La extraña muerte de Pablo Bemol

Por Alejandro González Dago

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Como muchas otras cosas de las que nunca se sabrá cuándo comenzaron ni por qué motivo, la carrera artística de Pablo Bemol, considerado en todo Yofre Norte como el más grande cantante de boleros de todos los tiempos, tampoco tiene registros y ni siquiera testigos vivos cuyos testimonios pudieran contribuir a develar el misterio. Pero como la vida del cantante transcurrió en la ciudad de Córdoba de Argentina donde pueden ocurrir los sucesos más extraños e incomprensibles para las personas y las máquinas, se descuenta que esta ausencia de seres humanos que lo conocieran y de papeles que acrediten sus éxitos y su existencia fue lo que lo llevó a cargar con el seudónimo de El Anónimo. Toda la gente, y en especial quienes nunca lo vieron en persona, escuchó y coleccionó sus discos.

A decir verdad, en su propio barrio y en los barrios de alrededor, nunca nadie vio a Pablo Bemol, el Anónimo, ni siquiera en foto.

En la portada de sus discos decía Pablo Bemol, Boleros I o Boleros II y así sucesivamente, pero en lugar de su foto aparecía una fruta tropical. Quizás ese aspecto vegano y frugal de su historia también hizo que la gente lo idolatrara.

Al igual que su vida, y para guardar cierta coherencia con su destino, su muerte también puede considerarse extraña y anónima, como dijeron los diarios.

Una muerte denominada extraña, como se comprenderá, puede ser una extraña muerte, pero una muerte anónima sólo puede confirmar la duda de que haya sido verdadera. De hecho, nunca se encontró su cuerpo.

Al decir de algunos sociólogos y de varias pitonisas de la calle Wilson, también en Yofre Norte, estas dos denominaciones – extraña y anónima – más que simples denominaciones deben ser consideradas conclusiones, ya que un grupo de individuos trasnochados y mal olientes (ciudadanos de bares con tango, billares, loba, y porotos para los tantos) de lengua bola al hablar según la ingesta de fernet y dedos amarronados por el tabaco, quienes, además, se dejaban crecer las uñas de los dedos meñiques para rascarse los oídos y quitarse la cera, al ser consultados dijeron con absoluta certeza:

– Pablito despertó los fantasmas dormidos de la gente del barrio.

Algunos vecinos no contagiados del Covid19, una vez desprovistos de sus barbijos caseros juraron que Pablo Bemol nació y vivió hasta que fue muchacho en la calle Chachapoyas al mil y pico – más o menos – de Yofre Norte porque su Código Postal era 5.000 y porque cuando era apenas un niño al salir corriendo de su casa siempre le gritaba a su madre:

– !!! Máma, me voy hasta la plaza !!!, en clara señal que vivía a unas cuadras de la plaza de Yofre Norte y no cerca o en frente, porque si su casa hubiera estado a metros de la plaza, Pablo Bemol hubiera gritado:

– !!! Máma, me cruzo a la plaza !!!.

Que a su madre le dijera máma, acentuando la primera a, y no mamá acentuando la segunda a, era otro misterio. O tal vez la comprobación de genes rurales, como afirmaron algunos contribuyentes urbanizados.

También como misterioso recuerdo de su niñez, se dice que cierto día que Pablo Bemol paseaba por el barrio con su padre que era ferroviario, antes de llegar a la avenida Jacinto de Altolaguirre y señalando una casita ubicada al lado de un taller de motocicletas, su padre le dijo:

– Mirá Pablito, en aquella casa de allá, la de puerta gris con aldaba, hace muchos años vivió Cristino Tapia, el que le enseñó a vocalizar a Gardel.

Cuando Pablito le preguntó a su padre qué cosa era vocalizar y quién era ese tal Gardel, y para responderle su padre le contó la historia y quién todavía seguía siendo Gardel, Pablito tomó la decisión de ser cantante:

– Cuando sea grande, yo también seré cantante como Gardel, dijo el pibe, pero en lugar de tangos se puso a cantar boleros que también tienen raíces de la Habanera.

El primer bolero que Pablo cantó cuando todavía era Pablito, fue Tú me acostumbraste, del cubano Francisco Manuel Ramón Dionisio Domínguez Radeón, al que su padre había escuchado por Lucho Gatica y por Olga Guillot pero a él le gustaban las versiones de Luis Miguel y sobre todo la de Natalia Lafourcade. El segundo bolero que cantó Pablito fue La Barca, de Roberto Cantoral.

