22 de Mayo de 1810

Alejandro González Dago

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Martes. Nublado y fresco. Día del Cabildo Abierto. Como a eso de las nueve de la mañana, algunas mulatas vendedoras de pastelitos y mazamorra ya estaban a orillas del Cabildo. Las autoridades españolas, colaboradores, espías del virrey Cisneros, e invitados oficiales, fueron llegando de a uno y en silencio. Los criollos en cambio llegaron todos juntos y haciendo ruido. Unos bien vestidos y abrigados, otros cubiertos con un ponchito ralo y muchos de ellos descalzos. Aun cuando la policía merodeó el lugar durante toda la madrugada, la Plaza de la Victoria ya estaba copada por los criollos. De los 450 ciudadanos invitados de manera oficial, sólo 250 ingresaron a la Plaza. French y Beruti, y sus 600 criollos armados controlaron el acceso. La prioridad de paso fue para los criollos. Había que copar la parada. El Cabildo Abierto comenzó pasadas las nueve y media de la mañana y quince horas después, cuando el pregonero anunció la medianoche, continuaba el debate. La escritura a mano de las actas, la transcripción – también a mano – de todo lo que se decía, la lectura de la proclama del Cabildo, y el debate en sí mismo, consumieron el tiempo. Era demasiado grande el tesoro que estaba en juego; dominio o libertad.

Para organizar la discusión, quedó establecido debatir sobre dos grandes temas principales y no uno como se había dicho. Los puntos eran:

1°) Legitimidad o no del gobierno
2°) Autoridad del virrey.

Los criollos pidieron que se aplicara el principio de retroversión ya que, desaparecido el monarca legítimo, el poder debía volver al pueblo quien en consecuencia tenía derecho a formar un nuevo gobierno. Los españoles, y quienes estaban con ellos, no quisieron saber nada. Alegaron que la situación debía mantenerse sin cambios. Los criollos dijeron que debía formarse una junta de gobierno en su reemplazo, tal como había sucedido en España.

El primero en defender al gobierno y a la autoridad del virrey fue el obispo de Buenos Aires, Benito Lué y Riega:

– No hay por qué hacer novedad con el virrey. Aun cuando no quedase parte alguna de la España que no estuviese sojuzgada, los españoles que se encontrasen en la América deben tomar y reasumir el mando de ella. Los hijos del país sólo podrán asumir el mando cuando ya no haya un solo español en él. Aunque hubiese quedado un solo vocal de la Junta Central de Sevilla, cuando arribe a nuestras playas deberá ser recibido como al Soberano.

Juan José Castelli, el orador de la revolución, pidió la palabra:

-Los pueblos americanos deben asumir la dirección de sus destinos hasta que cese el impedimento de Fernando VII de regresar al trono. Desde la salida de Madrid del Infante don Antonio, ha caducado el Gobierno Soberano de España. Ahora con mayor razón debe considerarse haber expirado con la disolución de la Junta Central. Además de haber sido acusada de infidencia por el pueblo de Sevilla, ya no tiene facultades para el establecimiento del Supremo Gobierno de Regencia; ya porque los poderes de sus vocales son personalísimos para el gobierno y no pueden delegarse, ya por la falta de concurrencia de los Diputados de América en la elección y establecimiento del gobierno. De aquí deduzco su ilegitimidad, la reversión de los derechos de la Soberanía al pueblo de Buenos Aires, y su libre ejercicio en la instalación de un nuevo gobierno. No existe ya la España en la dominación del señor don Fernando Séptimo.

Un aplauso cerrado de la multitud y algunos vítores, indignaron al obispo de Buenos Aires.

Cuando cesó la algarabía, Pascual Ruiz Huidobro tomó la palabra:

-Dado que la autoridad que había designado a Cisneros ha caducado, éste debe considerarse separado de toda función de gobierno y en su función de representante del pueblo. El Cabildo debe asumir y ejercer la autoridad.

Manuel Genaro Villota, fiscal y representante de los españoles más conservadores, cerró un puño y maldijo en voz alta. Después dijo:

-La ciudad de Buenos Aires no tiene ningún derecho a tomar decisiones unilaterales sobre la legitimidad del virrey o el Consejo de Regencia sin hacer partícipes del debate a las demás ciudades del Virreinato. Si tal cosa se consumara, rompería la unidad del país y establecería tantas soberanías como pueblos.

Juan José Paso le dio la razón. Pero sólo en el primer punto. Para el segundo argumentó:

-El conflicto en Europa y la posibilidad de que Napoleón conquiste colonias americanas, demanda una solución urgente. Como hermana mayor, Buenos Aires debe tomar la iniciativa de realizar cambios. La única condición para ello es que las demás ciudades deben pronunciarse a la mayor brevedad posible.

El cura Juan Nepomuceno Solá dijo que el mando debía entregarse al Cabildo en forma provisional hasta la realización de una junta gubernativa con llamamiento a representantes de todas las poblaciones del virreinato. Y el comandante Pedro Andrés García, amigo de Cornelio Saavedra, aconsejó calmar los ánimos para evitar mayor efervescencia en la gente. Entrada la tarde, la postura de Saavedra fue la que se impuso. El jefe del Regimiento Patricios pidió que el mando se delegara en el Cabildo hasta la formación de una junta de gobierno en el modo y forma que el Cabildo estimara conveniente, y luego sentenció:

-No queda duda que es el pueblo quien confiere la autoridad o el mando…

Juan José Castelli festejó lo dicho por el comandante gritando:

-Adhiero, adhiero hasta la muerte.

Pasada la oración, llegó el momento de votar que duró hasta la medianoche. El silencio se adueñó de la plaza.

-Quienes estén a favor de la continuidad del virrey solo o asociado que se expresen”, dijo un escriba, y seiscientos criollos se llevaron la mano a la cintura y clavaron la mirada en los votantes. Sesenta y nueve brazos se alzaron apoyando la moción en medio del silencio de la noche
.
-Quienes estén a favor de la destitución del virrey que se
expresen, dijo esta vez el escriba, y ciento cincuenta y cinco brazos se levantaron gloriosos como queriendo tocar el cielo con las manos.
Se dice que lo tocaron.

La multitud estalló en vítores y aplausos. Hubo abrazos, risas, y festejos. Nadie quiso moverse de su sitio. De madrugada, el Cabildo dio a conocer su documento:

“Hecha la regulación con el más prolijo examen, resulta de ella que el Excelentísimo Señor Virrey debe cesar en el mando. Provisoriamente, el dicho mando recae en el Excelentísimo Cabildo hasta la elección de una Junta que ha de formar el mismo Excelentísimo Cabildo en la manera que estime conveniente.”

La madrugada del 23 vio a algunos criollos borrachos. Otros abrazados. En lo de Rodríguez Peña hubo empanadas, vino, y guitarras. French y Beruti ordenaron a sus criollos armados no alejarse demasiado. En cuestiones de poder nunca se sabe cuándo la muerte o el dinero harán su parte. Hasta que Cisneros no presente su renuncia y el Cabildo no elija a La Junta, los criollos dormirán con un ojo abierto y la mano en la empuñadura de su cuchillo. Ya saben que el camino a la libertad está lleno de traidores. Aquella misma noche del Cabildo Abierto en que se votó por la destitución del virrey, fue la noche en que, sin decirse una sola palabra, sólo con mirarse, los criollos juraron con gloria morir.

Estaba naciendo la patria

Alejandro González Dago / periodista y escritor