Europa: Buscando príncipes

Por José Emilio Ortega – Santiago Espósito

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El denso 2020 arrasó con toda predicción posible. Finalizaba 2019, como un mal año para la Unión Europea. El optimismo en torno al proyecto comunitario iniciado hace casi siete décadas, fue castigado a partir del derrumbe financiero de 2008, conmovido por la crisis humanitaria de los refugiados de 2015, suficiente para sembrar dudas sobre el rol de las instituciones comunitarias para asegurar la vigencia del Estado de Derecho y fuertemente cruzado por el traumático proceso de salida de Reino Unido, iniciado en 2016.

La crisis griega y portuguesa, los ataques terroristas en varias ciudades, las tensiones en países de la “órbita”-Ucrania, Turquía-, el separatismo catalán (cuyo pico fue en 2017) y los diversos capítulos del referido novelón conocido como “Brexit”, profundizaron un desembozado sentimiento euroescéptico; interpelando a las sociedades europeas sobre la buena salud de sus propios valores. Todo ello, insistimos, antes de que el coronavirus con sus miles de infectados y muertos, encerrase a los países en sus propios y complejos laberintos.

El panorama europeo de inicios de 2020, reflejaba desacuerdos continentales y dispares objetivos de cada socio. Sin atraer más integración, la Unión se encontraba detenida como proyecto socioeconómico y político. Sus acuerdos, instituciones y decisiones habían perdido relevancia y efectividad para incidir ante los Estados miembros y su ciudadanía; y también frente a otros actores internacionales.

El europeo de a pie viene criticando con pasión a la “burocracia de Bruselas”, tal como la suele llamar. Valía la pena escuchar hacia fines de 2019 unos minutos de algún programa radial o televisivo de cualquier país europeo, donde generalmente, el foco se atizaba con la pérdida de soberanía monetaria. Es que en los últimos tiempos, la solidaridad europea recurrentemente se ha disuelto cuando los líderes enfrentan narrativas políticas domésticas.

En la mejor tradición liberal de los padres fundadores de la UE, radicaba la idea de que una elite preparada despejaría cualquier dificultad en el proceso de integración. El inicial espíritu comunitario aspiraba a expandir e igualar las condiciones sociales. Pero según los euroescépticos, todo acabó en politiquería: palacios de puertas cerradas donde unos pocos elegidos ejercen un poder ramificado y egoísta.

Europa se asomaba al escenario mundial, ingresando al tercer decenio del siglo XXI, sin una fisonomía política precisa, o al menos, sin la envergadura a la que aspiraba apenas pocos años atrás. Incertidumbres del día a día afectaron su estructura policéntrica:no alcanzó a contener los impulsos regionalistas y autonomistas, ni a absorber la dinámica de los Estados que decidieron por sí mismos muchos asuntos muy sensibles. Tampoco aparecieron en el horizonte, suficientes líderes con capacidad de conducción para regresar a una agenda europea predominante.

Príncipe o princesa se busca

En la inestable Italia, el gobierno de Giusseppe Conte atravesó el peor escenario de pandemia continental (donde se conjugaron imprevisión e incapacidad con debiidad), flotando en un cascarón de nuez. Una débil coalición entre el partido antisistema del Movimiento Cinco Estrellas (M5S) y el centroizquierda Partido Democrático (PD). El delicado equilibrio se consiguió gracias al esfuerzo del presidenteSergio Mattarella, quienresolvió una crisis realmente compleja, en un país cuyo sistema de partidos ha implosionado hace lustros.

En España, sin detenernos en gravedad del asunto catalán, gobierna tras largos meses sin acuerdo, una coalición difícil de ligar. Los partidos de izquierda, PSOE y Unidas Podemos, sobreviven por ahora, no sin tensión. Las discrepancias pasan por el abordaje sanitario y socioeconómico del Coronavirus (que impactó tremendamente en el país), hasta la decisión de Podemos de solicitar una comisión de investigación sobre diversas actividades del rey Juan Carlos. Incluso se creó una comisión de seguimiento del pacto PSOE-Unidas Podemos, lo que vaticina un futuro complicado.

Pedro Sánchez (España), Emmanuel Macron (Francia) y Giuseppe Conte (Italia)

En Atenas, después de muchos años de asistir a su tragedia moderna, Tsipras, que había llegado al poder con un discurso contra Bruselas y sus políticas de austeridad, perdió las elecciones ante el conservador Mitsotakis. Denostada durante estos años -algún académico español llegó a sugerir que vendiera algunas islas- Grecia pudo sobrellevar después de tres rescates financieros y una forzada austeridad, una leve recuperación económica; a costa de disparar a niveles preocupantes otros indicadores, como el desempleo juvenil. Sin mayor impacto por la pandemia intenta retomar sus pasos dentro del precario equilibrio alcanzado.

