Las urgencias del Perú

Por José Emilio Ortega y Santiago Espósito

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Aún a pesar de compartir continente, de haber sido libertados por el mismo prócer, de contar con una importante comunidad peruana en nuestra ciudad, de los restaurantes, de los ceviches o del pisco, del famoso seis a cero en el Mundial 78 o de las patadas de Reyna a Maradona en las eliminatorias del 85, sabemos poco del Perú.

Las novelas de Vargas Llosa también nos ayudan a conocer y comprender el Perú. No nos centraremos en la pregunta tantas veces repetida en Conversación en la Catedral, magistral novela del peruano, una amalgama de voces a través de la cual se va enhebrando una historia familiar y colectiva del Perú en la década de los cincuenta (bajo la dictadura de Manuel Odría: 1948-1956) en la percepción dolida y pesimista del protagonista, Santiago Zavala, quien en las primeras páginas se pregunta cuándo se jodió el Perú. Quizás por la fuerza de sus palabras, y por tratarse de una confesión a título personal, sorprende a cualquiera, cuando Vargas Llosa señala, en La Tía Julia y el Escribidor, que el Perú es un país de gentes tristes. Es que las novelas de Vargas Llosanos manifiestan justamente eso. Aún desde su prisma ideológico, sus obras nos muestran el Perú a través de una dimensión moral, que se expresa corrompido, desesperanzado y golpeado.

Argentina 6 / Perú 0  Campeonato Mundial 78 

De Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura

Quizá no percibimos con claridad que se trata de tercer país de Sudamérica en superficie territorial, más de 1.1 millón de km2 -la mitad de Argentina-, con tres mil kilómetros de costa y las más variadas topografías, que atesoran una gran variedad de recursos naturales. Con más de 31 millones de habitantes, es uno de los países de la región más poblados (se duplicó la población en los últimos 30 años) aunque con una densidad media-baja promedio y una gran concentración en el gran Lima y otras ciudades, pero también un interior profundo con un campesinado escasamente conectado a la dinámica urbana y aún formas menos integradas o lisa y llanamente aisladas de la comunidad, donde pesan gravemente las discriminaciones étnicas, como sucede en otros países latinoamericanos.

Perú es la cuarta o la quinta -según el ranking que se utilice- economía del continente, que ha tenido más de 6 años de crecimiento permanente, 11 de ellos a más de 6 puntos por año, tradicionalmente dependiente de los commodities, que en los últimos treinta años se han diversificado (minerales, combustibles principalmente) y agregando eficiencia en servicios (participando de diversos bloques de asociación comercial como APEC, Alianza del Pacífico, etc.). Asimismo Perú mantiene un endeudamiento externo muy razonable, unos 70000 millones de dólares, poco más del 20% de su PNB. En 2019 el desempleo se ubicaba en el 6% (datos que han variado seguramente).

Ese potencial, oscurecido por las dificultades políticas y de transparencia en las transacciones, le ha hecho caer al puesto 82 del ranking global de economías atractivas (Argentina en el 92, Brasil 41, México 43 y Chile 46), aunque se cree que está entre los países sudamericanos que más rápido -2022- se recuperará tras la crisis del Covid-19 (que a la fecha muestra más de 35.000 fallecidos y se está acercando al millón de casos, una de las situaciones sanitarias más complejas de la región).

Hablábamos de las dificultades políticas. Tradicionalmente inestable -aún desde los tiempos de la Independencia-, en los últimos 100 años, tuvo 28 jefes de estado en 32 mandatos muy irregulares, ya que hubo 10 golpes de estado, 7 de los cuales fueron concretados con éxito; pero en los últimos 30 años hubo numerosas destituciones que sin calificar como asonada, son interrupciones a la vida institucional del país.

Ex mandatarios Alberto Fujimori y Alan Garcia, conocidos desde antes de los 90, acusados de corrupción.

