Lo nacional y lo universal en la pandemia

(Sólo nosotros podemos cuidarnos a nosotros)
Por Alejandro Mareco

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En las imágenes que nos devuelve el múltiple y gigante espejo de esta dramática pandemia caben desde revelaciones íntimas y personales sobre la vida y los días de cada uno, hasta universales, es decir, los seres humanos, el mundo que hacemos y lo que hacemos con el mundo. Sobre todo, el mundo que haremos.

Este torbellino de quietud en el que estamos girando está plagado de paradojas como ésta. Abundan también las metáforas, los símbolos y otras maneras de ponernos de frente a una realidad que da la sensación de que el mundo que hemos vivido hasta aquí es una gran puesta en escena donde circulan valores y verdades poco genuinos.

Mientras tanto, la inmensa mayoría de la humanidad atraviesa la angustia y el dolor de la miseria, del hambre, del miedo y de la muerte absurda.

La famosa “aldea global” ha sido hasta ahora sobre todo una expresión referida a la interconexión y la instantaneidad que nos ha dado la tecnología.

Pero sabemos que mientras inmensas cantidades de dinero se teletransportan a la velocidad de un click, multitudes de desplazados por las guerras y o la pobreza extrema se dan de narices contra las alambradas de las fronteras de las sociedades más acomodadas.

La globalización levanta la bandera de la libertad de movimiento del dinero y de las mercancías, pero no de la gente; que los pobres se queden donde están.

La pandemia, finalmente, ha hecho de la “aldea global” una contundente verdad. Basta con pasear un poco por los canales de distintos países que ofrecen la televisión por cable para ver el mismo retrato de situación.

“Coronavirus” es el fantasma común que aparece escrito en los zócalos de las pantallas, mientras conductores con gesto grave informan de los nuevos estremecimientos de las cifras de contagiados y muertos.

Una enorme parte de los habitantes del planeta está en cuarentena, como nosotros.

Pero mientras más universales somos, la mejor manera que casi todo el mundo ha encontrado para enfrentar a la pandemia es cerrar sus fronteras y cortar los contactos personales con el resto del planeta.

También las naciones están en cuarentena. Así como en cada casa se aíslan núcleos familiares, sociedades enteras permanecen aisladas entre sí. La vieja dicotomía entre lo universal y lo nacional vuelve a decirnos en estos días que mientras más nos fortalezcamos como nación más universales seremos.

Mientras casi todo el mundo trabaja en la misma dirección y, en la medida que el egoísmo lo permita se compartan las novedades y los avances contra la enfermedad, se trata de que las sociedades se cuiden a sí mismas.

Esa es la misión que tenemos en este extraordinario tiempo del que no saldremos iguales, ni cada uno, ni cada pueblo, ni el mundo.

Uno, el otro y nosotros

La base del cuidado común frente a la pandemia no es sólo la protección individual, sino también la protección del otro; del prójimo más próximo que nunca, pues se trata de las personas con los que nos debemos cruzar, pese a que en estos días la instrucción es evitarnos o mantenernos a distancia.

Y acaso un pequeño símbolo de esta conciencia sea el uso del barbijo, destinado sobre todo a proteger al otro, pues uno puede llevar consigo la enfermedad y no saberlo.

Sólo nosotros, los argentinos, podemos cuidarnos a nosotros.

Por eso, las actitudes miserables que ponen por delante el interés de pocos y la búsqueda de atajos para reabrir la grieta del desencuentro, apuntan contra el objetivo de tirar juntos para el mismo lado.

Los penosos sucesos del viernes 3 de abril, cuando miles de jubilados se amontonaron en las colas frente a los bancos, fue una grosera falla cuyas consecuencias aún no conocemos. Que al día siguiente fuera posible ordenar la situación, indica que lo del viernes no fue culpa de los viejos sino de la organización.

Es posible que haya existido negligencia de algunos e incluso voluntad adversa de los bancos; mas los responsables de los entes del Gobierno involucrados debieron estar atentos a todos los escenarios posibles.

El país es un campo minado en el que los sectores que acaban de exprimir el país, de fugar 88 mil millones de dólares y de dejar una deuda externa impagable, de acorralar y cerrar a decenas de miles de pymes y de multiplicar el hambre y la pobreza, presionan para levantar la cuarentena y erosionar el esfuerzo común para luego salir a recuperar ganancias y poder político.

Todos perdemos en esta pandemia, pero algunos no están acostumbrados no sólo a no perder, sino a dejar de ganar tanto. Para muchos de ellos, las muertes que pudieran costar mantener sus negocios en acción son sólo daños colaterales.

Salvar, sobre todo, la vida de la gente es el desafío que asume esta sociedad nacional en esta hora.

Por eso es que seguimos sosteniendo el sacrificio de la cuarentena como un compromiso personal y colectivo.

Lo hacemos por cada uno y por nosotros, el nosotros que le da sentido a cada uno.

Alejandro Mareco 

periodista y escritor 

Autor de “Albures Argentinos” y coautor de “Había que cantar”, una historia del Festival Nacional de Folklore de Cosquín