Estados Unidos, un galimatías

Por José Emilio Ortega y Santiago Espósito

Buscar Por

c

Con el paso de los días, la creciente ola planetaria que reclama defender la memoria de George Floyd, un guardia de seguridad de Minneapolis muerto el pasado 25 de mayo cuando el policía Derek Chauvin, al detenerlo, presionó su cuello (con la rodilla) durante casi nueve minutos, ha desafiado todos los obstáculos. Ni el coronavirus, ni mucho menos los guardias de seguridad desplegados en casi todos los Estados de la Unión, tampoco los toques de queda, detuvieron el estallido de furia. En centenares de ciudades del país, y del mundo entero, personas comunes que se cuentan por millones, exigen respuestas.

Tiene razón el filósofo de Harvard y militante por los derechos civiles de los negros, Cornel West, cuando señala que los Estados Unidos son un experimento social fallido, que no logra resolver atávicos problemas. Dice West: “cuando se trata de personas negras y pobres su economía capitalista falla; el estado militarizado falla; su cultura mercantilista en la que todo y todos están a la venta, falla”.

Qué ocurre en este poderoso país, auto percibido como la democracia más sólida del mundo, tempranamente admirado por pensadores del mundo entero, que pudo resolver antes y mejor que otros la vigencia de un orden constitucional republicano, patentando un sistema político imitado en muchas regiones del planeta (más profundo o más atenuado, más o menos exitoso), incluso por sus vecinos inmediatos al norte y al sur del continente, que no puede disimular su irreversible intolerancia racial.

El asesinato de George Floyd ocurrió el 25 de mayo de 2020 en Powderhorn, Mineápolis.

Elizabeth Exkford, estudiante negra de 1957.

Qué ocurre en una elite que tuvo a su disposición cuantiosas herramientas y recursos disponibles (propios y apropiados), para resolver la pacífica integración de una porción de habitantes que representan 13% del total de la comunidad nacional y que a muchas décadas de horribles experiencias que se creían superadas. siga en deuda; despertando la indignación mundial, por esa asesina opresión en la respiración de un hombre desvalido, la decimotercera que involucra a un policía en la última década.

El único presidente negro en la historia norteamericana, Barack Obama, ha hecho suya la siguiente opinión: “La rodilla en el cuello es una metáfora de cómo el sistema, de manera arrogante, mantiene contenidos a los negros, ignorando sus gritos pidiendo ayuda”. Le respondió Cornel West: “Lo que hemos visto en las calles en Minneapolis es de muchas maneras una denuncia contra los políticos negros, un señalamiento contra los profesionales negros, un señalamiento a la burguesía negra que se ha acomodado al capitalismo depredador, a las estructuras de la supremacía blanca”.

El debate es intenso. Recientemente señaló el actor Will Smith: “El racismo no está empeorando, sólo es que ahora se está grabando”. Es una buena pintura de las contradicciones estadounidenses para explicarse como país, como nación. Insistimos en la semblanza con la que pretenden describirse: una potencia cimentada por trece colonias británicas que en un momento particular de la historia de los imperios europeos, utilizó la energía desarrollada por generaciones jóvenes, exitosas y acostumbradas a emprender, para desprenderse de la vetusta matriz colonial y construir una nueva forma de estado, gobierno y sociedad, que pudiera dar un ejemplo al mundo.

Las formas y perfiles definidas por matrices teórico-prácticas (cuyo ejemplo más acabado probablemente sea “El Federalista”) moldean una imagen, que una elite conformada generación tras generación, resueltos por la fuerza los graves conflictos internos desencadenantes de la Guerra de Secesión (1861-1865), pretendió asegurar. Incluso el Partido Republicano, contrario a la esclavitud, carecía de un compromiso con la justicia racial.

Como señala Thomas Bender en su Historia de Estados Unidos: “la mayoría se oponía a la esclavitud sólo porque de ese modo las tierras del oeste quedarían disponibles para los asentamientos blancos”. Bender señala el racismo como una causa transversal a las distintas ideologías y conceptos políticos que atravesaron la historia de Estados Unidos, como el Destino Manifiesto durante el siglo XIX, al que considera un concepto tanto político como racial sobre los derechos y entrado el silgo XX, aquella retórica racista fue suplantada.

Pero los Estados Unidos son un crisol semisumergido. Su industria cultural, su presencia diplomática, los discursos de sus líderes, sus mensajes públicos oficiales o paraoficiales, no muestran en integridad a esta compleja comunidad de más de 320 millones de habitantes.

“Cómo esconder un imperio”: Daniel Immerwahr describe la historia del “Gran Estados Unidos” (sus colonias).

