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En 1929 se produjo en Estados Unidos la mayor crisis económica del siglo XX y se replicó de inmediato en el mundo. En 1933 Franklin Delano Roosevelt llegó a la presidencia de aquel país y fijó la idea de que el Estado debía trabajar no solo por la seguridad social sino también por la economía. Entonces, además de invertir mucho dinero para reactivar el empleo y el consumo, se crearon leyes que ponían límites a la actividad de los bancos y de las empresas privadas. Estas ideas se mantuvieron hasta la década de 1970 cuando se comenzaron a eliminar esas regulaciones y a autorizar a los bancos a actuar sin muchos controles. Como estos bancos tenían mucho dinero pero no encontraban a quién prestárselo, decidieron ofrecerlo a los países en vías de desarrollo, principalmente de Latinoamérica y el sudeste de Asia.

A mediados de la década de 1970 nuestro continente se encontraba gobernado casi en su totalidad por dictaduras militares. Los gobiernos tomaron mucha deuda y aunque los bancos sabían que sería difícil que la puedan pagar, le prestaron igual tratando de conseguir enormes ganancias y comisiones. Para que se den una idea, para pagar los préstamos los países latinoamericanos transfirieron al extranjero entre el 6% y el 10% de toda la riqueza que producían. Esto implicó unas transferencias de capital de los países pobres del Tercer Mundo a los países ricos de Occidente.

En agosto de 1982, México declaró que no podría pagar su deuda externa. Muy pronto la crisis abarcó a otros países en situación similar, que también suspendieron el pago de sus compromisos externos. Se marcó así el inicio de un prolongado proceso de ajustes y turbulencias que tuvo gravísimas y duraderas consecuencias para el desarrollo económico y humano de la región. Se lo denominó la “década perdida” para el desarrollo latinoamericano.

Los costos sociales de la “década perdida” fueron enormes. La pobreza aumentó brutalmente entre 1980 y 1990, llegando a casi la mitad de la población. América Latina solo retornaría a los niveles de pobreza de 1980 en el año 2004, por lo cual en este campo hubo no una década, sino un cuarto de siglo perdido. El deterioro de la distribución del ingreso en varios países agravó los altos patrones históricos de desigualdad que ya caracterizaban a la región. En general ello fue de la mano de caídas de los salarios reales de los trabajadores y de una creciente informalidad laboral. La inflación se disparó en todo el continente y quebraron cientos de miles de pequeñas empresas.

Cuando ya no pudieron sacarle más a nuestro continente, se mudaron de región. Hasta los años noventa, los países del Este Asiático habían alcanzado tres décadas milagrosas: los ingresos de los trabajadores se habían elevado, la salud había mejorado, la pobreza se redujo drásticamente y el alfabetismo no sólo llegó a ser universal sino que muchos de esos países superaban a los Estados Unidos en las pruebas internacionales de ciencias y matemáticas. Pero a comienzo de 1990 permitieron que los bancos y los capitales de los países ricos de occidente ingresen a sus economías. Lo hicieron no porque necesitaran atraer dinero extranjero sino debido a presiones internacionales, principalmente de los Estados Unidos. Los préstamos de los bancos no eran para construir puentes, autopistas, hospitales o escuelas sino que eran del tipo de préstamos que buscan el máximo rendimiento en el día, la semana o el mes siguientes. Y así como el capital entra rápidamente, también sale con la misma velocidad. Y, cuando todos tratan de sacar su dinero al mismo tiempo, se crea un problema económico. Un grave problema económico.

En 1997 todo estalló por la imprudencia de aquellos banqueros y prestatarios que apostaron a la burbuja financiera. La producción de los países del Éste Asiático cayó el 16 por ciento en promedio. La mitad de las empresas de Indonesia estaban en bancarrota. El desempleo se disparó, aumentó en cerca de diez veces, y los salarios reales se desplomaron. Y entonces, en la primavera y el verano de 1998, la crisis se extendió más allá del Este Asiático para alcanzar a Rusia.

Un año más tarde, en 1999, el presidente Clinton eliminó la ley Glass – Steagall, que había sido creada luego de la crisis de 1930 para evitar que los ahorros de la gente fuesen utilizados por los especuladores de Wall Street. Desde entonces, sin una legislación para evitar que los bancos de inversión se fusionen con los bancos comerciales, se abrió paso a la creación de bancos cada vez más grandes y con menos límites, un problema que se volvió aún más grave cuando Bush ganó las elecciones presidenciales y, defendiendo los intereses de esos mismos bancos, eliminó las regulaciones que aún persistían dando luz verde a las especulaciones desenfrenadas.

