Maldita lata de choclo

Por Manuel Sánchez Adam 

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Me encontraba en el departamento y un sol asomaba, sin vergüenza y poderoso, por el vantanal de la cocina. Desesperado, buscaba algo para comer en un lunes rabioso lleno de insatisfacciones. Imbuido en un estado calamitoso, de repente, hallé esa lata maldita en la alacena y la sostuve sin ánimos de ofenderla.

Incómodo y molesto día. El arranque de la semana se hace notar por su pesadez en la heladera vacía. – ¡Tengo que ir al súper! – resuena mi cabeza, llena de pensamientos destructivos.

Mientras tanto, en la mano derecha yace esa producto apetecible y peligroso. Nadie en el lugar, solo mis manos y yo nos propusimos lo imposible: abrir una lata de choclo, lo que, en otras palabras, significó un final absurdo.

Al cabo de algunos minutos, repensé con sumo cuidado la logística del operativo: la posición del cuerpo que debía adoptar, la temperatura del ambiente y el artefacto correcto que haga de palanca. Es que no en cualquier día me encontraría ante semejante reto y era el momento para tomar desafíos en la vida.

El primer paso lo ejecutó la mano izquierda: abrió el primer cajón en busca de una reliquia para un sujeto que se zambulle en tamaña aventura.

– ¿Qué puede ser? – preguntó con altura un Superyó cruel y despiadado.
– Un abrelatas-, contesté sin hacerme cargo de las palabras.

La hora marcaba las tres de la tarde y unaescena tenebrosa e irrepetible se acercaba lentamente. Tras largas inhalaciones y exhalaciones decido el segundo y más importante paso: abrir la maldita lata.

En ese ínterin,el corazón gira con el artefacto, pero la cabeza no, ella se estanca.
– ¡Ves que no podés!, ¡no sabés abrir una lata, inútil! -, repito enojado, con la ayuda de mi Superyó moral.

El corazón sigue latiendo por la necesidad de comer y de afecto interno. Sin embargo, no hay caso y la dejo sobre la mesada. reflexiono sobre la posibilidad de suicidarme y huir del mundo.

– ¡No sabés abrir una lata de choclo!¡Sos un hijo de puta! –el boicot continúa por un largo rato.

Mis manos mágicas – como bien dice mi madre – se interpusieron entre el apetito y la lata. Desistí ante tamaña desazón e inutilidad. Sí, es que no pude contra una lata de choclo y vaya a saber cuándo volveremos a cruzarnos frente a frente.

Manuel Sánchez Adam

Periodista