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No podemos negar que una de las tendencias más notables en las últimas décadas ha sido el crecimiento de la inseguridad laboral. En el mundo hay una cantidad inimaginable de trabajadores que padecen condiciones laborales adversas en todos los aspectos.

En 1999, Juan Somavia, Director General de la OIT, se refirió por primera vez al trabajo decente para expresar lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo o un empleo digno. El trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un salario justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social, ni aquel que excluye el diálogo social, ni el que se realiza en un ambiente no apto.

Las cifras en el mundo

Tener un puesto de trabajo no asegura que este sea digno. Las cifras hablan por sí solas: a) Las Naciones Unidas indican que casi la mitad de la población del planeta vive diariamente con el equivalente a unos 2 dólares americanos, y que disponer de un empleo no implica no vivir en la pobreza. b) La OIT señala que, a nivel mundial, más de la mitad de los trabajadores y trabajadoras no disponen de contrato laboral, es decir que son trabajadores informales sin derechos. c) La brecha salarial entre varones y mujeres en todo el mundo se sitúa en el 23%. d) Según datos de 2016 en el mundo hay 25 millones de personas víctimas de trabajo forzoso.

Flexibilización laboral 

Con la reintroducción de las ideas neoliberales se viralizó el discurso según el cual sí se eliminan las regulaciones como el salario mínimo, las indemnizaciones por antigüedad, las licencias, las negociaciones colectivas, la registración del empleo, el aguinaldo y las medidas de protección frente a los riesgos de trabajo, las empresas estarían dispuestas a contratar a nuevos trabajadores. Esto es lo que llamamos “flexibilización laboral”.

Esa tendencia flexibilizadora se manifiesta en varias modalidades: a) La flexibilidad numérica, que consiste básicamente en eliminar la protección contra el despido. b) La flexibilidad del tiempo de trabajo, que consiste en eliminar las leyes que fijan el descanso semanal obligatorio, el límite de la jornada diaria de trabajo, la prohibición de trabajo nocturno o el derecho a las vacaciones anuales. c) La flexibilidad funcional que significa permitirle a los empleadores ampliar la cantidad de tareas que debe hacer un mismo trabajador. Es el típico caso donde un mismo empleado debe atender la caja, reponer la mercadería, limpiar el piso, abrir y cerrar el local, controlar que no falte nada, etc. Son los trabajadores all in one. d) Y finalmente está la flexibilidad salarial, que consiste en atar a los salarios a factores variables como por ejemplo la cantidad de ventas que consiga un trabajador. Estoy seguro que todos y todas conocen muchos casos de trabajadores que tienen que cumplir metas de venta para poder cobrar un sueldo y que si no lo consiguen los despiden. Se suele hablar de sueldos variables.

Pero junto con lo anterior también se han potenciado modalidades precarias de contratación que le permiten a los empleadores desligarse de responsabilidades, es decir, no cumplir con los derechos que les corresponden a los trabajadores. Estas formas precarias de contratación las utilizan tanto las empresas privadas como el propio Estado. Se ha extendido la práctica de la tercerización laboral, las contrataciones temporales, los falsos trabajadores autónomos, los falsos becarios dentro de la administración pública, el trabajo freelancer sin protección y, por supuesto, los trabajos informales o no registrados.

Trabajadores pobres

Las estimaciones más modestas calculan que 500.000 personas trabajan en Argentina en condiciones análogas a la esclavitud, aunque podrían ser millones. El sector que más mano de obra precaria emplea en Argentina es el textil: el 78% de los talleres son informales. Sólo en el Gran Buenos Aires se estima que existen unos 15.000 talleres clandestinos, cada uno de los cuales emplea a entre siete y diez costureros. Otros sectores de enorme informalidad son el comercio, la construcción, el trabajo rural y el trabajo doméstico. Y en este último punto quiero que nos detengamos ya que no sólo el Estado y las empresas privadas se valen de la precarización laboral, sino también muchas familias con el trabajo doméstico. Hay una suerte de naturalización de que existen trabajadores de primera y trabajadores de segunda.

Sí el objetivo de la ciencia económica es mejorar los niveles de vida de todos, mejorar el bienestar de los trabajadores pasa a ser un fin en sí; y sólo si creemos que el mercado conduce a resultados eficientes podremos dejar tranquilamente de ocuparnos del bienestar de los trabajadores, confiando en que el mercado hará todas las compensaciones debidas. Pero ya hemos visto que el mercado sin regulaciones ni controles genera trabajos indignos, en condiciones precarias y con sueldos de miseria. Tiene que haber un cambio cultural para disminuir este grado de tolerancia colectiva a la informalidad laboral, a la precariedad laboral y a la desigualdad que de ello se deriva.

Lisandro Lícari / Abogado, periodista, concejal de Cosquín.

El informe completo en el video que sigue (fueradeperfil.com – Parte 5)

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