Ciudad sin voz

Por Francisco Rivera

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En un austral agrupamiento urbano, de callecitas empedradas con amplias veredas que dan forma a una zona residencial adrede planificada, el sol realiza su recorrido habitual solo por algunas horas al comenzar el día, para luego dar lugar a la funesta noche, que con su espesa densidad, se expande a través de algunas madrugadas sin norma. Al recorrer estas oscuras latitudes, el céfiro veraniego traslada estrafalarios sonidos emitidos por altavoces que animan el somnoliento habitar, de casitas desbordadas por el aburrimiento senil de cuerpos propensos al dolor. El atroz silencio es el resultado de una transferencia, puesto que, desde el momento del pacto, sellado éste, por ciudadanos temerosos que ante los peligros de la anarquía subversiva del libre discurrir, concedieron forzosamente la potestad de emitir palabras en público a un estrecho grupo de ilustrados señores, que, con su elocuente retórica, establecieron normas para organizar la vida en comunidad ordenando las reglas básicas para su correcta subsistencia. En efecto, dada su plebeya barbarie, los demás pobladores debieron someter su dicha a la temblorosa clandestinidad del pensar sin decir.

Durante un largo tiempo, el espacio púbico había permanecido supervisado por el escalofriante andar de temibles trogloditas, que amenazados por el fervor inconcebible de osados partisanos, impartieron terribles tormentos a aquellos que optaron por emitir polifonías de diverso orden, pues la palabra desde el momento leonino del contrato, se convirtió en un atributo inalienable de los que mandan, y el silencio, en una afligida prerrogativa de los que deben obedecer callando. El vigésimo cuarto día sin sol del mes de marzo durante el año verde, un grupo radical de trogloditas comandados por una trinidad de hombres sin alma, decidió extremar su dominio hasta los confines de la ciudad, obturando la posibilidad de futuras revueltas como las ocurridas en el año rojo cuando grupos habituados a ocultarse en ámbitos subterráneos, tomaron la opción de enfrentar la desdicha del callar. Obteniendo algunos puestos de transmisión estratégicos, estos intrépidos grupos de gallardos propósitos, lograron burlar las defensas esparcidas alrededor de la zona de captura – epicentro del poder sobre la palabra vociferada – emitiendo una diversidad de terribles mensajes convocando a sendas asonadas contra el régimen gramatical. En lo sucesivo, los levantamientos futuros fueron duramente aplastados, los responsables y los sospechados de organizar los motines, largamente perseguidos, dejando un saldo de una treintena de miles sin cuerpo, sin palabra, sin voz.

Horas después de la revuelta, un llamativo hecho se había llevado el protagonismo de un grupo de civiles en un vecindario aledaño al lugar donde se había originado la heroica acción que termino en masacre. Sobre la calle 17 del barrio Obrero, se encontraba el hogar de Don Pedro Rodríguez, un corpulento peón rural de gruesos dedos y rostro severo que durante años había servido como capataz de estancia, trabajando largas horas durante la noche y aprovechando las breves entregas diurnas de luz solar para dedicarse al descanso y la lectura.

El día posterior a la masacre, para su sorpresa, el ingreso de su rústica vivienda, había amanecido preñado con un misterioso bolso negruzco de aproximados dos metros de longitud. Frente al alarde de transeúntes que por allí circulaban desde temprano, dicho varón de mediana estatura, decidió abandonar su taciturna ronda de mates para salir a observar a que se debía tal escándalo. -¡Sr. Rodríguez! -¡Sr. Rodríguez! pudo interpretar que se decía al observar los gestos que se traslucían desde la ventana empañada en el ambiente aledaño al tornasolado navideño, -Usted debe salir a ver lo que tiene en su puerta- unos pequeñitos individuos gesticulaban desde la vereda semidespoblada. En ese instante, el buen silbador de milongas, aunque de parcas palabras y aspecto rústico, pensó que se trataba de una broma infantil, algo muy común en un barrio donde la infancia transcurría entre la libertad forzosamente otorgada por padres apresados en largas horas de trabajo, y el divertimento de jóvenes ávidos al ensueño con un gran ingenio para las travesuras.