Natalia Lafourcade – Tú Me Acostumbraste (ft. Omara Portuondo) (en manos de Los Macorinos)

El tercero Caminemos, del brasilero Heribelto Martins interpretado por Los Panchos, y el cuarto fue Camino Verde, del músico español Carmelo Larrea. Sin embargo, fue el quinto bolero el que hizo estallar todo. Su tío Cacho le había regalado un disco de Los Nocturnos, el trío nacido en la ciudad de San Francisco, donde venía el bolero Historia de un amor, del panameño Carlos Eleta Almarán a quien le decían D´artagnan. Por ese bolero y sobre todo cuando Pablito cantaba;

-Ya no estás más a mi lado¬, corazón… fue que lo contrató el verdulero de la esquina, abandonado por su mujer.
Los viernes y sábados lo contrataba por la verdura semanal y unos pesos para que le cantara en su casa ese y otros boleros mientras él se emborrachaba.

A partir de esas primeras actuaciones caseras tipificadas para mitigar dolores del alma o justificar oscuras curdas, la gente de Yofre Norte empezó a contratar a Pablito para que cantara con formato de serenata para decirle a cierta gente lo que los contratantes no se animaban a decir. Total que, en lugar de serenatas románticas para aniversarios, cumpleaños, o declaraciones de amor, Pablito sólo cantaba para despechos y rencores por mentiras o engaños.

Cuando cumplió los 12 años y empezó a cambiar la voz, Pablito descubrió que el odio le dejaba más plata que el amor. Ahí fue cuando El Anónimo incorporó a su repertorio varios tangos reos que aún cantados con la dulce y melosa cadencia del bolero igual eran puñaladas traperas en el bajo vientre. Por Reloj no marques las horas cobraba diez pesos, pero por el Yira yira o por Mano a mano cobraba cien. Entonces el verdulero de la esquina de su casa a quien había abandonado su mujer, empezó a contratarlo para que le cantara sólo tangos y no boleros, y de paso aprovechó para cambiar el tetra arremangado y prittyado por un potrillo de vodka sin hielo.

Antes de cumplir los 18 años y después de haber ganado alguna plata y muchos enseres con que le pagaba la gente en tiempo de crisis económica, Pablo Bemol se fue del barrio. Le llovían las propuestas, pero el tipo ya no estaba.

Una mañana de invierno en Fase 4, una vecina de Nueva Italia cayó a Yofre Norte con el chimento que Pablo se había ido a vivir a Cofico con una mujer mayor que él, y que esa mujer era, nada más y nada menos, que la mujer del verdulero que estaba irreconocible porque algo se había hecho en la cara. Entonces el verdulero de la esquina de la casa de Pablo Bemol en el barrio Yofre Norte de la ciudad de Córdoba de Argentina donde nada es lo que parece, encabezó una partida de hombres armados que salieron a buscar al adúltero Pablo para que aprendiera que las cosas que tienen dueño no se tocan y cuando se tocan hay que atenerse a las consecuencias.

Eran cinco en total los hombres que llegaron al departamentito de calle Lavalleja, pasando Campillo, donde supuestamente vivía el traidor.
Antes de tocar timbre todos cerraron sus puños y prepararon sus armas.-Muchachos, a la cuenta de tres, dijo el verdulero cargado de odio señalando que en lugar de tocar el timbre había que derribar la puerta.Contó uno, contó dos, y antes que contara tres, se abrió la puerta del departamento en planta baja y aparecieron dos mujeres, madre e hija.
Con absoluta calma, la mujer miró a los desaforados que ya estaban jadeantes ante la inminencia de la acción, y sin que se le moviera un pelo por miedo dijo:

-Pensé que eran los músicos que contraté para que le dieran una serenata a mi hija que se recibió de médica, pero veo que me equivoqué. ¿Qué necesitan, señores?, preguntó la mujer, y los hombres bajaron las armas y la mirada convencidos que ese no era el domicilio que buscaban.

Ellas los habían reconocido. Ellos a ellas, no.

Cuando internaron en el Rawson con síntomas de Coronavirus al verdulero de la esquina de la casa donde vivía Pablo Bemol en Yofre Norte, para tranquilizarlo, mientras le ponía el respirador artificial, la doctora que lo antendía empezó a tararearle un bolero: – Ya no estás más a mi lado, corazón/ en el alma sólo tengo soledad…/ Entonces agitado por la falta de aire, el verdulero le preguntó: ¿Ya no cantás más para rencores y despechos? Y Pablo Bemol le respondió:
-Yo sólo desperté los fantasmas dormidos de la gente del barrio.

Alejandro González Dago

En el invierno del 2020
En la Córdoba de la Nueva Andalucía
En plena pandemia de Coronavirus