20 de Mayo de 1810

Por Alejandro González Dago

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Cayó domingo. La garúa muda que durante la madrugada aplacó el polvo de la ciudad, no pudo hacer lo mismo con los ánimos. Mujeres y hombres de la sociedad porteña, en su mayoría ajenos a lo que estaba sucediendo, se preparaban para asistir esa noche de domingo al teatro. Ellas cuidando sus miriñaques, ellos sus elegantes trajes. La representación de la obra Roma Salvada, por parte del actor Morante, era el acontecimiento social más esperado de mayo en Buenos Aires.
Cerca de mediodía el virrey Cisneros recibió al alcalde Lezica.

-Os escucho, Lezica

-Majestad, los criollos Manuel Belgrano y Cornelio Saavedra exigen un Cabildo Abierto.

– Cómo decís?… ¡¡¡Con qué derecho los súbditos exigen algo al enviado del rey, decidme que no es cierto este atrevimiento!!!

-Mi señor, por mi honor que es verdad lo que digo. Y por sus miradas y su tono de voz, os aseguro que esta gente está dispuesta a todo.

-¡¡¡Qué es esta mierda, Lezica!!! Llamad urgente al procurador Manuel Leyva, aplicaremos la ley con dureza. Y si es necesario, serán pasados por las armas.

Cuando el procurador Leyva le dijo al virrey que permitir ese Cabildo abierto era lo mejor que podía hacer para evitar una pelea, Cisneros maldijo en voz alta. Después pidió ser abanicado porque sentía que le faltaba el aire. Ante la exigencia de Belgrano y Saavedra, recién entonces tuvo la certeza que su tiempo en el virreinato estaba terminando. Antes de decidir sobre si convocaría o no a un Cabildo Abierto, citó para las siete de la tarde, en el fuerte, a todos los jefes militares. Allí los arengó

– Habéis jurado defender la autoridad y sostener el orden público. Os exijo fidelidad a Su Majestad y a la patria. Renovad vuestro juramento en este instante.

Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento Patricios e integrante del grupo revolucionario La Sociedad de los Siete, le respondió:

– Señor: nada es lo mismo en este mayo de 1810 que en aquel 1º de enero de 1809. Aquella vez, aunque ya invadida por Napoleón, España existía. En ésta, excepto Cádiz y la isla de León, todas sus provincias y plazas están bajo dominio francés tal como nos aseguran las gacetas llegadas a Buenos Aires por barco y Vuestra Excelencia misma lo aceptó en su proclama de ayer. ¿Y entonces qué, señor? Pues le diré: No queremos seguir la suerte de la España y ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a vuestra excelencia dio autoridad, ya no existe. De consiguiente usted tampoco tiene igual autoridad. No cuente con mis tropas para sostenerse en ella.

Antes que cayera la noche de aquel día, hubo una nueva reunión en casa de Rodríguez Peña. Los hombres de Mayo: Juan José Castelli (llamado el orador de la Revolución y primo de Manuel Belgrano) el propio Manuel Belgrano, Juan José Paso, Antonio Luis Beruti, Eustaquio Díaz Vélez, Feliciano Antonio Chiclana, José Darragueira, Martín Jacobo Thompson y Juan José Viamonte fueron los primeros en llegar al lugar. En la quinta de Orma, encabezado por el fray Ignacio Grela y por Domingo French, otro grupo de revolucionarios esperaba noticias frescas mientras custodiaban el acopio de armas.

En lo de Rodríguez Peña, mientras tanto, uno de los jefes militares contó lo sucedido en la reunión con Cisneros y lo que había dicho Saavedra con firmeza y Manuel Belgrano con la mirada y el puño cerrado. Entonces otro de los revolucionarios golpeando la mesa con la voz en cuello gritó:

– ¡Los hierros se doblan en caliente, mierda!, y los presentes se abrazaron con los ojos llenos de lágrimas.

