A 447 años de aquel día

Por Alejandro González Dago

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A no más de cincuenta cuartas de un pozo natural habitado por reptiles y arácnidos ponzoñosos donde, supuestamente, los habitantes originarios arrojaban sus fetos y maldiciones y Belcebú dormía la siesta, cuatrocientos cuarenta y siete años atrás, el 6 de julio de 1573, desobedeciendo órdenes precisas impartidas por don Francisco de Toledo, virrey del Perú, cierto bellaco marrano flaco sevillano con aspecto y razonamientos de rockero mal, llamado don Jerónimo Luís, hijo extramatrimonial de mujer judía casada con un alfarero y de padre católico casado con Elena que era mujer de hostias tragar, tras que bajó del Potosí fundó una ciudad a la que llamó Córdoba de la Nueva Andalucía levantando el fuerte justo en la esquina que hoy forman las calles Nueva Zelandia y Francia, en pleno barrio Yapeyú, según opinión del gran Pancho Colombo que, como es sabido, es el que más sabe.

Aquel bellaco marrano flaco la llamó Córdoba de la Nueva Andalucía en homenaje a la Córdoba andaluza de donde era la sangre de su amada esposa, Luisa Martel de los Ríos, parida accidentalmente en Panamá porque sus padres andaluces estaban destacados allí por la corona española cien años antes que el pirata Morgan con un vaso de ron en la mano, una yesquita en la boca, y dos mujerzuelas en la falda la destruyera a cañonazos practicando tiro al pichón.

Además la fundó porque sí. Porque la magia estaba a la vista. Y por sus sierras. Y porque ya tenía aspecto de caprichosa. Y libre. Y mágica. Y soberana. Y difícil por lo contradictoria.

En santos tugurios disimulados en inmediaciones del palacio del Arzobispado, donde se realizaban fiestas y festejos sin hábitos ni sotanas, siempre se dijo que en el escrito original denominado Acta de Fundación, Córdoba fue escrita con ve corta y Andalucía con zeta para desorientar y confundir a la bicha del pozo por las dudas esta desgraciada supiera leer.

Que primero el fundador, disimuladamente, miró para todos lados para ver si la veía venir, y recién después echó las palabras que entonces echaban los fundadores cuando fundaban ciudades. Y no bien terminó con el protocolo de arrojar cuchilladas en las ramas de un sauce en señal de autoridad y de poner el rollizo o la picota como símbolo de justicia, el bellaco marrano flaco cayó al suelo y empezó a temblar con convulsiones como de epilepsia o como si estuviera poseído. Encogió las piernas y quedó en posición fetal tocándose el mentón con las rodillas, mientras con las manos se protegía los genitales que se notaba le dolían a más no poder como si alguien se los estuviera apretando como quien exprime un limón.

Justo en ese momento de aquella mañana fría de invierno, el viento norte trajo un inconfundible aroma a fuerte tabaco moro, y después alguien tosió con asmática tos.

El sacerdote mercederario capellán de la expedición, Francisco Pérez de Heredia, licenciado en teología, ante la manifiesta presunción que alguna entidad maligna andaba merodeando el lugar, pidió a todos que se arrodillaran y comenzaran a orar. Acto seguido se persignó mirando al cielo, bendijo las aguas del Río Suquía, le quitó las botas a un soldado y las llenó con agua, con esa agua bendecida bañó al fundador mojándole la cabeza y el ombligo donde también le hizo la señal de la cruz igual que en la frente, en la boca, y en el pecho, pero bendecido y todo el fundador no pudo ponerse de pie.

Después bendijo la tierra rociándola e hizo lo mismo con los presentes mientras entonaba un canto gregoriano. Pero justo en el momento en que los pájaros convirtieron sus trinos en gritos desesperados y empezaron a volar zigzagueantes y nerviosos que es el vuelo típico del pánico, los aborígenes huyeron despavoridos mientras gritaban ¡Zupay! ¡Zupay!

