en otros tiempos/
la más papa milonguera /
y en esas noches tangueras /
fue la reina del festín/
Ya no tiene/ pa´ ponerse/
ni zapatos ni vestido/
anda enferma y el amigo/
no aporta´o para el bulín…

Ustedes tienen que entenderme. Me gusta dormir en la calle. Me gusta vivir en esta plazoleta. Me gusta emborracharme. Además no jodo a nadie. Y quieren que les diga una cosa, estoy segura que un día de estos el tipo pasa por acá y me pide que me vaya con él. Es la última esperanza que tengo. No me lleven. Ya sé que son policías y que hacen su trabajo, pero no me lleven. No aguanto el encierro. Demasiada encerrada estoy en mis recuerdos como para que me lleven a un hospicio. Yo también tengo mis derechos.

Alejandro González Dago
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
En la primavera de 2019.
Justo cuando aparece el
ponchito de los mendigos que viven en la calle.