Daniel Immerwahr, un historiador de la Universidad de Northwestern, comenzó investigando la hoy poco transitada experiencia de dominación estadounidense de Filipinas (1898-1946) y termino escribiendo el colosal “Cómo esconder un imperio. La corta historia del Gran Estados Unidos”, un libro que lamentablemente no está editado en la Argentina (ni en castellano) que explica cómo el país del Norte asumió una actitud imperialista, incluso señalando en algunos períodos como “colonias” (luego eliminada la referencia de glosarios oficiales) a vastos territorios del planeta, que en 1940 albergaban a 19 millones de personas; pero que en una clara estrategia de negación de esta actitud, ni siquiera se mostraban en la cartografía oficial del país, que sólo había incorporado los territorios continentales (varios obtenidos tras ataques que en poco difieren de las ofensivas imperialistas europeas o asiáticas, por caso contra España o México) en el denominado “mapa logotipo” (utilizado en enciclopedias o libros de historia) que ni siquiera incluía a la Alaska oportunamente adquirida a Rusia.

Immerwahr analiza en profundidad una actitud emblema: en el bombardeo japonés a varios objetivos norteamericanos del Pacífico, el 7 de diciembre de 1941, que desencadena la participación de los EE.UU en la Segunda Guerra Mundial, los discursos oficiales sólo señalaron las más “cercanas” Hawái y por supuesto, la base de Pearl Harbor. Poco se habló de Filipinas, destrozada y maltratada durante toda la guerra, que había sido adquirida a España, estrechamente vinculada a la órbita asiática del Pacífico y nunca incorporada a la órbita de disimulado pero real “Gran Estados Unidos” (que sólo en la década del 30 había reclamado unas 100 islas del Pacífico y Caribe). Indica el autor que el presidente Roosevelt “jugueteó” con el discurso toda la jornada, para finalmente concentrarse en los espacios atacados que los norteamericanos podían percibir como su propio terruño.

Al iniciar la década de 1940, la población negra orillaba el 9% del total nacional. Si bien con la Posguerra los Estados Unidos se retiraron de muchas de sus colonias, y el predominio global norteamericano (cuyo PBI era la mitad del total planetario cuando finalizó la segunda guerra mundial), ha ido decreciendo desde 1970, su liderazgo se mantiene y el país ejerce ocupaciones y posesiones de alto valor estratégico y económico, sin perjuicio de su presencia militar en más de 130 países. Aquellos territorios que forman parte del “país lejano”, pretendidamente invisibilizados, repercuten sin embargo en la composición poblacional del país. Cierto es que las doce principales ciudades se encuentran dentro del territorio continental y en la actualidad poseen sumadas el doble de la población argentina total. Pero también es innegable que la presencia de hispanos (casi el 17% de la población total), asiáticos (4,5%) y multirraciales (2,3%) implican muchos “mapas dentro del mapa”.

Durante mucho tiempo (hasta bien entrado el siglo XX), los “colonizados” fueron discriminados de votar entre otras limitaciones a su estatus cívico. Iniciada la Guerra Fría, su gradual emergencia social y jurídica, irrefrenable en un país que necesitaba diferenciarse (de las destruidas potencias vencidas en la guerra y entre los Aliados, de imperios decadentes como Francia o Gran Bretaña, o del nuevo diseño imperialista comunista en sus variantes soviética o china), exige al sistema federal como nunca antes. Las desconcentraciones de poder político típicas del modelo, imaginadas por los “padres fundadores” para descomprimir tensiones de elite, la elección indirecta de autoridades ejecutivas, el modo de organización de la justicia, la policía (muy descentralizada territorialmente) y la defensa, combinadas con nuevos temas de agenda hoy son empujadas a márgenes en los que no pueden mostrar su antigua eficacia para proveer bienes públicos, sencillamente porque hay que ofrecerlos a todos por igual, sin supremacía ni concentración en algunas capas sociales respecto a otras.

Estados Unidos devuelve en diciembre de 2018, 3 campanas robadas a Filipinas en la guerra de 1901 (EW/Larepublica/EFE)

Contradicciones

Es evidente que la elite sajona que ha conducido los Estados Unidos desde su fundación, tiene cada vez más problemas para explicar su proyecto de nación. La comunidad norteamericana no ha podido sintetizarse, predicando una república y una integración que por acción y efecto del propio sistema no está consolidada. No es casual que entre los grandes orgullos de la ciencia y la técnica de aquel país, se cuente el coloso de hierro y acero de más de cuatrocientos metros de altura llamado “Empire State Building”, cuya denominación aparece hoy, a casi cien años de construido (cuando el país iba por todo pese a la Gran Depresión) casi un acto fallido o un ensoberbecido descuido.

Enseña Immerwahr, al analizar esta presencia de enormes e ignorados colectivos dentro del “país emblema”: “Lo que revela el Gran Estados Unidos es que la raza ha sido aún más importante para la historia de los Estados Unidos de lo que se supone. No se trata solo de blanco y negro, sino también de filipino, hawaiano, samoano y chamoru (de Guam), entre otras identidades. La raza no solo ha dado forma a la vida, sino también al país en sí, a donde fueron las fronteras, que ha contado como “estadounidense”. Una vez que miras más allá del mapa del logotipo, ves un nuevo conjunto de luchas sobre lo que significa habitar los EE. UU”.

