Yo maté al Che Guevara

Por Alejandro González Dago

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Tres de noviembre de 1966. Procedente de Brasil, el Che Guevara ingresa a Bolivia con pasaporte falso. El país está gobernado por militares de facto. El peor de todos es el general René Barrientos Ortuño, y el segundo peor de todos es el comandante Ovando Candia. Uno se hace llamar presidente y el otro ministro. En el pasaporte falso, el Che Guevara se llama Adolfo Mena González, comerciante uruguayo. Está camuflado para no ser reconocido. Luce más bien calvo y con anteojos de aumento. De traje y corbata. Sin barba ni bigotes. Camina despacio. Sus movimientos son serenos para no llamar la atención. Cuatro pasos detrás del Che, el fiel Alberto Fernández Montes de Oca, Pachungo, le cuida la espalda y un bolso ralo color marrón con doscientos cincuenta mil dólares para comida y armas.
Algunos días después, el 7 de noviembre de 1966, después de alojarse en el hotel Copacabana, en La Paz, el Che Guevara comienza a escribir su diario:

“1966. Noviembre 7. Hoy comienza una nueva etapa…
hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y dos vehículos… caminamos algo así como veinte kilómetros, llegando a la finca…”

Once meses más tarde, el domingo 8 de octubre de 1967, junto a dieciséis hombres, el Che protagoniza uno de los hechos bélicos-militares más trascendentes de la historia, al punto que aún hoy es analizado y estudiado en algunas universidades de Estados Unidos y del mundo como una obra maestra de la táctica y la estrategia militar. En un feroz combate librado desde las cinco de la madrugada hasta las tres y media de la tarde de aquel día, en La Quebrada del Churo, el Che se enfrentó a casi 5.000 soldados del escuadrón Ranger’s comandado por el capitán Gary Prado Salmón que tenía el apoyo logístico de la CIA.

Ese fue el último teatro de operaciones de su resistencia.
Ernesto Guevara, descalzo, con sus pies lacerados y sangrantes envueltos con un trozo de arpillera y un pedazo de cuero, bajo un severo ataque de asma, junto a dieciséis hombres mal comidos y enfermos, ofrecieron resistencia durante diez horas a casi cinco mil soldados bien
alimentados, bien pertrechados, y armados hasta los dientes.

“Lunes 9 de octubre de 1967. La mañana está pegajosa de mosquitos.
Quienes esperábamos órdenes – oficiales y suboficiales – nos mirábamos, pero sin decirnos una sola palabra; sólo fumábamos.
A pesar del silencio y la calma por la situación dominada, yo tenía mi arma en la mano y el dedo en el gatillo por si las moscas. Con el Gaucho nunca se sabía. Como a eso de las diez y media escuchamos que alguien quería comunicarse por el Walkie-talkie. Todos miramos el radio, y un poco entrecortado y con algo de fritura una voz de mando dijo:

– Atento escuela, atento escuela, aquí Central, cambio.
El coronel Joaquín Zenteno respondió:

– Atento central, atento central, aquí escuela. Lo escucho fuerte y claro, cambio.

Sin dar nombres propios ni otros detalles (tal como nos habían aconsejado los gringos de la Cia) la voz entrecortada y con fritura que salía por la radio dio la orden en seco:

– Atento escuela, atento escuela: “saluden a papá”, cambio y fuera.

– Comprendido Central, comprendido: “saludaremos a papá”, cambio y fuera, dijo el coronel y nadie dijo nada y ni siquiera hubo una sola pregunta.

Como a eso de las tres y media de la tarde, con el sol bien alto y la humedad pastosa en los cuerpos mojando los uniformes, el coronel Zenteno nos llamó a los suboficiales y a los oficiales que estábamos en la parte de afuera de la escuelita en La Higuera. Pidió voluntarios. Todos nos ofrecimos. Entonces el coronel Zenteno repaso con la mirada a cada uno de nosotros y señaló a dos: a Willy y a mí.

– Usted y usted, dijo.

Cuando entré, el Che se había sentado apenas y a duras penas apoyándose en sus brazos.
No bien me vio me clavó la mirada:

– Usted ha venido a matarme, me dijo…

Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin contestarle nada. No me atreví a dispararle. Igual, por reflejo, levanté la vista y lo miré justo cuando él me estaba mirando sin pestañar. Vaya uno a saber qué cosas se le habrán cruzado por la cabeza en ese momento final.
A pesar de su flacura y de tener sus pies ensangrentados envueltos en trapos atados con cuero, vi al Che Guevara grande, muy grande. Sentí que se me podía echar encima. Y cuando me miró fijo de nuevo pero abriendo grandes los ojos, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. Entonces reaccioné y le apunté al cuerpo.

– Póngase sereno, carajo: usted ha venido a matar a un hombre, me dijo.

Di un paso atrás, hacia la puerta, cerré los ojos, y le disparé la primera ráfaga. El Che cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar mucha sangre. Yo recobré el ánimo y le disparé la segunda ráfaga mientras estaba en el suelo. Lo alcancé en un brazo, en el hombro, y en el corazón. Ahí se le cayó la cabeza para un costado pero nunca cerró los ojos. Después salí del lugar y me senté en un tronco. Le pedí un cigarrillo a un compañero y me puse a fumar. Para mí todo había terminado. No sabía que la leyenda recién estaba empezando.
Mi nombre es Mario Terán Salazar y en aquellos días yo era sargento del Ejército Boliviano.
Yo maté al Che Guevara.
Bolivia estaba en llamas.

Alejandro González Dago

En la Córdoba de la Nueva Andalucía / En junio 14
En el aniversario del nacimiento del Che Guevara

“El Día que Mataron al Che” realizado por Pacho O´Donnell. Sus últimas horas en Bolivia,el diario, la gente, los americanos, el cerco,el momento del asesinato, el santo para los pobladores de Higueritas.