Portugal, tras una difícil crisis (particularmente entre 2011 y 2013) y un impresionante ajuste, aparece como el buen alumno del momento. Sus números frente al coronavirus son de los más exitosos del continente. Redujo la desocupación en diez puntos y la llevó a los niveles de 2004, además de eliminar el déficit fiscal y lograr el mejor balance desde 1992. Se adjudica el mérito al socialista António Costa, que gobierna al país desde 2015; aunque difícilmente estos países (sumamos a Grecia) hubieran podido encarar un programa económico de ajuste tan profundo, sin la fortaleza de contar con un Banco Europeo que ha sido el reaseguro de todas las operaciones (algo que el FMI como organismo multilateral no ha representado para los países de la órbita occidental no europeos) y en el caso luso, con los motores alemán y español como destinos principales de su producción.

En tanto, trata de emerger, asediado primero por los chalecos amarillos y el rechazo a las reformas previsionales y posteriormente por las difíciles semanas atravesadas ante la saturación del sistema de salud experimentada con el coronavirus (particularmente en abril), el presidente francés Emmanuel Macron. Acaba de anunciar el “control” de la pandemia y el retorno a una normalidad casi completa en su país (desde bares y restaurantes a escuelas). En el escenario europeo, el joven mandatario galo venía influyendo en la designación de personas afines para distintos cargos institucionales de la UE y procurando conquistar adeptos en el este europeo, lejos de todos modos de construir un genuino liderazgo a la antigua usanza.

¿Y “Merkiavelo”?

Si ser amado o temido era el dilema que Maquiavelo planteó hace cinco siglos, Angela Merkel halló una respuesta superadora: temida en el exterior y amada puertas adentro. Incluso en el peor momento europeo, cuando se dividía entre austeridad o crecimiento, un grupo de países defendió con vehemencia las políticas de ajuste de Merkel. En casa explicó que los impuestos alemanes no financiarían despilfarros españoles, lusos o griegos. Semejante lección de pragmatismo político (otros dirán oportunismo) llevó al sociólogo Ulrich Beck a calificar a la  como “Merkiavelo”, por la maestría para imponer al bloque los dictados alemanes.

Sin embargo, la decisión de Berlín de recibir refugiados sirios, esperando la cooperación y solidaridad de la mayoría de socios europeos, aisló a la Canciller alemana, debilitándola tanto en su país como en Europa. Durante 2018 y 2019, su estrella pareció menguar, cuestionada por sus aliados y sin lograr la adhesión de quienes esperaba complicidad. Anunció su retiro en 2021 y el estigma del “pato rengo” se asomó inexorable.

Angela Merkel, la Canciller alemana que pasó de su vehemencia por la austeridad a promover el rescate económico de la Unión Europea tras la pandemia.

El manejo de la crisis, le devolvió todas y cada una de sus virtudes. El señalamiento de su estilo como “demodé” frente a outsiders como Trump o Johnson trastocó en loas a su carácter de cuadro formado profundamente en la ciencia y la política, consistente frente a la improvisación de aquellos.

Sus medidas prudentes para manejar la crisis de salud (criticadas originalmente por conservadoras), con apenas un cuarto de contagiados y fallecidos respecto a países como Italia o España, fueron ensalzadas posteriormente como el summum del sentido común y la sabiduría en el arte de gobernar. Su enérgica inyección de cientos de miles de millones de euros en el sistema económico, incluso rescatando la aerolínea de bandera Lufthansa (ingresando el Estado como accionista), le valieron el calificativo de valiente heterodoxa.

Las negociaciones con Macron para impulsar una importante inyección financiera a todos los países de la Unión hicieron renacer a los europeístas que la saludaron por atreverse a reparar el “oxidado motor franco-alemán” y echarlo a funcionar.

A tal punto su prestigio se ha renovado, que abierta la carrera por su propia sucesión (hasta fines de año siquiera había podido Merkel ungir herederx), importantes autoridades del gobierno alemán se han permitido sugerir que la Canciller quizá pueda reconsiderar su voluntad de retirarse en 2021.

Ya sin Inglaterra, parece difícil que surjan nuevos estadistas aglutinantes, que encarrillen y potencien el proyecto europeo. Merkel compró tiempo en presente, pero a futuro es una incógnita. Macron debe resolver complejos problemas. No se esperan locomotoras europeístas desde Viena, Ámsterdam, Dublín o Budapest. Pero cuidado: tampoco figuras como Monnet, de Gasperi o Adenauer eran oriundos de las grandes capitales; por el contrario, provenían de regiones costeras o fronterizas, donde muchas veces se entienden mejor estas problemáticas. ¿La periferia dará una sorpresa? Todo es posible en esta Europa, que aún saliendo de la pandemia, parece seguir patas para arriba.

José Emilio Ortega 

Santiago Espósito

(Docentes UNC)

José Ortega

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