Es interesante ver cómo esa inestabilidad influyó en el ordenamiento constitucional. En toda su historia, Perú tuvo 12 constituciones (no reformas de la anterior, sino nuevos textos constitucionales); 4 de ellas en los últimos 100 años (que en realidad serían 5 si se toma en cuenta la Ley Provisional tras el autogolpe de Alberto Fujimori). La última Carta Magna es de ese período (1993). Fujimori, que había sido electo en 1990 como un dirigente emergente tras la grave crisis de la partidocracia de los 80 y el complicado final de la primera presidencia de Alan García, tras el autogolpe de 1992, se hizo elegir y reelegir en el nuevo marco fundamental, aunque fue destituido tras la reelección (esa posibilidad luego se quitó) en 2000.

Los últimos 30 años

Fujimori imaginó posible un liderazgo por muchos años y realizó una serie de concesiones imaginando un sistema híbrido férreamente controlado desde su personalismo. Pero cayó tras una grave crisis en 2000 (empieza el muy bien recordado interinato de Valentín Paniagua) y si bien avanzan negociaciones para volver a la Constitución de 1979, se paraliza la gestión en 2003, en tiempos de Toledo, hoy cuestionado por esa inacción.

Tras la gestión de Paniagua, se suceden desde 2001 tres mandatos constitucionales: Alejandro Toledo (2001-2006), Alan García (2006-2011) y Ollanta Humala (2011-2016), en los tres casos iniciando con consenso, finalizaron con graves crisis de legitimidad y numerosas causas judiciales, con procesos y detenciones. En el caso de García, evitó la cárcel con el suicidio.

Manuel Merino había sido elegido el pasado 10 de noviembre, cuando el Congreso peruano destituyó al presidente Vizcarra, quien a su vez reemplazó al que fue votado en 2016 (hasta 2021), Pedro Pablo Kuczynski. En todos los casos se usó la remoción por incapacidad moral, en razón de diversos hechos de corrupción que les han sido adjudicados (sobresaliendo la famosa megacausa regional Odebrecht). En el caso de Kuczynski pesó también su cuestionado indulto al expresidente Fujimori (de quien fuera ministro de Economía).

Tanto Martín Vizcarra como Manuel Merino, quien lo sucedió en la Presidencia tras un voto de remoción del Congreso, asumieron sin que hubieran sido votados por el pueblo peruano.

Manuel Merino había sido elegido el pasado 10 de noviembre, cuando el Congreso peruano destituyó al presidente Vizcarra, quien a su vez reemplazó al que fue votado en 2016 (hasta 2021), Pedro Pablo Kuczynski. En todos los casos se usó la remoción por incapacidad moral, en razón de diversos hechos de corrupción que les han sido adjudicados (sobresaliendo la famosa megacausa regional Odebrecht). En el caso de Kuczynski pesó también su cuestionado indulto al expresidente Fujimori (de quien fuera ministro de Economía).

Vizcarra había iniciado una agenda política importante, con algunas reformas a la Constitución Nacional (entre ellas la limitación de las reelecciones para los congresistas y modificaciones en el Consejo de la Magistratura) que fueron ratificadas en un referéndum a fines de 2018, que fortalecieron su posición frente al difícil Congreso, al que disolvió en 2019, sorteando un grave incidente destituyente por el respaldo popular y de las FFAA, que es unicameral y que hoy se presenta como una enmarañada constelación de agrupaciones medianas o pequeñas (muchas de alcance regional, montadas por referentes locales de más peso económico que político) que sin querer queriendo (en términos de Gómez Bolaños) se ha transformado por esa ausencia de liderazgo y comunión de intereses mezquinos en una suerte de “partido del Congreso” como alguna vez existió el “partido militar” u otros de ese estilo que conocemos.

Un factor de poder que ejerce su trámite de remoción sin mayor complicación, circunstancia de alto riesgo porque los sistemas parlamentarios o semi-parlamentarios (o semi-presidencialistas, según se mire) siempre dividen la jefatura de gobierno y la jefatura de estado, con lo que establecer un sistema de estas características sin el desdoble de jefaturas siempre encierra una posibilidad de riesgo institucional cuando las cláusulas de remoción no se aplican con responsabilidad. La permanente lucha entre el Ejecutivo y el Congreso, que ha expulsado a dos presidentes en menos de tres años, tiene parte de su origen en este sistema político que adopta instituciones propias de otro modelo como el francés, y que tiene, en este caso, la particularidad de que el Congreso puede sacar al presidente y a su vez, también a sus ministros que son objeto de un voto de censura. Si en dos ocasiones se censura al gabinete el presidente puede disolver el Congreso.

