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Todos los Estados cobran impuestos, aunque cada sociedad decide qué impuestos cobra y a quiénes les cobra. Los impuestos pueden aplicarse sobre el patrimonio de una persona, sobre las ganancias que genera ese patrimonio o sobre las ventas de determinados productos o sobre el trabajo. Las leyes pueden determinar que los impuestos alcancen con mayor fuerza a los ricos o a los pobres, a los ancianos o a los jóvenes, a las personas o a las empresas. Pero supongamos que estamos interesados en rearmar el sistema de impuestos de una forma más justa. ¿Qué criterios deberíamos tener en cuenta?

En primer lugar, el principio de la capacidad de pago, según el cual la cantidad de impuestos que pagan los ciudadanos debe estar relacionada con su riqueza. Cuanto mayor sea la riqueza de una persona, más altos serán los impuestos que deba pagar. Sólo así los impuestos tendrían un efecto redistributivo, es decir, recaudarían fondos de las personas de renta alta para aumentar el ingreso y el consumo de los grupos más pobres. En cambio, cuando los impuestos no siguen el principio de la capacidad de pago, el efecto que producen es el opuesto a la redistribución. Por ejemplo, si la construcción de una autopista se financia por medio de peajes, pagan lo mismo aquellas personas que conducen un auto importado, último modelo y de gran confort que aquellas personas que conducen un modesto vehículo, con muchos kilómetros encima y de escaso valor. En este caso, el impuesto tiene el mismo valor pero el peso de ese impuesto es distinto.

Tipos de impuestos

Cuando los impuestos siguen el principio de la capacidad de pago y, por ende, se fijan en proporción de la riqueza de la persona, estamos frente a impuestos progresivos. En cambio cuando graban a todas las personas de manera igual, sin tener en cuenta la riqueza, estamos frente a impuestos regresivos.

Pero la justicia depende no sólo de la progresividad del impuesto sino de quién lo paga en realidad, es decir, si el impuesto se puede trasladar para que lo paguen otros. Por ejemplo, si se establece un impuesto a las ganancias de las empresas y estas lo trasladan al precio de los productos que venden, en realidad quienes terminan pagando el impuesto son los consumidores. Se dice que los impuestos que se aplican sobre los bienes y servicios que se comercializan en un país son impuestos indirectos, mientras que los impuestos que se aplican sobre la riqueza de las personas son impuestos directos.

Generalmente los impuestos directos son los más progresivos y justos porque se fijan teniendo en cuenta la capacidad de pago de la persona, mientras que los impuestos indirectos o a los consumos son los más regresivos e injustos porque se aplican a todas las personas por igual. A su vez, los impuestos directos más justos son el impuesto a la renta personal, a las ganancias de las empresas y al patrimonio, mientras que los impuestos indirectos más regresivos o injustos son las contribuciones de los trabajadores a la seguridad social, el impuesto al valor agregado (IVA) y los ingresos brutos provinciales.

La desigualdad y los impuestos

La desigualdad se mide mundialmente por medio de índice de Gini, el cual es un número entre 0 y 100 en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad y 100 con la perfecta desigualdad. El GINI promedio en los países más desarrollados del mundo es de 31,1 mientras que el GINI promedio de América Latina es de 46,2, con casos extremos como Brasil donde es de 51,3. Que nuestro continente sea el más desigual del mundo no es pura casualidad sino que está fuertemente vinculado con la forma en que se diseñan y aplican los impuestos. Los sistemas tributarios de América Latina históricamente han jugado un papel redistributivo modesto e incluso han llegado a ser globalmente regresivos. Los individuos más ricos no pagan de acuerdo con su nivel de ingresos o riqueza y en ocasiones pagan comparativamente menos impuestos que otros contribuyentes de menores rentas. Vamos a explicarlo paso a paso.

La presión tributaria es el porcentaje de los ingresos que las personas y las empresas pagan al Estado en concepto de impuestos. Se mide en relación al Producto Bruto Interno de cada país. La presión tributaria promedio de los países de América Latina es del 19%, mientras que la presión tributaria de los 26 países más desarrollados del mundo es del 37%. Es prácticamente el doble. En América Latina la presión tributaria más baja se observa en Haití con 10,0% del PBI, y la más alta en Brasil con 34,2% del PBI. Argentina está detrás de Brasil con casi un 29% de presión fiscal.

Primer punto, los países ricos y desarrollados pagan más impuestos que los países de nuestro continente. Pero no nos alcanza con saber cuánta es la presión tributaria si no conocemos quiénes son los que más pagan dentro de cada país. Por causa de la alta concentración de la riqueza en América Latina, los impuestos más progresivos – como el impuesto a la renta y al patrimonio – deberían asumir una mayor importancia en la recaudación total. Sin embargo, se observa lo opuesto. Mientras que en los países desarrollados que integran la OCDE, las principales fuentes de ingresos provienen de los impuestos a la renta y a las ganancias, en nuestro continente las principales fuentes de ingresos para el Estado provienen de los impuestos al consumo, seguidas de las contribuciones patronales, las exportaciones y muy lejos los impuestos a la riqueza.

