Agua y cianuro

Por Alejandro González Dago

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Primero murió él. Y es probable que estuviera bien que fuera así el orden cronológico de las partidas.
Después murió ella, veinte meses más tarde. Y es probable que estuviera bien que fuera así porque hay veces en la vida que a la muerte, la soledad le tiene envidia.
Él se fue primero porque lo decidió primero porque siempre quiso ser primero en todas las cosas. Y cuando no podía se deprimía, se emborrachaba y consumía Hachís.
Ella se fue después porque enferma y deprimida, sin él, sin su olvido siquiera, en el último acto irónico de su vida eligió acompañarlo porque la primera vez no se animó.
Él vivió la mejor parte de su vida en la selva Misionera, en estado de salvaje pureza intelectual, como su prosa. Pero fuera de la selva, el mundo era salvaje para él. No conocía límites. Su coraje carecía de estética.
Ella, que era feminista, cuando quería podía ser frontal o discreta. Hasta que miraba. Porque cuando Alfonsina miraba, su mirada rugía.

– A que te doy un beso en la jeta…
– Por favor Horacio, qué decís….
– Digo que miro cómo me mirás y estoy seguro que te gusto. Digo: a que te doy un beso en la jeta delante de todos y a vos te gusta…
– Comportate, Horacio. Hablá bien. Qué clase de maestro de escuela sos. Te lo pregunto como maestra rural.
– Soy de los maestros que para enseñar no andan con vueltas y son claritos, que mierda. Por eso también quiero hacerte una pregunta directa: ¿Vos seguís escribiendo para el diario La Nación?
– Sí, por qué?
– Porque me gusta mucho que como mujer pongás en vereda a otras mujeres.
– Te equivocas Horacio, yo no pongo en vereda a otras mujeres. Yo escribo lo que siento y me parece. Y lo que siento y me parece es que muchas mujeres son unas caza-novio que no defienden sus derechos, mientras que los hombres son unos machistas que se aprovechan de las estúpidas.
– Me gustó eso que escribiste para La Nación en tu columna Cositas Sueltas. ¿Te acordás lo que escribiste sobre El Día que algún día le llegará a las mujeres?
– Si claro, cómo voy a olvidarlo: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; ese día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán»
– Hablas de la emancipación de la mujer?
– Por supuesto. Algún día la mujer se liberará y hasta tendrá derecho a votar. La mujer es un ser pensante, aunque haya muchas que les convenga hacerse las estúpidas.
Sin embargo ahora…, ahora…no quiero hablar de mujeres. Ahora yo quiero decirte a vos, Horacio Quiroga, que a mí también me gusta como escribís, por algo los amigos dicen que escribís mejor que Edgar Allan Poe. Me gustó mucho Los Cuentos de la Selva que escribiste para los chicos. Y aunque te hayan sacado el cuero por la manera en que lo escribiste, a mí me pareció una maravilla ese libro.

– Qué cuento te gustó: La abeja haragana? Historia de dos cachorros de Coaty y dos cachorros de hombre? No ya sé, te gustó Las medias de los Flamencos…
– Me gustaron todos, pero en especial El paso del Yaberí y El Loro Pelado.