La falta de límites y controles fue el primer elemento que dio lugar a la crisis mundial que estallaría en el año 2008, considerada la más grande de la historia después de la de 1930. El segundo elemento hay que buscarlo en la creciente desigualdad. La economía de los Estados unidos era en 2008 dos veces más grande que en 1980 pero el salario promedio de los trabajadores no había subido. Los estadounidenses encontraron una ingeniosa solución: pedir prestado y consumir como si sus ingresos estuviesen aumentando. Las familias comenzaron a endeudarse muy fuertemente y los banqueros a ganar enormes comisiones. La mayoría de los préstamos se utilizaban para comprar casas y la garantía eran las propias casas. Pero los bancos, interesados únicamente en maximizar sus beneficios, crearon créditos hipotecarios cuyas cuotas aumentaban fuertemente de un mes a otro y no se preocuparon demasiado por asegurarse que las familias pudiesen pagarlos.

Recordemos que la plata que prestan los bancos no es de ellos, sino de quienes depositan sus ahorros. Cuando cientos de miles de familias no pudieron pagar más las cuotas de los créditos hipotecarios, los bancos comenzaron a quedarse con las casas. Pero por la cantidad de casas vacías, éstas perdieron valor llegando a valer menos que los préstamos que garantizaban. Entonces los bancos no tuvieron dinero para devolverles a los ahorristas. . Y estalló la burbuja.

La crisis rápidamente llegó a Europa, impactando con más fuerza en España que vivía una situación similar. Cuando cayó el consumo europeo, los países redujeron la compra de alimentos a América Latina y esto hizo que la región también ingrese en un período de desaceleración que no fue peor gracias al consumo chino y a medidas oportunas de los países de la región.

El otro factor común en todas estas crisis han sido la avaricia descontrolada y los fuertes vacíos éticos de los gerentes y funcionarios de los bancos y fondos de inversión. Hubo operadores que se dedicaron a ganar millones de dólares para ellos mismos, aprovechando la desregulación, comprando y vendiendo acciones, inflando balances y creando préstamos que sabían que la gente no podía pagar pero que les permitía obtener extraordinarias ganancias en muy poco tiempo.

En 2008, cuando la burbuja inmobiliaria estalló, el banco Leman Brothers, el tercero más grande del mundo, quebró. Su presidente se había dedicado a inflar al máximo las ganancias a corto plazo porque su sueldo estaba ligado a que el banco gane mucho en poco tiempo. Consiguió ganar 23 mil dólares por hora, intoxicando a la empresa con créditos que eran impagables. Según su propia declaración jurada, ganó durante su gestión un total de 480 millones de dólares, mientras desangraba al banco hasta llevarlo a su quiebra.

Para evitar la quiebra generalizada de todos los bancos, los gobiernos de los países europeos y de Estados Unidos salieron a “rescatarlos”, entregándoles cientos de billones de dólares. Pero nadie rescató a las familias que habían perdido sus viviendas, ni a las que habían perdido sus ahorros ni a los que estaban sin empleo. Y no eran pocas personas. 25 millones de estadounidenses se quedaron sin trabajo y casi la mitad de los jóvenes de España estaban desocupados. La economía del mundo cayó 3,5% en el año 2009 y se calcula que murieron más de 400 mil niños por los impactos finales de la crisis. En Grecia se registró la tasa de suicidios más elevada de la historia de ese país.

Los gruesos vacíos éticos, las complicidades políticas y la eliminación las reglas de juego a favor de las grandes empresas y bancos del mundo están generando crisis económicas cada vez más recurrentes y con consecuencias más duraderas. El capitalismo no es en sí mismo un sistema inmoral, sino que refleja nuestros valores como sociedad. El capitalismo es lo que nosotros hacemos de él. Las reglas de juego pueden generar condiciones y ampliar oportunidades para todos o pueden reducirlas para unos pocos. La verdadera pregunta es si el sistema trabaja para las mayorías o para una élite cada vez más reducida. En un mundo globalizado y con países muy vinculadas entre sí, lograr la estabilidad del sistema económico es otro de los grandes desafíos de este siglo, pero no será posible sin fuertes regulaciones legales y compromisos éticos.

Lisandro Lícari / Abogado, periodista, concejal de Cosquín.

El informe completo en el video que sigue (fueradeperfil.com – Parte 6)

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