El mejor lugar del mundo

Juan Pablo Gavazza, un gran periodista pampeano, narra sus vivencias en El Diario de La Pampa donde trabaja desde su fundación, al cumplirse 28 años del primer ejemplar. El relato de un periodista. La reivindicación de los trabajadores de prensa.

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Recién terminaba de rendir la última materia que me había llevado para aprobar el secundario (obvio, matemática) cuando pisé por primera vez lo que ni en pedo era todavía una redacción. Lo hice con una mezcla de esas tres sensaciones que tienen la manía de ir juntas: entusiasmo, incertidumbre, miedo.

Era verano del ’92 y ese salón vacío y silencioso se iba a convertir en el mejor lugar del mundo: una redacción. La Redacción de El Diario.

Yo me había cambiado de vereda: de muy pibe había hecho mis primeras armas en La Arena pero cuando llegó la propuesta ni lo dudé. Allá fui, atraído también por la leyenda que decía que el escribano Antonio Nemesio le había hecho caso a los Santesteban cuando lo desafiaron: “si no te gusta, ponete un diario”. Y se los puso en la vereda de enfrente.

Pasaron días de adrenalina infernal. Pocas cosas pueden compararse con la fundación de un proyecto colectivo, además sobre asuntos que apasionan.

Yo ya era periodista, sobre todo porque no era ninguna otra cosa. Nunca más podría dejar de serlo.

Durante casi tres meses hicimos de modo incesante (y vaya que frustrante) lo que la jerga llama “número 0”: ediciones que se trabajan como si fueran a ver la luz, pero que quedan para consumo interno. Durante ese tiempo llamaba a dirigentes políticos y jueces, los entrevistaba, cosechaba información entre las fuentes, cubría partidos de fútbol cuyo resultado nunca sería publicado. Un aprendizaje irreemplazable, pero también bizarro.

Fueron, claro, tiempos en que no había Internet. Se fumaba (y se tomaba) en todos lados. El Viejo Corral acercaba los rollos fotográficos para que elijamos la mejor toma.

Casi nada salía bien en esas pruebas, durante largas semanas. El Viejo Montaldi, sabio, había llegado a El Diario para hacer lo que mejor le salía: armar diarios desde su fundación. Un día, mirando al horizonte desde ese segundo piso de la Galeria Tabelión, con el vaso de whisky recién tomado, me aleccionó: “yo lamento pibe que usté se haya venido de La Arena… pero esto es un diario de parroquia”.

Mejoramos.

Iba a la Redacción a las 8 de la mañana. Me volvía a casa a las dos de la mañana, después de buscar la edición impresa en el taller. El olor de la tinta de un diario recién salido te hace repimporotear el corazón.

Casi todos los días almorzaba y cenaba en “Frishbi”, un local de comidas inolvidable, que estaba en la esquina de 25 de Mayo e Irigoyen, a menos de una cuadra de la Redacción.

Un domingo, por fin, llegó el día. El Diario salió a la calle. A todo color (o casi), como decía la propaganda. Me abracé con Mario Vega, que había sido mentor del cambio de vereda. Me abracé más con mi viejo, a quien habíamos reclutado como impensado periodista deportivo (un as en la manga).

Y después me fui a llorar solo al baño. Un ratito, nomás, feliz, pleno, cargado de entusiasmos y ya sin tanto miedo.

Ese domingo era 3 de mayo. Jugaban Boca-River. Quedó fundado El Diario en una fecha a la postre pedorra: la que eligieron para celebrar el “Día de la Libertad de Prensa” la mayoría de las corporaciones mediáticas. Una farsa.

Pasaron 28 años de aquel día. Amé y desamé, fundé y fundí, viví y me dolió la muerte, escribí a veces con las manos rapiditas y a veces con las vísceras, me encabroné conmigo o con el resto, aprendí y seguí aprendiendo mientras enseñaba, mudé de casa, mudé de piel, mudé de ánimo. Pero no mudé de Redacción.

El Diario de La Pampa nació siendo necesario, imprescindible: un hermoso parto para romper el monopolio de La Arena. Resultó a veces vanguardista y juvenil. Y después fue un diario siempre raro, al borde del abismo: un diario inverosímil, opaco con días brillantes, incomprensible, “estrambótico” para usar una palabra de su primer director, Jorge Nemesio.