Después, con manifiesta valentía, el curita elevó unas plegarias en latín y besó una cruz de madera, se acomodó buscando una posición firme para aguantar de pie lo que pudiera venir, sostuvo la cruz con fuerza más arriba de la cabeza, la puso frente a unos churquis que se movían, y en el preciso instante en que comenzó a temblar la tierra, con voz de mando ordenó:

– ¡Vade retro daemonium! in nomine patris et filii et spiritussancti, amen

A pesar de que era el mes de julio y estaba fresquito, otro viento norte pero más caliente y azufrado azotó a los soldados y a los caballos que se pararon en dos patas y relincharon como si los hubiesen picado cien tábanos. En ese momento, la tierra empezó a crujir queriendo abrirse en dos.

– ¡¡¡VADE RETRO DAEMONIUM IN NOMINE PATRIS ET FILII ET SPIRITUS SANCTI, AMEN!!! repitió el cura.

– ¡FUERA MIERDA, CARAJO!, gritó sacando pecho un soldado cojonudo de Sierra Morena, mientras que a los otros soldados, culpa del miedo, se les aflojó el vientre y se cagaron encima. Pero aún así, con mierda hasta la coronilla, ni por un instante cortaron la cadena de oraciones pidiéndole a Santa María madre de Dios que rogara por ellos, los pecadores, ahora y en la hora de sus muertes, que así sea.
Pero todo fue inútil.

El viento norte sopló tan fuerte que arrojó de espaldas al curita y la cruz de madera que tenía en la mano fue a parar dentro del pozo. Quedaron todos inconscientes y tirados en el suelo por un largo rato, y para cuando despertaron, ya había una calma aparente como si nada hubiese sucedido.

Lorenzo Suárez de Figueroa, alférez general del Ejército español y lugar teniente de don Jerónimo Luís, el sargento mayor Juan Pérez Moreno, y los soldados Hernán Mejía Mirabal y Nuflo de Aguilar, socorrieron al bellaco marrano flaco sosteniéndolo en brazos para que no se lastimara aún más por las convulsiones, ya que el viento lo había arrastrado hacia unas piedras. Incluso le dieron a beber un poco de ron antillano que habían robado del acopio real de bebidas robadas en otros valles, pero no consiguieron aliviarlo.

Es probable que durante el espasmo, al fundador se le fueran los ojos para atrás y la mirada le quedara en blanco cubierta con las mismas natas que tenían los ciegos. Pero que aún así, en medio de sus dolores, el bellaco marrano flaco alcanzó a pronunciar el nombre de su amada mujer:
– Luisa, amor mío, dijo Jerónimo Luis, pero no pudo seguir hablando porque apenas terminó de decir “amor mío”, una espuma verdosa, pegajosa, y asquerosa, le salió por la boca como vómito. Y envuelto en ese vómito y en esa espuma, así como las almejas en la espuma de mar, un gusano negro parecido a una babosa gigante, gorda y peluda, que cobró vida, reptó desafiante mirando con su único ojo y en actitud camorrera los presentes, hasta que finalmente se metió en el mismo pozo donde había caído la cruz y donde luego también cayó la espuma.
La tierra absorbió el resto.

Al parecer después en la barranca y como un retumbo, se oyó una carcajada lechiguana y a continuación el grito de una entidad femenina apartada de sus cabales, y tal vez por eso mismo, por orden de don Francisco de Torres, escribano mayor de la corona española en el acto fundacional, ese fue el primer gran secreto guardado en la Ciudad de los Pasos Perdidos y los Grandes Secretos donde nada es lo que parece.
Pero después vinieron otros secretos.
Y después otros.
Y desde aquel primer gran secreto en adelante la gente del lugar tomó por hábito guardar secretos.
Guardar u ocultar la verdad de las cosas no sólo fue una manera de mentirnos a nosotros mismos sino de incumplir la promesa de decir la verdad; por algo los cordobeses de la nueva Andalucía siempre tuvimos fama de fallutos. Ahora se sabe por qué. Y de una buena vez por todas hay que asumir la realidad. En el acto fundacional junto al pozo, 447 años atrás, impregnó esta tierra una profunda maldición. De allí que los indios, asustados, gritaran zupay…zupay repitiendo luego en voz baja una rima graciosa sobre una acción bucal.

Como castigo por la profanación de tan hermoso y bello lugar, sus habitantes fueron condenados a votar al neoliberalismo macraniano. Y a ser crucificados. Hasta que se aviven.

Alejandro González Dago

En la Córdoba de la Nueva Andalucía,
Por el cumple de nuestra amada muchacha de invierno
A 447 años de su fundación
Intentando entender cierta estupidez humana