La propia noción de “afroamericano” encierra en sí misma un sentido racista. ¿Hablamos de “angloamericanos” en la actualidad? Quizá tuviese sentido hablar de cultura afroamericana cuando se explican ciertos esfuerzos importantes (en un país de las características religiosas de los Estados Unidos) por retomar ciertas tradiciones, como el caso del movimiento “akan” de estirpe ghanesa que desde mediados del siglo pasado se ha recuperado en Nueva York, Filadelfia y Washington, para poner un ejemplo que vincule tradiciones africanas que en la actualidad se insertan en la vida norteamericana, que las hay en muchos órdenes. Los negros, presentes en los EE.UU por más de tres siglos, no debieran distinguirse del resto sus connacionales en desactualizados gentilicios.

La vulnerabilidad de las minorías raciales de ese enorme país que en 2050 arañará los cuatrocientos millones de habitantes (hoy el tercero más poblado del mundo), es innegable. Cuando analizamos los fallecimientos por coronavirus, los porcentajes de población negra o hispana son muy superiores a su incidencia real en la población. Se trata de sector social menos acomodado, que no ha podido aislarse porque sus trabajos se lo impiden, en su mayoría sin seguros de salud y con menos ahorros. Según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), la mortalidad infantil de los negros se sitúa en un 11,4 por mil, la más alta del país, frente al 4.9 del colectivo blanco.

Pasada esta barrera se llega a otra desigualdad manifiesta en la educación inicial, que se relaciona con la forma de financiación: son los impuestos a la propiedad de cada distrito los que sostienen la educación pública. Si se trata de un vecindario negro, la vivienda estará, por otra parte, depreciada por lo que hay menos recursos para las escuelas en esos distritos. A su vez, los blancos tienen en promedio seis veces más riqueza que los negros y los hispanos. En 2018, había 2.272 reclusos por cada 100.000 negros adultos, una tasa casi seis veces mayor comparada a los 392 encarcelados por cada 100.000 adultos blancos. Asimismo, según The New York Times, la principal causa de que no exista una sanidad universal en Estados Unidos es el odio racial. Paul Krugman, el nobel de Economía, ha hecho referencia a ello más de una vez. El modelo de prestaciones sociales tiene un alto componente asistencial, basado en transferencias focalizadas a los más pobres, que además deben cumplir parámetros estrictos de acceso y de fuerte carga estigmatizadora (indigencia, minorías étnicas y sectores vulnerables).

Negros e inmigrantes pobres usan el subte en Nueva York a pesar de su peligrosidad, en medio del exponencial incremento de infectados por el Covit-19.

Esta situación es claramente percibida, sin embargo, por la comunidad. Una docente jubilada de primaria, Jane Eliott (destacada en documentales y cuya historia ha recuperado la BBC), solía hacer el siguiente ejercicio en su comunidad escolar. Reuniendo exclusivamente a personas blancas, les interpelaba: “Quiero que se ponga de pie cada persona blanca en este salón que estaría feliz de ser tratada de la manera en que esta sociedad en general trata a los ciudadanos negros”. Las filmaciones muestran el estupor del auditorio mientas Eliott les reitera: “Si ustedes, gente blanca, quieren que los traten como se trata a los negros en esta sociedad, pónganse de pie”. Nadie se para.

Cita Immerwahr en su libro, la plataforma del Partido Republicano en 1900 (que demuestra la conciencia de la contradicción): “Ninguna nación puede soportar durante mucho tiempo la mitad república y mitad imperio. El imperialismo en el extranjero conducirá rápida e inevitablemente al despotismo en casa”. Ampliando el investigador en TheDiplomat: “Siempre ha habido una disonancia cognitiva en los Estados Unidos. Es un país que persistentemente se ve a sí mismo como una república, incluso cuando tiene colonias que contienen millones. Creo que esa es una razón importante por la que la historia colonial a menudo ha sido barrida debajo de la alfombra. En Gran Bretaña, donde los líderes se enorgullecían mucho de las colonias, había mucho menos intento de ocultar el imperio”.

La elite define (generación tras generación) un rumbo y presenta sus opciones, aunque cada tanto deba hacer concesiones: quizá Donald Trump es un caso significativo. Era Obama, sin embargo, un hombre del sistema. Su participación en el movimiento “Black Lives Matter” casi que aparece como un acto políticamente correcto. Vale el recuerdo de la elección de 2012, cuando la opción era entre él mismo (demócrata) y el mormón republicano Mitt Rommey. Entonces anticipó el influyente político John Sununu: las elecciones tendrán en cuenta el factor racial. Una ola de “indignación”de sus colegas lo hizo retroceder ¿Hoy se volverá a meter bajo la alfombra esta innegable realidad?

El sistema aparece más desorientado que nunca. “Eran los negros, estúpido”; o quizá los hispanos o los asiáticos. No importa: en cualquier caso podrá ser (esta más resignada que petulante) la afirmación que ponga broche a estos años de incertidumbre.

José Ortega y Santiago Espósito / Docentes U.N.C.

Coautores de “Integración latinoamericana: experiencias” junto a Jacquelina Brizzio.

José Ortega

Santiago Espósito