Bajo la premisa de dar estabilidad y proveer capacidades estructurales que establezcan límites y otorguen flexibilidad, el sistema de partidos peruano es débil y fragmentado (24 partidos en el actual Congreso) por lo que, en este escenario, y puesto a prueba, el semipresidencialismo, nuevamente generó una situación de difícil gobernabilidad.

Multitudes en las calles tras la destitución de Vizcarra, represión y dos muertos en Lima.

Sin que realmente se movilizaran en apoyo a Vizcarra, pero impelidos por este hartazgo de irresponsabilidad, decenas de miles de personas -mucha gente joven, se les llama la generación del bicentenario- salieron a las calles a expresar su descontento y el precario gobierno de Merino se terminó en pocos días, no sin desatar una violenta represión que segó dos vidas, con casi 70 heridos. Sin apoyo del Congreso (incluso gran parte de su gabinete ya había renunciado), dimitió el lunes pasado. En tanto, un planteo de Vizcarra fue ignorado por el Tribunal Constitucional, con opiniones divididas entre sus integrantes (la mayoría no aceptó la idea de un “caso” aunque algunos de sus miembros expresaron disidencia aduciendo que se dejó pasar la oportunidad de interpretar los alcances de la incapacidad moral y de su carácter de estricta excepcionalidad -también lo pidió Sagasti-).

Sagasti es un ingeniero de 76 años con mucha experiencia en gestión y reconocida actividad académica, con muchos años de servicio en organismos multilaterales, recientemente volcado a la actividad política. Armó un equipo de perfil ideológico de centro, muchas mujeres (entre ellas la Jefa del Consejo de Ministros, las Ministras de Defensa y Relaciones Exteriores -Elisabet Astete, una experimentada diplomática que ha sido muy bien saludada por las Cancillerías de la región), en general figuras con cierto rodaje en cargos de segunda línea de presidencias anteriores y académicos. Recupera tres ministros de la gestión Vizcarra. Se muestra prudente frente a las medidas a tomar, tanto las que tienen que ver con la economía como lo social y lo político (se ha pronunciado con cautela sobre los hechos de la última semana).

El gabinete debe ser ratificado por el Congreso, aunque se descuenta que ello ocurrirá dada la buena imagen que en estos pocos días logró transmitir el presidente asumido y el desprestigio del Poder Legislativo. Algunos analistas pronostican conflictos en los próximos meses, pero se considera que los graves incidentes institucionales ya asumidos son una experiencia suficiente para todos.

Francisco Sagasti fue elegido hasta julio venidero. Habra elecciones generales en abril.

Sagasti debe completar el actual mandato, que termina en el mes de julio de 2021. Habrá elecciones presidenciales en abril, hasta aquí con un escenario completamente incierto.
Se habla con insistencia de analizar la vía de una convención constituyente para reformar una vez de manera integral la Constitución. Si bien la actual carta magna no prevé ese mecanismo hay precedentes de haber realizado convenciones sin esa específica previsión, como ocurrió en 1978. Será responsabilidad del próximo presidente, ya lo ha dicho Sagasti.

¿Será la hora que avizoró el recordado José Carlos Mariátegui cuando escribió: “En estos años de enfermedad, de sufrimiento, de lucha, he sacado fuerzas invariablemente de mi esperanza optimista en esa juventud que repudiaba la vieja política, entre otras cosas porque repudiaba los “métodos criollos”, la declamación caudillesca, la retórica hueca y fanfarrona” (1928). Ya era Mariátegui el “personaje de escritorio” que rechazaba el mismísimo Raúl Haya de la Torre, padre del APRA. Porque las contradicciones y desencuentros entre los más lúcidos, de derecha, izquierda o centro, son parte del problema de este Perú que debe afrontar urgentes desafíos. Aunque, entre los escombros de un sistema ruinoso, parece avizorarse una oportunidad.

José Emilio Ortega

y Santiago Espósito

José Ortega

Santiago Espósito