Un diario a veces digno y militante, a veces en el fondo de un bache, a veces con muchas agachadas, a veces imposible.

Juan Pablo Gavazza, el Vasco Launagaray, Jorge Navarro -editor de esta web- Juan Carlos Vega y el Gato Silvestre, cena de amigos, periodismo y política en Santa Rosa; características propias de un oficio al servicio de los demás. Condiciones imprescindibles “para que volvamos a hacer periodismo”.

En 28 años, más vale, pasan de todo y de todos: luchadores empedernidos, personas que la pifiaron de lugar, amistades de viaje corto como Ramiro Rodriguez o con más larga duración como Claudia Ibarguren, curreros impresentables, personajes inconmensurables como Jorge Navarro, millones de litros de cerveza, enfrentamientos gremiales con la patronal, carcajadas colectivas y lágrimas de despedida (Graciela Macedo), notas para guardar, anécdotas de salón, campañas de honor.

La ganancia de compartir largamente una Redacción es múltiple, pero la más humana es la que más fuerte pega: casi desde el primer momento y hasta estos días en que compartimos codo a codo la Redacción, vamos a dúo con el Gato Gustavo Hernan Silvestre, el mejor de todos y un tipazo. Están casi desde aquellos días, viviendo las mismas tristezas y alegrías, el Vasco Gustavo Laurnagaray y Miguel Morira. Más tarde aparecieron -y ahí siguen- Juan Manuel, Alejandro Rossetto, Silvio Tejada.

Ahora hay, además de toda esa historia, una nueva camada.

Ayer, y hoy, y mañana, los mejores tiempos de El Diario no han sido fruto del azar, sino de algo muy concreto: cada vez que El Diario escuchó a los trabajadores y las trabajadoras encontró el mejor sendero. Lo entendió en su momento Walter René Goñi cuando en medio de grandes limitaciones asumió como segundo director, joven, entusiasta, con incertidumbre y miedo, en los peores tiempos del país.

Fue especialmente colosal en esos tiempos el trabajo en el área de Administración, un área donde en los últimos tiempos la tendencia a la decadencia también hizo que se fueran laburantes de enorme valor como Silvana Calderón o Marcela Abad.

Cuando El Diario ignora esa parte vital de la historia (trabajadores y trabajadoras) se cava su propia fosa, de la que siempre zafamos del mismo modo, en un círculo vicioso-virtuoso: atendiendo a les laburantes.

Desde hace varios años, cada aniversario parece más negro que el anterior, como parte de un ciclo que se prolonga.

Corren tiempos feos, sucios y malos para el periodismo gráfico. No es novedad. Cada vez se lee menos en papel, se caen los ingresos. Sumale que el macrismo destrozó al sector y en especial a trabajadores y trabajadoras de Prensa. Pero además cada vez hacemos peor periodismo. Y encima ya ni nos hacemos esas preguntas. Hace poco que dejó el cargo el mejor jefe de redacción que tuvimos (Paly Cucchiarini) y también en ese área estamos en un cono de sombras.

Andamos en El Diario a los tumbos, quizá como en tantos lados. Buscando adónde ir, dejándonos llevar, confusos y revueltos.

A veces a El Diario lo odio, porque no he podido dejar de quererlo.

Llega cada aniversario y hago de cuenta que no pasa nada, “pura burocracia, fetichismo de la efeméride”, trato de convencerme. Pero antes de que termine el día me acuerdo de los primeros abrazos, de aquellas lagrimitas en el baño y no puedo dejar de repasar los días felices (y de los otros) que tengo guardados en la Redacción, que es mi lugar en el mundo.

Siempre he dicho que 28 años es la más hermosa edad para entender lo que pasó y empezar a forjar mejor lo que viene.

Así que con más razón brindo en soledad ahora mismo, con una copa de vino mientras escribo, para que El Diario recupere el rumbo, para que haya una conducción, para que se vuelva a entender que es con los trabajadores y con las trabajadoras o no es con nadie, para que volvamos a hacer mejor periodismo. Y para que además de la incertidumbre y el miedo, recuperemos el entusiasmo.

Juan Carlos Gavazza / periodista

El Diario de La Pampa http://www.radiokermes.com/

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