David Lebón: Resurrecciones en el mundo

Por José Emilio Ortega

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Transitando el frustrante 2020, el presente de David Lebón nos estimula: se puede compartir, disfrutar como propio. Es alguien próximo. Las entrevistas lo muestran sereno. Su música lo confirma entero. Con 68 abriles, no alcanzó la valla de siete décadas que sus contemporáneos mayoritariamente han saltado -vivos, muertos o desahuciados-. Dice siempre, “te podés ir en cualquier momento”; escribió que el tiempo es veloz. Nos contó que él también estuvo lejos.

Con apenas diecisiete, deslumbró en los primeros crisoles rockeros, especialmente la Manzana que regenteaba Giulano Canterini – Billy Bond-. De allí, a calzarse el bajo en Pappo’s Blues para debutar discográficamente (1971), ser parte de La Pesada del Rock and Roll que acompañaba a Bond, y participar de un intento por resucitar a Los Gatos (sin Nebbia, con Pappo y Fogliatta) en España.

De regreso en Buenos Aires, se acerca a la primera supernova del rock argento, la separación de Almendra. Es baterista en el primer disco de Color Humano (pero no la pasa bien con Edelmiro Molinari) y en 1972 reemplaza a Osvaldo Frascino como bajista de Pescado Rabioso, la banda de Luis A. Spinetta, de quien será un entrañable compinche. Participa de dos simples (incorporados posteriormente a las reediciones de la ópera prima Desatormentándonos) y es puntal del notable disco-libro Pescado 2.

De izq. a derecha: Luis Alberto Spinetta, David Lebón, Black Amaya y Carlos Cutaia.

En 1973 debuta como solista, destacándose como multi instrumentista, con el apoyo de amigos como el Carpo o García (ya colaboraba con él). “Hombre de mala sangre”, “32 macetas”, “Casa de arañas”, “Copado por el diablo”, son parte de esa obra maestra. En 1974 toca la rítmica con Pappo’s Blues (graba en el Volumen 4),intenta con Lila, luego con los sinfónicos Espíritu, y participa en la banda de apoyo de Sui Géneris, junto a Juan Rodríguez (batería) y su amigo Rinaldo Rafanelli (bajo, ex Color Humano), con los que seguirá trabajando como Polifemo, al separarse el éxito dúo de Charly y Nito (1975). Otra gran estrella que moría y de su materia se desprendían nuevas formas, sistemas, órbitas.
Con poco más de veinte años, Lebón se mueve como veterano. Su power trío convocaba y las revistas de época señalan contundentes actuaciones, aunque también pasos en falso. En 1976 se suma Ciro Fogliatta. Graban dos discos (el primero – Polifemo, 1976 – es el más difundido) y se disuelven en 1977.

La dictadura ya se deja sentir. Lo sufre David, secuestrado por un comando parapolicial. En tanto, se afirma su misticismo (se acerca al Gurú Maharaji). Se embarca en Seleste, una propuesta prometedora según medios relevados; en paralelo se habla de una posible convocatoria, por Charly, a La Máquina de Hacer Pájaros. Cierto es que Lebón estaba en los planes del tecladista de bigote bicolor, pero para escribir un luminoso y diferente capítulo en la historia musical argentina.

No se banca más

Tras organizar el Festival del Amor (noviembre de 1977), junto a las diferentes bandas y músicos que integraban su nutrida constelación, Charly convence a Lebón de hacer las valijas e instalarse en Buzios, junto a sus familias. Trabajarán intensamente en el siguiente verano, produciendo el material grabado en San Pablo (marzo y abril de 1978), con la producción de Bond, junto al talentoso bajista Pedro Aznar y, tras los parches, el clásico Oscar Moro.

Charly y David alumbraron un concepto que será motivo de un tema, título de la placa y nombre del grupo: Serú Girán. Regresan a una Argentina helada, indispuesta frente a variantes estéticas o sonoras. El comienzo es duro y replantean estrategia: de menor a mayor, con más ironía en las letras. El segundo disco, La Grasa de las Capitales (1979) inicia una nueva etapa. Lebón se afirma en diferentes roles. Una colección de temas inolvidables son parte de aquella cosecha. “Seminare”, El mendigo en el andén”, “Voy a mil”, “San Francisco y el lobo”, “Frecuencia Modulada”, “Noche de Perros” son algunos de estos hitos.

Al grabar su tercer disco (Bicicleta, 1980), Serú es la banda de rock más grande del país. Toca en festivales internacionales y conciertos insólitamente masivos. Llega Peperina (1981), y en el pico creativo de la banda, Aznar se une a la banda de Pat Metheny. Se despiden con el directo No llores por mí, Argentina (1982) donde Lebón se luce cantando grandes éxitos de la banda, algunos compuestos por él: “Cuánto tiempo más llevará”, “Encuentro con el diablo”, “Esperando nacer”, “En la vereda del sol” y su sentido “Tema de Nayla” se agregan a la lista. Grabaciones encontradas posteriormente de aquellos vivos, demuestran además que varios temas de futuras obras solistas de los Serú, ya eran parte de un renovado repertorio de la banda (podrían haber integrado un gran álbum).