– Me vas a volver loco, Alfonsina: también tu voz me excita. Acercate que quiero decirte unas cochinadas al oído y proponerte un trato. Escuchá: voy a robarte un beso delante de todos, y como te va a gustar, después poné blanditos los labios y devolveme el beso pero con lengua. El trato que te propongo es que nos besemos hasta que vos digas basta.
– Me hacés reír, Horacio. ¿Vos estás borracho?
– No del todo, Alfonsina; todavía no. He tomado pero no estoy tan borracho como para no saber lo que te estoy proponiendo porque me gustás mucho; me tenés loco. Quiero darte un beso en la jeta delante de todos.
– Y… si no me gusta
– Y si no te gusta me haces cagar. Me pegás una cachetada fuerte en la cara y después me mordés y me arrancás a pedazos las carnes sin piedad como hacen las hembras pecaríes en la selva misionera cuando rechazan al macho, pero el macho por ser macho no les hace nada…
– Tenés que robarme el beso, Horacio. No me lo pidas porque no voy a dártelo. No tengo costumbre de andar besando delante de la gente. Todos saben que soy madre soltera y se agarran de ahí para hablar mal de mí. La que no me dice puta me dice lesbiana. Y no es que me importe, pero me molesta que a mi nombre lo pronuncien los mediocres. Si querés un beso mío, robamelo, ganátelo si sos capaz.
– Claro que te lo voy a robar. Y te va a gustar. Y vas a besarme con lengua. Y vas a pedirme que vuelva a besarte. Y vas a pedirme que te levante la falda, te arranque los calzones con los dientes, te bese entre las piernas hasta que te desmayes y te haga el amor como un animal, aquí en el suelo, delante de todos, sin importar que nos miren porque para eso somos animales. Y mañana, vas a pedirme que te lo haga todos los días toda la vida, y que seamos animales…

Es la tarde de un viernes de marzo de 1922 en casa del pintor Emilio Centurión, en el porteño barrio de Palermo. La escritora Norah Lange y su marido, Oliverio Girondo, han organizado una reunión privada para que sus amigos se liberen porque demasiado victorianos siguen siendo estos tiempos del flamante Siglo XX por más que ya se cumplieran dos décadas de la muerte de la reina Victoria de Inglaterra que también fuera emperatriz de la India. Y como la pacatería y los buenos modales disimulan con escrúpulos la verdadera moral pública, artistas e intelectuales no pueden andar por ahí mostrando la hilacha; mejor una fiesta privada donde ellos puedan lucir sus peores comportamientos y ellas sus piernas. Lejos de la gente y de la crítica las mujeres podrán fumar lo que quieran fumar como hacen los hombres, beber hasta emborracharse si les gusta, y, sobretodo, jugar juegos en parejas y con prendas.

Como en otras tantas reuniones privadas entre amigos, Benito Quinquela Martín, amigo y protector ad honorem de Alfonsina Storni, advierte a la concurrencia que si las cosas suben de tono y pasan a mayores él se retirará. Entonces Horacio Quiroga le pone la mano abierta en el pecho, lo desplaza, y toma la palabra: – Los conservadores que quieran retirarse como buenos cagones que son, que se vayan a la mierda, pero ya. Ahora vamos a jugar con Alfonsina el juego del reloj.