Al salir de su casa, Rodríguez fue ingresando de manera paulatina en un profundo estado de angustia, al autoconvenserse pues, de que esta vez, lo que allí estaba ocurriendo no tenía relación alguna con un divertimento pueril, lo cual, lo indujo inevitablemente a imaginar el peor de los desenlaces, ya que, su joven muchacho, estudiante de polimodal en una escuela técnica, que durante aquellos días permaneció ocupada en apoyo al movimiento insurgente, había participado en el sangriento levantamiento contra el régimen. En ese preciso momento, las más tristes imágenes invadieron su conciencia, dejando cómo expresión un rostro alargado y fruncido con ojos vidriosos, que debido a la prohibición de la expresión hablaba, produjeron en sus laboriosas y vetustas extremidades un trémulo de escalofrió. Al toparse con el bulto inerte, por unos segundos, temió abrir la cremallera que se convertiría en el umbral de su desgracia, aunque, tras largos años como sereno de estancia y pastor de ganado, la muerte y el miedo a lo desconocido no eran ya algo que ignorara y por lo tanto que no pudiese controlar. Al abrir el saco de cuero gastado, en apariencia repleto de carne y huesos carentes de motricidad, su ceño se engalanó de un sosegado estupor, pues el contenido era largamente similar a lo que había imaginado, pero, para alegría suya, sustancialmente diferente: libros, una inmensa cantidad de volúmenes, compuestos de palabras proferidas por autores que ya no están, sempiternas ideas alojadas en fonemas, silabas, oraciones, párrafos que decoran el amarillento papel que las contiene, y que exceptuados aquella noche de la hoguera encendida por la infernal barbarie, siguen conservando desde su letra difunta, la magia de un pasado que ya no es, pero que sin dudas, anuncia la riqueza de un futuro aún por venir.

Al ingresar todo aquel material de valor no cuantificable en dinero, el ávido lector comenzó a organizar la pléyade de títulos y celebres autores que desfilaban por sus añejas manos: Tolstoi, Goethe, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Machado, Góngora, García Lorca, Humberto Eco, eran nombres sin referente material existente en acto, pero que por su ingeniosa impronta aún resuenan en lo profundo de la memoria colectiva que se alojada en las fuerzas vivas de la cultura, pensó Rodríguez, mientras ojeaba unas páginas de la Ilíada de Pope y acomodaba serenamente en su improvisada biblioteca de madera enchapada la Eneida de Enrique de Villena. Al posarse sobre la sentadera de la silla aledaña a una vieja estufa a leña que dotaba de calor su longevo cuerpo, llevo a su regazo una pila de estos ejemplares que comenzó a acomodar de manera aleatoria encima de la mesa. Entre los autores que allí contaban, podían encontrarse algunos ejemplares con contenidos sumamente sensibles por su supuesta peligrosidad semántica, entre ellos “Gracias por el fuego” de Mario Benedetti o “Queremos tanto a Glenda” de Cortázar, además de los ya conocidos “Crimen y castigo” de Dostoievski y “Elogio de la locura” de Erasmo. De entre los que ahí estaban, el que más despertó su atención fue “Utopía” de Tomás Moro, pues, al leer algunas de sus páginas, “a vuelo de pájaro” como se suele decir en el barrio cuando algo sucede rápido y lejos del suelo, recordó sus largas tardes de primavera en los campos, cuando la luz del día moría en la breve noche y la libertad de palabra inspiraba los más apolíneos versos. En aquel entonces, la bondad se mostraba abigarrada de colores en las más nobles acciones, inspiradas estas, en un profundo amor por la humanidad, y el día, no era más que la escena alegre de un tierno andar fraterno, en el que la maldad trocaba en rebeldía solo por amor a un mundo mejor.

Pasaron unas cuantas horas desde el momento del extraño descubrimiento, aquel hombre abandonado a su suerte, desde que tuvo edad para cazar su propia comida en la inhóspita llanura, y cuyos regalos de navidad por muchos años habían sido los sublimes productos de un hábil imaginar regalos posibles, esa noche había sido premiado con un gran tesoro. Luego de pasar todo el día clasificando y acomodando en estanterías vacías el resto del botín, decidió recostarse colocando ante sus ojos unas celebres rimas de López de Vega que al tiempo lo hicieron ingresar en un profundo estado de ensueño. Aquella noche, este aguerrido domador de bestias condenado al silencio más atroz, no volvió a despertar, pues decidió fundirse en imágenes del recuerdo, en espectros de sueños que durante mucho tiempo lo habían mantenido vivo y que esta vez lo eternizarían en ese andar entre hombres ilustres, pues este provinciano que aprendió a leer en las terminales ojeando las revistas de viajes que nunca hizo, ya tenía su recoleta.

Francisco Rivera

Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de  la UNC 

Imágenes de “La Antena”, película de Esteban Sapir; y “Silencio”,  Facundo Gonzalez Lujan