Serú Girán en el Teatro Colón. Lebón, Aznar y Garcia se volvieron a juntar en un escenario tras 27 años en el cierre de la gira de Pedro “Resonancia Intimo”.

Creo que me suelto

Mientras García cranea (en Brasil) sus futuros pasos, Lebón se retira al Este para pulir su segundo disco solista. Vuelve a tocar todos los instrumentos (sólo lo acompaña Rapoort) en teclados. El tiempo es veloz (1982, con el tema que da título al álbum y “No confíes en tu suerte”, entre otros) lo ratifica como figura.

Comienza la difícil tarea de sostener un legado. Entrega puntualmente un disco por año. Lo vimos mucho en aquel tiempo. Del centro a la derecha de los escenarios, siempre parecía distante, reconcentrado, concediendo poco al pasado; dentro de aquella impostura, probablemente vibraba el alma de un hombre preocupado.

Confirma su talento con Siempre Estaré (1983, llegan “Quiero regalarte mi amor” o “El rock de los chicos malos”) y obtiene repercusión con el ecléctico Desnuque: homenaje al rock and roll (1984, un excelente dueto con Celeste Carballo, “Hacelo hoy conmigo” y varios clásicos del rock).

En ese año pone la viola y la voz en “Aún sigo cantando”, hitazo de los ascendientes Enanitos Verdes. Lo rodean figuras como Colombres, Satragni, Castro, Gurevich, Cerviño, Kreimer, el mismísimo García. En 1985, ficha para CBS. Edita el parejo Si de algo sirve (entre otros) el que da nombre a la placa, también “Todos en un cuarto”, “Ya debes ser feliz”. En 1986, llegará 7×7 (con Cachorro López en la producción), que lo lleva a un sendero cercano a la música que en EE.UU. hacían Robert Palmer o la misma Tina Turner (títulos como “Puedo sentirlo” o la remake de “Suéltate rock and roll”, de Polifemo). Pero el rock está cambiando, traccionado por los Smiths, Cure, Clash, Simple Minds, mientras en Argentina Virus, Sumo o Soda toman el control.

Durante 1987, aporta al techo artístico de García (Parte de la religión) dos solos impresionantes, publicando (sin la repercusión esperada) Nunca te puedo alcanzar (el tema que bautiza al disco y “Creo que me suelto”, los más difundidos). Un concierto en Badía lo muestra complicado. Pierde gravitación. Contactos (1989) y Nuevas mañanas (1991, con la colaboración de Aznar, quizá “Tu llegada” lo salva de la indiferencia total) son esfuerzos desapercibidos en un espectro renovado, protagonizado por la generación siguiente.

Que me traiga desde lejos (y me ponga en mi lugar)

Tras el tormentoso regreso de Serú Girán en 1992, al que aporta composiciones como “Mundo agradable” y “Ese tren”, se retira de los primeros planos. Radicado en Mendoza (1995) por muchos años, editará dos discos de estudio (Yo lo soñé -2002- y Déjavu -2009-, dos directos (En vivo, en el Teatro Coliseo -1999- y el doble con Pedro Aznar -2007-). Seguía girando, lo acompañamos. A veces en grupo, otras en formato acústico, siempre carismático y cercano, parecía un hombre que lo había dado todo.

Pero renace. Un “Encuentro en el estudio” (2013) junto a Lalo Mir parece anticipar aquella “resurrección en el mundo” que visionó en sus primeras letras. La consciencia de ser el último referente. Un entorno renovado en el que sobresale su manager y pareja -Alejandra Oviedo – y una banda fresca: Dhani Ferrón, Leandro Bulacio, el irremplazable Colombres, Roberto Seitz y Tavo Lozano. La confianza de un sello (Sony) que le ofrece alternativas. Mágica confluencia, o Encuentro Supremo, como se llama su importante disco de 2016 (con joyas como “Perro Negro” y canciones de mucha clase, destacando la que titula a la obra y “Ultimo viaje”).

De allí a este Lebón & Co (ocho nominaciones y el Gardel de Oro) “a lo Santana” como anticipaba en reportajes (se refiere a los duetos que el mexicano inauguró con Supernatural -1999-). Aristimuño, Venegas, Bertoldi, Pedernera (también productor), Páez, Mollo, Coti, Horvilleur, los Polifemo, Aznar, Calamaro, entre otras primeras figuras, contribuyen a ratificar en David su destino de señero animador.

Lebón, capaz de sobreponerse a penetrantes claroscuros, en cinco décadas de historia artística sobresaliente. Quizá por un deber auto impuesto: “Tengo que seguir / lo que yo empecé / ya estoy cansado / pero igual lo haré” como profetizaba en 1973 (“Dos edificios dorados”). Todavía cuenta con inspiración. Lo celebramos con incondicionado amor.

José Emilio Ortega