El juego del reloj consistía en balancear un reloj de bolsillo sostenido por la cadena. Con cada movimiento pendulante los presentes tenían que hacer hooooo. Cuando el reloj pasaba frente a los ojos de la pareja que jugaba, uno de cada lado tenía que besar el reloj. El que primero se equivocara besando a destiempo perdía y pagaba prenda.
Aquella vez, Horacio Quiroga sostuvo su reloj de bolsillo por la cadena y lo balanceó. Apenas el reloj pasó frente a Alfonsina, lo quitó del medio, lo arrojó contra la pared, le tomó la cabeza por la nuca y la besó en la boca con un beso mojado y pastoso.
La concurrencia miró en silencio.
Algunos pocos dijeron hooooo…
Los hombres lo miraron a él.
Las mujeres la miraron a ella. Pero ellos no dejaron de besarse.
Horacio Quiroga, excitado y ya erecto, besó a Alfonsina en el
cuello, y ella, excitada y húmeda, se quitó la blusa y el corpiño y puso en la boca de Horacio de a uno por vez sus pezones.
Después Horacio bajó. Con los dientes le arrancó los calzones. Desde abajo la miró sediento. Ella jadeando le devolvió la mirada, y con la palma de su mano en la nuca le empujó la cabeza hacia su entrepiernas para que bebiera sus jugos.
Benito Quinquela Martín, que era un hombre ordenado y sedentario, movió la cabeza en sentido de negación y se marchó pegando un portazo.
Aquella tarde de 1922 nació un amor urgente. Más necesario y desesperado que romántico, pero para toda la vida. Hasta hoy nadie ha podido con él. Ni siquiera ellos. Ni la distancia. Ni el tiempo. Ni la soledad. Ni el cianuro. Ni el agua. Y menos la muerte.
Desde 1922 hasta 1925, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni amanecieron mirándose a los ojos sin pestañar, oliéndose los olores y comiéndose las carnes y las almas, amándose sin límites, como nadie se había amado hasta entonces y como nadie pudo amarse jamás.
Durante aquellos tres años, Horacio Silvestre Quiroga Forteza, poeta, dramaturgo, cuentista, maestro de escuela y del cuento latinoamericano, de prosa naturalista y modernista, comparado a menudo con Edgar Allan Poe, nacido el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay, fundador de la revista Salto, de la tertulia Los Tres Mosqueteros y del Grupo Anaconda e iniciado en las letras por su mentor, Leopoldo Lugones, a quien acompañó como fotógrafo a la selva de Misiones de dónde nunca quiso regresar, ni por un momento recordó las miserias vividas ni los miserables días de su vida. Su pasión por Alfonsina estaba por encima de la muerte que siempre le revoloteó la espalda. Sus peores recuerdos desaparecieron, y en todo ese tiempo no recordó que cuando era apenas un niño de cinco años, su padre se suicidó y que a los dieciocho su padrastro se pegó un tiro en la boca delante de él o cuando por accidente se le escapó un tiro y mató a su gran amigo Federico Ferrando.
Alfonsina era su gloria. Sus días, su musa. Y la letra:

“ Qué mayor dicha para dos enamorados
que esa honrada consagración de un cariño libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno,
y, lo que es peor para el amor mismo,
sin esperanzas posibles de renovación?”

Alfonsina Storni, que había nacido el 29 de mayo de 1892 en un pequeño pueblo de la Suiza Italiana llamado Sala Capriasca, que vivió en la provincia de San Juan, en Rosario, y en Buenos Aires, que por la inestabilidad emocional de su padre Alfonso Storni a los once años abandonó sus estudios para ayudar a su madre que era modista, y en 1906 cuando murió su padre trabajó como aprendiza en una fábrica de gorras, que luego entró a la compañía de teatro del actor español José Tallaví pero retomó sus estudios y se recibió de maestra, que fue periodista, poeta, recitadora de poemas en los barrios más pobres de Buenos Aires y también subida a una mesa del Café Tortoni. Socialista, feminista, y madre soltera con un hombre casado y 24 años mayor que ella, que a pesar de las críticas despiadadas de otras mujeres que la veían masculinizada y casi como un muchachito enfrentó el cinismo y el machismo oligarca de los años veinte en la Argentina haciéndolo retroceder a fuerza de poemas y verdades, por primera vez en su vida se había enamorado.

-!!! Benito, suerte que te encuentro. Necesito hablar con vos, es urgente !!!.
– Qué ocurre Alfonsina?
– Benito, Horacio me ha pedido que me vaya con él a la selva de Misiones. Dice que allí viviremos en contacto con la naturaleza y que seremos felices. Necesito tu opinión de amigo, Benito. Por favor.
– Con ese loco, borracho, y mal educado…? Ni se te ocurra Alfonsina. Te recuerdo que tenés un hijo, tenés trabajo en el diario La Nación y en Caras y Caretas, nada menos, que estamos en 1925 y sos reconocida en todo el país y en otros países también y que llegar hasta acá te costó la vida.
– Sí Benito, sí, pero yo lo amo. Es el amor de mi vida… él es mi vida
– !!! Pero ese tipo está loco y te hará sufrir. Te digo que no podés ir a ninguna parte con un loco borracho que además consume Hachís…
-Pero yo lo amo, Benito, vos no entendés, yo lo amo… No sé si podré vivir sin él. Lee lo que escribió:

“Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas
que más que en el rostro – aun bien hermoso –
residen en la perfecta solidaridad de la mirada,
en su boca, en su cuello, en su modo de entrecerrar los ojos,
era sobre todo una belleza para hombres
sin ser en lo más mínimo provocativa;
y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres”

Antes de regresar a la selva misionera, en 1927 Horacio Quiroga se casó con María Bravo, quien un día lo abandonó monte adentro y regresó a Buenos Aires. Menos de diez años después, Horacio Quiroga se sintió enfermo, regresó a Buenos Aires y se internó en el Hospital Clínicas.

.El 19 de febrero de 1937 al mediodía, una junta médica le informó que tenía cáncer de próstata. A la tardecita, Horacio Quiroga pidió permiso para dar un paseo fuera del hospital. Pasó por una farmacia y compró cianuro. Cuando regresó al hospital mezcló el polvo en un vaso con agua y se quitó la vida.
Los que siempre dicen cosas dijeron que había dejado una carta para Alfonsina. Dicen que se la confió a su único confidente en el Hospital de Clínicas, un tal Vicente Batistessa, que era un paciente internado por sus horribles deformaciones causadas por una elefantiasis, una neuro-fibromatosis o el Síndrome de Proteus, a quien Horacio Quiroga había tomado como su amigo más fiel dedicándole horas de lectura por las noches.
La carta nunca fue encontrada. El deforme Vicente Batistessa murió sin decir una sola palabra.
Enterada de la muerte de Quiroga, Alfonsina Storni, a quien en 1935 le habían diagnosticado cáncer de mama y extirpado el seno derecho, cerró las puertas y las ventanas de su casa y no quiso hablar más con nadie. A la luz amarillenta de una lámpara recostada y fría sólo tuvo ánimo para escribirle a él.

Morir como tú, Horacio, en tus cabales y así como en tus
cuentos, no está mal;/
Un rayo a tiempo y se acabó la feria… / Allá dirán/
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte que a las espaldas va./
Bebiste bien, que luego sonreías…/Allá dirán.
No se vive en la selva impunemente, ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio …
Allá dirán.
No hiere cada hora – queda escrito –
mata la hora final.
Unos minutos menos … ¿quién te acusa?
Allá dirán.

La mañana del 24 de octubre de 1938, Alfonsina Storni escribió tres cartas de puño y letra: Una para su hijo Alejandro. Otra para su amigo Gálvez pidiéndole que cuidara a su familia, y la tercera a la muerte.
A esta última la envió al diario La Nación y esa misma tarde partió en tren hacia Mar del Plata.
La carta que envió al diario La Nación era un soneto en endecasílabos sin rima a los que ella solía llamar antisoneto:

Voy a dormir…

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierba, tu, nodriza fina
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía
acuéstame
Ponme una lámpara a la cabecera
Una constelación; la que te guste;
Todas son buenas; bájala un poquito

Déjame sola
Oyes romper los brotes…
Te acuna un pie celeste desde arriba
Y un pájaro te traza unos compases
para que olvides
Gracias
Ah, un encargo:
Si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido

En la madruga del martes 25 de octubre de 1938, en el Balneario La Perla de Mar del Plata, en plena primavera bajo una tormenta despiadada, Alfonsina Storni se arrojó al mar desde la escollera. Uno de sus zapatos atascado entre las piedras quedó como testigo de su último paso.
Es probable que muriera por el golpe con el agua.
Eso ahora poco importa.
Si hay algo con lo que la muerte nunca podrá, es con lo que dejamos en la vida.
Una persona también es lo que de ella se recuerda.
No importa cuántas sirenitas la lleven; o por más que se vista de mar.
Sabe Dios qué angustia te acompañó, qué dolores viejos calló tu voz, para recostarte arrullada en el canto de las caracolas marinas. La canción que canta en el fondo oscuro del mar, la caracola.

Alejandro González Dago
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
En la primavera de 2019