Castelli y Martín Rodríguez se ofrecieron para ver a Cisneros en el fuerte y a Belgrano le pareció una buena idea no repetir los enviados para dar así la certeza de un gran número de revolucionarios. Esta vez no habría diálogo. Iban a exigirle la cesación en el mando del virreinato. Se calzaron cuchillos en la cintura y salieron para el fuerte. Encontraron al virrey Cisneros jugando a los naipes con el brigadier Quintana, el fiscal Caspe, y el edecán Coicolea.

Martín Rodríguez tomó la palabra:

– Señor, en nombre del pueblo y del ejército que está en armas, intimamos a vuestra excelencia que cese en el mando del virreinato.
Cisneros respondió:

– ¿Pero qué atrevimiento es éste? ¿Cómo atropelláis así al rey en la persona de su representante?

Juan José Castelli articuló sus piernas asumiendo una posición como de ataque y pegó la espalda contra la pared con un movimiento decidido, mientras Martín Rodríguez, levantando el tono de voz, intimó al virrey:

– Tenemos cinco minutos para regresar con la respuesta, de lo contrario habrá graves consecuencias. Vuestra excelencia sabrá lo que hace.

El procurador Julián de Leyva intentó apoyar lo dicho por Cisneros, pero Juan José Castelli, mostrándole la palma de su mano, lo hizo callar. Caspe llevó a Cisneros a su propio despacho donde se encerraron para hablar. Cuando regresaron, el virrey Cisneros comunicó que el cabildo abierto se realizaría

– Señores: cuanto siento los males que caerán sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan lo que quieran. El cabildo abierto se celebrará el 22 de mayo.

Castelli y Martín Rodríguez regresaron a lo de Rodríguez Peña para dar la gran noticia. En medio de palmadas y abrazos, alguien sugirió que esa noche debían ir todos juntos al teatro para evitar que se manipulara la información ya que habría una gran concentración de gente. Esa misma noche, tal como lo sospechaban Rodríguez Peña y Belgrano, un traidor filtró la noticia de inmediato. Las autoridades se enteraron que los revolucionarios querían copar el teatro y enviaron tropas armadas. Cisneros ordenó sablazos a discreción. Hubo corridas y gritos en la calle. Nada estaba claro. El jefe de la policía amenazó al actor Morante exigiéndole que se hiciera el enfermo para no representar la obra y ordenó que Roma Salvada, cuyos textos estaban cargados de cuestionamientos hacia los hombres y el poder, fuera reemplazada por Misantropía y Arrepentimiento del poeta alemán August Friedrich Ferdinand von Kotzebue, el más popular en el siglo XIX, que era una obra romántica.

El murmullo creció y los revolucionarios hablaron de censura policial. La gente se preguntó “¿Censura? ¿Por qué censurar una obra de teatro que cuenta una historia de Roma?” En el momento preciso que la policía estaba por desalojar el teatro a sablazos, el actor Morante apareció en escena y haciendo el papel de Cicerón comenzó a decir los textos de Roma Salvada.

– Entre regir al mundo o ser esclavos, elegid, vencedores de la Tierra, glorias de Roma, majestad herida.
De tu sepulcro al pie, patria despierta.
César, Murena, Lúculo, escuchadme: Roma exige un caudillo en sus querellas. Guardemos la igualdad para otros tiempos: El Galo ya está en Roma. Vuestra empresa del gran Camilo necesita el hierro, un dictador, un vengador, un brazo. ¡Designad al más digno y yo lo seguiré!

Juan José Paso se paró en su silla y gritó: ¡VIVA BUENOS AIRES LIBRE, CARAJO! y el resto de los revolucionarios rompieron en aplausos. La gente, las damas de la sociedad porteña y sus maridos, asustados por el grito, se miraron entre ellos sin entender qué estaba sucediendo. Los revolucionarios emocionados regresaron a casa de Rodríguez Peña donde los esperaba una carbonada calentita, unas ricas empanadas, y algo de grapa y ginebra para mojar la garganta.

Otra vez aquella garúa muda de mayo empezó a caer sobre Buenos Aires.
Era domingo.
La revolución ya era imparable.

Alejandro González Dago / periodista y escritor