De acuerdo con la CEPAL, los impuestos al patrimonio y la riqueza representan en América Latina el 4,5% de la recaudación total. Es decir, de cada 100 pesos que recaudan los países en concepto de impuestos, solamente $4,50 provienen de impuestos a la riqueza. En contraste, los impuestos al consumo representan 56,7% de los ingresos tributarios totales. Es justamente por ello que nuestros sistemas tributarios son tan injustos.

Entonces ya dijimos que, en primer lugar, los ciudadanos de los países ricos y desarrollados pagan más impuestos que los de los países de nuestro continente. Ahora podemos agregar una segunda conclusión: en los países ricos y desarrollados los ingresos más importantes provienen de los impuestos sobre la riqueza mientras que en América Latina provienen del consumo.

Hablemos de Argentina 

Finalmente quiero cerrar hablando de Argentina. Algunos comunicadores, figuras espectáculo, economistas liberales y políticos de igual orientación insisten con que la presión tributaria es muy alta. Podríamos darles la razón si tomamos como referencia a los países de América Latina, ya que hemos dicho que Argentina es el segundo país del continente que más impuestos paga. Pero, nuevamente, no nos basta con decir eso si no analizamos qué tan justo es el sistema de impuestos. Y resulta que lo que no te dicen esos comunicadores, figuras del espectáculo, economistas liberales y políticos es que el sistema argentino es muy injusto ya que las dos primeras fuentes de recaudación provienen del IVA y de las contribuciones patronales, los dos impuestos más regresivos que existen porque no tienen en cuenta la capacidad contributiva. El 58% de todo lo que se recauda en el país proviene de esos dos impuestos.

En cambio, los impuestos que gravan las distintas formas de riqueza acumulada, tanto por parte de las personas físicas como así también por las empresas, son extremadamente bajos. En relación a otros países, el peso de lo recaudado por los impuestos a la riqueza, en Argentina, era en 2015 menos de la mitad de lo recaudado en Uruguay y cerca de un tercio de lo logrado en Francia, Canadá y Gran Bretaña. Incluso la presión fiscal del impuesto inmobiliario en Chile es un 50% mayor a la nuestra. Esto genera algo que nunca nadie te dice: el 10% más pobre de la población participa en mayor medida del pago de impuestos que del reparto del ingreso.

Tras las consecuencias económicas y sociales de la pandemia generada por la COVID-19, en la mayoría de los países del mundo, incluido el nuestro, ha resurgió un antiguo debate respecto de quién debe soportar el peso y los costos de la necesaria recuperación de las economías nacionales. La respuesta a esta pregunta se ha concentrado en la posibilidad concreta de exigir un esfuerzo más grande a las personas que tienen un mayor patrimonio u obtienen regularmente muy altos ingresos, y cuyas contribuciones, por diversas razones, no están de acuerdo con dicho nivel de ingresos. Pero ello abre un debate ¿quiénes son los ricos de nuestro país a los que se les podría exigir un mayor aporte? Hay varias definiciones estadísticas de los ricos y súper-ricos, basadas en medidas del ingreso, del patrimonio o de ambos.

Según la definición del economista Atkinson, se puede definir a los ricos como las personas cuyo patrimonio equivale a 30 veces el ingreso medio per cápita de un país. Actualmente el ingreso medio de Argentina oscila los 11.683 dólares, por lo que ricos serían aquellos cuyos ingresos anuales fuesen iguales o superiores a los 350 mil dólares. Y un dato más: la mayor parte de la riqueza de Argentina está en manos extranjeras. De las 200 empresas más grandes del país, 92 son extranjeras y según el ranking de facturación de la revista Mercado, hacia principios del siglo XXI, de las 10 principales empresas, 8 eran extranjeras. Y según datos del año 2007, casi el 40% de los bancos que operan en el país son de capitales internacionales.

¿Que sociedad queremos? 

El papel de los impuestos es central en todos los países, pero ellos no dejan de ser un medio para un fin. Antes de discutir sobre qué tipo de impuestos vamos a aplicar y sobre quiénes van a recaer, debemos preguntarnos qué tipo de sociedad queremos: una sociedad más justa, con mayores oportunidades y posibilidades para todos, con mayor desarrollo humano, con mejores niveles de equidad, o una sociedad donde la riqueza se concentre en un grupo muy reducido de personas y empresas, donde las condiciones habiliten posibilidades para unos pocos y donde la mayoría se quede al margen de una vida digna. Les dejo a ustedes la respuesta.

Lisandro Lícari / Abogado, periodista, concejal de Cosquín.

El informe completo en el video que sigue (fueradeperfil.com – Parte 9)

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